la nevada de Mont-Llouis

Aunque la calidad de esta fotografía es deplorable tiene para mi más valor que la mejor de las fotos que haya podido hacer.

Está fechada en la primera semana del mes de diciembre del 2004. Una semana después del entierro de mi madre. El lugar, la Cerdanya francesa, en el pueblecito de Mont-Llouis.

En la fotografía aparecen mis hijas con Maribel. Están felices aunque no rían. Tienen frío y hacen un esfuerzo grande por posar; la pequeña está contenta. Bien por “recuperar la normalidad” tras una larga ausencia del padre por la enfermedad agónica de la abuela, bien por la intensa nevada.

Pero… no sólo es invierno en el exterior.

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un bichito en Paris

Lo primero que hicimos en agosto del 2002 al llegar a Paris fue visitar la Torre Eiffel.

La Torre Eiffel es una estructura de hierro diseñada por Gustave Eiffel para la Exposición Universal de 1889 en Paris.

Unos años más tarde, el eco parisino inspiro a la Laia este relato que lleva por título “Un bichito en París” y que reproduzco a continuación:

 “Habia  una  vez  un  bicho que se fue a paris pero no sabia hablar en francés y entonces el queria ir a ver un espectáculo y no sabia decir tenga las entradas no os creais no solo era porque no sabia hablar en frances tambien era porque le pisarian y al final dijo ” bonjour” y se marxo a casa !!!!!” 

 Tanto la Esther como la Laia estuvieron aquella primera tarde excitadísimas ante la inminencia de nuestra visita al Eurodisney.

Hay una anécdota para cada uno de los pisos en la Torre; abajo, en los jardines del Campo de Marte la Laia le dijo a la Esther que “mai més seré la teva amiga”. En la plataforma superior las personas “semblen formiguetes” y en la intermedia no dejaba de anunciar que al día siguiente vería a Mickey Mouse y el Pato Donald, a la sirenita y a Pluto.

La Laia acababa de cumplir tres años y estaba convencida que el hombre que iba disfrazado de Donald era un pato.

Ahora ya sabéis que lo de bichito en París tiene doble sentido.

El valle de Roncal y la cascada de Kakueta

El Valle de Roncal ofrece una acusada personalidad forjada a base de tradiciones ancestrales, una sabrosa gastronomía y naturaleza en estado puro; la diversidad de sus paisajes oscila entre rincones kársticos y valles glaciares y bosque repletos de árboles frondosos.

TRIBUTO DE LAS TRES VACAS:

Cada 13 de julio se renueva este tributo milenario, el más antiguo de Europa. La piedra de San Martín, en un sugestivo enclave natural, entre los pirenaicos valles de Roncal y Baretous (Francia), sirve de lugar de encuentro a las gentes de ambos lados de la frontera. En 1375, una sentencia arbitral impuso a los bearneses el pago perpetuo de tres vacas por el aprovechamiento de los pastos roncaleses.

Es el veterinario de Isaba quien elige las tres mejores reses, que deben tener igual dentaje, pelaje y cornaje. Justo antes de la entrega de los animales, los bearneses, luciendo la bandera francesa, y los roncaleses, ataviados con los trajes típicos del valle, reanudan su compromiso de paz.

CASCADA DE KAKUETA:

Es uno de los paisajes más salvajes y prestigiosos de Europa, del que destaca su naturaleza virgen y frondosa. Existe un recorrido acondicionado de 4 kilómetros mediante el cual se puede recorrer parte de la foz. Hacia el final del recorrido, se alcanza la cascada que cae de una altura de unos 20 metros, cuyo origen sigue siendo desconocido. No muy lejos la “Grotte du Lac” (Cueva del lago), adornada de estalagtitas y estalagmitas es tan espectacular como la cascada.

 La cascada del Kakueta está considerada como una de las imágenes más hermosas parajes del Pirineo vasco.

Musée de l’Insolite


Este museo contiene unos muy originales propuestas que sumergen al visitante en el más excéntrico surrealismo. Un viaje rico a través de pinturas, esculturas y composiciones llenas de originales hallazgos que implican una sátira de las debilidades humanas.

El artista, Bertrand Chenu, utiliza objetos inventados y explota la ubicación rocosa. Extrañas criaturas, tribus indias, animales fantásticos, motocicletas literalmente suspendidas…

Un museo, efectivamente, insólito.

En las proximidades la bella población de Saint-Cirq-Lapopie, pueblo medieval que desde comienzos del siglo XX atrajo a artistas y galeristas parisinos. El poeta y escritor André Breton fue el que dio a conocer Saint- Cirq-Lapopie, donde se instaló a vivir.


Finalmente, aprovechar para un breve paseo por Chemin de halage, que recorre un caminito junto al río excavado en la roca.

En este paraje recalamos una tarde de agosto del 2007 al inicio de un espectacular y lluvioso viaje que recorría distintas poblaciones de Francia (Lapopie, Cahors, Sarlat, Beynac, Rocamadour…) hasta Futuroscope y Puy de Fou y que regresaba por Vulcania y Puy de Dôme. Pero todo eso ya lo explicaré otro día más pausadamente.

La toma de la Bastilla (Houëll, 1789)

“El pueblo, grande y sabio, condujo la lucha por los derechos y la liberad de la humanidad”.

El 14 de julio de 1789, la airada población de París se lanzó al asalto de la prisión de la Bastilla, una antigua y poderosa fortaleza que dominaba los barrios populares del este de París, símbolo de la autoridad arbitraria de la monarquía absoluta. En su origen se construyó como una fortificación contra los ingleses durante la Guerra de los Cien Años, pero Richelieu la convirtió en prisión del Estado. Entre sus paredes pasaron algún tiempo personajes famosos como el escritor Voltaire, que escribió allí su tragedia Edipo, el marqués de Sade, y Diderot, colaborador de La Enciclopedia.

El 14 de julio de 1789 miles de trabajadores parisinos armados tomaron el lúgubre edificio, que por entonces sólo custodiaba a siete prisioneros. Fue el primer paso hacia la Revolución francesa, que ya no se detendría hasta acabar con la monarquía francesa y conducir al rey, Luis XVI, y a su familia a la guillotina.

Su caída en manos del pueblo constituyó el vibrante comienzo de la Revolución Francesa.

En la madrugada del 15 de julio el rey interrogaba a un miembro de la corte:

– “Pero ¿es una rebelión?” preguntó Luis XVI.

– “No, señor, no es una rebelión, es una revolución” respondió el Duque.

Acto de pillaje, violencia extrema de una muchedumbre empobrecida e indignada, cántico romántico de la revuelta que derriba todo un sistema… Lo relevante es el valor extremo que determinados acontecimientos adquieren y que tras determinados hechos aislados o inconexos es posible establecer a posteriori una cadena de sucesos perfectamente trenzada.

Sorprende que en España, y con las vetustas e insolidarias recetas de nuestros políticos para superar la crisis económica, con el pertinaz empobrecimiento de la ciudadanía y las perspectivas sombrías de consolidar indefinidamente un retroceso social sin parangón, sorprende digo que la movilización y protesta sea tímida y educada, se exprese casi en susurro, en un murmullo callado y quieto… Es probable sea una rémora del franquismo; acometer con fatalismo las desgracias o aceptarlas como inevitables o mal menor le facilita las cosas a quien no tiene otra intención que explotar la situación en beneficio propio.

Larrun, montaña sagrada del país vasco y le petit train de la Rhune

El tren de Larrun, también conocido como La Rhune, fue inaugurado en 1924. El proyecto para la creación del tren cremallera comenzó a gestarse en 1908, después de que cincuenta años antes la Emperatriz Eugenia de Montijo ascendiera hasta la cima para disfrutar de los bellos paisajes y de la naturaleza. Tras varios años de duro trabajo y los contratiempos surgidos durante la I Guerra Mundial, Larrun contó con su tren cremallera a principios de los años veinte. Desde entonces, durante todos estos años, miles de visitantes han utilizado el tren para disfrutar de un agradable día en plena naturaleza. 

El viaje que se realiza en este tren cremallera está lleno de sorpresas. Se trata de un trayecto que dura aproximadamente treinta minutos, en los que se ascienden 764 metros de altitud. Los vagones guardan todo el encanto de antaño, ya que están hechos de distintos tipos de madera y aunque han sido restaurados en varias ocasiones todos guardan la estética de principios de siglo. 

La andadura es lenta, el tren va mordiendo cada uno de los dientes de su cremallera, cosida a la montaña. En cada traqueteo cambia el paisaje: bosques de robles cómplices de cobijar en la noche contrabandistas o rebaños de pottokak, los pequeños caballos vascos pastando libres buitres leonardos sobrevolando el territorio.

El recorrido se realiza en plena naturaleza y permite disfrutar de bellos paisajes. Desde la cima, y si el tiempo lo permite, se pueden admirar los sietes territorios vascos. Es un paisaje privilegiado, ya que se puede admirar el mar y la montaña de Euskadi. El horizonte se presenta a 360 º, desde Donosti a Biarritz.

Debéis madrugar, en la estación de Saint Ignace se forman unas colas interminables para adquirir los billetes y aunque está todo muy bien organizado no es extraño que el viaje en tren esté precedido de una buena espera.