las cuatro estaciones (75): la lluvia de otoño

Sueño con gerundios en tus formas verbales,
mientras los silencios agrietan conversaciones
sobre el mundo que nunca arreglamos
y los astros siguen alienando la rutina
hacia un calendario mojado, tenue, desgastado
por tantas promesas con el puño en alto,
con la rabia de quien se corta las manos
con el metal oxidado de las prisas del agua;
que no es más que la lluvia de un otoño
que soñó con fechas clavadas en pronombres
y sólo quedaron heridas en los charcos.

Autor: Carmen Barranco

Fuente original:

https://carmen-barranco.blogspot.com.es/2016/11/function-disabletextereturn.html


Al ver la lluvia
sentí en el rostro
lo perdido,
en las gotas entreví
la clara nostalgia
de la infancia
el goce de soñar
con el diluvio,

todo aquello que la razón
me alejó
de la esencia.

Autor: Blanca Villanueva

Fotografía de Rui Palha

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las cuatro estaciones (74): el otoño. Poema de Manuel Rico

Escena de ciudad 5

Mujer con abrigo gris y mirada de lluvia,
imagen angustiada por soledad te nombro.

Milenarios otoños en el aire entrecruzan
la escuálida textura de los árboles.

Y eres tú quien camina, quien aparta las hojas
que en el parque se extienden mojadas y amarillas.

Eres tú quien espera los lentos autobuses
de la tarde de octubre.

Yo te nombro porque no tienes nada
salvo un dolor de ausencia en tus ojos de lluvia,
imagen insegura donde la soledad habita.

Autor: Manuel Rico

Ilustración: Dee Nickerson, “people with secrets”

las cuatro estaciones (72): el lento declive del verano

31 de agosto

“Nunca he sentido nostalgia los domingos por la tarde ni cuando acaban las fiestas, aunque siempre tuve un leve pesar al final de agosto. Un recuerdo que me queda de niño. Tras pasar un mes entero lejos de la ciudad, en el campo, la familia emprendía la tarea de recogerlo todo e iniciar el gran viaje de regreso. Aquellos días aprendí algo sobre el ciego caminar del tiempo, al que nada le importa que uno esté bien o mal. Él, a lo suyo. Descubrí con melancolía que el tiempo no solo quita tiempo, sino, y sobre todo, nos arrebata lugares”

Autor: José Ángel Cilleruelo

Fotografía de Marta Navarro


PEDANÍA DE LA INFANCIA

Cada verano
el hijo del emigrante
regresaba al Sur,
a los baños en un mar azul
en una pedanía de
Cuevas de Almanzora.

A descubrir,
el pezón de la primera muchacha morena
en cuyos labios depositó un beso
con sabor a miel y olor a romero.

A perseguir,
en el desierto de Tabernas
lagartos ocelados
coleccionar colas de lagartijas colirrojas,
una tierra calcinada por el sol
donde no hubo futuro para los padres.

Este verano
golpean con furia vencida
los ecos del pasado,
cenas con primos y hermanos
en cortijos pintados de blanco,
y se descubre todas las noches
poniendo nombre a cada una de las estrellas.

La matriarca de cabellos prematuramente canos
con el gesto adusto levemente altanero
que ocultaba a las visitas en un salón impoluto
las tragedias más devastadoras.

El padre enfermo,
delineante que pintaba cuadros sin sustancia
bodegones sin vino cacerías sin sangre
que se exponían en el comercio de unos vecinos.

Dos hermanos a los que la Muerte
reclamo demasiado pronto y de malos modos.

El hijo del emigrante
regresa al Norte
al final del verano
con las manos vacías
y el maletero del auto
repleto de recuerdos.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Andrew Ferez

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

las cuatro estaciones (71): verano. Los turistas

EN LA TERRAZA FRENTE AL MAR

Estoy sentado frente al mar
en una terraza del paseo,
una cuartilla en blanco,
pensando…

pensando
escribir
sobre esos cuerpos desnudos que no amaré
las nubes dibujando una pintura sólo para mí,
pero el olor de la fritura
de los extranjeros cenando a las cinco de la tarde
disuelve la inspiración entre el ketchup y la mostaza.

Para colmo,
en la mesa contigua
un bebe,
al que ninguno de sus padres se atreve a cambiar el pañal,
me sonríe inocente
mientras el viento inyecta
en mis narices el hedor de las deposiciones.

Rememoro entonces
aquellas tardes de mi niñez
en las que defecaba por gusto
y no como ahora de puro miedo.

Las nubes se han desplazado unos centímetros al oeste
la mujer abandona acompañada la playa
la cuartilla sigue pintada en blanco
y el niño que se parece tanto a mí
ha empezado a llorar.

Autor: Javier Solé

Fotografía de Joel Rea, “Moment of Truth”

las cuatro estaciones (70): verano. En la playa con Begoña

Dos relatos de Begoña Abad que se incluyen en su libro “CUENTOS DETRÁS DE LA PUERTA”:

ESCENA DE PLAYA 1

La mujer gorda, embutida en un traje de baño que parecía de neopreno, me recordaba a los leones marinos. Incluso podía adivinarle gruesos pelos en el bigote. Se había puesto abundante crema protectora y se había dejado caer en una toalla de colores chillones La sombrilla no era suficiente para tanta humanidad. Desde mi posición, veía su abultado vientre que rompía la línea recta del horizonte, como una enorme sandía negra. A su lado una bolsa vacía de patatas fritas grasientas y una pinta de cerveza del chiringuito, donde luego se comería una paella de marisco que había encargado. Yo no podía apartar la mirada de una hilera de sudor que recorría los pliegues de su cuello y desaparecía en el profundo canal que separaba dos voluminosos pechos deformados, a punto de salirse del bañador en un estallido monumental. De pronto, una gaviota atrevida se posó sobre la mujer y comenzó a picotearla con furia. También debió pensar que se trataba del cadáver de una gran ballena.

ESCENA DE PLAYA 2

Aquel espécimen no se había puesto traje de baño en las últimas décadas. Las turistas rubias del diminuto biquini rojo le miraban disimuladamente por encima de las gafas. Había llegado a las doce de la mañana, con una colchoneta de plástico y se había tumbado sobre ella. Su cuerpo, de un blanco lechoso, tenía aspecto de pez con el vientre hacia arriba, olvidado por la marea. Aún se le notaban las marcas del elástico de los calcetines. En contraste, mantenía una gorra que le daba aspecto de capitán de fragata en una película cómica. Ni cinco minutos habían pasado y se le escuchó un silbidito acompasado a modo de ronquido. Tres horas y media más tarde abrió los ojos, intentó incorporarse y lo hizo con la colchoneta pegada a su espalda a modo de bandeja para un cangrejo recién hervido, que era lo que ahora parecía. Para entonces la marea había bajado. El pobre hombre pez tuvo que caminar de aquella manera ridícula, para darse un baño que le despegara el plástico de la piel sin arrancársela a tiras.

Ilustraciones de Eric Fischl

las cuatro estaciones (69): los colores del verano

COLORES

El artista examina
el cuadro en el estudio.colores

Tres siluetas mirando el mar
comiendo cerezas de un cesto.

Los colores de este lienzo
tienen una pigmentación
casi perfecta
lindando lo sublime.

El azul del océano.
El rojo de la fruta.
El blanco de las nubes.
El púrpura de la tristeza.
Y la luz incandescente
del crepúsculo furioso
reflejado en el iris.

Las lágrimas son transparentes.

Autor: Javier Solé

las cuatro estaciones (67): en la vigilia del verano

Planchando las camisas del invierno

Cuando la primavera dio su tercer aviso,
ya en junio.
Cuando los días se volvieron
definitivamente azulesroberto-fernandez-balbuena-la-planchadora-1930
y la luz dulce se expandió
interminable
como las margaritas del jardín,
salpicando en el césped las manchas
amarillas y blancas de su vestido limpio.
Cuando la primavera vino para quedarse
y la sierra se desnudó a lo lejos,
ella
estaba en el salón, abierta la ventana,
respirando cierta tristeza,
como quien gana y pierde al mismo tiempo,
viendo brillar la tarde, al paso de los años,
antes de que el verano nos aplaste,
suavemente estirando las arrugas
del corazón,
planchando las camisas del invierno.

Autor: Ángeles Mora

Ilustración: Roberto Fernández Balbuena, “la planchadora” (1930)

las cuatro estaciones (66): primavera. Pintar un árbol.

No hace falta mucho
para pintar un cuadro,
basta una pared encalada
de fondo
y un árbol que florezca en primavera.

Autor: Elvira Laruelo

Ilustración: Monet, “In the Woods at Giverny-Blanche Hoschedé at Her Easel with Suzanne Hoschedé Reading” (1887)