las cuatro estaciones (63): invierno. Dos poemas de Javier Solé

NIÑA, GATO Y VENTANA

deineka-nina-en-la-ventana-invierno-1933

Es invierno.

Una niña asomada a la ventana
mira el frío
sin sentir el rocío de la mañana.

Contempla un mundo inmóvil
junto a un gato arisco
que araña las piernas
de la niña
cuando por las noches
oscurece y no hay luces encendidas.

La casa está vacía.

La niña no respira.

El gato es negro.

Hay vivos que no saben que están muertos.

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

Ilustración: Deineka, “Niña en la ventana. Invierno” (1933)

El pintor soviético Aleksandr Deineka se aleja de su habitual estilo enérgico y contundente para crear este cuadro de doble título: Niña en la ventana. Invierno.

Todo en este lienzo está construido sobre un fuerte contraste entre el exterior helado y el cálido interior: las rápidas pinceladas con las que se aboceta el paisaje frente al mayor detalle con que se plasma la habitación; los colores fríos del mundo de fuera frente a la gama de ocres desplegada en torno a la protagonista humana y su mascota.

munch-aunt-karen-in-the-rocking-chair-1883MECEDORA

He comprado un balancín
para todas las tardes
de este invierno inagotable.

El miedo a olvidar
el rostro de los ausentes.

Acostumbrarse a sobrevivir
dosificando la pena.

Sentirse abrumado
por todo y por nada
por recordarte o relegarte.

Pendular entre dos orillas
astillas de la misma tragedia.

Ilustración: Munch, “Aunt Karen in the Rocking Chair” (1883)

Poemas de Begoña Abad (VI)

 

15181532_1256305274426692_2879847488775119048_nLa vida es un espacio
en el que perdonar
y en el que conseguir
ser perdonados.
Todo lo que ocurre en medio
carece de importancia
pero nos hace muy infelices.

 

Es fácil que con los años
almacenes dinero
y que con él te compres
una casita, un coche,
una finca, un caballo,
un yate, una mansión.
Es incluso probabledegas-frente-al-espejo-1889
que llegues a ser ministro
que te pases de listo
y compres un país.
A estas alturas del poema
es posible que tengas
damas en propiedad,
por eso me gusta tanto
seguir escribiendo versos
en los que comunicarte
que mis pestañas,
ya ves tan poca cosa,
andan sueltas,
que mis pies y mis manos
ya no te pertenecen
y que mi libertad
no está en venta.
Que no podrás tenerme en propiedad.

Ilustración: Edgar Degas, “frente al espejo” (1889)

Parir un poema en cuclillas.
No saber nunca donde poner la X en las encuestas.
No comprar lotería ni para la rifa de vivir del cuento.
Pasarme las horas vivas en un poemafrancoise-collandre-04
y llevármelo en el bolso por si lo olvido.
Dar conversación en lugar de limosna.
Querer tener un grillo hospedado en mi casa.
No evadir el capital, ni el miedo.
Decir lo que pienso y lo que siento,
o sea, vivir en pelotas en invierno.
Mirar a los ojos cuando hablo.
Tener bajo el colesterol y alta la adrenalina.
Estar, cuanto más sobria, más desinhibida.
Definitivamente, soy carne de cañón.

Ilustración de Francoise Collandre

ORDEN

Me enseñaron a ordenar los cajones,
la ropa de invierno y de verano,
los folios, las cuartillas,
los libros por orden alfabético.
Las fotos por fechas,oleg-sheludyakov-14
las cazuelas por tamaños,
las tazas de café, sólo, con leche…
Los cubiertos de carne, de pescado.
Las bebidas ligeras y las otras.
Las lejías, detergentes y los trapos
de usar para cristales
o para desengrasar alicatados.
Me enseñaron a ordenar mantelerías
A organizar maletas,
a mantener un frigo bien surtido
y a etiquetar debidamente el congelado.
Nadie me ha enseñado todavía
cómo se ordenan los besos
nadie debe saberlo, o lo callan.
He aprendido a solas, como se aprenden
todas las cosas que sirven para andar por la vida
en todo tiempo, a todas horas,
haga frío o calor,
estés acompañada o sigas sola.

Ilustración de Oleg Sheludyakov  

la cocina de Bellvitge

En la víspera de otras navidades mustias la casa anunciaba su propio lamento. Una ola de frío fue la coartada perfecta para que las baldosas comenzarán un éxodo y fueran desprendiéndose de la pared.  El hormigón de Bellvitge, los materiales de pésima calidad empleados por la construcción en la época franquista… Hay arquitectos empeñados en losar las pocas virtudes de estos habitáculos ignorando que la gesta fue -es- la lucha vecinal de los obreros por mejorar las condiciones del barrio y no la pericia de los aparejadores maximizando beneficios.

Se impusieron entonces unas fiestas navideñas siempre tristes y aderezadas ahora por el peligro inminente del desplome. La cinta aislante bloqueó el derrumbe y dio tiempo a evaluar los daños y las alternativas. Al final a la reforma parcial se impuso una remodelación entera de la cocina, incluso la mayoría de los electrodomésticos.

Esa cocina que los albañiles han desmontado tenía veinte años y si por mí fuera hubiera durado otros veinte. En esa cocina hemos desayunado cientos de veces; en las paredes los dibujos de mis hijas y una foto de Esther y Laia que su madre los últimos tres años ha enmarcado con las pegatinas de la fruta, a modo de artesanal paspartú.

2013-10-laia-desayunandoAyer acabaron la cocina nueva pero sólo la miramos de reojo y con escaso interés. Sólo es una cocina. No pueden estos muebles relucientes borrar el pasado. Tampoco pueden evitar que piense que una de mis hijas no los ve, ni sentir la ilusión que ella experimentaría con una campana extractora nueva o una vitrocerámica más moderna.

Este desayuno es ya imposible. Conservo su taza y pongo mucho cuidado en no romper la mía. Pero ni el hule, ni las baldosas, ni la cenefa de la tetera, ni la niña. Nada de cuanto he enumerado puede volver a ser retratado.

Autor: Javier Solé, febrero 2016

Fotografía: Laia, octubre 2013

Dos poemas de Carmen Crespo

julius-von-leypold-vagabundo-en-la-tormenta-1835pero qué
ladridos qué
leños
apilados
qué cunas
qué muros
qué redes
cuarteadas qué
hinchazón si
nadie oye
al que huye.

Ilustración: Julius von Leypold, “vagabundo en la tormenta” (1835)

donde no
laurits-andersen-ring-after-sunset-1899llega la luz
donde el
hueco tapiado
una cruz de
madera
un torniquete de
carcoma y
arenilla
puerta sin goznes
que rezuma y
escupe toda
la baba toda
la clemencia de
unos ojos y
su exilio

Ilustración: Laurits Andersen Ring, “after sunset” (1899)

el aprendiz de brujo (333): la avaricia

Un relato de Julio Rodríguez titulado “EL ÁVARO”:María Luisa Puiggener Sánchez - Escena del empeño de una joya (1900)

“Abrió la mano y en su mano pudo verse, por un momento tan sólo, una moneda brillante como el sol de una escala musical que tuviera para sí todos los oros de la baraja, y, bajo ella, las líneas de su palma parecían doblarse para apresarla como el cordón que cierra las cajas de bombones, y sintió el peso exacto de aquel metal redondo, su leve precisión, su apariencia asombrosa, la naturalidad con que era acogido por su mano, no tan distinta de las otras manos sin aquella moneda. Cerró la mano lentamente, observando la tierra negra que cercaba sus uñas, apretó fuerte el puño, lo más fuerte que pudo, y cayó al suelo. Dicen que la moneda aún se encuentra en buen estado, prendida por los huesecillos rasgados de la mano, bajo la negra tierra que cubre su cadáver”

Autor: Julio Rodríguez

Ilustración: María Luisa Puiggener Sánchez, “Escena del empeño de una joya” (1900)

Dos poemas de Golondrinas suicidas

ESTATUA EN EL PARQUE

Esta mujer anciana
que circunda cada día
el parque de la gran ciudad
hace añosescala2
amo
sin pasión
a hombres poderosos.

Regentó casas clandestinas
amaso una fortuna incalculable
compró innumerables inmuebles
compartieron sus amantes valiosos secretos
anduvo coqueteando con una logia.

Su único vástago creció
sin que la madre le revelara
el nombre del progenitor.
Un día el hijo se mató
lleno de rencor y para castigarla.

desconsol_de_josep_llimonaElla,
en esta senectud
que no encuentra nunca el final,
descansa
siempre en el mismo banco
contempla la estatua de una joven desnuda
con pechos vigorosos que miran el cielo
recordando
aquel artista en ciernes
esculpiendo su figura
donde ahora anidan las palomas
estremecida al evocar como
recorría su cuerpo entero
acariciando sin tocar
amando sin poseer
memorizando cada poro de su piel.

Reparte la mujer anciana
pan mojado entre las palomas
para que dejen tranquila a la estatua
pudiendo entonces
conversar a solas con
la única persona amiga que le queda viva.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Fotografía de la escultura de Josep Llimona, “desconsol” (1903)

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

SUBIR LA CUESTA

El viejo marinero en la taberna
apura el décimo vaso de vino
mientras por la ventana
mira como la tormenta descarga con furia
en un mar negro,
teñido de luto,
en esta noche de noviembre
con la madera de los barcos
emitiendo alaridos de auxiliojames-ensor-los-borrachos-1883
similares a los que se oían el día del naufragio.

El viejo marinero que bebe en la taberna
es el único superviviente,
dos hijos y otro joven de la aldea
perecieron,
por imprudencia o impericia,
del capitán,
que regresa a casa
tropezando
con el empedrado de la cuesta,
donde una madre,
loca y muda,
ha cocinado una sopa
que tomará fría
esperando el día definitivo
en el que el sol
no ilumine su tristeza.

Autor: Javier Solé

Ilustración: James Ensor, “los borrachos” (1883)

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la infancia (49): la niña perdida. Dos poemas de La casa del silencio

FLABIOL EN EL BOSQUE

2009-10-garrotxa-58-fageda

En el bosque de tu infancia
se escucha el sonido del flabiol en Ciutadella
mientras una niña asustada
sortea las raíces agónicas
de los árboles centenarios
reclamando la presencia de alguien conocido.

En el prado
tres figuras
esperan en vano
el regreso de la niña.

Cuando la noche envuelve el bosque
y la flauta descubre el silencio
no queda esperanza,

sólo el desconsuelo
del reencuentro permanente
en la memoria.

Autor: Javier Solé

Fotografía de La Fageda d’en Jordà (La Garrotxa)

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

LABERINTO

anira-parreno

Sólo un niñom-a-r-c-i-n-%e2%80%a2-s-a-c-h-a
es capaz
por curiosidad o desobediencia
de penetrar
sin miedo
en el laberinto.

Al crecer,
ese mismo niño
por cautela o desidia
rehúye
perderse aunque sólo sea un camino.

El adulto sabe que quien gobierna ha cerrado la salida,
un ejército de naipes decapitará a los rebeldes.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)