El mirador de la memoria

PÉTREO
No estaban escondidos.
Sólo desaparecidos.

Detenidos por la noche.
Ejecutados al alba.
Enterrados a hurtadillas.

Tiempo de hambre y miedo.

Ahora, encaramados
piedra tenaz justicia.

En el viento nuestro grito.

Disparan los asesinos
a los muertos resurgidos.
Las balas no hieren dos veces.

Autor: Javier Solé

El Mirador de la Memoria es un conjunto escultórico elaborado por el artista Francisco Cedenilla dedicada a los olvidados de la Guerra Civil y la dictadura.

Está formado por cuatro individuos que reflejan el miedo y las dudas que generó este conflicto bélico a lo largo y ancho de todo el país. Cuatro figuras humanas que recogen todas las edades y sexos: joven, adulto, anciano, hombre y mujer. El escultor ha dejado claro en varias entrevistas que no quería reflejar ninguna clase social; se trata de una representación contumaz del miedo.

La mayoría de las figuras tienen unos impactos de bala que fueron realizados por un desconocido unos días después de la inauguración. Se decidió no restaurar las estatuas y que la huella de la violencia en la piedra fuera testimonio de la barbarie y la incultura.

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la infancia (57): Poema de Isabel Hualde

NIÑO LOCO

El Niño aullando
como lobo solitario en vendaval

arranca basuras
arranca espanto jirones
cacharros inservibles arena

o frases que nada significan

y después escenario roto
alguien pregunta y nadie responde
la nada vacío ¡flash!

de cuando en cuando devienen borrascas
que devuelven a su cauce
el origen del río cosas casas gente

te mueres Niño loco
fascinado en tu extraña aventura

mañana nos devolverá el horizonte
sus nervios encendidos
la belleza paulatina de sus franjas de luz

y como todo lo puro
desnudará de golpe su rostro el deseo
y sucederá de nuevo el amor

a intervalos.

Autor: Isabel Hualde

Fotografía de Kim ki-Chan

el aprendiz de brujo (387): la tierra

“Hay algo fundamentalmente incorrecto en tratar a la tierra como si fuese un negocio en liquidación” (Herman Daly)

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Fotografía de Kevin Frayer, “China’s coal addiction” (2015)

Las chimeneas echan humo mientras los hombres empujan un triciclo por un barrio cercano a una central térmica de carbón, en Datong, en la provincia septentrional de Shanxi, China.

Esta región encabeza la producción de carbón en China, con más de 300 millones de toneladas anuales. Se cree que la contaminación del aire es la causa de un 17 por ciento de las muertes en China; la fuerte dependencia de la quema del carbón ha convertido a ese país en la fuente de casi una tercera parte de las emisiones de CO2 a nivel mundial.

el último tren

Sólo llegué a conocer su nombre cuando en una cuartilla en el ascensor se anunciaba una misa de difuntos. Para entonces ya sabía de su Muerte, acontecida diez días antes y de la que los vecinos no fuimos avisados.

Celebraron sus pocos familiares y amigos un funeral íntimo, como corresponde a quien ha pasado toda su existencia a hurtadillas, entre el fulgor de una infancia rodeada de media docena de hermanos a los que no tardó en ver morir y el enigma de una vida adulta para la que todas las explicaciones son burdas y escasas. La lobreguez le acompañaba siempre. La vi infinidad de veces en la puerta de la escalera, al relente de la mañana, acurrucada como un ovillo, en pleno invierno con una manta raída y en verano con una camisa deshilachada.sarazhin-denis-07

Otros vecinos aseguran que algunas noches deambulaba por el interior del edificio, acomodada en alguno de los rellanos contiguos al de sus padres -el primero o el tercero- y contaba los segundos en voz alta y con la precisión de un relojero suizo. Casi siempre hablaba sola, en un murmullo o con voz más alta. No gritaba nunca, y le sobraban motivos. Era extremadamente educada, era extremadamente delgada. Era extremadamente infeliz.

Siempre la saludaba. Aunque tuviera una mirada perdida y las pupilas dilatas, ella te reconocía. Devolvía el saludo y te sonreía. A veces incluso se anticipaba a tu saludo y te sostenía la puerta abierta de la escalera. No estaba enfadada con el mundo y le sobraban emotivos. Simplemente carecía de asideros suficientes.

No sé por qué se mató.

Podría explicar detalles e imaginar las razones, inventariarlas en un relato acomodado a mi propia tristeza.

Era noviembre. Ya había anochecido. En noviembre son tan breves los días y tan largas las noches. No está claro fuera fruto de un impulso o de una acción premeditada. Escogió -o no- la estación de metro de su propio barrio y se abalanzó furiosa y desesperada a la vía en el instante preciso de aparecer un convoy. Los pobres tienen estas maneras toscas de matarse, con un toque de salvajismo que es ya un indicio de la falta de recursos. No disponen de dinero y carecen de la sofisticación suficiente para adquirir pastillas, viajar hasta un puente romántico sobre un río profundo o comprar el billete para un crucero y descolgarse por la popa estrellándose contra bloques de hielo en los fiordos.

Los pobres son brutos y soeces. Tanto que mi vecina -Elena, se llamada Elena- no tenía ni para un billete de metro y matarse en una estación alejada de la familia. Por ejemplo, la de Can Boixeres, como el suicida de Vitale. Aconteció una tarde lánguida y fría, en un mes triste, en el andén de la penúltima estación de la línea, en un día laborable en una ciudad obrera. No era la hora de máxima afluencia de usuarios, para satisfacción de la viajera del argentino.

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Más tarde me enteré que no se había arrojado a la vía. Que, simplemente, bajo despacio y en sigilo y que se había acurrucado como un ovillo, en posición fetal, esperando el final. O no tenía fuerzas o, sencillamente, quería sentir una minúscula complacencia antes de sucumbir. No fue una muerte épica. Fue un irse calladamente, hasta liberarse de la tristeza es triste.

Era habitual ver cerca de la escalera a su madre paseando un perro pequeño, un terrier. O en el supermercado, intentando sisear del poco dinero que le da el marido unos céntimos para comprar a su nieto una chocolatina a la salida de la escuela. Ahora hace muchos días que no la veo, ni a ella ni al perro, ni al nieto. Tampoco al marido, un hombre tosco que nunca acompañaba a su mujer.

Me preguntó, mientras aguardo en el andén la llegada del próximo tren, cómo afrontará el niño en el futuro estas esperas en la estación donde falleció su madre. Recorrer los supervivientes los espacios de los muertos es rememorar la vida. Tal vez evite esta estación dando un rodeo y caminando, solo, hasta la antepenúltima estación del tren. O prefiera el trayecto más largo del autobús.

Quien no tiene manera alguna de escapar a las imágenes es el conductor del metropolitano. Estuvo de baja laboral, lo han cambiado de línea. Pero no puede olvidar el bulto y el ruido del impacto y el serrín en los raíles. Todos los túneles de todas las estaciones le devuelven siempre aquella tarde de noviembre.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

poemas de amor, versos húmedos (73)


Fotografía de Marta Bevacqua

En el cuarto amarillo
los amaneceres encienden las palabras.
Qué importa lo que duren, si prenden rápido,
si se tiñe la cama de reflejos de plata, azul, rojo,
naranja, si no suena otra cosa, si los miedos
se escapan y florecen
las quemaduras de la sábana.
Las palabras se afilan
con fuego de palabras.
Los amantes ensayan.

Autor: Vanessa Pérez-Sauquillo

Ilustración: George Tooker, “noche” (1963)

Poema V

En la alta madrugada
tus pezones oscuros.
El deseo abisal y sus ajorcas
bajo una luz de templos con cúpulas azules.

Nada más que la piel
en un ardor de abril y tamarindos.
Nada más que la piel,
su liturgia de helechos.

Autor: Verónica Aranda

Fuente original:

http://veronicaaranda.blogspot.com.es/2017/04/poema-con-ilustracion.html

Anda ven y bésame,
salva este corazón que…
se
me
ahoga
en
la
boca.

Autor: Teresa Torres

Ilustración de Daniel Bolling Walsh

Aquella noche

La noche en que nos conocimos
yo empecé a perder
La cerilla explotó
y me quemó los dedos
manché mi blusa con el vino
Olvidé por completo el nombre
del mes y del día

Tanta turbacióm
sólo podía ser la prueba
de un deseo muy grande

tan grande
que ni tú misma
podías satisfacer.

Autor: Cristina Peri Rossi

Ilustración de Thomas Ehretsmann

De cada beso tuyo
tengo un recuerdo imborrable.
De cuando no me besaste,
también.

Autor: Emma Fondevila García