Retratos de España (242): primer año de pandemia en la lavandería de un hospital (II)

Del poemario “Servicio de lavandería” (Begoña M. Rueda, Hyperión Ediciones (2020)): 

A 27 de marzo de 2020

En frente de la lavandería se encuentra el tanatorio.
Ayer planché la ropa
del que ahora sacan a cuestas entre cuatro.
Lavé sus sábanas, doblé su pijama, le apañé una almohada.
Esto somos.
Corre el viento de levante y una lluvia fina
repiquetea sobre su ataúd.

Autor: Begoña M. Rueda

A 7 de abril de 2020

Los militares se despliegan
por todo el recinto hospitalario,
hombres armados, recios,
que se bajan de un camión rojo
aparcado en la puerta de la lavandería.
A la tarde, según aparece en la prensa,
fueron fumigadas
las zonas de urgencias, medicina nuclear,
áreas de limpieza, cocinas,
semisótano y almacenes de residuos,
sin embargo,
parecieron haberse olvidado de la lavandería,
delante de la cual aparcaron el camión rojo
y se bajaron, armados, recios
como si pudieran abatir la pandemia a tiros,
nosotras los vimos bajarse
y pasar de largo
como si la ropa de los infectados se lavara sola,
como si ni siquiera perteneciéramos alñ hospital.

Como si no importáramos.

Autor: Begoña M. Rueda

A 11 de abril de 2020

Cuatro semanas después del inicio de la cuarentena
se nos hace entrega de la primera mascarilla.
Un bozal de papel
para que no nos ladremos la muerte entre nosotras.

Autor: Begoña M. Rueda

Retratos de España (241): primer año de pandemia en la lavandería de un hospital (I)

Del poemario “Servicio de lavandería” (Begoña M. Rueda, Hyperión Ediciones (2020)): 

En la lavandería del hospital donde trabajo
la ropa de los enfermos, la ropa
de los que o regresan de la úlcera
o se dejan amarillear por la muerte,
se amontona en bolsas a las siete de la mañana.
Dos lavadoras industriales
bastan para blanquear la ropa de las heces
y de la sangre que podría ser mi sangre, mi miseria
podría ser, algún día, un camisón
cubierto de vómito
de los que una vez lavados lucen como nuevos,
bendita sea mi vida, bendita mi salud
porque algún día, quizás, podría ser mi miseria
un camisón.

Autor: Begoña M. Rueda

A 21 de marzo de 2020

De casa a la lavandería
y de la lavandería a casa, España
hace una semana se declaró en cuarentena
por una pandemia de origen asiático.
Mil noventa fallecidos
y veinte mil contagios más tarde,
Yo sigo esperando el autobús
de las siete de la mañana rumbo al hospital,
a las ocho me pongo el uniforme,
a las ocho y cuarto se comienza
a planchar las sábanas, a las nueve y veinte
desayunamos y a las diez
doblamos y empaquetamos las mantas, los camisones, las toallas, los pijamas, los paños de cocina, las batas de cirujano, las batas de los médicos, la ropa de las enfermeras, la ropa del personal de mantenimiento, nos dan las doce y todavía nos quedan cinco carros de sábanas para pasar por la calandra, ahora resulta que la calandra no funciona, se llega el técnico, le hace una chapuza y vuelta a sacar otra lavadora, oye mira han llamado de la cuarta, que necesitan almohadas, y así trabajando sin guantes ni mascarillas
hasta las tres de la tarde,
hora en que sale el autobús
me lleva a casa,
a las tres y media almuerzo,
a las cuatro me echo una siesta,
después me pongo la tele y a las ocho
la gente sale a aplaudir a los balcones
la labor de los médicos y de los enfermeros
pero son pocos los que aplauden
la labor de la mujer que barre y friega el hospital
o las que lavamos la ropa de los contagiados
con las manos desnudas.

Autor: Begoña M. Rueda

A 23 de marzo de 2020

Los sudarios se apilan en cajas de cartón
junto a la puerta del cuarto de baño.
Son las únicas prendas del hospital
que no se lavan después de darles uso.
Como todo en nuestra época
también vienen dentro de un plástico,
encontrándose la muerte como la bollería industrial,
envasada y directa al vacío.
Una se pregunta quién fabrica los sudarios,
qué fría máquina los cose y los empaqueta
listos para cubrir cualquier cuerpo
que yazca mudo en la morgue.
Yo por sudario quisiera las manos de mi madre,
morir antes que ella
y engendrarme de nuevo en su vientre,
volver a ser niña y no tener ni idea
de que en las lavanderías de los hospitales
la muerte se apila en cajas de cartón
junto a los inodoros.

Autor: Begoña M. Rueda

trabajar para vivir (68): ¿siesta o pereza? (XXXII)

“El arte del descanso es una parte de trabajar” (J. Steinbeck)

“No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas, lo cual vale más que tratar de llenarlas” (E. Cioran)

Ilustraciones: Edward Cucuel, “Lady Sleeping On A Green Sofa” y Pedro Olmos, “la siesta”

el aprendiz de brujo (769): tesoros

TRESORS

Llençols de cotó egipci.
El neguit de la nit de reis.

Un petó furtiu al maig.
El silenci dels planetes.

Al juliol síndria i préssec.
Mel i mató a la tardor.

La descoberta del temps afegit.
Neu a la teulada de l’església.

Omplir el camí de paraules.
Nòmades fins l’horitzó.

La trobada amb la nit.
Al puny un grapat de nous.

Les mans de la mare.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Paul Madeline, “Road with Poplars”

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

la vida y la muerte (207): la soledad que ven las gaviotas

“S’acosta l’absoluta soledat,
el futur que contemplen les gavines més altes”

(Joan Margarit, fragment del poema “Gavines”)

“Se acerca la absoluta soledad,
este futuro que contemplan
las gaviotas más altas”

(Joan Margarit, fragmento del poema “Gaviotas)

Esther Cabrales versus Luke Hillestad

Y si el amor
no fuera tal cosa
sino otra bien distinta,
un depredador que
acechando
se cerniera sobre nosotros
para devoramos
y roer nuestros huesos
o, peor aún,
una sanguijuela
chupándonos
muy poco a poco
la sangre,
alimentándose,
engordando mórbidamente
hasta dejamos secos.

Autor: Esther Cabrales

Ilustración de Luke Hillestad

La vida comienza
en un gran dolor,
en un inconsolable llanto.
Y así permanecerá
doliendo
hasta la edad de la muerte,
momento de bálsamo,
del silencio
de toda la nada.

Autor: Esther Cabrales

Ilustración de Luke Hillestad