la vida y la muerte (102): morir sin nacer. Dos poemas de Angela F. Aymerich

MUERTO AL NACER

Ni aurora fue. Ni llanto. Ni un instante
bebió la luz. Sus ojos no tuvieron
color. Ni yo miré su boca tierna…

Ahora, ¿sabéis?, lo siento.
Debisteis dármelo. Yo hubiera debido
tenerle un breve tiempo entre mis brazos,
pues sólo para mí fue cierto, vivo…

¡Cuántas veces me habló, desde la entraña,
bulléndome gozoso entre los flancos!…

Ilustración: Paula Rego, “Chica con feto” (2005)

PERDIDO

Aquel verso que olvidé
sin jamás haberlo escrito;
Aquel que nadie leerá
¡qué pena me da, Dios mío!….

Es como cuando perdí,
Al ir a nacer, un hijo.

Ilustración de Eduardo Chicharro

Anuncis

la música la soledad y el silencio (185)

“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo” (Ludwig van Beethoven)

“El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla” (Robert Browning)

oscar-dominguez-le-pianohenri-fantin-latour-alrededor-del-piano-circulo-wagneriano-1864Ilustraciones: Henri Fantin-Latour, “Alrededor del piano-Circulo wagneriano” (1864) y Oscar Dominguez, “Le Piano”

nubes. Poemas de Paula Ensenyat y Javier Solé

monet-the-ally-point-low-tide-1882Una nube
atravesada por un rayo de sol;
parto de luz

Autor: Paula Ensenyat

Ilustración: Monet, “The Ally Point, Low Tide” (1882)

tulia-guisado

NUBES

A Tulia Guisado

Sentada en la piedra de Sísifo
alzando la mirada

Ninguna pregunta
debe formularse
al cielo
pero,
con frecuencia,
las nubes
ofrecen respuestas
y sus formas caprichosas
en movimiento
el mejor reloj del tiempo.

Autor: Javier Solé

poemas de amor , versos húmedos (89)

Me dices que me quieres de una forma
que no puedo evitar ruborizarme;
que me quieres de un modo primitivo,
sin razón aparente y sin excusas,
y que me quieres porque me deseas,
porque sabes que yo también te quiero
y porque el monstruo de este amor nos come
el alma, la paciencia y los modales.
Qué lástima que todas estas cosas
se nos mueran ahogadas de silencio.

Autor: Amalia Bautista

Ilustración de Shaun Ferguson

LA ÚLTIMA PASIÓN

No recuerdo el peso de su cuerpo,
he olvidado el tacto de sus ardientes manos
propagando el incendio en mi carne olvidada,
después del tiempo de otra.
No recuerdo el sabor de sus besos,
su sanadora lengua desclavando los labios
del sexo anestesiado por la ausencia;
los ríos de saliva preparando
el cauce fértil para sembrar hijos,
antes de irse de nuevo.
Ya no me acuerdo de él ni cuando sueño.
Ahora sólo es ella la dueña de mi cuerpo
y viene con frecuencia a recordarlo.
Mi amante es concienzuda en su ritual:
aparece de noche, con la luna de leche,
siempre sin avisar,
vestida con ramas de cilantro, su perfume
se expande por la alcoba del invierno
–mi dama es invernal con preferencia–,
me desnuda y con su lengua bífida traza
un preciso y oscuro itinerario
que divide mi cuerpo en parcelas exactas,
doliente mapa de la cruel batalla, a muerte.
Una noche es el páncreas el que extrae con pericia
y su boca glotona engulle lentamente,
mientras gimo; otra es la golosina de un riñón.
Siente predilección por mi garganta
y desde ella, sus solícitas garras
descienden al pulmón –hay margen, tengo dos–,
y el indefenso corazón late asustado.
Me estoy acostumbrando a este amor caníbal
que me devora viva y acabará conmigo:
a mi edad es difícil
vivir una pasión, si no es con ella.

Autor: Elvira Daudet

Ilustración: jose de togores i Llach, “Mujer en azul” (1925)

Entre tus piernas
el mar me muestra extraños arrecifes
rocas erguidas corales altaneros
contra mi gruta de caracolas concha nácar
tu molusco de sal persigue la corriente
el agua corta me inventa aletas
mar de la noche con lunas sumergidas
tu oleaje brusco de pulpo enardecido
acelera mis branquias los latidos de esponja
los caballos minúsculos flotando entre gemidos
enredados en largos pistilos de medusa.
Amor entre delfines
dando saltos te lanzas sobre mi flanco leve
te recibo sin ruido te miro entre burbujas
tu risa cerco con mi boca espuma
ligereza del agua oxigeno de tu vegetación de clorofila
la corona de luna abre espacio al océano
De océano los ojos plateados
fluye larga mirada final
y nos alzamos desde el cuerpo acuático
somos carne otra vez
una mujer y un hombre
entre las rocas.

Autor: Gioconda Belli

Ilustración: Loui Jover

Aquell moment, al carrer

Aquell moment en què el món desapareix.
Aquell moment en què no calen paraules,
parlen les mans, els llavis de foc.
L’abraçada enmig de la multitud,
música de Vivaldi de fons,
posem un adagio.
La urgència de l’abraçada.
El món es fa quan una parella es fa.

Després (es fa tard per anar a la feina)
agafar el tren gairebé en marxa,
deixat un missatge a la mà de l’amant
en l’últim estreny dels dits.
Perquè el trobi.

Autor: Teresa Costa-Gramunt

Ilustración: Joseph Lorusso, “Waiting at the Station”

Despierto.
Una hoja vuela
y un viento me recuerda
sonidos de la infancia.
El ronronear del gato
insiste como yo.
Anoche soñé con un hombre
y no lo encuentro a mi lado.

En otra cama,
alguien también me sueña.
Pero hace frío
y el otoño mueve las hojas
en nuestros patios.

Autor: Paula Novoa

Ilustración: Léonard Tsuguharu Foujita, “Youki au chat”

CAMINITO

Crucé océanos de tiempo para encontrarte.
Caminé desiertos rodeada de gente.
Aprendí rutas. Las desaprendí.
Cambié los puntos cardinales de tu mapa.
Desarmé constelaciones y las repartí de vuelta.
Inventé nuevos nombres.
Magneticé tu brújula.
Soborné a tu ángel.
Señalicé la pista de aterrizaje de mis miedos.
Olvidé todo el lenguaje conocido.
Aprendí a escuchar tus manos.
Nací miles de veces con cada uno de tus sí.
Te encontré.
Y haría la odisea las veces que sean necesarias
para encontrarte todos los días en la orilla de mi cuerpo.

Autor: Verónica Peñaloza

Ilustración de Erica Hopper

amores cotidianos (244): tsunami

LA MUJER Y EL POETA

A Pilar Díez-Alegría,
a quien le regalaría el mar que no ve desde Madrid cada mañana.

Tu sola presencia desborda mis costas
dijo la mujer con la que soñaba el poeta.

No es tu bahía el sendero que anhelo circundar
ni el ansia quedará colmada merodeando por tus bordes.

Ambiciono sacudir
el epicentro del mar.
Alzar a cien millas un tsunami.
Lamer de tu cuerpo la sal
mientras cauterizan las heridas del alma.

Autor: Javier Solé

la música la soledad y el silencio (184)

“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo” (Ludwig van Beethoven)

“El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla” (Robert Browning)

george-bellows-the-violinist-leila-kalmangeorgios-jakobides-childrens-concert-1900

Ilustraciones: George Bellows, “The Violinist Leila Kalman” y Georgios Jakobides, “Children’s Concert” (1900)