mis primas en México

mariachisHe encontrado en la red un familiar que no buscaba; es en la red donde puedo intentar recuperar relaciones que naufragaron, amantes que me repudiaron o amigos que olvidé.

Mi prima recuperada se llama Isabel y marchó a México asfixiada de la vida provinciana en la España franquista; no podía esperar nada bueno de una familia de derechas vasca en la década de los sesenta. Todos los novios de entonces te llevaban como máximo a Mallorca.

En México es una psico pedagoga de renombre; tiene un montón de publicaciones sobre los pueblos indígenas.

Tengo también otra prima arquitecta que angustiada por el desempleo y las escasas perspectivas profesionales se ha marchado a México con sus dos hijos. Aquí era impensable costearse un verano en Mallorca.

Han pasado casi cincuenta años entre una y otra migración. Una se fue con su novio mexicano por cuestiones ideológicas, la otra con su marido mexicano por cuestiones económicas. Una con el propósito de ayudar a los pobres, la otra para construir casas para los ricos.

Dos primas que no se conocen en México y yo aquí de cháchara con vosotros. Os dejo, encenderé el televisor y sintonizaré “españoles en el mundo”, igual las veo y les puedo saludar.

O el facebook. Claro que como mis tíos no dominan internet se quedan sin los besos de sus hijas y sin las caricias de sus nietas y mis primas sin las confidencias de sus hermanas.

Estamos separados por la distancia y unidos en el tiempo. No creo que nos veamos ya ni en un entierro. Mi amigo Gabriel lo tiene dicho en un poema (“El idioma que hablan / los que aman la tierra que caminan / cambia el sentido de la palabra volver”) de manera infinitamente más brillante y elegante (Normal, es poeta y argentino, no te jode!).

No acabaré ni con mariachis ni con difuntos.

Alguna tarde he visto, a la hora de la cena, como mi tío gira disimuladamente la cabeza y deja de ver la tele para fijar su mirada en una foto desde la que su hija exiliada le sonríe. Él no llora pero su semblante ennegrece y muchas de esas tardes se acuesta sin probar la sopa.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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Getaria

“Si quieres comprender la palabra felicidad tienes que entenderla como recompensa y no como fin” (Antoine Saint-Exupèry)

2010 (08) Euskadi y Navarra 487 Getaria

Entre los pueblos de la costa vasca uno de mis preferidos es éste, Getaria.

Getaria es un pueblo costero guipuzcoano conocido por ser la tierra natal de Elcano y por el apreciado vino txacoli.

Aquel domingo de agosto el ambiente festivo del pueblo con sus calles repletas de transeúntes era especial.

2010 (08) Euskadi y Navarra 541 GetariaLas traineras en el mar, las palomas en la estatua de Elcano, el partido de pelota vasca, unas vacaciones en familia, un pasado sombrío con un futuro razonablemente esperanzador, el pescado a la parrilla en el restaurante del puerto.

Con frecuencia sucede que no reconocemos los momentos felices en el mismo instante de producirse sino tiempo después. Aquella mañana de agosto del 2010 fue una excepción pues en el mismo momento en que la vivía era plenamente consciente que no la reviviría con la misma intensidad.

Y su rescoldo todavía alimenta algunas tardes de este malnacido verano del 2013.

la cocina del piso de la calle Pescadería

Mis tíos vivían en la Parte Vieja de Donosti, ésa que los turistas patean buscando tapas de diseño estratégicamente dispuestas en hilera.

La Parte Vieja de Donostia está situada al pie del monte Urgull, encajada entre el puerto y la desembocadura del río Urumea, y fue construida tras el incendio de 1813. Sus calles, llenas de tiendas, restaurantes, bares de pintxos y sociedades gastronómicas, suelen estar totalmente animadas en cualquier época del año.

La cocina del piso de la calle Pescadería era el rincón de la casa donde toda la familia vivía en constante reunión; era oscura, con una ventana interior. Los fogones tenían un encanto especial; el vapor de los pucheros ascendía hasta enredarse en la ropa húmeda que colgaba tendida del techo. Mi plato favorito, las alubias de Tolosa, lo preparaba Isabel siempre el primer día de nuestra llegada y el último de nuestra estancia.

Mi tía Isabel era prima de mi madre y toda su vida esperaba –o recordaba- un gran amor. Que ni llegó ni regreso. Hay quien dice que en el armario guardaba en celofán un traje de requeté.

Ella fue quien me enseñó a jugar a la escoba y también muchos solitarios. Cuando la gané por primera vez me regaló una baraja de cartas, una de ésas de la casa Fourier de Vitoria. Todavía hoy en mi caja de latón de reliquias de la infancia guardo todas las cartas de la baraja de tía Isabel.

En la cocina del piso de la calle Pescadería cada noche se organizaba una timba que ni en los casinos de las Vegas. Se recogía apresuradamente la mesa, se apilaban los platos en la pila y se extendía un tapete verde. Se jugaba con botones o también con fichas troqueladas por Pablo en el taller o, incluso, con anises. En una mala noche podías llegar a perder dos pesetas. El televisor permanecía apagado en la salita contigua.

En el último viaje a Donostia todo el edificio donde vivieron mis tíos permanece desalojado y vacío. Las calles siguen siendo las mismas pero el tiempo es ya otro bien distinto y las tropelías de una catalana refugiada en Euskadi en los años cuarenta se desvanecen así como las noches en velo bajo el calor de la desvencijada cocina.

Me preguntó si las ratas organizarán partidas en la vieja cocina. Yo rememoro aquellas entrañables partidas con una leve y nostálgica sonrisa hasta que me doy cuenta que sólo yo y mi hermano y mi prima somos reales. El resto de los jugadores son ahora sombras, fantasmas tristes que apuestan con la temeridad de quien sabe que nada, ni la propia vida, pone en peligro.

Ni Tere, ni Jorge, ni Isabel, ni Montse, ni Pablo. Ninguno de ellos ha ganado un céntimo esta noche.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

Las dos hermanas

Mi madre nació en un barrio de Barcelona, en 1931. Su hermana nacería tres años después, en 1934. Muchas tardes de verano,  Tere y Montse, cogidas de la mano, bajaban hasta la Plaza Rovira, en el barrio de Gracia, para comerse un helado. Estuvieron, al acabar la guerra, unos años en Donosti, juntas.

Teresa regreso a Barcelona, Montse permaneció en Donosti. Cada una se construyó una vida. Durante muchos años ambas familias alimentaron el vínculo con viajes y reuniones. Hay una familia del Norte a quien me resisto a olvidar.

En esta fotografía hay un instante de fugaz felicidad. Es de septiembre de 1992, en un pueblo de Navarra. Ambas intentan eludir mirar directamente a la cámara,  de manera totalmente artificial. Pero la forma afectuosa de pasar la mayor el brazo evoca el cariño intenso de quienes se saben desposeídos. La infancia de la posguerra es una historia repleta de miseria y tristeza.

Las dos están fallecidas, uno en Collserola y la otra en Polloe. No están juntas, pero no están solas. Sus maridos, en el mismo lecho de arena, centinelas que en eterna imaginaria, preservan el silencio.

En algunas tardes de invierno en las que me recreo contemplando viejas fotografías familiares no sé si evoco el pasado o abjuro del presente. Si sé que alimento con un eterno recuerdo este instante y que incluso conjuro el futuro con el pasado. Somos prisioneros de nosotros mismos; de nuestro pasado que nos deleita con fuego; de nuestros muertos que anidan y se regocijan en nuestro llanto que parece aliviarles la infinita pena de habitar solos y completamente a oscuras en un mundo que se asemeja al abandonado parque de atracciones de Prypat, en las inmediaciones de Chernobyl.

Larrun, montaña sagrada del país vasco y le petit train de la Rhune

El tren de Larrun, también conocido como La Rhune, fue inaugurado en 1924. El proyecto para la creación del tren cremallera comenzó a gestarse en 1908, después de que cincuenta años antes la Emperatriz Eugenia de Montijo ascendiera hasta la cima para disfrutar de los bellos paisajes y de la naturaleza. Tras varios años de duro trabajo y los contratiempos surgidos durante la I Guerra Mundial, Larrun contó con su tren cremallera a principios de los años veinte. Desde entonces, durante todos estos años, miles de visitantes han utilizado el tren para disfrutar de un agradable día en plena naturaleza. 

El viaje que se realiza en este tren cremallera está lleno de sorpresas. Se trata de un trayecto que dura aproximadamente treinta minutos, en los que se ascienden 764 metros de altitud. Los vagones guardan todo el encanto de antaño, ya que están hechos de distintos tipos de madera y aunque han sido restaurados en varias ocasiones todos guardan la estética de principios de siglo. 

La andadura es lenta, el tren va mordiendo cada uno de los dientes de su cremallera, cosida a la montaña. En cada traqueteo cambia el paisaje: bosques de robles cómplices de cobijar en la noche contrabandistas o rebaños de pottokak, los pequeños caballos vascos pastando libres buitres leonardos sobrevolando el territorio.

El recorrido se realiza en plena naturaleza y permite disfrutar de bellos paisajes. Desde la cima, y si el tiempo lo permite, se pueden admirar los sietes territorios vascos. Es un paisaje privilegiado, ya que se puede admirar el mar y la montaña de Euskadi. El horizonte se presenta a 360 º, desde Donosti a Biarritz.

Debéis madrugar, en la estación de Saint Ignace se forman unas colas interminables para adquirir los billetes y aunque está todo muy bien organizado no es extraño que el viaje en tren esté precedido de una buena espera.

Zarautz, mensaje en la playa y en la cocina

Zarauz, desde que la reina Isabel II lo eligiera como lugar de veraneo ha ido creciendo como ciudad turística. Tras Isabel II fueron muchos los aristócratas y gentes de clase alta, que comenzaron a pasar los meses de verano en Zarauz: el Marqués de Narros, la Reina María Cristina, el Rey Alfonso XIII, Balduino de Bélgica… Los aristócratas que veraneaban en Zarauz a primeros de siglo eran pocos, pero atrajeron a otros.

Estas familias venían a Zarauz acompañadas de todo un séquito a su servicio, al que hay que añadir a los que contrataban del pueblo. La señora tenía su doncella particular, el señor su ayuda de cámara. Cada dormitorio de los hijos o bien disponía de doncella propia o bien había dos o tres para toda la casa. Estas se repartían el cuidado de la puerta, del teléfono, limpiaban la plata y las habitaciones. Disponían de mozo de comedor, cocinero y pinche. Si los hijos eran pequeños los atendían tres señoritas: mademoiselle, miss, y froilan, que se encargaban también de su educación; lo que en otras familias hacía un preceptor. Añádase el chofer y el lacayo. A esta lista incorporaban en Zarauz a la lavandera, planchadora y pinche de cocina. El jardinero y su familia se encargaban del cuidado de la casa durante todo el año, hacían los colchones al estilo inglés y preparaban la villa cuando venían los señores.

Ahora a los aristócratas ansiosos por remojar sus tobillos les sustituyen intrépidos surfistas.

El día que visitamos esta playa era una mañana de agosto lluviosa, con un mar violento y embravecido y un cielo gris plomizo. Esther trenzaba en la arena símbolos pretéritos, mensajes de ayer.

Al final del paseo marítimo el restaurante de Karlos Arguiñano se erige en un caserón de principios del siglo XX fraguando en sus fogones un discurso que su cocinero sabe es un mensaje de hoy.

Símbolos pretéritos para nuevos tiempos.

El bosque de Oma

El Bosque de Oma, una de las obras más conocidas del artista vasco Agustín Ibarrola, es una expresión del llamado “land art”, corriente creativa que surge a finales de los años sesenta del siglo XX y que tiene como finalidad trasladar el trabajo artístico a la naturaleza, utilizando el paisaje como marco, soporte y materia prima para el artista.

El Bosque de Oma es mucho más conocido con otro nombre, “el bosque pintado”. Sin duda se trata de un lugar lleno de magia, ya que a la belleza natural que posee el lugar se le ha añadido hace ya bastantes años la belleza del arte de Agustín Ibarrola. Este pintor y escultor realizó aquí una de sus obras más originales, que consiste en utilizar los árboles para mostrar imágenes llenas de colorido que tan sólo se pueden apreciar situándose en puntos muy concretos.

Según vamos caminando por el Bosque, las figuras geométricas, humanas o de animales pintadas en los troncos de los árboles se crean, se componen ante nuestros ojos: en ocasiones la figura de un solo árbol tiene entidad en si misma, mientras que en otros casos es preciso observar el conjunto de varios árboles para comprender la obra. Y además, la percepción de las figuras varía según el punto de observación: las figuras se transforman.

Es, además, una actividad idónea para acercar el mundo del arte a los niños pues al bello paisaje natural se superpone la actividad lúdica y colectiva de ir adivinando o imaginando las intenciones totalmente abiertas del pintor.

En definitiva, una visita “personalizada”, llena de imaginación, en la que el artista consigue hacer al visitante protagonista de su obra.

En las fotografías pueden contemplarse los ojos del pasado y del presente; ojos de nuestros antepasados que nos vigilan y nos observan a la vez que son observados.

En este enlace hay un listado de las figuras con un breve texto de cada una:

http://www.bizkaia.net/home2/Temas/DetalleTema.asp?Tem_Codigo=4986

Para llegar al bosque de Oma hay que coger la carretera que une Guernika con Arteaga y desviarse a la derecha justo antes de llegar a Kortezubi. A partir de aquí hay que dejar el coche y recorrer unos 3 kilómetros a pie, pero no os preocupéis, porque el paisaje de este camino también merece la pena. Además es una buena forma de hacer algo de deporte, por lo tanto nuestro cuerpo nos lo agradecerá. Recuerdo que aquella tarde de un caluroso día de agosto estábamos especialmente agotados, al límite de la extenuación. Habíamos visitado por la mañana la ermita de San Juan de Gaztelugatxe; no sabría decir cuál de los dos sitios nos gustó más pero si sé que las dos excursiones una detrás de la otra fueron una prueba de fuego para nuestras mermadas fuerzas.

San Juan de Gaztelugatxe, la ermita de los marineros

Las gentes del mar tienen en Gaztelugatxe una de sus atalayas más sagradas. Sobre un islote rocoso golpeado sin tregua por las enfurecidas olas del Cantábrico, se asienta la ermita de San Juan Bautista, un austero templo donde el paisaje y el propio mar adquieren una dimensión desconocida, casi sobrecogedora. Un estrecho puente de piedra da comienzo al espectacular Via Crucis que, como una réplica de la Gran Muralla China, trepa hasta lo alto del promontorio. El rugido del mar, que golpea contra los acantilados, nos acompaña en la ascensión de los más de 200 escalones que llevan hasta la ermita.

Gaztelugatxe es un islote de la costa vizcaína unido al continente por un puente de dos arcos. La costa vizcaína en este lugar es agreste. El mar trabaja sin cesar erosionando la roca, areniscas y duras calizas de arrecife, y tallando en ella túneles, arcos y cuevas.

El acceso es espectacular. Un estrecho camino que parte de tierra firme y cruza sobre las rocas por un puente de piedra permite llegar hasta la zona superior del islote después de ascender 237 escalones, aunque según distintas fuentes son 229 ó 231. El camino se encuentra asimismo jalonado con las sucesivas estaciones de un Via crucis.Todos recordamos el agotador regreso ya que un exceso de prudencia nos sugirió dejar el vehículo en la zona superior de la carretera lo que se tradujo en un doble via Crucis; el propio del ascenso a la ermita y al que nos obligaba nuestra cautela.

A la tradición de subir y tocar trece veces la campana para pedir un deseo o ahuyentar a los malos espíritus se unen otras más. Los barcos de pesca bermeanos cuando salen a faenar suelen realizar varios giros a babor y estribor para que el santo les de suerte. Las mujeres que sufren algún problema relacionado con la fertilidad suelen acudir a este lugar en la creencia que el Santo les ayudará a solventar dicho problema. A los huecos de las escaleras, identificados como las huellas de San Juan, se les otorga diferentes poderes curativos, para beneficiarse de los mismos hay que meter los pies en ellos buscando que curen los callos o se dejan sombreros, pañuelos o txapelas para curar el dolor de cabeza.

La tradición cuenta que San Juan Bautista llegó a tocar tierra en este punto de la costa vasca dejando sus huellas marcadas en la roca en cuatro lugares diferentes. Cuenta también que en las cuevas del peñón la inquisición encerraba a los acusados de brujería.

Reencuentro en la Plaça Catalunya de Donostia

 

En esta convencional fotografía de grupo fechada en agosto del 2010 aparezco junto a mi familia y mis tres primos de Donosti; tiempo habrá de evocar otras estancias y a toda mi familia del Norte. La fotografía no la hizo ningún transeúnte, es una instantánea fruto del azar que nace del disparador automático.

Antes de entonces había visto a mis primos de Donosti en un día frío, gris y triste de diciembre, en el entierro de mi tía. Han transcurrido, pues prácticamente diez años y desde esa última fecha se habían sucedido, por este orden, la muerte de mi madre, la del padre de mis primos y la de mi propio padre. No sólo habían transcurrido nueve años, nos separaban (o nos unían) varias muertes. Es, por consiguiente, el reencuentro de unos huérfanos.

La génesis de la fotografía es un viaje a Euskadi del que no había dado cuenta a mis primos. Durante varios días había aplazado estúpidamente la llamada bajo la coartada de no arrebatarles a mis hijas la visita a los lugares emblemáticos programados. Pero aquella larga tarde en la que todos volvimos a vernos constituye el corolario del desplazamiento, la guinda del viaje. Estuvimos en varias tabernas, txikitos unos, zuritos otros y yo sagardoa, y acabamos en la Katalunia Plaza, en el barrio de Gros.

La fotografía está hecha a la entrada de la taberna, con poca luz. Y no es una fotografía donde se ponga de manifiesto sufrimiento alguno, ni tan siquiera pena o pesar. Prácticamente todos estamos sonriendo. Por otra parte, ya sabéis que hasta en la más vulgar de las imágenes late una historia entrañable llena de dolor y recuerdos.

P.D. El año pasado mi prima koxkera se casó y yo fallé –otra vez- y no fui a su boda civil. Confío que la próxima vez que todos nos reencontremos, aunque transcurra una década –espero que no-, no se acumulen tantas muertes y ninguno de los presentes esté ausente.

El peine del viento

 Un conjunto escultórico instalado en 1977 en el acantilado que cierra la playa de Ondarreta se ha convertido en el icono más reconocible de Donostia.

Se trata de tres grandes esculturas de acero, obra de Eduardo Chillida, insertadas en la roca, presentando batalla al duro oleaje de la zona.

Según palabras del propio autor, la intención era que el viento se peinara antes de entrar en la ciudad.

La instalación fue complicada por el peso de las ‘tenazas’ o ‘peines’ que conforman la escultura. Hoy, tras más de tres décadas aguantando el agua, el viento y el salitre, el óxido se desparrama por la roca y da a al conjunto la respetabiliad que sólo el paso del tiempo otorga.

La plaza en la que se encuentra la obra de Chillida es conocida como Plaza del Tenis. De manera sutil y elegante, esta explanada se construyó adaptándose perfectamente a la geografía rocosa del lugar, creando un emplazamiento perfecto para contemplar el azotar del viento y las olas contra las rocas y piedras de la costa guipuzcoana.

Los adoquines de piedra fueron los elegidos para cubrir el espacio, que consta además de varias plataformas escalonadas, desde las que podremos disfrutar de diferentes perspectivas del mar Cantábrico. Por otra parte, el arquitecto empleó unas viejas alcantarillas colectoras situadas bajo la plaza para crear unas sencillas fuentes de agua. Utilizó de manera inversa el mecanismo colector, de manera que el agua que se internaba bajo la explanada salía expulsada con fuerza a través de los adoquines de la misma.

¿El mejor momento para visitarlo? Sin duda los días de temporal, ya que seremos testigos de cómo el viento azota con fuerza las esculturas que tratan de peinar el aire antes de que se adentre en San Sebastián.

Sin duda alguna, el Peine del Viento se trata de una increíble obra de arte, convertido en el emblema de una ciudad espectacular. El mar, las olas y el viento se entremezclan y funden con el arte en un paraje de lujo, del que los donostiarras se sienten especialmente orgullosos.