amores cotidianos (287): mejor que no venga

EL HOMBRE QUE SE SOSTIENE

Ninguna mujer es responsable
de las cargas emocionales de un hombre,
no obstante:
Si hay confusión y oscuridad,
mejor que no venga.
Si arrastra mujeres amarradas a su espalda,
mejor que no venga.
Si no ha solucionado las cosas con mamá,
mejor que no venga.
Si nunca ha tenido treinta semanas de soledad,
mejor que no venga.
Si no se hace cargo de su propia energía,
mejor que no venga.
Si no le duele el pecho al ver a un animal llorar,
mejor que no venga.
Si tiene el corazón guardado en una armadura,
mejor que no venga.
Si necesita un harén para brillar,
mejor que no venga.
No somos centros de rehabilitación sentimental,
si no se sostiene a sí mismo
será mejor que no venga.

Autor: Gemma Almagro

Ilustración de Juan Ruiz

Fuente original: https://gemmaalmagro.wordpress.com/2019/12/27/el-hombre-que-se-sostiene/

amores cotidianos (285): lluvia sobre los amantes

LLUVIA EN EL VALLE 

Una lluvia persistente amenaza la ropa tendida en el altozano. El cierzo, sólo el viento colérico del norte -enamorado en secreto de la doncella- podría decretar el final del diluvio, permitiendo al herrero desposarse con la zagala.

“Será mía o de nadie”, balbucea iracundo el aquilón.

Siete días de tormenta y el camino de la ermita infranqueable por el barro. El viento, lascivo y cruel, celoso y feroz, rasga el embozo que cubre la tez de los amantes; siembra la vega de un estallido inenarrable y las campanas anuncian con redoble el triunfo fúnebre del averno. El lecho era un lodazal impuro con telas tintadas de sangre.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Georges Morren, “Corando a Roupa” (1894)

amores cotidianos (283): reencuentro

La sala del auditorio del centro cívico está abarrotada de público que espera con impaciencia a la poeta laureada. Hoy presenta en la ciudad el célebre poemario premiado en un renombrado y prestigioso certamen. No es una desconocida, ha publicado ya varios libros de poesía y es aclamada y respetada por la honestidad y sinceridad de sus poemas. Y recita sus versos con una profundidad que es un clamor.

En una de las primeras filas esta sentada una pareja con la que ha hablado antes de iniciar el acto. Él es de su misma generación, estudiaron juntos el bachillerato en otra ciudad, luego ella decidió estudiar filología y él se matriculó en una universidad para licenciarse en una ingeniería industrial.

No sólo estudiaron juntos, también compartieron sueños y cama. Sexo, mucho sexo. De todas las maneras, a todas horas, prácticamente todos los días. Eran jóvenes y se hubieran comido el mundo. Él convencido, ella convencidísima; la plenitud de vivir una pasión insobornable puede con casi todo.

El futuro, no obstante, no tardaría en separarles; él aceptó un inmejorable porvenir lejos de los sueños pero con tarjeta de crédito platino, en otra ciudad hace diez años, ésta que ahora ella visita.

La poeta mira a la pareja feliz; a su antiguo novio y a su radiante pareja y no puede evitar una sonrisa amarga. Sabe por los momentos previos en los que se saludaron que tienen dos hijos, uno de seis y otro de cuarto. Luis y Ana, cree recodar.

Esta sonrisa amarga con la que no puede evitar mirarles muda en tristeza y melancolía al pensar en su hija muerta hace tres años, con apenas seis años y medio de un tumor devastador. Piensa en su hija todos los días, a todas horas. El pensamiento que se le cruza ahora es otro: mira al padre de su hija, a la mujer de éste y vuelve a su memoria la tarde que estuvo, sola junto al teléfono, con el puto papel del diagnóstico en la mano, pensando si llamarle o no hacerlo. Y que no llegó nunca a compartir con él la pena por la muerte de una hija común que él ignoraba existía. Ahora siente dudas sobre la conveniencia de informarle ahora. Mas que nada por las jodidas leyes de la genética que no desearía nunca cercenarán a la nueva familia de su primer amor.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

amores cotidianos (282): rutinas

Un relato que lleva por título “LOS PASTELES DE ELVIRA”:

Cada mañana, a la hora del desayuno, Elvira salía de las vetustas oficinas de un aburrido negocio de importación, donde languidecía desde hacía treinta años, para visitar la pastelería situada enfrente del despacho y comprar una pieza de bollería diferente cada día. Los lunes, croissants; los martes, ensaimada. Los miércoles, tarta de manzana. Los jueves, magdalenas en esponjoso bizcocho. Los viernes, mil hojas en deliciosas capas de hojaldre con relleno de crema y recubiertas de chocolate. El fin de semana, mientras mojaba unas insípidas galletas integrales, añoraba los días de diario, las pastas y… al pastelero.

Nunca llegó a decirle nada, aunque intuía algún sentimiento en él por las maneras sugerirle la pasta más sabrosa de la jornada o por la forma morosa con la que anudaba el paquete o la calidez de sus manos al rozarle cuando le devolvía unas monedas de cambio y cuyo contacto provocaba Elvira al pagar siempre con un billete.

Algunos domingos Elvira estuvo tentada de realizar el largo trayecto desde su apartamento en la periferia de una ciudad gris hasta la pastelería con el indisimulado deseo de probar los pasteles. Pasaba largas veladas imaginando las cerezas en la nata, la crema entre el bizcocho, el chocolate ligeramente lascivo entre los labios…

El día de su onomástica el pastelero le tenía preparada una tarta individual de frutas confitadas. Si ese día era festivo se la entregaba la víspera laborable.

Un lunes lluvioso la pastelería no abrió. Elvira estuvo todo el día preocupadísima. Tampoco abrió el martes, y la lluvia no cesaba. El miércoles amaneció despejado pero la pastelería seguía cerrada. El jueves, al mediodía, un cartel daba cuenta, de manera escueta, del cierre del negocio por defunción del dueño.

Un mes más tarde, cuando la tristeza de Elvira se sereno, la administrativa del negocio de importación se matriculó en un curso de repostería que organizaba en el centro cívico de su barrio. Después tomó clases para elaborar cupcakes.

Un año más tarde, en plena crisis económica, con sus ahorros y la capitalización del desempleo, reabrió la pastelería que permanecía todavía cerrada. Al subir la persiana supo que nunca nadie le separaría del hombre que amaba.

El día de la onomástica del pastelero Elvira prepara una tarta de frutas doble. Está tan sabrosa que ninguno de los dos deja nunca para las ratas un trocito.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Ilustración: Soutine, “le petit patissier” (1923)

amores cotidianos (279): la aproximación


Fui hacia ti
porque me tirabas como la correa al perro.
Esas palabras que dijiste sin más
las tomé en exclusiva,
como si entre tú y yo hubiese un duende cuentacuentos
repartiendo medicinas o practicando psicoanálisis.

Fue en balde.
Tu pensamiento no se acercó a leer el mío.

Autor: Miren Agur Meabe

Ilustración de Thomas Ehretsmann