la vida y la muerte (116): la bella durmiente

LA BELLA DURMIENTE

Este poema da comienzo
en el quirófano de un hospital.

Recorre,

la espera
el miedo
el silencio
la ausencia.

Descubre

océanos con peces ahogados en lágrimas secas
desfiladeros con piedras que se precipitan al vacío
ventanas y puertas que abren recuerdos y cierran sueños
caminos calcinados por una niebla húmeda y homicida.

El cómputo gota a gota
de la vida en este poema.
sin sanar ni sucumbir.

Sin metáfora ni alegoría,

en perpetua vigilia
la custodia del cuerpo
al que no despertarán
los besos,

ni uno

ni cien

ni mil

ni las flores que el poeta
corta en el jardín

Autor: Javier Solé

Ilustraciones: Emma Cano, “Vértigo” y Evert Lundquist, “Death (At rest)” (1944)

Anuncis

las cuatro estaciones (101): invierno. Plegaria en febrero

LA MIRADA

La nieve permanece
después de dos semanas. En invierno
dormitan las preguntas

y al ventanal del mundo
se asoman nuestros nombres.

Somos los ojos limpios de febrero:
contemplamos la nieve
como quien memoriza una plegaria.

Autor: Josep Maria Nogueras

Ilustración: Edward Willis Redfield, “The Road to Pleasantville”

 

la música, la soledad y el silencio (190)

MELODÍA TRISTE

Este reflejo cóncavo
del niño en el aparador
mirando extasiado
una guitarra de seis cuerdas.

Promesa del padre
saldada con horas
de un empleo mísero.

Este destello convexo
del fantasma de la hija
escuchando ensimismada
los acordes del silencio.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Miriam Briks

yo y los demás (105): la madre. Dos poemas de Rosa Acquaroni


UNA MUJER QUE SIENTE QUE ESTÁ SOLA
tiene muchas maneras de morir
a manos de ella misma.
Basta con extraer de su mirada
aquel brillo incendiario de la niña que fue.

Una mujer que siente que está sola
tiene muchas maneras de caer.
Basta con tatuar en su centro:
estás hecha de nadie
y no sirves de nada sin un hombre.

Una mujer que siente que está sola
tiene muchas maneras de inmolarse por dentro
sin que nadie lo note.
Basta con amarrase
un corazón de hielo alrededor del cuerpo
y esperar.

Autor: Rosa Acquaroni


LA PRIMERA VEZ QUE PUDE VISITARTE
en aquel sanatorio tenía veinte años.

Al traspasar la verja
sentí como si entrara
en otra casa grande.

Crucé sus antesalas
con un cuerpo prestado
y una venda en los ojos.

Letanía creciente
-aquel patio de voces
perentorio
que se apagaba más con cada paso-.

Después la claridad,
-aquella galería acristalada-
corredor dormitorio,
abismo aclimatado
para la sedación.

Mujeres tuteladas,
desnacidas,
mercadillo de almas,
trueque de mercancías codiciadas,
de pequeñas delicias,
como los cigarrillos,
alguna golosina,
una barra de labios,
o un frasco de perfume.

No logro recordar lo que dijimos.
Cuánto tiempo
estuvimos
abrazándonos.

Sólo recuerdo
el polvo acumulado en las repisas.
La misma desolación a pozo seco
que guardan
los hoteles de la costa
en temporada baja.

Autor: Rosana Acquaroni

De su poemario “La casa grande” (Bartleby Editores, 2018)

Fotografías de Anka Zhuravleva

la vida y la muerte (115): el testamento

TESTAMENT

Som vells arbres nus
el braços enlairats
Implorant a l’infinit
un bateig de neu,
amagar sota el gel
el nostre batec.

Les petjades del llenyataire
omplen de por el bosc,
hi haurà una ofrena de foc
Les espurnes pampallugues.
El fum, cabrioles entremaliades
dibuixant bigotis als núvols

La cendra amaga l’últim desig.

Autor: Javier Solé

Versión en castellano:

ÚLTIMAS VOLUNTADES

Somos viejos árboles desnudos
los brazos alzados
Implorando al infinito
la primera nevada,
esconder bajo el hielo
nuestro latido.

Las pisadas del leñador
llenan de miedo el bosque,
habrá una ofrenda de fuego.
Las chispas centellean
El humo, piruetas traviesas
dibujando bigotes a las nubes.

La ceniza esconde las últimas voluntades.

Cinco poemas de Gabriel A. Jacovkis

13.
En la orilla del mar
el niño juega con su pato de goma.
Lo monta, lo cabalga
y el pato avanza
indiferente a la vital función
de mantener a su pequeño jinete
flotando.
La madre vigila la escena
desde la arena suave
mientras el pato mira
a ese otro niño que flota
ya sin necesidad
de que nadie cuide de él.

16.
El observador de aves
pasa horas sentado en un médano.
Sólo los láridos le interesan.
Atrapa las imágenes
de las gaviotas volando
a diez metros sobre el mar.
El hombre está entrenado
para mirar siempre a la misma altura
sin bajar nunca los prismáticos.
Estudia el comportamiento
de las aves cuando vuelan
a diez metros de altura.
Nunca más abajo.
Jamás a nivel del mar
donde suceden otras cosas.

18.
El barro que se forma
en las calles cuando llueve
resulta de la mezcla
de tierra y agua.
Puede servir para hacer un botijo
en el que el agua cristalina
entona un alegre canto
cuando lo inclinamos
para que el hilo líquido
nos quite la sed.
También sirve para que los niños descalzos
caminen sobre él.
Entonces el lodo
inunda sus pies.
También sus manos
y su cara
y la ropa.
Toda la ropa.
Hasta que el niño se confunde
con la calle del campo
con el alambre del campo
con la sed del campo
con el hambre del campo
con el agua que se bebe en el campo.
Y otros niños lo pisan
y los adultos lo pisan
hasta que deja de ser niño.
Y no será jamás vasija.
Ni muñeco ni cerámica.
Pero no dejará nunca de ser barro.

23.
El mecanismo que calienta
las patas de los pingüinos
es de un diseño perfecto.
Los pingüinos permanecen
sobre el hielo sin congelarse:
la sangre de las arterias
calienta a la de las venas.
Pero no todos tienen
la suerte de los pingüinos.
A los abandonados
los pies se les tiñen de azul.
También las manos,
la nariz
las orejas.
También el corazón.
También el cerebro.
A eso se le llama morir de frío.
Cuando hay suerte
y la temperatura sube
dejan de morir congelados.
Simplemente
mueren de hambre.

31.
Nunca llegó a saber
qué color tiene
el final del viaje.
Nunca pudo olvidar
el color que tiene el principio

Autor: Gabriel A. Jacovkis

Del poemario “De la ignominia, viaje del infierno al infierno” (Amargord, 2018)

Fuente original: https://paramiuncortado.wordpress.com/de-la-ignominia/

Ilustraciones, por este orden: David Alexander Colville, David Alexander Colville, Niños reflejados en un charco en Idomeni (Manu Brabo), Kalle Kataila y “Lampedusa” (Michelle Rogers).