El realismo sucio de Roger Wolfe

egon-schiele-20QUE DIOS Y WALT WHITMAN ME PERDONEN

Cuando uno es feliz, vive.
Cuando no,
se hace pajas y escribe.

Ilustración de Egon Schiele

La muerte es la única vergüenza

La vieja terminó por fin de volverse loca.
Se levantaba la falda y exhibía el chocho,
le pedía que se lo chupara
al maitre.
Se llamaba Linda. Tenía
ochenta y dos años, un cáncer
de pulmón en ciernes.
Aspiraba y resoplaba, colgada todo el día de un cigarro,
la barriga hinchada como un odre,
el resto de su cuerpo un esqueleto.
Grotesca como una versión asténica de Falstaff.
Una ninfómana de ochenta y dos años, os lo digo,
capaz de acabar con cualquier cosa
que todavía se moviera.
El maitre se hacía el sueco.
Pero aún no sé si no la montaría.
Tres paquetes de cigarrillos durante sesenta y ocho años,
lo repetía una y otra vez,
en aquella época no te quedaba más remedio
nos decía,
no sabéis, no os podéis imaginar
lo que era aquello. El blitz.
Hitler con sus V1, V2,
pasábamos las noches en vela,
en el sótano, en el refugio
improvisado al fondo del jardín,
esperando,
fumando…
La guerra, ah, la guerra,
repetía,
los ojos en blanco, vidriosos, empañados
detrás de sus enormes gafas, con la plancha
en una mano y la taza de té en la otra.
Londres era un infierno,
recuerdo la panadería de detrás de mi casa,
impacto directo,
estaban todos muertos, los sacaron los de
la Home Guard, había piernas,
brazos, la cabeza de la Sra. Winter
con los ojos como los de un sapo degollado.
Era terrible.
Todo Londres una inmensa pesadilla. Y luego
esos aviones alemanes,
el silbido
de las bombas,
todavía puedo oír ese silbido en mis oídos,
no puedo soportar la tele, esas películas
de guerra que a los jóvenes os gustan tanto.
No sé cómo podéis.
No os lo podéis ni imaginar.
Que no me hablen de la guerra.
Que no me hablen de gobiernos.
De alemanes,
de judíos.
Chamberlain, ese hijoputa,
tuvo la culpa.otto-dix-16
Ah, la guerra, y ahora esto.
No es mucho mejor, verdad.
Expectoraba, tosía, lanzándome
miradas al paquete.
Una ninfómana de ochenta y dos años.
Se encargaba de lavar la ropa
del restaurante,
los mandiles,
las chaquetas,
los gorros, las camisas,
los pantalones a cuadros blanquiazules
manchados de grasas y de orines, y de esperma
rancio, a veces.
Llegaba a las 6 de la mañana.
Ponía la lavadora, la tetera,
yo le subía la ropa del día anterior,
la ropa sucia pringada de manteca,
restos de patatas asadas y legumbres,
verduras,
lamparones, trozos de carne de cordero,
le subía un té
y no me dejaba escapar.
Hacía frío.
Siempre hacía frío en Inglaterra.
Había un petirrojo en el alféizar
casi todas las mañanas,
Linda le tiraba las migajas de la cesta de pan
que el último camarero había olvidado retirar
de encima del lavaplatos.
Y fue poco después cuando supimos la noticia.
Se había alzado al parecer las faldas
delante del maitre, lo había por fin arrinconado,
ochenta y dos años,
en la sala de la colada,
se había introducido un dedo en el chocho,
lo volvió a sacar,
lo alzó, se lo llevó a la boca,
chupó ese dedo.
Le dijo al maitre que si quería meter también él el dedo.
Steve me lo dijo, apenas se podía creerotto-dix-mujer-con-sombrero-rojo-1924
lo que me estaba contando.
Creo que le dijeron que sería mejor
si se quedaba en casa;
luego,
más tarde, lo supimos.
Que el cáncer había hecho su trabajo.
El cáncer es fiable, nunca falla.
Murió en la cama intentando
extender las manos hacia la ventana.
Creía ver petirrojos en el alféizar.
Les tiraba migajas imaginarias.
Murió literalmente por falta
de aliento,
la tenían enganchada a una bombona
de oxígeno muy parecida
a esas bombonas de propano que hay en las cocinas
de colegios y hospitales,
pero en pequeño.
Linda estalló una mañana como una pompa de jabón,
se la llevó el aire frío de Inglaterra,
el día anterior habían sacado litros de líquido
de su bajo vientre y del abdomen,
y ya no pudo volver a enseñarle el chocho
a nadie.

Ilustraciones de Otto Dix

El borracho es un fingidor

fabian-perez-tinto

La cosa es muy sencilla, en realidad.
Coges y agarras
una borrachera de dos días
y al tercero resucitas
de debajo de una pila
de mierda, sudor rancio,
sangre coagulada y heridas sin cicatrizar.
Luego te arrodillas

en el lugar más propicio de la casa
—la cocina, por ejemplo—
extiendes los brazos en cruz
como un santo enajenado bajo la lluvia
en una de esas infames películas de la Biblia
que rodaban hace años
en este país de todos los demonios,
y pides clemencia a Dios y a la memoria
de todos los muertos
y mediomuertos que conoces,
y llamas por teléfono,
agenda en mano, a la esperanza,
a los amigos,
enemigos
y otra gente
de sexo impreciso o intermedio
para anunciar a todos la inminencia
de tu último suicidio
mientras juras
y perjuras
no volverlo a hacer
hasta la próxima
vez.

Ilustración de Fabián Pérez

gavin-calf-06El extranjero

Me asomo a la terraza.
Una mujer se arregla el pelo
delante de un espejo
en el edificio de enfrente
de mi casa.
Estaba leyendo
a Dostoyevski. Cierro el libro,
lo dejo encima de la mesa,
me siento y abro
otra cerveza. Qué aburrido,
Dostoyevski, la cerveza,
las mujeres, los libros,
los espejos. Qué aburrido
sentarse y esperar la muerte
mientras la gente fornica,
come, trabaja o se solaza
bajo el sol sucio de septiembre,
y uno sabe, positivamente,
que nada va a ocurrir.

escritorIlustración de Gavin Calf

La verdad por fin

Todo el día
queriendo redactar este poema
y ahora no recuerdo
qué se supone
que tenía que decir.
Los buenos escritores —no hace falta
repetirlo— son aquellos
que saben siempre, exactamente,
cuándo no deben escribir.
Pero ése
evidentemente
no es mi caso.

roger-wolfe-2Roger Wolfe (1962) es un escritor de origen inglés que desde los cinco años reside en España. Su obra literaria suele estar encasillada en el marco del realismo sucio, un movimiento de origen norteamericano que comenzó en la década del 70. Por otro lado, el autor asegura que se siente más identificado con la nomenclatura de poeta neorrealista. Las reiteradas comparaciones con Charles Bukowski son inevitables.

la victoria son las ruinas de la guerra

TOKYO

1462381055_370213_1462443997_noticia_fotogramaLas palomas sobrevuelan en silencio
la ciudad abierta por la victoria.

Una cabra famélica está lamiendo
la ingle de un muerto y esto es todo
lo que puedo decir
de la victoria.

Autor: Marco Antonio Raya Ruiz

La imagen era surrealista. Portaaviones y destructores repletos de cabras, cerdos y ratas flotaban en las paradisíacas aguas del atolón Bikini, en el océano Pacífico, en julio de 1946. El Gobierno de EE UU había expulsado a los 167 nativos de las islas para bombardearlas con dos armas nucleares de unos 20 kilotones cada una, frente a los 15 kilotones de la detonación en Hiroshima. El 1 de julio, los militares lanzaron en Bikini la bomba Gilda, con la imagen grabada del personaje de la actriz Rita Hayworth. El anuncio de la película, estrenada ese mismo año, proclamaba: “Bella, mortal… empleando todas las armas de una mujer”.

El 25 de julio, tiraron la segunda, bautizada Helena de Bikini por Helena de Troya, la mujer que hizo sucumbir a tantos héroes de la mitología griega. Ambas bombas generaron sendas columnas radiactivas de agua y coral pulverizado que bañaron a los animales asustados en los barcos. Los que no murieron achicharrados por las explosiones, fueron fulminados en los días siguientes por las fuertes dosis de radiaciones ionizantes.

La llamada Operación Crossroads implicó una flota de 242 barcos, 42.000 personas, 156 aviones y más de 5.000 animales, con el objetivo oficial de estudiar los efectos de un ataque nuclear, pero con el deseo oculto de mostrar músculo a la Unión Soviética tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

el suicidio (39): el miedo a envejecer de Lafargue

“Sano de cuerpo y espíritu, me doy la muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno detrás de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico. Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años.”

(Texto manuscrito de Paul Lafargue encontrado junto a su cuerpo)

suicidio de Paul Lafargue

Mil novecientos once, veintiséis
de un noviembre sombrío. Sobre el cuerpo
muerto de Paul Lafargue, hay una carta:

“La vejez me ha quitado, uno tras otro,
los goces de la vida, los placeresLucien Freud - And the Bridegroom (2001)
que explican la existencia; su constancia
me ha dejado sin fuerzas, y no quiero
sentir el cruel metal de su cuchilla
lenta sobre mi firme voluntad.
No esperaré a que venga, traicionero,
el último suspiro, pues rechazo
ser un inútil lastre apolillado.
Setenta años han sido suficientes.
Con el cuerpo aún erguido y el espíritu
inexpugnable, doy fin a mi vida.
Muero con la alegría de quien deja
atrás un gran amor, una esperanza,
una lucha incesante, pocas dudas.
Muero con la certeza del urgente
triunfo de lo que tanto he defendido”.

Sólo firmaba él, pero a su lado
yacía, ya sin vida, el cuerpo amargo
de su abnegada y fiel esposa Laura.

Autor: Julio Rodríguez

Ilustración de Lucien Freud, “And the Bridegroom” (2001)

Fuente original: http://www.juliorodriguez.es/scripts/poemas05.html

Para ampliar la información:

http://apostillasnotas.blogspot.com.es/2008/02/paul-lafargue-y-laura-marx.html

la vida y la muerte (75): velatorio y cementerio

SALA DE VETLLES

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“en tornar a casa
la mare va desar les poques flors
que havien sobrat
a la nevera”

(Gemma Gorga)

Los hospitales nunca dan buenas noticias
las esperas son densas
la incertidumbre un tormento calculado.

En el velatorio
descubres deseas
seguir custodiando
una cama en lugar de un féretro
que los enfermos sufren, pero no están muertos.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Viktor Popkov

No hubo ninguna despedida

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No hubo ninguna despedida

el pasillo era blanco
olíamos el silencio
el cuerpo estaba quieto

la vigilia era eterna
tocábamos el vacío
el cuerpo no se movía.

No hubo ninguna despedida

y es esa la razón
que me impide dejar de hablar
ante tu tumba.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Jeremy Lipking

La poesía oceánica de Domingo Acosta

A Alejandra Pizarnik

Un pájaro encerrado no es un pájaro,
es un canto que escapa entre las rejas
y el alma que se asfixia sin su vuelo.
Lluéveme,
hasta que seamos agua
y nos jubile el sol
en otra nube.
Hay que volar más lejos
que los sueños
hasta sentirse hambre
con tus ojos.
Hay que desenterrar el aire.
La encía de la furia.
Grita.
Rendirse es un desahucio
imperdonable.
Que no se apague tu garganta
en el silencio de la tierra.
No quieras soledad
otro lamento.

Ilustración: Gregorio Prieto Muñoz, “Maniquí del pájaro” (1927)

Estoy triste.
Alguien dejó sus ojos muertos en la plaza
y la ciudad inmensa
en una calle sola
que se escapa.
No importa este diluvio.
No hay coches,
ni tiempo,
si sólo llueve
una pregunta,
si sólo quieren despertarse los tiranos.
Un huracán de negaciones.
El desvarío de los símbolos.
Las muertes implacables.

Ilustración de Samuel Bak

Un pájaro canta.
Y hay otra sed que se despierta.
Te extraño como un niño
que no sabe de la muerte.
Tus manos tienen ojos
que me miran
con el viento.
Agua
en la melancolía
y en la orilla
o sombra
de mi cuerpo.

Escribes,
niegas el frío
y el silencio.
Los largos dedos
de la ausencia.

Ilustración: Armand Guillaumin, “La Neige à Crozant”

A veces
el verdadero útero
es la imaginación.
Un sueño nace
y cambia el universo

Ilustración: Dee Nickerson, “finding small treasure” (2015)

En la poesía de Domingo Acosta Felipe (Santa Cruz de la Palma, 1957), el cuidado uso del lenguaje y la evocación de la metáfora presiden un universo dominado por el mar y el amor. Poemas breves y concisos donde se redescubre la sabiduría que da el sentimiento.