ciudades y personas (III): L’Hospitalet. Rambla Marina

PAISAJE URBANO

Ahora mismo,
hace dos años
caminaba por esta Rambla
buscando cualquier farmacia
huyendo del hogar
donde una bailarina
en silla de ruedas
miraba el televisor.

Recorro hoy
esta Rambla,
a la misma hora
del mismo día
desertando de la casa
donde ya no está la niña,
la silla castigada en el desván
el televisor proscrito
tutela el salón frío.

Autor: Javier Solé

Fotografía de la Rambla Marina (L’Hospitalet)

ANGELUS

Contempla
indiferente
como se muere la tarde,
el tránsito de las nubes,
las luces que se apagan
como vidas que se extinguen

y,
tras la noche,
un amanecer
con el cielo recién pintado,
la misma desidia,
infinitamente indefinida,
hasta que el rocío devenga
vehemente lluvia.

Autor: Javier Solé

Fotografía de Javier Solé, diciembre 2015

Anuncis

Retratos de España (157): Textos de Esteban Martínez Serra

En una fosa común…

En una fosa común arrojaron un cadáver recién hecho. [Hacer un cadáver no tiene mayor secreto, aunque cada pueblo tiene sus preferencias.] Cayó como un saco de cebada. Vestía el jersey de cuello de cisne que sus hijos le regalaron, por delegación, el día del padre. [Impacientes, fueron ellos quienes rompieron el celofán granate, el lazo inexperto]. Su cara encajó perfectamente en el costado de un joven al que se le oyó pedir clemencia. Los primeros disparos levantaron una humareda de estorninos. Después el silencio se posó como el polvo sobre el campo que nadie cultiva, y fue total.

Autor: Esteban Martínez Serra

Ilustración: Juan Barjola, “Escena de guerra II” (1967)

Le arrancaron las botas…

Le arrancaron las botas. Y lo aceptó. Con ellas se llevaron los pasos ciertos, la feliz caligrafía del camino. También la casaca. Y sí, un muerto puede vivir con poca cosa, pero resulta ridículo morirse de frío en pleno abril. Aunque lo aceptó. Le arrancaron el anillo y el collar; y eso no le importó porque bajo tierra la humedad es corrosiva y ningún signo de identidad es necesario. Pero alguien que pasó —no pudo verlo porque ya le habían cerrado los ojos— se llevó sus gafas, y ver borrosa la muerte lo asustó.

Autor: Esteban Martínez Serra

Fotografía de René Brut de la Matanza de Badajoz por las tropas sublevadas de Yagüe

la vida y la muerte (91): Dos poemas de Ángel Guinda

Los muertos

Llegan lejos las manos de la ausencia
hasta alcanzar el mundo de los muertos:
los muertos que nos viven,
los muertos que nos matan,
los muertos que vendrán a visitarnos,
los muertos que están vivos,
los muertos que nos llaman,
los muertos que se vuelven a morir,
los muertos que en la muerte nos esperan.

Ilustración de Nicola Samori

HAS ENVUELTO tus manos con el aire.
Te has lavado los ojos con la luz.

¡Escribe como una sacudida!

Como si un guepardo saliese de la arena.
Como si un caballo emergiera del mar.

Las cerezas sangran en los dientes.
El atardecer se gangrena en la mirada.

¡No leas humo!

¡Aunque sea sobre agua escribe fuego!

Fotografía de Kyle Thompson

el juego de los besos (104)

El juego consiste en resolver el orden de las imágenes según la progresión establecida por Raymond Chandler en esta cita:

“El primer beso es mágico, el segundo íntimo, el tercero rutinario”

renoir-en-el-jardinjan-van-beers-amantes-noche-de-luna

Ilustraciones: Renoir, “en el jardín”; Jan van Beers, “Amantes, noche de luna” y Edmund Blair Leighton, “Off”edmund-blair-leighton-off

las cuatro estaciones (80): invierno. Poemas de Ángeles Mora y Javier Solé

frank-benson-birds-in-winter-1946INVIERNO

En la oquedad del árbol
dos pájaros okupas
se acurrucan
y resguardan del frío.
El bulevar blanquea
entre ramas desnudas
y el cielo anuncia nieve.
La mañana se detuvo un momento.
Se me helaron las manos,
pero no la sonrisa,
el hueco del amor.

Autor: Ángeles Mora

Ilustración: Frank Benson, “birds in winter! (1946)


EL ALMENDRO

En las ramas del almendro
víspera de San Antonio
cuatro carboneros escondidos.
El clamor de la escopeta
estruendo en el silencio.

Tres pájaros en vuelo.

Autor: Javier Solé

Poemas de Begoña Abad (VII)

Hoy tengo tiempo de amasar
con las manos algo doloridas
mi propio pan y un poco más
por si te aceras a la casa.
Hoy sacaré un rato para subir a la fuente
y a lo mejor bajar al río chico
a mirar las berrañas.
Limpiaré el barro de mis botas,
también con mis manos doloridas,
antes de subir las escaleras
de la casa de Salvia
que ha decidido marcharse en paz,
no quiero manchar lo que dejó limpio.
Hoy tengo que sacar un rato
para cantar un mantra dulce
a la puesta de sol, como hice a su salida,
y unos minutos de oración
mientras te acaricio el cuerpo cansado.
Hoy contaré las veces que doy gracias
por los besos que dejaste
ordenados en la alacena
y añadiré alguno para que no nos falten.
Otro día que no podré acudir a
las jornadas de poesía de la capital.

Ilustración; Zinaida Serebriakova, “Campesina con ollas”

Cuando la ola sabe que es mar
no necesita crecerse por encima de él,
ni necesita mover toda la arena de la playa,
le basta con batir en el instante
y retirarse después a formar parte
del todo al que pertenece.
Cuando la luciérnaga sabe que es luz
no necesita crecer por encima del sol,
ni necesita alumbrar toda la oscuridad,
se instala en mitad de un todo
que no alcanza a ver y alumbra
mientras dura la noche.
Ambas, la ola y la luciérnaga,
viven el gozo y la plenitud
como si fueran eternas.
Porque lo son.

Ilustración: Katsushika Hokusai, “la gran ola de Kanagawa” (1833)

POESÍA Y DIGNIDAD

Voy a cumplir sesenta años.
De los sesenta, más de cuarenta
sólo era eso que en el DNI
ponía, de profesión, sus labores.
Los últimos catorce
he trabajado de portera
en una finca urbana.
Cuando friego, lo hago con dignidad
y cuando termino la tarea,
en ese mismo lugar,
escribo poemas
para defender la dignidad
de los más invisibles,
por si los que la perdieron
entre visas oro y el brillo del poder
quieren hacerles creer
que no tienen derecho a ella.
Cuando miro a los ojos,
cuando hablo, respiro o lloro,
lo hago también con dignidad.

Ilustración de Richard Burlet