La Puerta de Alcalá

2012 (04) Castilla 461 Madrid

En esta instantánea cuatro catalanes se retratan en la emblemática Puerta de Alcalá.

La Puerta de Alcalá es uno de los monumentos más representativos de Madrid. Antes de que este monumento adornara el enclave, en su lugar había otra puerta, más modesta, que Felipe III mandó construir en 1559 con motivo de la llegada a la capital de la que sería su esposa, Margarita de Austria.  Esta primera puerta fue demolida dos siglos después, en 1764, cuando se acometió la construcción del Salón del Prado, para levantar en su lugar otra que armonizara más con el entorno. El Rey Carlos III encargó a su arquitecto favorito, Francisco Sabatini, la realización de un nuevo monumento.

Nos falta la estelada pero todos los guías turísticos aconsejan cautela y mimetismo cuando se viaja a países extranjeros. La senyera en Alcalá o Cibeles seria como ponerse a tomar el sol en bikini en una Mezquita de Afganistán.

Tengo buenos amigos madrileños (Iván Rafael, Ana Pérez Cañamares, Meri Pas i Blanquer…); buenas personas que no leen ni el “ABC”, ni “El Mundo” ni “La Razón” a los que no visité. No hubo tiempo ni para el Prado, ni el Thyssen, ni el Museo Sorolla. Sólo Cibeles por lo de la canción de Sabina y la Puerta de Alcalá por Ana y Víctor.

Cuatro catalanes fotografiados por una madrileña que se ofreció amabilísima. Hizo una buena foto, un encuadre medido y, además, no nos cobro nada. Gratis totalmente. Si una vez vuelvo a verla, por los alrededores de la Sagrada Familia o frente al Palacio de Exposiciones en las Fuentes de Montjuïc, pienso hacerle una foto de Premio Pulitzer. Aunque en realidad no lo veo nada fácil; no sé su nombre y yo me fijaba cuando la vi –debo reconocerlo aunque sea políticamente incorrecto- más en su trasero respingón que en las facciones del rostro.

Voy a intentar este verano reconocerla entre los miles de turistas que pueblan la ciudad, pero admitamos que no va a ser empresa nada fácil. Todos me gustan por igual.

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Retratos de España (1) : la voz agónica de los muertos.

Las dos propuestas que inician la serie versan sobre viejas estampas de pueblos castellanos cercenados por la muerte y la desolación. Se trata de poemas largos donde a la calidad del texto se unen las imágenes que ilustran “Pueblo blanco” de Serrat o la recitación magistral de Héctor Alterio en “¡Que lástima!” de León Felipe.

PUEBLO BLANCO

Colgado de un barranco
duerme mi pueblo blanco
bajo un cielo que, a fuerza
de no ver nunca el mar,
se olvidó de llorar.

Por sus callejas de polvo y piedra
por no pasar, ni pasó la guerra.
Sólo el olvido…
camina lento bordeando la cañada
donde no crece una flor
ni trashuma un pastor.

El sacristán ha visto
hacerse viejo al cura.
El cura ha visto al cabo
y el cabo al sacristán.
Y mi pueblo después
vio morir a los tres…

Y me pregunto por qué nacerá gente
si nacer o morir es indiferente.

De la siega a la siembra
se vive en la taberna.
Las comadres murmuran
su historia en el umbral
de sus casas de cal.

Y las muchachas hacen bolillos
buscando, ocultas tras los visillos,
a ese hombre joven
que, noche a noche, forjaron en su mente.
Fuerte pa’ ser su señor.
Tierno para el amor…

Ellas sueñan con él,
y él con irse muy lejos
de su pueblo. Y los viejos
sueñan morirse en paz,
y morir por morir,
quieren morirse al sol.

La boca abierta al calor, como lagartos.
Medio ocultos tras un sombrero de esparto.

Escapad gente tierna,
que esta tierra está enferma,
y no esperes mañana
lo que no te dio ayer,
que no hay nada que hacer.

Toma tu mula, tu hembra y tu arreo.
Sigue el camino del pueblo hebreo
y busca otra luna.
Tal vez mañana sonría la fortuna.
Y si te toca llorar
es mejor frente al mar.

Si yo pudiera unirme
a un vuelo de palomas,
y atravesando lomas
dejar mi pueblo atrás,
juro por lo que fui
que me iría de aquí…

Pero los muertos están en cautiverio
y no nos dejan salir del cementerio

Autor: Joan Manuel Serrat

Ilustraciones de Solana, chozas de la alhóndiga” (1912) e “iglesia de aldea” (1906).

¡Qué lástima!

¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque…, ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

Autor: León Felipe

Todas las ilustraciones son de Gloria Abellán Romero.

El acueducto de Segovia

¡Cielos! Nadie fue capaz de encuadrarnos como es debido tanto a nosotros como a los arcos del acueducto.

El Acueducto de Segovia es la obra de ingeniería civil romana más importante de España y es uno de los monumentos más significativos y mejor conservados de los que dejaron los romanos en la península Ibérica.

Hay alrededor de la construcción del Acueducto una leyenda que dice así:

Hubo un tiempo en el que la zona alta de la ciudad de Segovia no tenía fácil acceso al agua. Para poder conseguirla, los habitantes tenían que realizar un gran recorrido para poder traer el agua de las fuentes en la zona exterior de la ciudad.

Una joven criada, tenía que llevar cada día agua a la casa en la que servía en lo alto de la ciudad, para lo que tenía que bajar a cuestas con el cántaro a la zona baja donde se situaba la fuente, para luego hacer el camino de subida con el cántaro lleno.

Un día la joven criada, sumida en la desesperación a mitad de camino, exclamó en alto: “Daría lo que fuera porque el agua llegara sola a las puertas de la ciudad para no tener que volver nunca a recorrer este camino”. Entonces una voz melodiosa tras ella le respondió: “¿Estás segura de que darías cualquier cosa a cambio de que el agua llegara a las puertas de tu ciudad?”. La joven se dio la vuelta asustada y se encontró con un hombre apuesto, al que respondió que sí sin dudarlo ni un momento, ya que pocas eran las pertenencias que tenía que pudieran interesarle al hombre.

Entonces el hombre le pidió algo que la mujer sí que poseía: su alma a cambio de hacer que el agua llegara directamente hasta las puertas de la ciudad. En el momento de bajeza, la joven pensó que el alma era algo que de poco le valía, por lo que aceptó sin dudarlo. Entonces, se percató de una rara sonrisa en la cara del extraño, por lo que antes de estrechar la mano con este y sellar el trato, la joven añadió que sólo le daría su alma si era capaz de hacerlo antes de que el primer rayo del sol brillara a la mañana siguiente. Tras cerrar el trato con un apretón de manos, el hombre se desvaneció ante sus ojos, y la joven continuó su camino a por agua pensando que todo había sido una simple fantasía causada por el gran cansancio.

La noche cayó, y la joven comenzó a dar vueltas en la cama sin poder dormir. No paraba de pensar en el extraño encuentro que había tenido al bajar a la fuente por la mañana, así que se levanto y fue a dar un paseo para airear la mente. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando se asomó al mirador junto a la puerta de San Juan y observó como el extraño que había conocido esa mañana estaba envuelto en llamas y dando órdenes a cientos de diablos, dirigiéndolos en la construcción de una estructura que la joven no tardó en identificar con un conducto para llevar el agua a lo alto de la ciudad.

La obra continuó toda la noche, durante la cuál la joven no paró de rezar a Dios arrepentida por su trato con el diablo y pidiéndole que no dejara que el diablo se llevara su alma, sin obtener respuesta alguna. Cuando toda la construcción estaba prácticamente finalizada, el hombre en llamas y todos sus ayudantes comenzaron a celebrar la victoria mientras llevaban la última piedra al hueco, y justo en el momento que el hombre en llamas iba a ponerla, el primer rayo de sol golpeó su cara.

El diablo, indignado con su derrota, abandonó la ciudad junto a todos sus ayudantes dejando la casi terminada construcción a sus espaldas. La joven, sorprendida por su victoria, corrió a la iglesia para confesar ante el sacerdote. Este, tras bendecir a la joven, fue con el resto de segovianos a contemplar el impresionante acueducto construido por el diablo y sus ayudantes, poniendo todos juntos la última piedra para finalizar la construcción.

Durante la visita a la ciudad, en abril del 2012, nos gustó especialmente la Casa-Museo Antonio Machado; en la calle de los Desamparados, en pleno corazón de Segovia, muy cerca de la Catedral, está la pensión, una de las más económicas de la ciudad, en la que el poeta permaneció durante 12 años “por un precio de algo más de tres pesetas”.

La casa, irregular y pobre, como tantas de aquella época, conserva intocados los espacios que conoció don Antonio: los patios con parras y perales, los muros desnudos, la modesta cocina de hierro, el largo y bajo pasillo, el comedor común y su habitación, con los sencillos muebles que tenía, incluyendo una estufa de petróleo que le regaló su hermano Manuel para que mitigara los rigores de los crudos inviernos segovianos.

No es, pues, una gran mansión ni en ella se conservan deslumbrantes obras de arte, sino un espacio en el que podrás sentir, más que contemplar, la pobre casa en la que habitó un poeta que esperaba morir “ligero de equipaje”; al traspasar el umbral podrás, con la ayuda de una guía especialmente sensible que convierte la visita guida en una delicia, evocar presencias perdidas o emocionarte con el recuerdo de unos versos.

 

Muy cerca de la Catedral, en una calle concurrida, el artista Juan Estuardo Alvarez tiene un comercio-taller donde elegir una reproducción de sus pinturas puede llevaros un buen tiempo. Nosotros escogimos varias bajo estricta votación. Perdí por muy escaso margen y no pudé traerme ésta. 

Todas las reproducciones de este artista están llenas de colorido y vitalismo; lunas amables, paisajes de ensueño, figuras estilizadas amorosas y de un optimismo contagioso.  

Las murallas de Ávila

Ávila es una ciudad pequeña, capital de provincia próxima a Madrid, que tiene un encanto especial derivado de la multitud de iglesias y casas señoriales que pueblan su reducido casco histórico y, en particular, de las murallas que son el monumento que identifica a la ciudad.

Este espléndido recinto amurallado medieval es el mejor conservado de España y probablemente de toda Europa.

Construidas a lo largo del siglo XII, tienen un perímetro de 2,5 km de longitud. Se puede recorrer paseando a su alrededor descubriendo sus 9 puertas (del Alcázar, Peso de la Harina, San Vicente, el Mariscal, del Carmen, San Segundo, de la Malaventura, de la Santa o Montenegro, del Rastro). Este recorrido nos permitirá ver cómo la muralla se adapta al terreno, más alta en las zonas llanas y más pequeña en el terreno más accidentado. También puede realizarse una agradable visita por la parte superior de la Muralla; un paseo al atardecer fue nuestra opción. Al anochecer, en las distintas procesiones de Semana Santa, también es una delicia gozar del sobrecogedor silencio que acompaña a las distintas cofradías. No soy en absoluto religioso pero algunas –no todas- las iconografías que adornan este acontecimiento son dignas de apreciarse culturalmente.

La mejor vista de las murallas se tiene tras dejar la ciudad por el puente sobre el Adaja y dirigirse unos centenares de metros, en dirección a Salamanca, hasta el crucero de los Cuatro Postes. Es, seguramente, la imagen más sorprendente de Ávila; en un promontorio cerca del río Adaja, en la carretera de Salamanca, donde confluye una vista de la majestuosa Muralla, la sencillez de un monumento y la leyenda relativa a la ingenuidad de unos niños cuya aventura en pos de tierras lejanas finaliza a unos escasos cientos de metros.

La Laguna Negra de Soria, tierra de Alvargonzález

En abril del 2011 estuvimos unos días en distintos lugares de Soria; Numancia, Calatañazor, Fuentona, Castroviejo, Cañón del Rio Lobos, Pinares de Covaleda y la propia capital.


Pero el paraje emblemático sigue siendo la Laguna Negra: oscura, fascinante y enigmática, envuelta en leyendas. Encajada entre picos de 2000 metros, bordeada por infinitos pinares y hayas de tamaño enorme y altitud descomunal. Sus aguas son presuntamente profundas e intensamente oscuras. El misterio que envuelve este paraje de montaña bellamente espolvoreado por la nieve y el relieve de las montañas reflejado en sus apacibles agua cautivo a Machado que tuvo en este lugar el contrapunto a la serena quietud de la estepa soriana.

La leyenda forjada por el poeta, en verso largo y en relato narrativo conciso cuenta que un mozo llamado Alvargonzález heredó de sus padres ricas tierras. Teniendo casa, ganado y huerta, tomó por esposa una linda moza de tierras del Burgo. Vivieron felices y tres hijos tuvieron. La envidia armó pelea en el hogar de Alvargonzález. Los dos hijos mayores casaron y el buen padre tuvo nueras que sólo pensaban en la herencia que les cabría tras la muerte de Alvargonzález. Una mañana salió sólo el buen padre y decidió descansar bajo un olmo. Se fue quedando dormido y soñó que sus hijos vendrían a matarle y al abrir los ojos vio que era cierto lo que soñaba; un hachazo en el cuello y cuatro puñaladas en el pecho. Al padre muerto le arrastran hasta la Laguna Negra, que no tiene fondo, y allí lo arrojan con una piedra atada a los pies. Nadie osó acusar a los hijos del crimen.

Es curioso que no seamos capaces de ponernos de acuerdo con la profundidad de las aguas; hay quienes insinúan que éstas son infinitas y otros se refieren a entre diez y veinticinco metros. Unos pocos aseguran que sólo hay cinco metros. El cadáver de Alvargonzález nada dice al respecto y sigue descansando en la laguna. Laguna negra teñida de rojo, laguna helada que palpita y ensombrece el alma.

Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.

Ilustración: Cézanne, “el asesinato” (1870)

Puedes consultar el texto íntegro del poema “La Tierra de Alvargonzález”, de Antonio Machado en esta dirección:

http://es.wikisource.org/wiki/La_tierra_de_Alvargonz%C3%A1lez_(poema)

Los molinos de Don Quijote en Consuegra

No es de extrañar que en ese bello lugar el fantasma del famoso hidalgo aún persiga a su Dulcinea 

En la localidad toledana de Consuegra encontramos uno de los conjuntos de Molinos de Viento mejor conservados de toda España, formado por doce de los trece molinos que antaño coronaron la llamada Crestería Manchega, en lo alto del Cerro Calderico que domina la localidad; a los que se ha apodado con diferentes nombres y apodos de El Quijote.

De los doce molinos que coronan el Cerro Calderico, cuatro de ellos conservan la maquinaria en buenas condiciones: el Sancho, el Rucio, el Bolero y el Espartero. El resto de los molinos cuentan también con apodos de El Quijote, como Chispas, el Caballero del Verde Gabán, Mambrino, Clavileño, Alcancía, Cardeño, Mochilas y Vista Alegre.

El origen de los molinos de viento se da en el siglo XVI, época en la cual una devastadora sequía deja sin utilidad a los antiguos molinos de agua que se usaban para moler los granos. Así es como, los cruzados recién llegados de las batallas imitan las construcciones levantadas en Jerusalén y aprovechan la fuerza del viento para convertir el grano en harina. Se dispuso su construcción en lo alto de las colinas y cerros, para aprovechar el fuerte aire que corría en aquellas zonas y así fue que los primeros molinos empezaron a girar al ritmo del viento. Siglos después, el uso de la electricidad como principal fuente de energía deja sin uso alguno a los molinos.

Entre las ruinas del desolado castillo de la Muela, azotados por el viento de la llanura de la Meseta, es un paraje perfecto para recordar la “aventura” de Don Quijote:

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza.

Aquellos que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar”. (Fragmento Capítulo VIII de “Don Quijote”)

En la siguiente dirección figura un muy interesante material didáctico que pueden disfrutar tanto niños chicos como chicos grandes:

 http://nea.educastur.princast.es/quixote/

 

Finalmente, en Alcalá de Henares, el Museo Casa Natal de Cervantes es un museo situado en el inmueble donde, según los estudiosos, nació el escritor y donde el literato pasó sus primeros años.

Recrea los distintos ambientes de una casa acomodada de los siglos XVI y XVII, mediante una ambientación que persigue que el visitante entre en las estancias percibiendo la presencia de sus moradores en el desarrollo de su vida cotidiana.