Poemas de Begoña Abad (VIII): las madres de Begoña

Últimamente dedico horas y horas
a mirar a mi madre.
Su lentitud y su tesón
para buscar las gafas,
para buscar las llaves,
para buscar lo que necesita.
Aprendo el modo de buscarla a ella,
para cuando me falte.

Ilustración: Van Gogh, “mujer cosiendo” (1881)

Leo el fracaso de mi madre
en unos ojos turbios, de miedos
que se anclaron en ellos.
Me quiso princesa y salí rana
que ningún príncipe supo desencantar.
Me vistió de niña y me hice mayor
antes de tiempo, de su tiempo.
Hubiera podido seguir sus pasos:
rendirme a la evidencia,
pero la evidencia me indignó
y tuve que sacarla de mis ojos,
unos ojos que aprendieron a mirar
más allá de lo que me contaron.
Donde ella puso flores, yo veía cadenas.
Donde cosía sedas yo descosía afanes.
Donde inventaba cuentos yo leía tristezas.
Me quiso dejar acompañada siempre
y siempre estuve sola conmigo.

Ilustración: Helen Allingham, “A Village Street”

MATER AMÁBILIS

Mi madre no recuerda el nombre de su madre.
Ha olvidado el camino de regreso a la vida,
no sabe usar el peine, ni la cuchara,
se pone, casi siempre, la chaqueta al revés
y revuelve cajones en su memoria,
pero siempre sonríe al escuchar mi nombre.
Mi madre no recuerda si tuvo algún amante,
si ha viajado muy lejos, si ha perdido algún tren,
dónde están sus anillos, si alguna vez fue guapa,
que le gustaba tanto el Chinchón y el café,
que las letras unidas tienen significado
y que el perro que amaba nos dejó ya hace un mes.
Mi madre me recuerda, sin amargura,
lo que yo he olvidado tan tontamente,
la oración de su abuela que me dormía
las canciones de cuna que me cantaba,
y unas romanzas moras que, en letanía,
desgrana mirando por la ventana.
Mi madre y yo sujetamos recuerdos olvidados
como podemos, a veces con dolor,
otras con risas, siempre con esperanza.

Ilustración: Helene Schjerfbeck, “Maria”