la infancia (55): la mejor escuela

LA MEJOR ESCUELA

DESCONFÍA de aquellos que te enseñan
listas de nombres, fórmulas y fechas
y que siempre repiten modelos de cultura
que son la triste herencia que aborreces.
No aprendas sólo cosas, piensa en ellas
y construye a tu antojo situaciones e imágenes
que rompan la barrera que aseguran existe
entre la realidad y la utopía.
Vive en un mundo cóncavo y vacío;
juzga como sería una selva quemada;
detén el oleaje en las rompientes;
tiñe de rojo el mar;
sigue a unas paralelas hasta que te devuelvan al punto de partida;
coloca al horizonte en vertical;
haz aullar a un desierto;
familiarízate con la locura…
Después sal a la calle y observa:
es la mejor escuela de tu vida.

Autor: José Agustín Goytisolo

Fotografía de Robert Doisneau

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la infancia (54): la sonrisa

LA CHICA DE LA FOTOGRAFÍA

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No sé a quién sonríe
la chica de la fotografía.

La vida
-a golpes crueles-
me ha revelado
la importancia
de no perderse
en detalles irrelevantes.

Sí,
es cierto,
sonreía.

Es incuestionable su alegría.

Conviene recordar
que fue feliz.
En esta imagen
la joven sonríe
porque era dichosa.

Si te acercas escucharás
inaudibles las risas.
Que la vehemencia del júbilo pretérito
no postergue en la memoria
la amargura de la poca vida que vivió.

Bienaventurados los que ríen
o rieron.

Autor: Javier Solé

la infancia (53). Poema de Begoña Paz

louis-treserras-11Cansada de vigilar la máscara, la mujer
se sienta al final del día frente al espejo.
Una a una va quitando las arrugas,
las líneas amargas que cercan la boca,
eleva los párpados, limpia con un paño,
húmedo las canas, levanta los pechos,
sacude del cuerpo los kilos de más.
Luego se acuesta en la cama, a llorar.
Se pregunta por qué no viene a acunarla
su madre. Es tan joven, está tan desnuda
y tiene tanto, tanto frío.

Autor: Begoña Paz

Ilustración de Louis Treserras

la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

Retratos de España (132): niños robados

NIÑOS ROBADOS

Alumbrar la muerte, dar vida a la nada
parturienta que teje en nueve meses
una gestación estéril
en un quirófano coronadael-archivo-general-de-la-diputacion-en-el-caso-de-los-ninos-robados

en el rostro del muchacho
que recorre la avenida
reconoce el feto inanimado
que atado a una correa
de una monja muy piadosa
con el hábito atestado de monedas
duerme en la casa del hospicio
donde unos nuevos padres
mañana y siempre
velarán sus sueños
ignorando que el hombre del saco
es quien le besa
cada mañana
en la cancela de una devota escuela.

La muerte no exonera a los culpables
tan solo prescriben con el tiempo
los indecorosos delitos perpetrados.

Autor: Javier Solé

Del poemario “El cementerio que habitan los vivos” (ISBN 978-84-9076-351-3)

la infancia (49): la niña perdida. Dos poemas de La casa del silencio

FLABIOL EN EL BOSQUE

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En el bosque de tu infancia
se escucha el sonido del flabiol en Ciutadella
mientras una niña asustada
sortea las raíces agónicas
de los árboles centenarios
reclamando la presencia de alguien conocido.

En el prado
tres figuras
esperan en vano
el regreso de la niña.

Cuando la noche envuelve el bosque
y la flauta descubre el silencio
no queda esperanza,

sólo el desconsuelo
del reencuentro permanente
en la memoria.

Autor: Javier Solé

Fotografía de La Fageda d’en Jordà (La Garrotxa)

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

LABERINTO

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Sólo un niñom-a-r-c-i-n-%e2%80%a2-s-a-c-h-a
es capaz
por curiosidad o desobediencia
de penetrar
sin miedo
en el laberinto.

Al crecer,
ese mismo niño
por cautela o desidia
rehúye
perderse aunque sólo sea un camino.

El adulto sabe que quien gobierna ha cerrado la salida,
un ejército de naipes decapitará a los rebeldes.

Autor: Javier Solé

Del libro de poemas “La casa del silencio” (ISBN 978-84-9095-522-2)

Begoña Abad versus Montserrat Gudiol. Poemas de El hijo muerto.

montserrat-gaudiol-11Estamos solos
con el hospital dentro.
Se nos ha quedado clavado.
La sala de espera
y el largo pasillo
que parece una vida
donde el final
se adivina cerca.
No queda nadie.
Todos se han ido.
Las otras mujeres
llevándose a sus hijos
a escondidas, sin mirarme,
porque les duele mi dolor.

montserrat-gudiol-02

Cuántas noches aún, en sueños,
me abro el vientre
para volverte a él.

montserrat-gaudiol-14

Al día siguiente
amaneció de nuevo
y el sol alumbró mi angustia.
Hacer las mismas cosas
que cuando estabas,
pero mis manos
no respondían igual
al estímulo feroz
de la vida.
Parecían un tren detenido
en el andén de un pueblo fantasma
en mitad de la noche.