la infancia (60): la madre de los hombres


“Empuja a tus hijos
para que derriben
esta cárcel”

Autor: Raúl Muñoz

Ilustración de Käthe Kollwitz

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la infancia (59): contar o recapitular

De niño contaba estrellas,
ovejas antes de dormir,
todos los lunares de mi cuerpo
o los pasos que separaban mi casa del colegio.

Hoy cuento fracasos,
titubeos,
desencuentros
y coartadas a seguir

Autor: Antonio Gómez

Ilustración: Jules Bastien Lepage, “La Pauvre Fauvrette”

la infancia (57): Poema de Isabel Hualde

NIÑO LOCO

El Niño aullando
como lobo solitario en vendaval

arranca basuras
arranca espanto jirones
cacharros inservibles arena

o frases que nada significan

y después escenario roto
alguien pregunta y nadie responde
la nada vacío ¡flash!

de cuando en cuando devienen borrascas
que devuelven a su cauce
el origen del río cosas casas gente

te mueres Niño loco
fascinado en tu extraña aventura

mañana nos devolverá el horizonte
sus nervios encendidos
la belleza paulatina de sus franjas de luz

y como todo lo puro
desnudará de golpe su rostro el deseo
y sucederá de nuevo el amor

a intervalos.

Autor: Isabel Hualde

Fotografía de Kim ki-Chan

la infancia (56): huérfanos. Dos poemas de Javier Solé

PAPÁ NO VENDRÁ ESTA NOCHE 

La niña de once años
llora con desconsuelo
al saber que su padre
no vendrá hoy a darle
las buenas noches
ni atraparán juntos
luciérnagas con las manos.

Ni hoy.
Ni mañana.

A los muertos les falta formalidad y les sobra tiempo.

Fotografía de Berta Vicente Salas

QUE NO ME TRAIGAN MIRRA

Un niño de mi clase
asegura los Reyes de Oriente
no existen.
Que es un invento burdo
del capitalismo,
que los padres pagan los juguetes
y envuelven a escondidas los regalos.
Si el niño sabelotodo de mi clase
dice la verdad
yo le pido a mi padre
que no me deje sin madre.
Y a mi madre,
a mi madre,
un beso.

Ilustración: Cezanne, “La mujer estrangulada” (1870)

la infancia (55): la mejor escuela

LA MEJOR ESCUELA

DESCONFÍA de aquellos que te enseñan
listas de nombres, fórmulas y fechas
y que siempre repiten modelos de cultura
que son la triste herencia que aborreces.
No aprendas sólo cosas, piensa en ellas
y construye a tu antojo situaciones e imágenes
que rompan la barrera que aseguran existe
entre la realidad y la utopía.
Vive en un mundo cóncavo y vacío;
juzga como sería una selva quemada;
detén el oleaje en las rompientes;
tiñe de rojo el mar;
sigue a unas paralelas hasta que te devuelvan al punto de partida;
coloca al horizonte en vertical;
haz aullar a un desierto;
familiarízate con la locura…
Después sal a la calle y observa:
es la mejor escuela de tu vida.

Autor: José Agustín Goytisolo

Fotografía de Robert Doisneau

la infancia (54): la sonrisa

LA CHICA DE LA FOTOGRAFÍA

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No sé a quién sonríe
la chica de la fotografía.

La vida
-a golpes crueles-
me ha revelado
la importancia
de no perderse
en detalles irrelevantes.

Sí,
es cierto,
sonreía.

Es incuestionable su alegría.

Conviene recordar
que fue feliz.
En esta imagen
la joven sonríe
porque era dichosa.

Si te acercas escucharás
inaudibles las risas.
Que la vehemencia del júbilo pretérito
no postergue en la memoria
la amargura de la poca vida que vivió.

Bienaventurados los que ríen
o rieron.

Autor: Javier Solé

la infancia (53). Poema de Begoña Paz

louis-treserras-11Cansada de vigilar la máscara, la mujer
se sienta al final del día frente al espejo.
Una a una va quitando las arrugas,
las líneas amargas que cercan la boca,
eleva los párpados, limpia con un paño,
húmedo las canas, levanta los pechos,
sacude del cuerpo los kilos de más.
Luego se acuesta en la cama, a llorar.
Se pregunta por qué no viene a acunarla
su madre. Es tan joven, está tan desnuda
y tiene tanto, tanto frío.

Autor: Begoña Paz

Ilustración de Louis Treserras

la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)