el aprendiz de brujo (446): eucaristía

“¿Por qué el cuerpo de Cristo sí y el de Manolo no?”

(Tirso Priscilo Vallecillos)

Ilustración: Albert Birkle, “Crucifixion” (1921)

Anuncis

el aprendiz de brujo (445): emmental

“Religiones: esos quesos que nos venden por el sabor de sus agujeros”

(Tirso Priscilo Vallecillos)

Ilustración: Thomas Eakins, “Monsignor James P. Turner ” (1906)

 

ceremonia laica

“Era un hijo de puta. Me cosió a palizas toda la vida, arruinó la niñez de mis hijos…”

Con estas mismas exactas palabras –Eloy lo recuerda muy bien, incluso después de muchos años y de multitud de funerales laicos oficiados- definía la viuda del muerto a su marido difunto en la sala del tanatorio donde se había reunido para preparar la ceremonia.

Eloy mira a los dos hijos que acompañan a la madre. Permanecen abatidos, con lágrimas contenidas, serios y taciturnos, en una actitud equidistante entre la infinita tristeza y él alivio incontenido por el final de una asfixiante pesadilla.

Estuvo el orador de funerales laicos intentando pensar como darle la vuelta a la situación planteada donde el cadáver de una bestia cotidiana yacía inerte rodeado de familiares apesadumbrados pero liberados. Repasaba la nota biográfica en búsqueda de una argucia que le socorriera en el discurso. No la había. Un hombre malo. Temido por los operarios en el trabajo, respetado con indiferencia por los vecinos, una devoción insana por la unidad de la patria desde los tiempos de su servicio militar con varios reenganches hasta su licenciatura con el mediocre cargo de sargento, una amante insatisfecha, unos hijos asustados, una esposa apaleada.

Estaba verdaderamente agobiado con esta maldita ceremonia que presentía tensa y complicada, nunca la justicia y la misericordia fueron buenas aliadas. Entonces, cuando ensimismado en su despacho intentaba darle la vuelta a esta absurda situación, el gerente del tanatorio abrió la puerta del despacho y le comunico que la hermana del difunto había protestado enérgicamente por los preparativos de una ceremonia laica, alegando la religiosidad del muerto y que ésta se sustituía por una misa que oficiaría el cura.

Desde la última fila Eloy escuchaba el sermón del párroco que elogiaba las virtudes del finado. La Iglesia tiene en esto tanta experiencia como hipocresía y defiende a los suyos aunque sea ésta una misión imposible.

Ciertamente este cura era un espléndido actor, desgastando en homilías absurdas, repitiendo el mismo lacónico papel falsamente compungido, mercenario de las mentiras que dominan el mundo.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración: Dean Cornwell, “Priest Spanish City” (1921)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)