el suicidio (IX): Poemas de Sylvia Plath

“Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche estoy contenta”.

 Canción de amor de la joven loca

Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
Pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).

Ilustraciones de Evelina Oliveira yLauri Blank.

 Límite

(último poema, escrito la víspera del suicidio)

La mujer alcanzó la perfección.
Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,
la apariencia de una necesidad griega
fluye por los pergaminos de su toga,
sus pies desnudos parecen decir,
hasta aquí hemos llegado, se acabó.
Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,
uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.
Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;
así los pétalos de una rosa cerrada,
cuando el jardín se envara
y los olores sangran de las dulces gargantas
profundas de la flor de la noche.
La luna no tiene por qué entristecerse,
mirando con fijeza desde su capucha de hueso.
Está acostumbrada a este tipo de cosas.
Sus negros crepitan y se arrastran.

Ilustración de Godfrey Yarek

Sylvia Plath (1932-1963), poeta y novelista estadounidense, reconocida como una de las principales cultivadoras del género de la poesía confesional se mató después de una corta existencia repleta de coqueteos emocionales e intelectuales con la idea del suicidio.

Aunque la pérdida de su padre cuando ella contaba sólo nueve años puede haber tenido alguna influencia, lo cierto es que la escritora padecía trastorno biopolar, enfermedad asociada a brotes constantes entre la alegría y la tristeza y que padecen de manera desproporcionada personas que desarrollan un portentoso talento creativo.

Separada de Ted Hughes un año antes, tras una convivencia plena pero conflictiva donde las infidelidades de él fueron especialmente dolorosas, había soportado un invierno de soledad y privaciones que exacerbó sus tendencias autodestructivas.

De manera sumamente metódica se levantó una mañana de invierno, preparó el desayuno de sus dos hijos pequeños y metió la cabeza en el horno de la cocina hasta que el gas devoró su último aliento. Tenía sólo treinta años.

Cuando su primera mujer, la poetisa estadounidense Sylvia Plath, se suicidó en 1963, Ted Hughes escribió a su suegra: “No quiero que se me perdone jamás. Si existe la eternidad, estoy condenado a ella”. Siete años después, cuando su segunda mujer, Assia Wevill, también se quitó la vida de la misma manera que Plath junto a la hija de ambos, Shura, el poeta enmudeció.

La sombra de Sylvia pervivió más de cuarenta años. Su hijo Nicholas Hughes Plath fue un hombre solitario; se refugió en la privacidad como profesor en la Universidad Maníaco depresivo y solitario, nunca se casó ni tuvo hijos, y el 16 de marzo de 2009 se suicidó en Alaska.

Bajo el título “Morir es un arte y yo lo hago excepcionalmente bien: Sylvia Plath”  puedes leer aquí la excelente narración del suicidio del poeta:

http://www.filmica.com/jacintaescudos/archivos/006859.html

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