a propósito del asesinato del Che Guevara

“El capitalismo es el genocida más respetado del mundo” (Che Guevara)

El 9 de octubre por la mañana el gobierno de Bolivia anunció que Ernesto Guevara había muerto en combate el día anterior. Simultáneamente llegaron el coronel Joaquín Zenteno Anaya y el agente de la CIA Félix Rodríguez. Poco después del mediodía el presidente Barrientos dio la orden de ejecutar al Che Guevara. Existen dudas y versiones contradictorias sobre el grado de apoyo que la decisión tuvo por parte de Estados Unidos ​pero lo cierto es que, tal como está registrado en el propio informe secreto de Félix Rodríguez, la CIA estaba presente en el lugar. Fue el agente Rodríguez quien recibió la orden de fusilar a Guevara y quien la transmitió a los oficiales bolivianos, así como fue él también quien le comunicó al Che Guevara que sería fusilado.

CHE GUEVARA MUERTO
Por John Berger

“El Martes 10 de Octubre de 1967, una fotografía fue transmitida al mundo para probar que Ernesto Guevara había muerto el domingo tras un enfrentamiento entre dos compañías del Ejército Boliviano y una fuerza guerrillera sobre la ribera norte del Río Grande, cerca de una aldea en la selva llamada Higueras. La foto de su cadáver fue tomada en un establo en la pequeña población de Vallegrande. El cuerpo fue puesto en una litera, y ésta, sobre una pileta de cemento.

Nosotros no conocemos las circunstancias de su muerte. Podríamos hacernos alguna idea de la mentalidad de los hombres en cuyas manos cayó, a partir del trato que dieron a su cuerpo tras la muerte. Primero lo ocultaron. Después, lo exhibieron. Luego lo sepultaron en una tumba anónima, en un lugar desconocido. Después lo desenterraron. Más tarde afirmaron haberlo quemado; antes de eso, le cortaron los dedos para su posterior identificación. Esto podría sugerir que tenían serias dudas sobre si era realmente Guevara el que habían matado. También podría sugerir que no tenían ninguna duda, pero temían a su cadáver. Yo me inclino por esto último.

El objetivo de la radiofoto del 10 de octubre fue poner fin a una leyenda. 

Existe una semejanza entre esta fotografía y la pintura de Rembrandt La lección de anatomía del Profesor Tulp. El lugar del profesor lo ocupa un coronel boliviano, impecablemente vestido. Las figuras a su derecha observan el cadáver con el mismo interés, intenso pero impersonal, que los doctores ubicados a la derecha del profesor. La misma cantidad de figuras hay en el Rembrandt que en el establo de Vallegrande. El aire de quietud del cadáver y su ubicación respecto a las figuras que se inclinan sobre él, son asimismo muy similares.

Nada de ello debería sorprender, ya que la función de las dos imágenes es la misma: en ambas se muestra un cadáver siendo formal y objetivamente examinado. Más aún, ambas apuntan a hacer de los muertos un ejemplo: en una, para el avance de la medicina; en la otra, como una advertencia política. Existen miles de fotografías de muertos y de víctimas de masacres, pero en raras ocasiones se trata de una demostración formal. El Doctor Tulp está mostrando como ejemplo los ligamentos del brazo del cadáver, y lo que él dice es aplicable al brazo de cualquier hombre normal. El coronel está mostrando como ejemplo el destino final -decretado por la “divina providencia”- de un reconocido líder guerrillero, y lo que dice apunta a hacerse extensible a todos y cada uno de los guerrilleros del continente.”

Pensamientos de Juan Gelman:

https://www.lexia.com.ar/gelman-pensamientos.htm

Soldadito boliviano (Nicolás Guillén), voz Paco Ibáñez:

Retratos de España (243): volcanes

«Recuérdame que las tierras más fértiles fueron construidas por el fuego de los volcanes»

(Andrea Gibson)

Ya está bien de tanta explotación
denle un sueldo bueno a ese señor
asegúrenle la jubilación
y de sus hijos la manutención
que ese hombre ha trabajado toda la vida
a base de pasar el desconsuelo
para que ahora venga un jodío rico
a quitarle la finca del Agujero
ya está bien de tanto cacique
tanto niño rico señor mío
el que lo quiera que se sacrifique
y trabaje como es debío

(Arístides Moreno, fragmento de la canción “Horcón Boys”)

Fotografía:  Un horcón boy recoge una piña de plátanos cubierta de cenizas del volcán (La Palma, septiembre 2021)

Retratos de España (242): primer año de pandemia en la lavandería de un hospital (II)

Del poemario “Servicio de lavandería” (Begoña M. Rueda, Hyperión Ediciones (2020)): 

A 27 de marzo de 2020

En frente de la lavandería se encuentra el tanatorio.
Ayer planché la ropa
del que ahora sacan a cuestas entre cuatro.
Lavé sus sábanas, doblé su pijama, le apañé una almohada.
Esto somos.
Corre el viento de levante y una lluvia fina
repiquetea sobre su ataúd.

Autor: Begoña M. Rueda

A 7 de abril de 2020

Los militares se despliegan
por todo el recinto hospitalario,
hombres armados, recios,
que se bajan de un camión rojo
aparcado en la puerta de la lavandería.
A la tarde, según aparece en la prensa,
fueron fumigadas
las zonas de urgencias, medicina nuclear,
áreas de limpieza, cocinas,
semisótano y almacenes de residuos,
sin embargo,
parecieron haberse olvidado de la lavandería,
delante de la cual aparcaron el camión rojo
y se bajaron, armados, recios
como si pudieran abatir la pandemia a tiros,
nosotras los vimos bajarse
y pasar de largo
como si la ropa de los infectados se lavara sola,
como si ni siquiera perteneciéramos alñ hospital.

Como si no importáramos.

Autor: Begoña M. Rueda

A 11 de abril de 2020

Cuatro semanas después del inicio de la cuarentena
se nos hace entrega de la primera mascarilla.
Un bozal de papel
para que no nos ladremos la muerte entre nosotras.

Autor: Begoña M. Rueda

Retratos de España (241): primer año de pandemia en la lavandería de un hospital (I)

Del poemario “Servicio de lavandería” (Begoña M. Rueda, Hyperión Ediciones (2020)): 

En la lavandería del hospital donde trabajo
la ropa de los enfermos, la ropa
de los que o regresan de la úlcera
o se dejan amarillear por la muerte,
se amontona en bolsas a las siete de la mañana.
Dos lavadoras industriales
bastan para blanquear la ropa de las heces
y de la sangre que podría ser mi sangre, mi miseria
podría ser, algún día, un camisón
cubierto de vómito
de los que una vez lavados lucen como nuevos,
bendita sea mi vida, bendita mi salud
porque algún día, quizás, podría ser mi miseria
un camisón.

Autor: Begoña M. Rueda

A 21 de marzo de 2020

De casa a la lavandería
y de la lavandería a casa, España
hace una semana se declaró en cuarentena
por una pandemia de origen asiático.
Mil noventa fallecidos
y veinte mil contagios más tarde,
Yo sigo esperando el autobús
de las siete de la mañana rumbo al hospital,
a las ocho me pongo el uniforme,
a las ocho y cuarto se comienza
a planchar las sábanas, a las nueve y veinte
desayunamos y a las diez
doblamos y empaquetamos las mantas, los camisones, las toallas, los pijamas, los paños de cocina, las batas de cirujano, las batas de los médicos, la ropa de las enfermeras, la ropa del personal de mantenimiento, nos dan las doce y todavía nos quedan cinco carros de sábanas para pasar por la calandra, ahora resulta que la calandra no funciona, se llega el técnico, le hace una chapuza y vuelta a sacar otra lavadora, oye mira han llamado de la cuarta, que necesitan almohadas, y así trabajando sin guantes ni mascarillas
hasta las tres de la tarde,
hora en que sale el autobús
me lleva a casa,
a las tres y media almuerzo,
a las cuatro me echo una siesta,
después me pongo la tele y a las ocho
la gente sale a aplaudir a los balcones
la labor de los médicos y de los enfermeros
pero son pocos los que aplauden
la labor de la mujer que barre y friega el hospital
o las que lavamos la ropa de los contagiados
con las manos desnudas.

Autor: Begoña M. Rueda

A 23 de marzo de 2020

Los sudarios se apilan en cajas de cartón
junto a la puerta del cuarto de baño.
Son las únicas prendas del hospital
que no se lavan después de darles uso.
Como todo en nuestra época
también vienen dentro de un plástico,
encontrándose la muerte como la bollería industrial,
envasada y directa al vacío.
Una se pregunta quién fabrica los sudarios,
qué fría máquina los cose y los empaqueta
listos para cubrir cualquier cuerpo
que yazca mudo en la morgue.
Yo por sudario quisiera las manos de mi madre,
morir antes que ella
y engendrarme de nuevo en su vientre,
volver a ser niña y no tener ni idea
de que en las lavanderías de los hospitales
la muerte se apila en cajas de cartón
junto a los inodoros.

Autor: Begoña M. Rueda

amores cotidianos (319): Julius y Ethel

Los Rosenberg fueron ejecutados el viernes 19 de junio de 1953. En una última carta a sus hijos Robert y Michael, de seis y siete años, escribieron: “Vuestras vidas os enseñaran, también, que el bien no puede florecer entre el mal, que la libertad y todas las cosas que contribuyen a una vida plena y que merezca la pena a veces cuestan muy caro”.

Más información en:

https://www.infobae.com/historias/2021/03/12/la-terrible-ejecucion-en-la-silla-electrica-de-un-matrimonio-acusado-de-revelar-secretos-atomicos-y-las-dudas-que-dejo-el-caso/

https://manuelcerda.com/2018/01/31/el-asesinato-de-los-rosenberg/

Retratos de España (240): el rebaño

Un grupo de personas, muchas de ellas francesas, cantando en la calle de Espoz y Mina, junto a la Puerta del Sol, después de que cerrasen los bares por el toque de queda a las 23 horas Madrid, 26/03/2021

El rebaño bala
el rebaño muge
el rebaño vota
el rebaño sólo se despeña
por pánico
jamás por rabia.

Autor: Felipe Zapico

Fotografías de Olmo Calvo

(05-03-21) Un bar del centro de la ciudad de Madrid antes del toque de queda

Retratos de España (239): Madrid

INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
                                                       (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros,
o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán,
ladrando como un perro enfurecido,
fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios,
preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad
                                                                                             de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Autor: Dámaso Alonso

 Fotografía: Francesc Català-Roca, “Gran vía nevada” (1953)

Retratos de España (238): vivir a la madrileña

Fotografía: Francesc Català-Roca, “Chicas paseando por la Gran Vía madrileña” (1959)

“Aquí puedes cambiar de pareja y no encontrártela nunca más”

 (Ayuso)

Carmen, Pepita, Rosita, Mini y dos amigas más, cuyas identidades se ha encargado de enterrar el tiempo, seguramente iban aquel día de 1959 a disfrutar de una sesión de cine de la Gran Vía. Un paseo inofensivo que un oportuno y espontáneo Català Roca se encargó de convertir en eterno y en quizás algo más, en un icono del Madrid clásico. Instinto callejero de uno de los mejores documentalistas de la fotografía española. Seis figuras femeninas avanzando con paso decidido. Media docena de vidas cuyos destinos han barruntado las mentes de generaciones y generaciones de madrileños. Aquel día acudían a ver alguna película a una de las muchas salas cinematográficas de la Gran Vía. Ése era uno de los pasatiempos preferidos de estas chicas criadas en el Barrio de Salamanca pero no el único. Hacían guateques en casas o acudían a pasear o a juntarse con sus amistades a la Ciudad Universitaria. Las señoritas más famosas de la capital, esa España castiza que reivindica el thatcherismo cañí de su presidenta.

Retratos de España (237): por la carretera de San Martín de Valdeiglesias

“El Estado no ve la extrema derecha como un peligro, sino como una colaboración necesaria”

(Xavier Vinader) 

“La democracia española no fue otorgada, sino conquistada con evidente esfuerzo y abundante riesgo y sacrificio”

(Nicolás Sartorius)


“El franquismo no acabó de la noche a la mañana con la muerte del dictador, como tampoco todos los protagonistas del cambio que se inició a partir de entonces eran demócratas convencidos. Muchos procedían de las propias filas de un régimen en el que medraron sin rubor, mientras los opositores sufrían cárcel o exilio. La suya fue una conversión guiada por la necesidad más que por la convicción.

El mérito del cambio no cabe tampoco atribuírselo en exclusiva a las élites políticas, como pretenden trascender quienes defienden un relato simplista acotado a unos pocos, léase el rey Juan Carlos I o el presidente Adolfo Suárez como figuras emblemáticas, en un ejercicio hagiográfico escasamente veraz que atribuye a unos pocos lo que fue un empeño de muchos”

“La Transición fue un afán colectivo, en el que decenas de personas perdieron la vida intentando asentar las frágiles libertades que comenzábamos a recuperar frente a quienes defendían la pervivencia de un franquismo sin Franco. Hombres y mujeres muertos en manifestaciones por “disparos al, aire” de la policía o vilmente asesinados por grupos de ultraderecha que actuaban con la impunidad de saberse respaldados por los sectores más involucionistas de las fuerzas de seguridad, el ejército y la justicia.

Yolanda González Martín, una estudiante bilbaína de 19 años, fue una de esas luchadoras anónimas sin las que es imposible explicar lo ocurrido en nuestro país en aquellos años de ilusiones, incertidumbre y miedo. Ni fue la primera ni sería la última víctima de aquel tiempo convulso, pero las circunstancias que rodearon su brutal asesinato la convirtieron en el símbolo de una generación de jóvenes idealistas que se echó a la calle decidida a cambiar el mundo”

(Carlos Fonseca, “No te olvides de mí”)

La noche del viernes 1 de febrero de 1980, Yolanda González Martín, una joven vasca de 19 años y militante del Partido Socialista de los Trabajadores, se encontraba sola en su piso del número 101 de la calle Tembleque, en el madrileño barrio de Aluche, cuando los militantes de Fuerza Nueva Emilio Hellín e Ignacio Abad se presentaron en su domicilio. Alegando que eran policías, se llevaron por la fuerza a la joven y la metieron en un coche en el que les esperaban otros cómplices. Por el camino, la maltrataron e interrogaron, acusándola de pertenecer a ETA, hasta que a la altura del kilómetro 3 de la carretera que va a San Martín de Valdeiglesias le ordenaron que se bajara del coche. Emilio Hellín le pegó dos tiros a bocajarro en la cabeza y, una vez en el suelo, Ignacio Abad la remató con otro disparo.

Estos asesinos contaron con la colaboración de varios sujetos (José Ricardo Prieto, Félix Pérez Ajero, Juan Carlos Rodas Crespo y David Martínez). Juan Carlos Rodas Crespo (que era agente de la Policía Nacional anteriormente Policía Armada, posteriormente denominado “Cuerpo Nacional de Policía” CNP ), participó en la vigilancia del exterior de la vivienda.

Más información en:

https://www.unidadcivicaporlarepublica.es/index.php/nuestra-memoria/la-transicion/21289-2019-12-28-06-13-45

yo y los demás (144): papá

PAPÁ

Asomar la cabeza por la ventana y contemplar como mi padre avanza poco a poco por la calle al encuentro del primero de los autobuses, de regreso a casa después de comer. Ha recorrido la ciudad entera de punta a punta para venir este mediodía a comer conmigo el menú diario en una taberna del extrarradio con mantel y servilleta de papel.

Una vez al año -siempre en jueves, por la paella- con los restos de los tickets que en el trabajo me proporcionaban le invitaba al ágape. En mi fuero interno yo le reprochaba su interés por verme sólo cuando era gratis. Fuimos siempre dos desconocidos.

Cuando mamá falleció empezó a visitarme más a menudo, casi cada mes. Siempre en jueves, por la paella. Y empezó también a pagar estos banquetes cercenados por el tiempo y el regreso apresurado a la oficina. Debía emprender casi una expedición con tres autobuses diferentes para llegar desde su minúsculo piso de divorciado -ese que no llegué a visitar ni media docena de veces en veinte años- hasta las torres de la oficina donde yo malgastaba la existencia con absurdos asientos contables. Entonces no sabía -aunque lo intuía- que encontraba -o buscaba- papá en aquella hora y poco que compartíamos. Este mediodía vuelvo a evocar mi ternura al observar como mi padre camina con fragilidad y delicadeza -la elegancia de quienes acompañan a la soledad- mientras espero la llegada de mi única hija y leo en el último verso de un poema “leve sombra fugaz sobre la tierra” y pienso en él, en mi padre, y en su andadura vacilante y en todos los hombres humildes con los que un instante de compañía es toda la eternidad.

Autor: Javier Solé, marzo 2021

Ilustraciones de Lennart Jirlow