la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

la cocina de Bellvitge

En la víspera de otras navidades mustias la casa anunciaba su propio lamento. Una ola de frío fue la coartada perfecta para que las baldosas comenzarán un éxodo y fueran desprendiéndose de la pared.  El hormigón de Bellvitge, los materiales de pésima calidad empleados por la construcción en la época franquista… Hay arquitectos empeñados en losar las pocas virtudes de estos habitáculos ignorando que la gesta fue -es- la lucha vecinal de los obreros por mejorar las condiciones del barrio y no la pericia de los aparejadores maximizando beneficios.

Se impusieron entonces unas fiestas navideñas siempre tristes y aderezadas ahora por el peligro inminente del desplome. La cinta aislante bloqueó el derrumbe y dio tiempo a evaluar los daños y las alternativas. Al final a la reforma parcial se impuso una remodelación entera de la cocina, incluso la mayoría de los electrodomésticos.

Esa cocina que los albañiles han desmontado tenía veinte años y si por mí fuera hubiera durado otros veinte. En esa cocina hemos desayunado cientos de veces; en las paredes los dibujos de mis hijas y una foto de Esther y Laia que su madre los últimos tres años ha enmarcado con las pegatinas de la fruta, a modo de artesanal paspartú.

2013-10-laia-desayunandoAyer acabaron la cocina nueva pero sólo la miramos de reojo y con escaso interés. Sólo es una cocina. No pueden estos muebles relucientes borrar el pasado. Tampoco pueden evitar que piense que una de mis hijas no los ve, ni sentir la ilusión que ella experimentaría con una campana extractora nueva o una vitrocerámica más moderna.

Este desayuno es ya imposible. Conservo su taza y pongo mucho cuidado en no romper la mía. Pero ni el hule, ni las baldosas, ni la cenefa de la tetera, ni la niña. Nada de cuanto he enumerado puede volver a ser retratado.

Autor: Javier Solé, febrero 2016

Fotografía: Laia, octubre 2013

la biblia de mi padre

Al fallecer mi madre nada resultaba más bochornosamente doloroso que proceder a franquear la puerta de su casa –la que había sido mi casa desde que nací, la que es ahora mi casa aunque no habite en ella- y recoger y ordenar los enseres y los muchos objetos inútiles –pero personales- que había acumulado en su vida. Es probablemente acometer la tarea de examinar el valor de las cosas y evocar las manos de su dueño al tocarlas una de las experiencias amargas de la Muerte. Tal vez por eso no era tan descabellado el funeral de los egipcios.

Para esa ingrata tarea, y asumir después de cuatro semanas que mi madre no iba a volver a la vivienda y que ésta no debía permanecer clausurada e intocable como un mausoleo, una pira funeraria que arde alentada por nuestro cariño pero que alimenta nuestro dolor, fui con mi padre viudo. Aquella tarde él iba a regresar a la casa de la que se marchó hacía más de veinte años y en la que había vivido junto a mi madre otros veintitantos años. Los mismo años ausente que presente. Él estaba nervioso y atemorizado, intranquilo ante la posibilidad de cruzarse en la escalera con algún vecino.

van-gogh-naturaleza-muerta-con-biblia-1885Él cogió algunos objetos personales que en la huida había olvidado y que durante años y años le negó mi madre. Uno, la alianza de casados. Otro, una biblia en edición suntuosa con los bordes de las páginas dorados e ilustraciones de gran tamaño que imitaban códices medievales.

Aquella biblia había siempre permanecido escondida pero con una falsa aureola, de libro venerado que ni se lee ni se toca, sólo se contempla con la fascinación ignorante con la que las beatas escuchan los mensajes papales en semana santa.

El expolio de mi padre de la casa que una vez fue suya se redujo, por tanto, a una biblia de edición falsamente lujosa. No volvió otra tarde para ayudarme. Sólo recuerdo de aquellos días la amargura de recorrer una casa vieja, sucia, fría, habitada hasta el inicio del invierno por una mujer enferma. Y es ahora cuando evoco aquellos tristes momentos, justo cuando afronto ordenar las pertenencias de mi hija muerta, recordando a mi padre bajarse del coche en el portal de su piso sin ascensor de soltero en el que vivía hacía veinte años con la puta biblia aferrada al cuerpo –por cariño o, sencillamente, porque llovía- sin olvidar que al fallecer cinco años más tarde llevaba la sortija en el dedo anular pero no encontré –y cómo la busqué, Dios, yo que soy con orgullo ateo- aquella biblia con los bordes de las hojas doradas y grandes ilustraciones.

Ahora luzco con indisimulado orgullo el reloj verde de plástico con el que mi hija ingreso en el hospital.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Van Gogh, “Naturaleza muerta con Biblia” (1885)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ciudades y personas: Oviedo (I)

“Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella, limpia, agradable, tranquila y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo, como si no existiera… Oviedo es como un cuento de hadas” (Woody Allen)

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Fotografía de Esther y Laia, agosto 2009

Consultar: https://fragmentsdevida.wordpress.com/2013/09/19/las-estatuas-de-oviedo/

mil leches

“y me ofreciste tu lomo
para que notara en él el latido de la vida.”

(Begoña Abad, fragmento del poema “a mis perros”)

Tal vez fuera sugerencia del psicólogo o de los amigos o, simplemente, un sentimiento creciente de desamparo que hizo sintieran la necesidad de adoptar al animal. Yo creo que fue, básicamente, la soledad de cada uno, la tristeza de cada uno y la soledad y la tristeza de todos cuando estaban juntos.

Comprar el animal descartado rápidamente. Con tanto perro abandonado era una colaboración innecesaria con el sistema adquirir el perro a un criador profesional o en una tienda de mascotas. Se impuso, además, que fuera un desheredado, un perro sin pedigrí, callejero, desclasado. Un mestizo, un cuzco argentino, un chehua chileno, un mil leches canario. Un perro sin código genético sofisticado. Una raza impura. Un chucho.

2017-01-esther-y-trotskyDescubrieron que algunos de los refugios de animales -o protectoras en un eufemismo sutil- eran verdaderos presidios sin proponérselo. Animales enjaulados que vocean la rabia que les produce su abandono., Un ejército de voluntarios no podía cubrir las carencias de estos animales; la mayoría de los perros en adopción son perros adultos -muchos ancianos- en los que nadie fija su atención, perros acuciados y diezmados con problemas físicos y psíquicos.

Aníbal, un pastor alemán de diez años, que gime en su jaula de manera desconsolada y constante al ver a los cuidadores, intentando sea su paseo el primero o si ya lo tuvo pueda repetir.

Quica, beagle de seis años, una perra con un trasero inmenso que balancea al caminar que me recuerda, inevitablemente, a mi madre. Tiene los mimos cambios de humor que ella y la misma mirada bondadosa.

Dorkas, mastín de nueve años, solitario que se pasea por las instalaciones con una indiferencia que es toda una declaración de pesimismo.

Chaplin, un mestizo de cuatro años, asustado ante la presencia humana y cualquier mano alzada, que padece el estrés de la violencia que sus amos ejercieron sobre él.

Sustu, un labrador de nueve años, viejo y enfermo, con un ladrido afónico y ronco, demoledoramente desgarrado. Que cojeaba de una pata trasera tras verse sometido a varias intervenciones quirúrgicas.

Un chucho sucio, sin nombre, que deambula cerca de cualquiera de los visitantes y se arrima a ellos con la imperiosa necesidad de ser tocado, acariciado. A veces le basta con rozar la pierna o la mano. No pide le dediques unos minutos, le basta con saberse no ignorado.

Oliver, un setter de diez años, que se muere literalmente de pena y que permanece en el refugio después de fallecer su dueño y no querer ninguno de sus herederos hacerse cargo de él.

El refugio de estos animales es lo más parecido a un geriátrico. Podría cambiar los perros por personas, por nosotros mismos, y experimentaría la misma desolación de los domingos en las residencias de ancianos.

A Bob y Vilma, dos cachorros mestizos de una indeterminada raza de sabuesos, la veterinaria de la protectora les calcula dos meses. Llegaron a mediados de diciembre, asustados, temblando de miedo y de frío. La pareja joven que los había encontrado en el bosque decidieron adoptarían a uno de ellos, la hembra, Vilma.

Bob -ahora Trotski- ha llegado hace un rato a L’Hospitalet y curiosea la casa de sus nuevos amos. Tiene ya controladas unas zapatillas con el dibujito de un gatitio que hay debajo del sofá. Acaba de descubrir el televisor, una pantalla donde salen mogollón de cosas nuevas a un ritmo trepidante. La mayoría no las había visto nunca -y eso que tiene ya casi tres meses-.

En esta casa vive una chica muy simpática que le abruma con achuchones y besitos y una pareja de ancianos -un hombre y una mujer- que se le antojan demasiado serios y demasiado tristes. A ver si resulta ahora que la adopción sale mal y son tope aburridos. La mujer le pone nervioso pues no para de toquetear el mando a distancia del televisor y justo cuando Chicote iba a explicarle al cocinero como se prepara una paella ha salido un señor con un caminar ridículo, a saltitos cortos y estúpidos. Se llama Mariano y es el jefe que manda en todos los perros y gatos del país.

De quien se acuerda mucho es de Vilma, “no sé si habrá tenido la misma suerte que yo. Se fue ayer, me dejo solo en el refugio y hoy han venido estos tres con el coche ya no sé nada más”.

Quien aúlla en el bosque del Vallés, entre Castellar y Caldes de Montbui, es Zoila, la madre de Bob y Vilma, que sigue buscando con desesperación a dos de los cachorros de su camada con el pálpito de no volver a verlos.

Autor: Javier Solé, enero 2017

pregunta retórica

Al finalizar las actuaciones el gentío se ha disipado con pasmosa facilidad.

El hombre se ha despedido de algunos conocidos. Una chica que trataba de orientarse con el móvil le ha sonreído y antes de preguntarle por la dirección del lugar al que acudía le ha formulado una de esas preguntas retóricas que ni esperan ni necesitan respuesta:  “¿eres el padre de la Esther?”

El hombre no reconocía a la chica.  Acaba de verla en una coreografía con su hija, pero no sabe ni su nombre ni si es amiga de su hija ni cuánto tiempo lleva en la escuela o si lleva mucho tiempo y estaba antes en otro grupo.

Le ha dicho, lógicamente, que sí. Que Esther es su hija. Luego han mirado los dos el mapa y ha corregido el hombre la ruta de la chica, iba la pobre desorientada. Nunca hubiera llegado a su destino.

Más tarde, cuando el hombre había reanudado su camino -en otra dirección distinta de la muchacha- ha pensado, no indignado sino complacido, que él ya no es él, que puede llegar a ser conocido o reconocido por su vínculo con otros. Ha pensado inmediatamente después, no enfadado sino triste, que debería haberle dicho a la muchacha que él no es el padre de Esther. Que es el padre de Esther y Laia. Que es posible que ella conozca sólo a Laia por referencias, que en la escuela de baile sólo ha visto a Esther, puede incluso desconozca que Esther tuvo una hermana. Por un momento el hombre ha sentido el impulso de volver la vista y decírselo, pero también quería regresar a casa, solo, morbosamente acompañado por los recuerdos.

Tampoco quería que nada ni nadie le distrajera de su conversación con Laia. Me ha parecido oír le explicaba con todo lujo de detalles los bailes que había visto y a toda la gente conocida que había saludado.

Autor: Javier Solé, junio 2016

2013 (05) Hip-Hop Badalona 05

Fotografía Esther y Laia, mayo 2013 en Badalona

la casita del emigrante

Había emigrado a Barcelona desde Málaga en la década de los 50, como tantos otros andaluces cuyos hijos fueron catalanes y cuyos nietos reclaman ahora, desmemoriados, la independencia.

Había trabajado muchas horas y había protestado todo lo poco que el franquismo permitía, aunque él, cuando rememoraba las gestas de la clase trabajadora tendía a exagerar los exiguos logros y minimizar las grandes penurias vividas. Con los años, además del coche, una casita en las afueras de la capital, en un terreno sólo apto para viñas, pero en el que él enterraba los fines de semana, los puentes y las vacaciones, hasta cultivar un huerto; jornalero en Andalucía y obrero en Cataluña pero siempre con el alma de la tierra inyectada en las venas.

Aquella casa fue lentamente equipada con los muebles viejos; la cama de matrimonio, con el colchón impregnado de mil confesiones de los esposos y más de un llanto y alguna que otra alegría del cuerpo. El tocador, escaparate de las figuritas baratas que los hijos traen de las vacaciones o que en el supermercado regalan comprando dos chorizos. Y la cama de la niña, y la del nieto que se le ha quedado pequeña. El comedor del primogénito, que se ha comprado uno más moderno y éste lo tira casi nuevo. Y la tele en blanco y negro, ésa que para verse en condiciones necesita un bofetón.

Y la tierra de las viñas da tomates. Y alrededor de la casa crecen -con dificultades y muchos cuidados- árboles frutales. Que si dos cerezos, que si un melocotonero. Tenemos uva, nísperos e higos, y hacemos fuego para preparar carne a la brasa. Aquí no estamos mal.

Pero puede fuera el humo de los cigarrillos, o puede fuera otra cosa, el caso es que a los ochenta y cinco -que son bastantes años aunque a uno cuando se muere siempre le parecen pocos- el hombre falleció avisando pero con prisa.

2016 (01) Piera EstherY la casa en el campo empezó a resquebrajarse, el huerto dejó de estar sembrado y los árboles crecieron descontrolados. De los hijos sólo la hembra -la más pequeña- intentó preservar la insignia de la familia. Acudía con su madre y sus dos hijas y sepultó allí los últimos veranos; pintando la fachada de la casa, arreglando la piscina, podando mal y tarde las viñas, arrancando las hierbas y la maleza. El primer verano fueron muy poco, el segundo iban de vez en cuando pero los dos siguientes la voluntad de mantener la casa viva era ya un objetivo declarado.

Pero con la segunda de las muertes el destino de aquella casa palideció. Desde que la hija adolescente ya no está la madre -o la hija, según se mire- no ha regresado a la casa de campo. La viuda -o la abuela, según se mire- ha ido unas pocas veces. Uno de los hijos ha intentado recuperar el huerto pero es hombre de ciudad.

Los gatos se han adueñado del porche, las viñas no han sido podadas, el huerto permanece prácticamente yermo, la casa clausurada con un candado y en su interior las ropas del abuelo y la nieta en los armarios. En la piscina, medio vacía, las algas y la inmundicia dan cuenta del tiempo transcurrido. Todas las bisagras tienen óxido. Las paredes desconchadas, resquebrajadas. Las hojas del otoño refugiadas del viento en un recoveco. Los nísperos, los higos y la uva en el suelo, desparramados. Todo huele a tristeza. Se respira un abatimiento insoportable.

El futuro de la casa es incierto. Tal vez sea al final vendida, o rehabilitada. Pero nada ahora recuerda aquellos años luminosos en los que todo era posible y nada ensombrecía la existencia. Cuando algunos vecinos de la urbanización pasean y se asoman por encima de la valla, curioseando, glosan el esplendor de la casa y la alegría de sus moradores y los comentarios versan sobre generalidades respecto a las tragedias repentinas y lo fácil y rápido que cambia siempre la dirección del viento. Lo hacen con una vaga solidaridad disfrazada de aflicción leve y gravedad fingida. Su propia conversación les impide escuchar las voces del abuelo y la nieta; él limpia con una navaja antigua las cañas que usará para las tomateras y ella se ríe despreocupada mientras se baña en la piscina. Todavía hace sol y no tienen prisa alguna por cenar. Comerán cualquier cosa antes de acostarse.

Autor: Javier Solé, abril 2016

Fotografía de Esther en Piera, enero 2016