el suicidio (52): Julio Mariscal. El declive de la tarde en un pueblo blanco

EL PUEBLO

El pueblo, ya sabéis:
un puñado de casas, una plaza , una fuente,
una vieja rutina de misas y rosarios,
y luego un horizonte cansado de olivares,
eternos lutos, recuas y canciones;
tres días de verbena para la Cruz de Mayo
y el baile transparente del domingo.
Alguna vez también se muere alguien,
viene el señor obispo, cambia el cabo
de la Guardia Civil… En fin, las cosas.

Los días van hundiendo su escarpelo
en la corteza enorme del hastío,
porque “Pueblo” es sudar, parir, partirse
el alma sobre el yunque o el arado,
sopas de ajo al despuntar el día,
sopas a media tarde y a la noche,
mullirse bien la carne
para la bota enorme del cacique
y madrugadas en que la miseria
vuelve caricatura el pan y el beso.

Pero también el pueblo tiene su espadaña,
su romero, sus niños, sus canciones de rueda,
su leyenda inefable
como un claro “decir” del diecisiete.
Y aquí está ya su entraña desgarrada,
su abierto corazón para la fusta;

Pueblo de España, elemental, clavado,
remachado entre olivos e intemperie.;
pueblo de largas privaciones, pueblo
desamparado y solo,
tendido a la campiña como una mano abierta
implorando un poquito de compasión, un celemín siquiera
de esos que llaman paz, sueños, desvelos…

Ilustración: Ernest Descals, “Arcos de la Frontera”

Me decía mi madre:
“Ahora los libros que después tendrás tiempo.
Ahora los libros”.
Y yo guardaba el corazón sin estrenar, ileso,
por teoremas y batallas.

Las tres, las cuatro y a las cinco en punto
la merienda: su leche con galletas.
Mis hermanos mayores perdiéndose en sus cosas
y el cartero de azul galoneado.
Pero a las seis cruzabas tú, el crepúsculo
te traía de la mano y ya Pitágoras
se empolvaba en mi olvido, y ya las rosas
clavadas en la página y el río
como un lejano, muerto crisantemo.

Eran las seis, cuando las nostalgias,
cuando el andar primero de las sombras,
y tú cruzabas y contigo el mundo
que mi madre quería para luego,
pero que yo llevaba entre los ojos.

Ilustración: George Clausen, “A Schoolgirl” (1889)

EL COMEDOR

Aquí, junto a la puerta, se sentaba mi padre;
mi madre, enfrente, taciturna, lejos
y nosotros, los cinco hermanos, éramos
un de acá para allá, un disputarnos
el sitio más cercano o más distante…

Aquí, para el cocido de los jueves,
para el pan y el sosiego de toda la semana,
mi padre hablaba poco, un esbozar apenas
una media palabra que mi madre
solícita y distante completaba.
Y nosotros, un loco gorgear de jilgueros
comentando las clases, los paseos, el cine,
y la naranja viva, meridional y roja
como un punto y aparte a nuestras discusiones.

Ahora soy yo quien tiene
un sitio señalado, ya desaparecidas
las arrugas, las canas de mis padres,
bajo un lomo de piedra mis hermanos
o hacia otro comedor con nuevas luces.

Soy yo quien dice a medias las palabras
sin encontrar un dejo maternal que las clame,
soy yo quien lejos de todo lentamente
me anudo al corazón la servilleta,
esperando que un día, de un hachazo
ya la vida del todo se me vaya
como un punto y aparte a nuestras discusiones
de este comedor donde clavo mis recuerdos ahora.

Ilustración: Dali, “Cesta de Pan” (1926)

LA SOMBRA

Voy recorriendo calles con mi sombra
delante de los ojos; no es posible
que esta sombra me huela ya a difunto
a cuatro cirios y un adiós rotundo.
Voy tras mi sombra que se agita, tiembla
un instante después de yo agitarme
y me pregunto entonces: ¿es posible
que este “nada de tiempo” entre mi sombra
y mi sentir sea espectro de la muerte,
el último peldaño que aún me queda?

Ilustración: Paul Cadmus, “desnudo sentado” (1994)

Julio Mariscal Montes (1922-1977) optó por el aislamiento, por un lento y terrible suicidio. Queda huérfano a los 11 años de edad, siendo desde entonces su gran refugio afectivo su madre, a la cual veneraba, ella será su refugio, pero también la causa de la negación de su propia sexualidad y de una exagerada religiosidad.

La obra de Julio Mariscal Montes está muy mediatizada por el origen social y económico del poeta. Nacido en una familia religiosa y de fuertes convicciones conservadoras, con unos códigos morales marcados a hierro, Julio debió luchar desde muy pronto con su condición de homosexual, que desde luego colisionaba con los parámetros morales de la época. Parte de esta homosexualidad latente la incardinó tras una religiosidad extrema que en él se traduce en un continuo sentimiento de culpa. Autodesterrado en su pueblo, el decaimiento y la depresión son las señas de identidad de sus últimos poemas donde la muerte es ya una presencia deseada.

Anuncis

el suicidio (51): la carta del suicida

HABLAR como si sólo hubiera
unas pocas palabras
y fueran para siempre.
Todo poema debe ser la carta de un suicida.

Autor: David Eloy Rodríguez

Ilustración: Jacob Collins, “Paper with Drawing Instruments” (2014)

el suicidio (50): pájaros y cielo

PÁJARO EN EL PUENTE COLGANTE

“El vuelo incauto
de las aves
que alcanzan el abismo…”

(Magda Robles)

Puedes precipitarte poeta
al vacío desde el puente
sólo
serás

ahogado en tu tristeza

un cuerpo a la deriva.

Autor: Javier Solé

CIELO GRIS

Bajo un cielo de grises
cincelando la tragedia,
pájaros blancos
sobrevuelan
el puerto de Barcelona.

En el cementerio
junto al castillo
una estatua
mira en silencio
este déspota desorden despiadado.

Autor: Javier Solé

el suicidio (49): Elise Cowen, rechazo explícito del american way of life

“Muerte, ya llego
espérame.
Sé que estarás
en la estación de metro
cargado de botas de agua, chubasquero, paraguas, babushka
y una respuesta sencilla
para cada significado”

SENTADA

Sentada contigo en la cocina
conversamos de todo
y te amo bebiendo té.
“Eso” es la palabra perfecta,
regia y hermosa. ¡Oh,
cuánto deseo, aquí mismo, tu cuerpo,
con o sin poemas barbudos!

QUISE UN COÑO DE PLACER DORADO

Quise un coño de placer dorado
más puro que la heroína
Para honrarte
Un corazón tan grande
que puedas quitarte los zapatos y estirarte
La Anatomía del Amor
Oh si yo fuera un
coño de placer dorado más puro
que la heroína o el cielo
Para honrarte
Cama doble corazón como
una pradera en Yosemite
Para asimilar tu soltura
La imaginación tan clara y activa como
una marisma al sol
Para ser interesante durante la cena
El alma como tu rostro antes
de nacer
Para alabarte
pechos, cabello, dedos
mi cuerpo hecho ciudad
en tus brazos la noche entera

Ilustración: Dorothea Tanning, “Voltagem” (1942)

Fácil amar

Fácil amar
a los POETAS

Su
ESPLENDOR

Derramándose sobre todas las páginas
Extorsionando arco iris diminutos
Fácil amar
a los Poetas

Su
ESPLENDOR

Derramándose sobre todas las páginas
vertiéndose
sobre mi regazo

Ilustración de Omer Ilksen Akcil

Elise Cowen (1933-1962), poeta encuadrada en la llamada Generación Beat. 

Comenzó muy joven a escribir poesía, influenciada por la de Emily Dickinson, T.S. Eliot, Ezra Pound y Dylan Thomas.En la década de 1950 conoció y entabló una relación amorosa con Allen Ginsberg. Antes de cumplir un año como pareja, Ginsberg le confesó que era homosexual y que se había enamorado del poeta Peter Orlovsky, el que sería su compañero de por vida. Sin poder separarse de Ginsberg; Cowen comenzó una relación con una mujer, aunque permaneció emocionalmente unida a Ginsberg por el resto de su vida. 

El puritanismo de su familia de clase media judía, su psicopatía, la experimentación con drogas y sexo, el vértigo del suicidio como alternativa vital… salto al vacío desde una altura de serte pisos en el apartamento de sus padres.

Más información en: http://www.elasnodeapuleyo.com/2016/11/elise-cowen-1933-1962_7.html

el suicidio (47): el árbol. Dos poemas de Javier Solé

LA PRIMERA NEVADA

“Dentro de la vida y la muerte
la nieve cae incesantemente”

(Taneda Santôka)

És la fi de la tardor,
l’home que vol fugir del futur
cau a la terra humida
tremola com un cadell abandonat.

No trobarà sota l’avet
el cos menut estimat.

A la matinada
algú podria confondre
amb llàgrimes del cel
la primera nevada.

Però és el temps
que no perd mai
que guanya sempre…

Autor: Javier Solé

Ilustración: Monet, “The Road in front of Saint-Siméon Farm in Winter” (1867)

ÁRBOL SOLITARIO

Jo no sóc més que un arbre que s’allunya del bosc,
cridat per una veu de mar fonda”

(Joan Vinyoli)

Esta noche en silencio
con una luna sin eco
el péndulo de la soga
cronometrando la sangre
de los fantasmas eternos
en un abeto desnudo.

Más tarde,
niebla,
solo niebla
y el aullido del perro
en la casa sin dueño.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Arnold Böcklin, “Abetos” (1849)

 

el suicidio (46): Elizabeth Siddal

LA LUJURIA DE LOS OJOS

Su destino final no me atormenta,
ni cuándo su belleza perderá su encanto.

Sólo me siento a los pies de mi Dama,
mirando fijo sus ojos salvajes,
sonriendo al pensar cómo mi amor huirá
cuando su radiante belleza muera.

No me atribulan las plegarias de mi Dama,
pues sordo yace nuestro Padre en el cielo.
Mi corazón late con alegre melodía
al sentir que su amor me ha sido otorgado.

Entonces, quién cerrará los ojos de mi Dama?
Quién doblará sus frágiles manos?
Alguien la asistirá cuando sus ojos lluevan,
mientras, silenciosa, camine hacia las Tierras Desconocidas?

Ilustración: Frank Dicksee, “La Belle Dame Sans Merci” (1901)

Un bosque silencioso

Oh, silencioso bosque, te atravieso
Con el corazón tan lleno de miseria
Por todas las voces que caen de los árboles,
Y las hierbas que rasgan mis piernas.

Deja que me siente en tu sombra más oscura,
Mientras los grises búhos vuelan sobre tí;
Allí he de rogar tu bendición:
No convertirme en una ilusión,
No desvanecerme en un lento letargo.

Escrutando a través de las penumbras,
Como alguien vacío de vida y esperanzas,
Congelada como una escultura de piedra,
Me siento en tu sombra, pero no sola.

¿Podrá Dios traer de vuelta aquel día,
En el que como dos figuras sombrías
Nos agitamos bajo las hojas tibias
En este silencioso bosque?

Fotografía de daria-endresen, “the-rite” (2016)

Al final

Oh, Madre, abre la amplia ventana
Y deja que entre el día;
Oscuras se tornan las colinas
Y los pensamientos comienzan a nadar.

Madre querida, toma mi joven hijo,
(Ya que de tí he nacido)
Y cuida todos sus pequeños caminos
Hazlo sabio sobre tu falda.

Lava mis manos luctuosas
Y luego ata mis pies;
Mi cuerpo ya no puede descansar
Fuera de su sábana tortuosa.

Toma el brote de un árbol joven
Y verde hierba recién segada,
Déjalos sobre ésta lóbrega cama
Para que mi dolor no se sepa.

Encuentra tres bayas rojas
Y arráncalas del tallo,
Quémalos al canto del gallo
Para que mi alma no regrese.

Cuando caigan las gruesas lágrimas,
(Y caerán, Dios lo sabe)
Díle que morí de un gran amor
Y que mi corazón ha muerto alegre.

Cuando el sol se haya puesto
Y la hierba ondule en tu regazo,
Arrástrame en el frágil ocaso
Y ocúltame entre las tumbas.

Ilustración: George Frederic Watts, “La Muerte coronando a la Inocencia” (1896)

Agotada

Tus fuertes brazos me rodean,
Mi cabello se enamora de tus hombros;
Lentas palabras de consuelo caen sobre mi,
Sin embargo mi corazón no tiene descanso.

Porque sólo una cosa trémula queda de mí,
Que jamás podrá ser algo,
Salvo un pájaro de alas rotas
Huyendo en vano de ti.

No puedo darte el amor
Que ya no es mío,
El amor que me golpeó y derribó
Sobre la nieve cegadora.

Sólo puedo darte un corazón herido
Y unos ojos agotados por el dolor,
Una boca perdida no puede sonreír,
Y tal vez ya nunca vuelva a reír.

Pero rodéame con tus brazos, amor,
Hasta que el sueño me arrebate;
Entonces déjame, no digas adiós,
Salvo si despierto, envuelta en llanto.

Ilustración: Munch, “consolación” (1907)

Elizabeth Siddal (1829-1862) tuvo una vida trágica. De humilde origen, fue modelo y musa de los prerrafaelistas y desarrolló una incipiente obra pictórica y literaria. Sus poemas, sencillos y bellos, muestran esta personalidad melancólica y depresiva que no tuvo una vida fácil.

Los problemas de salud -neumonía y anorexia- y los afectivos -las innumerables infidelidades de su esposo, el también poeta y pintor Dante Rossetti y dos embarazos frustrados- son la antesala a un suicidio ingiriendo una dosis letal de láudano. La leyenda cuenta que a menudo se la veía meciendo en brazos al fantasma de su hija.

Se casaron en 1860, en Hastings. Lejos de la familia Rossetti. A la boda no asistió nadie. Solamente dos testigos. Era el deseo del novio. Como fuera, se habían casado y, un año después, Lizzie quedó embarazada. Eso la hizo muy feliz. Pero la niña nació muerta. Ella quedó gravemente deprimida. Sin embargo, a fines de 1861, quedó, otra vez embarazada. Se sintió mejor y recuperó el optimismo. Le duró muy poco. Perdió al niño. Lizzie se suicidó.”

Más información en: http://lizziesiddal.com/portal/

el suicidio (45). Poemas de Javier Solé

LLUVIA EN LA AZOTEA

“Tener la muerte tan cerca y no hacerlo
es lo más parecido a parecerse a Dios”

(Eva Vaz)

Por las ventanas
del último piso
vigilo a los transeúntes
espío a los vecinos
hablo con los muertos.

Ni los transeúntes ni los vecinos ni los muertos
se han percatado de mi locura.

Llueve con furia.

Desde esta atalaya
es real
la humedad de las aceras
el silencio de las ventanas
la soledad de las calles

podría precipitar mi cuerpo,
caer a una velocidad de vértigo
reposar en el asfalto
sentir en la piel la lluvia
importunar al médico y al juez de guardia.

Ha dejado de llover,
sigo amarrado a las gárgolas
escuchando una música que no se oye.

Tengo miedo.

No fui valiente

No será fácil seguir viviendo.

Fotografía de Jean Jacques André, “La Machine Infernale”

MAR ADENTRO

“No nos deja olvidar
pues cada ola
es un recordatorio
bramando
nuestra muerte
hacia la orilla.”

(Rosana Acquaroni, poema “El mar contiene el mundo”)

El hombre de pie
en la orilla de la playa
mirando el horizonte
oye sonidos lejanos,
las nubes secuestran al sol,
la tarde se dilata.
Nadie nada en el mar.
Las voces eclipsadas.

El hombre permanece erguido
en la orilla de la playa
en un recuento infinito
de las olas que golpean los tobillos.
Vuelve a estar solo

tal vez mañana
se introduzca mar adentro.

el suicidio (44): Miyó Vestrini, encrucijada entre el desamor y el desarraigo

jone-reedLa tristeza
amanece
en la puerta de la calle.
No en vano
he sido tan cruel,
no en vano
deseo
cada tarde,
que la muerte sea simple y limpia
como un trago de anís caliente
o una palmada cuyo eco se pierde en el monte

Ilustración de Jone Reed

vilhelm-hammershoi-23EL LLANTO

Siempre hay una habitación a oscuras
para tener lágrimas tras las persianas
sobre las rodillas
el papel se deja amar
y los muebles celebran el silencio.
Es el instante de la certidumbre
de las manos quietas en la mesa de fórmica
tenemos penas
y afuera
todos
todos lo ignoran.

Ilustración de Vilhelm Hammershoi

Zanahoria rallada

neil-craver-untitled

El primer suicidio es único.
Siempre te preguntan si fue un accidente
O un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
Con fuerza,
Para que duela
Y aprendes a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
La-muerte-en-realidad-te-parecía-la-única-salida
O que lo haces
Para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
Ya te han dado la espalda
Y están mirando el tubo transparente
Por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
Es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
Porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó a prisa
Y en diez minutos,
Ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio dónde llorar,
Ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
Dicen,
Como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
Nunca diré una palabra sobre tu vida
En ningún libro,
Si puedo evitarlo.

Fotografía de Neil Craver

vestrini1Miyó Vestrini (1938-1991nació en Francia y emigró siendo niña a Venezuela.
Desde muy joven se dedicó al periodismo cultural, y en los años sesenta formó varios grupos literarios. A lo largo de su obra poética, Vestrini modela un imaginario simbólico que da cuenta de la dificultad de un yo lírico femenino para relacionarse con los otros. Pareja, hijo, madre, amiga son coprotagonistas de anécdotas que revelan conflictos irresueltos.

El alcoholismo y la depresión le acompañaron siempre. Y los siete intentos de suicidio tuvieron su corolario en el definitivo, el octavo.

El cuerpo vestido y calzado reposaba en la bañera, el agua la rebosaba, flotando hallaron una estampa de San Judas Tadeo, en el tocadiscos un LP de Roció Durcal. Fuera, encima de la mesa, estaban dos notas, una para su hijo Ernesto, y otra que decía: “Señor, ahora ya no molestare más. Los dejare ser felices”

En la puerta del baño una nota para el hijo “no entres, llama a tu papá, él sabrá que hacer”

el suicidio (43): Miguel Labordeta, irse lentamente

LA VOZ DEL POETA

En lo alto del Faro,
viendo ir y venir
a las pobres gentes en sus navegaciones de un día.
En lo alto del Faro,
contemplando el abismo de las criaturas y el vértigo de los astros.
En lo alto del Faro,
escuchando llegar a los rostros futuros
y oyendo en lo hondo de las aguas las voces de los muertos.
En lo alto del Faro,
amando,
sabiendo que el amor es un fracaso,
y cantando,
sabiendo que su canto no ha de ser comprendido.
Vestirse, alimentarse,
ganarse el pan de cada día,
discutir de las cosas banales,
endomingarse como cada cual
y hacer el amor a una dulce estudiante,
como cualquier empleado de Banca.

Y sin embargo,
velar largamente en duelo,
oír en los silencios el ritmo pavoroso de los tiempos,
acariciar la marea de las edades inmensas,
rompiéndose en quejidos y maravillosas melodías
contra el humilde corazón infortunado
en lo alto del Faro.

En lo alto del Faro,
mientras todos se emborrachan en los festines,
o corroen su envidia en las duras jornadas de trabajo,
o acaso buscan sus puñales secretos
para degollar al niño desconsolado que ellos fueron,
la mirada rauda de visiones
persigue el rumbo, en intemperie desconsolada y altiva
de los navíos futuros.
Y preguntar a la sangre el porqué del olvido
e indagar las primaveras que nacen del sollozo terrestre
y la melancolía que hila el atardecer solitario de los cielos.
Acariciándolo todo, destruyéndolo todo,
hundiendo su cabeza de espada en el pasmo del Ser
sabiendo de antemano que nada es la respuesta.
En lo alto del Faro.
La voz del poeta.
Incansable holocausto.

Puesto que el joven azul de la montaña ha muerto

Puesto que el joven azul
de la montaña ha muerto
es preciso partir.
Antes de ser golosamente asesinados
en los crepúsculos de la gran ciudad.
Antes de que las muchedumbres tristes de los metros
invadan el templo del Sol
definitivamente seducidas
por las noches de los trenes
es preciso marchar.
Desnudos y ásperos. Inigualables.
Y al partir preguntar por nosotros
indagar por nosotros
auscultar por nosotros
por nosotros mismos recordar
si tal vez se existió
y que una dulce soledad
nos responda en grave despedida.

Ilustración: Marianne von Werefkin, “The Reaper” (1910)

ESCUCHA JOVEN POETA INADVERTIDO…

Escucha joven poeta inadvertido
escribe para todos
es decir para nadie
no lo olvides
del pueblo vienes
y el pueblo es tu raíz
en consecuencia
no hagas caso del pueblo
vuelve sagrado
cuanto toques natural
cuanto toques sagrado
vuélvelo natural
es decir
haz lo que te dé la gana
quema estas advertencias por favor
es mi consejo póstumo.

Ilustración de Konstantin Lupanov

Miguel Labordeta Subías (1921-1969), poeta nacido en Zaragoza, representante de la generación de posguerra. Cultivó un estilo surrealista, elocución desbordada, verso libre y tono apocalíptico plagado de visiones cósmicas de con un regusto barroco y romántico. A los 30 años él mismo definió su poesía como “catártica, depurativa, en que el poeta se dé por entero en holocausto verídico”. Fue un hombre atormentado, con muchos prejuicios que no le permitieron una relación normal con la sociedad, sobre todo con las mujeres, aunque se movía como pez en el agua en las tertulias del Café Niké. Su poesía está teñida de ironía y desgarro existencialista. En lo formal es poesía de sintaxis desarticulada, enumeraciones caóticas e imágenes insólitas encadenadas.

La poesía de Miguel Labordeta, a pesar de su escaso eco en el contexto nacional, ha sido generalmente considerada como la más original y brillante en Aragón durante el siglo XX y ha dado lugar a una considerable bibliografía. Existencialismo, expresionismo, surrealismo, malestar personal y social, vehiculados por un lenguaje sumamente original.

Fallece de un aneurisma que ocultó a su propia familia. El “suicidio” se convierte así en un acto nihilista de rebeldía frente a un mundo inhabitable.

Progresivamente, y especialmente en los últimos años de su vida, su salud se fue deteriorando palpablemente y fueron varias las voces que aconsejaban a Miguel que cambiara ciertos hábitos, que se cuidara algo más. No sólo no desoyó dichas voces sino que acentuó ciertas costumbres insaludables, la comida y el tabaco especialmente. Puede verse en esta dejadez y falta de interés hacia su salud una señal de su desapego hacia la vida, de la elección de la muerte de una manera indirecta, eligiendo un suicidio lento y casi involuntario.