la vida y la muerte (159): el último cigarrillo

“Cruzarás el muro de cristal
de las puertas giratorias, con la firme
querencia que tienen los fantasmas
de regresar a su lugar de siempre.
(…)
Cuando alguien muere, mueren
también los muertos que vivían
de él, con él, en él. Fumas haciendo
tiempo, apoyado en el vidrio
que refleja la sombra inaferrable
de una vida, y la ciudad. La noche
será larga. Pasa gimiendo una ambulancia.”

(Xavier Rodríguez, fragmentos del poema “Ceniza en la manga de un viejo”)

la vida y la muerte (157): Tres poemas de José Mateos

A veces, algunos días,
Dios viene en forma de rostros
y anda por este hospital.

Es frágil, y en cada enfermo
encuentra un templo viviente
donde habitar.

Ilustración: Frederick Cayley Robinson, “The Book of Genesis” (1914)

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Sentado al pie de tu cama
me puse a reflexionar
en la frontera indecible
que es siempre la enfermedad.

Era de noche. Tu mano
se iba hundiendo en alta mar.
Yo estaba allí como en sueños.
No la podía alcanzar.

Ilustración: Gaston La Touche, “The first born” (1883)

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TODO termina así:
unos destellos
de memoria que caen hacia lo hondo
y el cuerpo como un traje envejecido
que casi da vergüenza.

No insistas, corazón,
inútilmente:
nunca
maldeciré la vida.

Ilustración: Carl Heinrich Bloch, “Old People” (1874)

la vida y la muerte (155): dos

SOBERANIA

Les coses petites necessiten parella.

Dos ulls.
Dues orelles.
Dos braços.
Dos turmells.
Dos colzes.
Dues mans.
Dos mugrons.
Dues cames.
Dos ovaris.
Dos testicles.
Dos genolls.
Dos peus.

Però la mort, la mort és tan gran
que només n’hi pot haver una.

Autor: Anna Gual

Ilustración: Luke Hillestad, “Deadline Gemini”

la vida y la muerte (154): la presteza del viajante

José Luis tenía dos hijos a los que apenas veía que eran estudiosos y no daban disgustos. Una mujer indiferente, un buen coche, las credenciales irrefutables de mejor comercial de la empresa en la que trabajaba desde hacía treinta años. Un apartamento en la playa prácticamente pagado, un buen coche –eso ya lo he dicho- y 138.560 kilómetros recorridos por la geografía visitando a los clientes.

Es cierto que las presiones de los últimos meses en la empresa habían generado una tensión perniciosa y el clima laboral se había enrarecido. La consecución de los objetivos y sus correspondientes cuantiosas primas no eran inocuas y pasaban factura en el bienestar, tanto físico como psíquico.

Aquella noche había cenado temprano con la intención de acostarse pronto y ver ese malestar se difuminaba. En la habitación no tuvo tiempo de nada y se desplomó afortunadamente sobre una alfombra. Nadie se dio cuenta hasta que en la recepción les extraño tardará en bajar a desayunar. La doncella del servicio de habitaciones, una ecuatoriana que enviaba todo su exiguo sueldo para alimentar a sus hijos en Quito, lo encontró en el suelo, prácticamente inconsciente y con las constantes vitales presagiando un fatal desenlace inminente.

Se recuperó; los primeros días fueron cruciales. En la unidad de cuidados intensivos tuvo tiempo de darse perfecta cuenta de la magnitud de la tragedia. Sin habla, con medio cuerpo paralizado por el ictus. Cuando la situación parecía estabilizada y el peligro ahuyentado, una cadena de micro infartos torpedearon el corazón.

En el momento del óbito, José Luis tenía dos hijos a los que apenas había visto crecer y que lloraron la perdida de un padre desconocido, una mujer acostumbrada, un buen coche que nadie de la familia sabía conducir y, un apartamento en la playa con un cartel de en venta y 138.560 kilómetros.

En la empresa donde había trabajado y en la que fue el mejor comercial incluso después de muerto (tiene chiste en alguien que fue a morir en un hotel de Burgos) no dejaron de enviar a la viuda el lote de navidad. Al cabo de unos años, al proceder a una complicada absorción con una multinacional alemana, se acometió una reducción de gastos para reforzar la penetración en el mercado asiático y se decidió suprimir el lote navideño a los ex empleados.

Cuando José Luis se enteró quiso escribir una carta a la dirección pero en el cielo muy pocos saben alemán.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (153): infinita atalaya eterna

MAR EN SILENCIO

Elías era un señor mayor y delgado. Estaba enfermo y tuvo durante su vida la paciencia de dejar todo su funeral contratado. La sala más económica para el velatorio, sin extras y por el menor tiempo posible. También eligió concienzudamente la música, los recordatorios, el ataúd, eligió el piso más alto entre los nichos disponibles… Incluso las flores, con una cinta que ponía: “De tu familia que te quiere”. Todo.

Elías estaba enfermo desde hacía tiempo y los médicos no le había ocultado nunca ni la severidad y gravedad del diagnóstico ni las poquísimas expectativas de curación. Él, por el contrario, nunca dijo nada a nadie y se limitaba a formular alguna pregunta referida a la medicación.

Llegó el día de la ceremonia y al mirar los operarios de la funeraria vieron que en la sala del velatorio no había nadie. La sala estaba vacía, nadie había acudido a aquel entierro programado. Ese hombre estaba solo, no tenía a nadie en el mundo.

Ni una triste lágrima seria vertida en su memoria.

La ceremonia contratada se hizo. El hombre tuvo la música que había escogido, el oficiante leyó con pena falsa las palabras pactadas, hubo una despedida tal y como se había previsto. Todo como él quería.

Seguramente el muerto, ahora, sin proponérselo, era feliz.

Desde el ático que había alquilado en Montjuïc podía ver cada día el mar. Y un silencio aterrador entre muchos cuerpos solos.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración de Victor Perkayin

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (152): monólogo

EL MONÓLOGO MÁS LARGO

A Eloi, él sabrá las razones

El monologuista espera impaciente en el improvisado camerino del viejo bar, reconvertido con esta crisis de la industria del ocio en una taberna canalla que ofrece a los actores vocacionales –léase, en paro- la última oportunidad de enderezar su camino. El monologuista hace de todo, es un pluriempleado a tiempo parcial siempre; repartidor, animador de fiestas insulsas, clown alegre con alma triste en los aniversarios de los niños de los ediles del consistorio, pregonero dicharachero en centros comerciales, oficiante en las ceremonias laicas que el tanatorio ofrece ante la mirada ceñuda del clérigo de la parroquia.

Todas estas ocupaciones podrían quedar ahora definitivamente aparcadas si la actuación de esta noche despierta el entusiasmo del público y los aplausos de un representante bien relacionado en el mundo artístico. Un monólogo ejecutado midiendo con precisión las pausas, calculando con exactitud los cambios de ritmo, dosificando las risas…

Al salir de la habitación que le separa de su público ha sentido un estremecimiento descomunal; el corazón se ha desbocado y los nervios han atentado contra la serenidad del profesional del espectáculo. Al alzar la vista ha entendido lo que estaba sucediendo: el público que esta noche asiste al monólogo decisivo para este artista lo componen la anciana apalead por el nieto drogadicto, el hijo suicida por dos veces del comerciante del mercado de abastos, la monja expulsada de la Congregación embarazada por el obispo, la niña de dulce sonrisa enterrada con su muñeco de trapo, la mujer joven asesinada a navajazos por el marido violento, la mujer enferma del monologuista, el padre desconocido cuyas cenizas dan cobijo al bosque, la adolescente que bailaba hip hop, el cantante cuyo discos se venden y compran en un mercado de antigüedades.

Todas aquellos a los que dedico unas bonitas palabras vienen ahora a jalear su debut en la taberna canalla. Son la corte de fantasmas agradecidos que le acompañan en esta velado con el indisimulado orgullo se sentirse imperceptiblemente unidos a él.

Hay algo, no obstante, que le paraliza. Entre todos ellos distingue, en la última fila con semblante serio y un vaso de ron en la mano, su propio espectro. Y es entonces, un segundo antes del inicio del espectáculo, cuando tiene la certeza más aterradora: ya no está vivo.

Su sustituto en el tanatorio oficio esta mañana una ceremonia a la que no asistió nadie.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Albert Birkle, “Leipziger Straße Berlin” (1923)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (151): el televisor

Hospital dos

Cuando vas a morirte, en los hospitales públicos te llevan a una habitación para ti solo. Es la señal inequívoca de que te queda muy poco aire que respirar.  Prefieres no abrir los ojos, porque sabes que la televisión que permanece encendida y sin sonido será la última imagen del mundo que verás.

Autor: Luisa Miñana

la vida y la muerte (150): los moradores de la casa vacía

CASA VACÍA

Como una nación de abejas
 en un reducto escondido

(Sergio Gros)

En esta casa ya no vive nadie pero están todos los moradores que ocuparon las habitaciones. Escucho su fisiología desperdigada en pasos, susurros, toses o gemidos. De cuando en cuando callan, como si se hubiesen mudado por unas horas a otro lugar. Siempre regresan. Esta noche olvidaron cerrar la puerta de la entrada y apagar luces. Algo me despertó. No supe qué decir; me siento un extraño ocupando un refugio vacío. Ellos me reconfortan y justifican mi presencia: “alguien debe soñarlos”.

Autor: José Luis Morante

Ilustración: Juan de Ribera Berenguer, “Ruinas”

Fuente original: https://puentesdepapel56.blogspot.com/2019/09/casa-vacia.html