la vida y la muerte (116): la bella durmiente

LA BELLA DURMIENTE

Este poema da comienzo
en el quirófano de un hospital.

Recorre,

la espera
el miedo
el silencio
la ausencia.

Descubre

océanos con peces ahogados en lágrimas secas
desfiladeros con piedras que se precipitan al vacío
ventanas y puertas que abren recuerdos y cierran sueños
caminos calcinados por una niebla húmeda y homicida.

El cómputo gota a gota
de la vida en este poema.
sin sanar ni sucumbir.

Sin metáfora ni alegoría,

en perpetua vigilia
la custodia del cuerpo
al que no despertarán
los besos,

ni uno

ni cien

ni mil

ni las flores que el poeta
corta en el jardín

Autor: Javier Solé

Ilustraciones: Emma Cano, “Vértigo” y Evert Lundquist, “Death (At rest)” (1944)

Anuncis

la vida y la muerte (115): el testamento

TESTAMENT

Som vells arbres nus
el braços enlairats
Implorant a l’infinit
un bateig de neu,
amagar sota el gel
el nostre batec.

Les petjades del llenyataire
omplen de por el bosc,
hi haurà una ofrena de foc
Les espurnes pampallugues.
El fum, cabrioles entremaliades
dibuixant bigotis als núvols

La cendra amaga l’últim desig.

Autor: Javier Solé

Versión en castellano:

ÚLTIMAS VOLUNTADES

Somos viejos árboles desnudos
los brazos alzados
Implorando al infinito
la primera nevada,
esconder bajo el hielo
nuestro latido.

Las pisadas del leñador
llenan de miedo el bosque,
habrá una ofrenda de fuego.
Las chispas centellean
El humo, piruetas traviesas
dibujando bigotes a las nubes.

La ceniza esconde las últimas voluntades.

la vida y la muerte (114): la madre

Dedicado a María Victoria Morales Bustamante (Santiago de Chile, 16/6/1928 – Melbourne, 11/10/1980)

Te pienso con los ojos secos.
Evoco nuestro último beso
hace treinta y siete años.
El último abrazo,
la última mirada.
La habitación estéril,
la tenue luz de un sol
que no se atrevía a brillar.
Tu cuerpo vencido,
tu sonrisa triste,
tus hermosas manos
entre las mías,
y me duele haber superado tu edad.
En la calle,
sigue lloviendo sin cesar.

Autor: Silvia Cuevas-Morales

Ilustración: Lucien Freud, “The Painter’s Mother” (1977)

la vida y la muerte (113): Dos poemas de Javier Solé

AGONÍA

Sueña volver a ver el mar.

Escucha sólo el golpe
de la ola en la roca.

La sombra del océano
en el iris del abismo.

Fotografía de Sarolta Ban

ÍNSULA

Cuando era una niña
un pirata del Caribe
robaría un tesoro
para mí.

Ahora emito con el candil
una demanda de auxilio.

Que un barco recalé
en la isla del silencio.

 

la vida y la muerte (112): Fragmentos de Jaroslav Seifert

Jardín del Canal

1
He tenido que llegar a edad avanzada
para aprender a amar el silencio.
Conmueve a veces más que la música.
En el silencio aparecen señales emocionadas
y en las encrucijadas de la memoria
detectas nombres
que el tiempo pretendía ahogar.

Por la noche, en las copas de los árboles,
puedo oír hasta el corazón de los pájaros.
Y al caer el día, una vez, en el cementerio,
oí de lo hondo de una tumba
el crujir de un ataúd.

Autor: Jaroslav Seifert

Ilustración de Hugo Steiner

La columna de la peste

2
Nuestras vidas se deslizan
como los dedos sobre el papel de lija;
días, semanas, años, siglos,
y había épocas en que pasábamos llorando
largos años.

Hoy todavía camino alrededor de la columna
donde con tanta frecuencia esperé
y escuché, cómo murmura el agua
de las fauces apocalípticas,
sorprendido cada vez
por la amorosa coquetería del agua,
que estallaba en la superficie de la fuente
mientras caía la sombra de la columna en tu rostro.

Esta era la hora de la Rosa.

Autor: Jaroslav Seifert

Ilustración de Jakub Schikaneder

la vida y la muerte (110): la niña de antaño

Acudo hasta tu nombre y soy de nuevo
la niña que pasea dando saltos
por una acera limpia de guijarros
y encuentra el corazón
donde otros no ven más que cemento.
El camino nos lleva siempre a casa
y estás, como la luz, en cualquier parte
mirando cómo crezco y sigo andando
con toda la impericia que la edad
no restaña ni deja que olvidemos.
Sé que tengo la voz y las ideas
volcadas hacia el mundo,
que cuidas de que el mundo no me hiera
y ríes con mi risa como entonces
y agradeces la suerte y la alegría.
Sé que todos repiten que soy grande
pero tengo en la memoria cierta edad
donde la vida se para y permanece
en un vaso de leche con galletas,
un umbral donde el sol es tan pequeño
que cabe entre las dos y nos ocupa.
Porque, al final, apenas queda eso:
la imagen desbordando a la retina,
el velo de tu luz, como una calle,
llamándome a saltar, de línea en línea,
y ya no soy la niña ni soy grande
y el tiempo es un ardid
donde el recuerdo nos guarda para siempre.

Autor: María Alcantarilla

Ilustración: Joan Brull, “fantasía” (1902)

la vida y la muerte (109): Dos poemas de Emily Dickinson

Morir no duele mucho…

Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:

la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:

los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,

brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.

Ilustración de Miles Cleveland Goodwin

No puedo detenerme ante la muerte

Porque no pude detenerme ante la muerte,
amablemente ella se detuvo ante mí;
el carruaje solo nos encerraba a nosotros
y a la inmortalidad.

Condujimos lentamente, ella no sabe de apuros;
y por su cortesía debí abandonar mis labores e incluso mis ratos de ocio.

Pasamos por la escuela donde jugaban los niños
Sus lecciones apenas concluidas;
pasamos frente a los campos de pastoreo
y ante el sol que se ponía,

Nos detuvimos ante una casa que parecía
una hinchazón de la tierra;
su techo, solo visible,
su cornisa, apenas un montículo.

Desde entonces han pasado siglos;
pero cada uno parece más corto
que el día en que anuncié por vez primera
que las cabezas de los caballos
apuntaban hacia la eternidad.

Fotografía de Eugene Reno

la vida y la muerte (108): los progenitores

Los aparecidos

Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.

Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.

Autor: Fermín López Costero

Ilustración: Laurits Andersen Ring, “Mogenstrup Church” (1889)

la vida y la muerte (107): las manos

Esta mano viviente

Si esta mano capaz de apretar con vigor,
cálida y vivaz ahora, yaciera en cambio fría
en el silencio helado de la tumba, igualmente
rondaría tus días y helaría tus sueños,
hasta hacerte ofrecer tu propia sangre, toda,
para animar de nuevo mis arterias,
calmando tu conciencia; aquí la tienes,
mírala, te la tiendo.

Autor: John Keats