la vida y la muerte (126): Dos poemas de Sharon Olds

SU QUIETUD

El doctor dijo: “Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora.”
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: “Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar”.
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

EL ÚLTIMO DÍA

El último día de la vida de mi padre
lo bañaron por la mañana, doblaron la sábana a su cintura,
yo me senté con ellas y lo lavaron, clavículas,
hombros, costillas, pecho, la piel ocre,
irregular. Por la ventana veía
la montaña de California y sus pliegues
y pensé cómo habrá sido cuando fue hecha, suave,
tibia, maleable, pensé en mi padre antes,
casi líquido, insignificante, dentro de su madre.
Enjabonaban los ángulos de su cuerpo,
yo miraba la montaña, sus grietas,
sus sombras, sus luces:
siempre he querido creer cuanto ven mis ojos.
Doblaron la sábana hasta su cadera,
su muslo no era más que el fémur,
la piel como papel de carnicero
envolviendo un hueso para un perro.
Lo secaron y el pelo de su pecho se erizó,
salieron de la habitación por un momento
y quedé sola con él,
su pezón como un puñadito de guijarros,
trajeron una manta de algodón, tibia,
y giraron su cabeza hacia la ventana.
El amanecer resplandecía en su boca,
y en cada aliento yo veía una brasa diminuta,
una figura desmembrada temblar sobre su lengua.
Los lados de su lengua estaban salpicados
de óvalos mucosos como discos de marfil suave,
ahí sentada, yo miraba dentro de su boca,
nunca había entendido y tampoco
entendí entonces, el cuerpo y el espíritu.
Con la noche su respiración se hizo más corta,
la niebla caía azul, poderosa,
sobre casas y secuoyas,
apoyé mi cabeza en la cama en el camino de su respiración y la respiré,
aún dulce con su vieja dulzura mancillada
como la tierra húmeda con olor ácido y limpio a la vez.
Comenzó a oscurecerse una hora antes de morir,
su respiración se detenía por segundos
y volvía a empezar. Su cuerpo se arqueaba,
alejándose de la ventana, su piel
era de un amarillo vidrioso, respiraba, y se detenía,
respiraba. Pasé mis dedos por su cabello
y besé las comisuras de sus labios resecos. Respiró,
y su mujer y yo nos quedamos inclinadas esperando
la próxima respiración. Estaba volteado hacia mí,
la boca abierta y el cabello ondeando hacia atrás
como un hombre parado de cara al viento,
esperábamos y esperábamos la próxima respiración.
Luego la enfermera levantó sus párpados,
y en lo blanco, bajo cada iris,
había aparecido una línea oscura.
La enfermera le alzó la bata, vi su abdomen
relajado y gris, cubierto de pelo
como una promesa de bondad animal,
apoyó el estetoscopio contra su corazón
y esperó, luego bajó la bata
y dio un paso atrás, me miró, y asintió,
y entonces miré a mi padre,
su cabeza demacrada, su espalda arqueada
como para lanzarlo fuera de este mundo.
Puse mi cabeza en la cama al lado de la suya
y respiré pero él no respiraba, respiré y
respiré pero él se oscurecía,
mi padre. Apoyé mi mano en su pecho
y lo miré, miré sus pestañas,
los poros de su piel, las grietas en sus labios,
los pelos de su nariz.
Entonces acomodé su cabeza sobre la almohada,
se movía tan fácilmente, y su oreja,
aplastada durante la última hora
se desdobló en el aire
abriéndose como una flor.

De su poemario “El padre”

Más información en: http://blogdelamasijo.blogspot.com/2013/02/sharon-olds-el-padre.html

la vida y la muerte (125): último instante

“Sécate las lágrimas y mira el fin con serenidad. Hubieras gozado más de la vida despreocupándote de la eternidad, pero es demasiado tarde. En este último instante goza al menos del prodigio de vivir en la verdad tangible antes de caer en la nada.” 

(Igmar Bergman)

Ilustración de Zdzislaw Beksinski

la vida y la muerte (122): los senderos del alma

LOS SENDEROS DEL ALMA

De vez en cuando, aparecen en mi mente imágenes de antaño. Algún perfume, la melodía de una vieja canción, una mirada familiar o un objeto perdido en el desván, abren senderos que me transportan al pasado. Ocurre entonces, que mis ojos cansados, las arrugas de mi piel y este cuerpo que a duras penas sostiene mi alma, se transforman y dejo de ser, por un instante, una frágil anciana, para convertirme de nuevo en la niña que fui. Camino por el campo ligera y despreocupada, como si flotara sobre la hierba, y me recuerdo a mí misma lo hermosa que es la vida y que debo aprovecharla hasta el último latido, hasta que el sol se oculte por última vez en mi horizonte y hasta que mi espíritu se aleje, tranquilo y sereno, por inescrutables caminos de paz, sosiego y silencio.

Texto: Alex Mirc

Fotografía de María Tudela Bermúdez

la vida y la muerte (120): la última vez

“Todas las noches, la misma despedida. Cuando ya estaba acostada en la cama, mientras yo la arropaba, apagaba la luz y le dejaba una bombillita “quita miedos”, ella abría enormemente los ojos, me tomaba la cara entre sus manos y susurraba: «perdona lo que te haya hecho hoy y gracias por todo lo que haces por mí». Yo le quitaba importancia con alguna broma y le daba otro beso de buenas noches. Pero, esa noche fue distinto. Apenas un sutil cambio en los tiempos verbales que helaron mi corazón. Cuando escuché «perdona cuanto te haya podido hacer y gracias por todo lo que has hecho por mí», solo tuve ganas de salir corriendo y no escuchar. La abracé, la besé y salí de su habitación con cierta prisa. Ambas supimos que era la última vez.”

Autor: Amelia Díaz Benlliure

Ilustración: James Ensor, “Mi difunta madre” (1915)

la vida y la muerte (119). Dos poemas de Javier Solé

DESGARRO

“Distingo a una niña llorando
junto a tres pájaros negros
desorientados”

En el cielo las nubes
se desplazan ejecutando
un vals.

No puedo dejar de pensar en ella.

Aparece en todos los lugares de la ciudad,

en nuestra manera
burda y torpe
de zurcir la vida,

en el silencio taciturno de la hermana
en la decrépita vejez de la madre
en esta bochornosa derrota.

Algo gris plomizo
en todos los días del año.

A Laia le falta la vida.

Autor: Javier Solé

Fotografía de Laura Makabresku

DESENTERRAR LA VIDA

“No hay presente: todos los caminos son recuerdos o preguntas”

(Miquel Marti i Pol)

Evocar
las tardes de la infancia con merienda y sin deberes.

Exhumar
días adolescentes
convencido de nada, desafiando todo.

Invocar
una revuelta que empobrezca a los ricos
cure a los enfermos, resucite a los muertos.

Revivir
noches abisales
los cuerpos desnudos
que se beben la madrugada.

Rememorar
los caminos con polvo
los senderos del bosque.

Recordar
no olvidar
aquella hija que marchó demasiado pronto.

Morir
con el último pensamiento
anclado en el pasado
con lo que no serás
con lo que todavía aún eres
con lo que has dejado ya de ser.

Autor: Javier Solé

Ilustración: John Atkinson Grimshaw, “Nightfall down the Thames”

la vida y la muerte (118): Tres poemas de Montserrat Abelló

He vist la mort
per dintre. Duia
un infant als braços.
No tenia peus, no caminava.

Autor: Montserrat Abelló

Ilustración: Dali, “el caballero de la muerte” (1934)

Ets tendre,
estàs malalt.
Confons el negre amb el blanc.
I em pregunto perquè.
Per què jo
no et puc aclarir aquest enigma,
si duus la meva sang.

Autor: Montserrat Abelló

Ilustración: Dali, “el niño enfermo” (1923)

Plantats davant meu
I tant tristos.
No puc fer-hi res.

Tan tristos,
tant que us estimo.

I no puc fer-hi res.

Autor: Montserrat Abelló

Ilustración: Cristobal Rojas, “el violinista enfermo” (1886)