la vida y la muerte (144): Donald Hall versus Angel Merendino

Fragmentos del poema “ÚLTIMOS DÍAS”, de Donald Hall (del poemario “Without”) y fotografías de Ángel Merendino:

I
“Era razonable
pensar”. Eso había escrito. Al día siguiente,
en la consulta,
la hematóloga de Jane, Letha Mills, se sentaba
en tensión, su auxiliar,
de pie, con la espalda apoyada en la puerta.
“Tengo terribles noticias”,
les dijo Letha. “La leucemia ha vuelto”.
“No hay nada que hacer”.
Los cuatro lloraron. Él preguntó, ¿cuánto le queda?,
¿por qué otra vez ahora?
Jane sólo preguntó: “¿Puedo morir en casa?”

II
Aquella tarde en casa
tiraron los medicamentos a la basura.
Jane vomitó. Él lloró,
ella, sin una lágrima en los ojos, callaba
intentando olvidar. Por la noche
él cogió el teléfono
para llamar a los hijos o a algún amigo
con quien hablar de aquel espanto.

IV
Le preguntó, “¿Qué ropa
te ponemos cuando te enterremos?”
“No lo he pensado,” respondió ella.
“Qué te parece el salwar kameez
blanco”, dijo él,
la seda india preferida que habían comprado
en Pondicherry
hacía un año y medio, y que ella se había puesto
en sus mejores ocasiones.
Ella sonrió. “Sí. Magnífico,” dijo.
No le contó que,
hacía un año antes, entre sueños,
la había visto
en el ataúd con su salwar kammez blanco.

VIII
“Morir es fácil”, dijo ella.
“Lo peor es… la separación.”
Cuando dejó de hablar,
se tumbaron juntos los dos, acariciándose,
y ella clavó en él
sus bellos ojos enormes, redondos y marrones,
brillando sin pestañear,
radiantes de amor y miedo.

la vida y la muerte (143): Donald Hall versus Richard Learoyd. Dos poemas de “Without”

Después de que le mataran la médula
otra vez, la tendieron en una camilla,
sola en una habitación de plomo
entre máquinas que parecían
estufas barrigudas que vomitaban
Irradiación Corporal Total
en once sesiones
de media hora repartidas en cuatro días.
Era como si encerraran en su cuerpo
los últimos escombros de Chernolbyl.

Se despertó a las cinco, preparó
café, se tragó las píldoras, se inyectó insulina,
se afeitó, desayunó, metió
en el bolso el chándal de Jane que había lavado
la noche anterior, llenó el termo,
salió del apartamento en Spring Street
y anduvo manzana y media
hasta llegar a la planta de médulas del hospital.
Esperando en el semáforo
para cruzar la avenida imaginó, por un momento
imaginó que se arrojaba
al autobús. Él sabía que no lo haría.

la vida y la muerte (141): algún día


Algún día… un cáncer, un infarto, un accidente de tráfico.
Algún día… un disparo en la sien, un líquido inflamable, una espina de
pescado.
Algún día… un coche bomba usado, una lata en mal estado, un tubo de
pastillas.
Algún día… un salto desde el ático, un accidente aéreo, una soga al cuello.
Algún día… un barco que se hunde, un tiburón hambriento, esas clases
que debiste tomar de natación.
Algún día… un corte digestivo, el cotidiano Sida, una bala de goma.
Algún día… un ataque de risa, un bollo mal tragado, un exceso de hastío.
Algún día… una broma de mal gusto, un ataque de caspa, un piojo
asesino.
Algún día… una suegra huraña, una araña venenosa, dos martinis de
estricnina.
Algún día… un susto en plena noche, los dedos en el enchufe, una
sobredosis de supositorios.
Algún día… atados a la hoguera, acostados en la guillotina, desnudos en el
paredón.
Algún día… de traje en el patíbulo, de bruja en la pira, casado por la
Iglesia.
Algún día… llegará la hora de consultar la hora y decir: ya es la hora.
Algún día… una viuda que llora, un huérfano que hereda, un enemigo
alegre.
Algún día… despertarás con la noticia de que alguien ha muerto.
Quizás tú mismo.

Autor: Accidents polipoétics (Rafael Metlikovez / Xavier Theros)

Ilustración de Alfred Kubin

la vida y la muerte (139): el testamento

TESTAMENTO

A mi muerte,
que nadie toque mis cosas,
que se queden como están para cuando vuelva,
como yo las he dejado:
El vino fuera de la nevera,
la cejilla en el último traste,
el teléfono sonando,
el calentador encendido,
el niño en el colegio,
las cartas sin abrir,
el despertador a las siete,
las cuentas a cero,
las persianas hasta arriba.
Si me matan sin dolor
quiero el número del asesino,
que alguien me grabe el entierro;
cómprame el tabaco y el diario,
no me esperes despierta,
déjame atún por si vuelvo en los huesos,
y este verso no lo guardes,
que le quiero cambiar el final.
Ah,
y baja la basura.

Autor: Juan Carlos Aragón

Ilustración: Glen Preece, “Man with a Scythe” (2007)

la vida y la muerte (137): el vaso de leche

AL BORDE DEL ALBA

Algunas veces,
siempre al borde del alba
todavía con los ojos cerrados
escucha el tintineo
de la cuchara
que disuelve
el cacao
en el vaso de leche
que su vieja
preparaba
cada día
los siete días de la semana

Ahora mismo
lo esta oyendo,
los ojos
se aclimatan
a la oscuridad.

La hija
se ha dormido
mientras
remueve en la taza
las hierbas medicinales
que toma para calmar
los dolores.

Un beso tibio,
con miedo a despertarla,
cierro los ojos
sabiendo
que lo peor
está por venir
en esta negra
noche larga.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Falgas, “vaso de leche”

Del poemario “El cementerio que habitan los vivos” (ISBN 978-84-9076-351-3)

la vida y la muerte (136): la hermana

Al morir
con certeza mi hermana gemela me dejó su vida
prendida al ombligo
para que yo viviera por ella y por mí.
Este yugo que me unce
el peso de milenarias piedras sobre los hombros
y su voz que es sólo un rumor
desvela a la paloma a la pantera
a la locura que se viste de rojo y violeta
se restriega las manos mientras patina haciendo ochos sobre el piso
las paredes
el techo de la casa.

Yo miro aturdida
confundiendo mi cama con un tren que vuela enloquecido en busca del sol.

Autor: Glauce Baldovin

Ilustración: Thomas Brooks, “la tumba de la hermana” (1857)