la vida y la muerte (110): la niña de antaño

Acudo hasta tu nombre y soy de nuevo
la niña que pasea dando saltos
por una acera limpia de guijarros
y encuentra el corazón
donde otros no ven más que cemento.
El camino nos lleva siempre a casa
y estás, como la luz, en cualquier parte
mirando cómo crezco y sigo andando
con toda la impericia que la edad
no restaña ni deja que olvidemos.
Sé que tengo la voz y las ideas
volcadas hacia el mundo,
que cuidas de que el mundo no me hiera
y ríes con mi risa como entonces
y agradeces la suerte y la alegría.
Sé que todos repiten que soy grande
pero tengo en la memoria cierta edad
donde la vida se para y permanece
en un vaso de leche con galletas,
un umbral donde el sol es tan pequeño
que cabe entre las dos y nos ocupa.
Porque, al final, apenas queda eso:
la imagen desbordando a la retina,
el velo de tu luz, como una calle,
llamándome a saltar, de línea en línea,
y ya no soy la niña ni soy grande
y el tiempo es un ardid
donde el recuerdo nos guarda para siempre.

Autor: María Alcantarilla

Ilustración: Joan Brull, “fantasía” (1902)

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la vida y la muerte (109): Dos poemas de Emily Dickinson

Morir no duele mucho…

Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:

la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:

los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,

brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.

Ilustración de Miles Cleveland Goodwin

No puedo detenerme ante la muerte

Porque no pude detenerme ante la muerte,
amablemente ella se detuvo ante mí;
el carruaje solo nos encerraba a nosotros
y a la inmortalidad.

Condujimos lentamente, ella no sabe de apuros;
y por su cortesía debí abandonar mis labores e incluso mis ratos de ocio.

Pasamos por la escuela donde jugaban los niños
Sus lecciones apenas concluidas;
pasamos frente a los campos de pastoreo
y ante el sol que se ponía,

Nos detuvimos ante una casa que parecía
una hinchazón de la tierra;
su techo, solo visible,
su cornisa, apenas un montículo.

Desde entonces han pasado siglos;
pero cada uno parece más corto
que el día en que anuncié por vez primera
que las cabezas de los caballos
apuntaban hacia la eternidad.

Fotografía de Eugene Reno

la vida y la muerte (108): los progenitores

Los aparecidos

Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.

Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.

Autor: Fermín López Costero

Ilustración: Laurits Andersen Ring, “Mogenstrup Church” (1889)

la vida y la muerte (107): las manos

Esta mano viviente

Si esta mano capaz de apretar con vigor,
cálida y vivaz ahora, yaciera en cambio fría
en el silencio helado de la tumba, igualmente
rondaría tus días y helaría tus sueños,
hasta hacerte ofrecer tu propia sangre, toda,
para animar de nuevo mis arterias,
calmando tu conciencia; aquí la tienes,
mírala, te la tiendo.

Autor: John Keats

la vida y la muerte (106): Ana Martínez Castillo versus Jeanie Tomanek

MADRUGADA

Recuerdo
tu sombra
de puntillas
por los tejados,
en aquella mañana
en la que el frío
desataba su luz.
Recuerdo todavía
los pasos del invierno
sobre la alfombra,
la ventana tan blanca.
No son campanas
lo que se escuchaba a lo lejos,
es sólo la vida
que ya bosteza.

LA MUERTE QUE NOS TRAES

La muerte que nos traes
es diminuta y cálida,
sutil y triste
como ciudad antigua,
gris como los tejados de Edimburgo,
como una calle de Coímbra.
La muerte que nos traes
la tengo yo en un puño
y es terciopelo,
y es alabastro,
la muerte que nos traes
es solo un tercio de tu aliento.

la vida y la muerte (105): la casa de la madre

Vaciar la casa de la madre,
seleccionar lo valioso,
aquello que tendrá hueco
en nuestro propio hogar.
¿Qué hacer con su ropa inabarcable
con los sostenes inabarcables
que protegían sus pechos inabarcables
que abarcaban todo el amor?
Ir recorriendo habitaciones
como quien recorre el tiempo
escuchando todavía los gemidos
de su corazón fatigado.
Todas las paredes hablan
de sus andares pequeños
cuando los últimos días
ya la casa era una selva
difícil de transitar.
Su vaso, su trapito,
su plato negro de plástico,
eran norays donde anclarse
ante las olas de invierno.
¿Qué hacer con todos los trastos
que depositan los sueños?
¿Cómo vaciar una casa
que ya ha quedado vacía?

Autor: Amelia Diaz Benlliure

Ilustración: Ricardo Renedo, “SINGER”

la vida y la muerte (104): transmigración? no, gracias.

No a la transmigración en otra especie.
No a la post vida, ni en cielo ni en infierno.
No a que me absorba cualquier divinidad.

No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
reservado a islamitas, con beldades
que un libro garantiza siempre vírgenes.

Porque esos son los juegos para ingenuos
en que mi agnosticismo nunca apuesta.
Mi envite es al no ser. A lo seguro.

Rechaza otro existir, tras consumida
mi ración de este guiso indigerible.
Otra vez, no. Una vez ya es demasiado.

Autor: José María Fonollosa

Ilustración: Joan Ponç, “personatge assegut” (1950)

la vida y la muerte (102): morir sin nacer. Dos poemas de Angela F. Aymerich

MUERTO AL NACER

Ni aurora fue. Ni llanto. Ni un instante
bebió la luz. Sus ojos no tuvieron
color. Ni yo miré su boca tierna…

Ahora, ¿sabéis?, lo siento.
Debisteis dármelo. Yo hubiera debido
tenerle un breve tiempo entre mis brazos,
pues sólo para mí fue cierto, vivo…

¡Cuántas veces me habló, desde la entraña,
bulléndome gozoso entre los flancos!…

Ilustración: Paula Rego, “Chica con feto” (2005)

PERDIDO

Aquel verso que olvidé
sin jamás haberlo escrito;
Aquel que nadie leerá
¡qué pena me da, Dios mío!….

Es como cuando perdí,
Al ir a nacer, un hijo.

Ilustración de Eduardo Chicharro