Pájaro en psiquiatría. Un relato de Javier Solé y dos poemas de Begoña Callejón

PÁJARO EN PSIQUIATRÍA

En el pabellón de psiquiatría, un minero prematuramente jubilado al que la silicosis no ha doblegado todavía, arrastra los pies recorriendo, nervioso, en círculos concéntricos, el pasillo.

Por la claraboya se filtra una luz mortecina, que no distingue entre noche y día. Siempre una iluminación tenue, enfermiza, hepática.

Desde una de las habitaciones se escucha el insistente y brioso canto de un canario a cuya compañía se aferra una abuela abandonada por sus hijos y por los hijos de sus hijos. Este canto del pájaro es la prueba irrefutable de una mañana que acontece sin sobresaltos.

Las manos del minero, toscas y temblorosas, acunan al canario y el pañuelo con esputos, ceremoniosamente desdoblado, es una mortaja para el pajarillo.  Murmura el hombre enfermo que todos deberían abandonar el lugar, que la muerte del enjaulado es un presagio del aire irrespirable de este manicomio. Que los electrodos de la sala de curas son el grisú de la galería.

Nadie responsable del pabellón de psiquiatría ha dado instrucciones para proceder a la evacuación de los enfermos, pese a los reiterados avisos del paciente.

Aquella noche, cuando todos duermen plácidamente, el minero con los pulmones negros y el alma rota, fuma a escondidas en el camastro la colilla de un pitillo que unos minutos más tarde arde y extiende el fuego por el pabellón.

En el recuento final los bomberos cifran en una docena los muertos.

Autor: Javier Solé, septiembre 2015

Ilustración: Fabritius, “el jilguero atadao”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

“Desde que nací vivo en un psiquiátrico. Me amamantaron aquí. Estoy postrada en una cama oxidada, vestida de blanco. Veo pasar a enfermeros, a médicos y algún despistado. La vida pasa en círculos rojos. Círculos de muerte. Prometo que no volveré a tomar pastillas, a cortarme las venas o a lanzarme al mar. Prometo que seré humana. Loca, loca, eres una maldita loca, eso es lo que me dicen todos los días. Nunca cambia nada, todos los días son iguales. No se si algún día saldré de aquí”

“Más tarde, cuando todos agonicen, pintaré las paredes de negro. Colgaré en las esquinas pájaros muertos y en las puertas pondré sus nombres. Cuando mueran yo bailaré en los salones y ellos solo serán nombres que regresarán a mi memoria”

Autor: Begoña Callejón

Fotografías de Laura Makabresku

Anuncis

las cuatro estaciones (77): invierno en Teruel

Un relato que lleva por título “PREMONICIÓN”:

En la sierra de Teruel los inviernos son fríos y oscuros.; el aire seco y la tierra roja y arcillosa. Los días cortos y las noches largas. Los dos hermanos,  Manuel y Miguel, vivían en la misma calle, la única del pueblo; las casas, separadas por doscientos metros de barro helado. El gobierno ha prometido mil veces asfaltar la calle y en todas las ocasiones otros pueblos u otras promesas han sepultado la dicha de los pocos vecinos de la aldea de ver por fin urbanizado como Dios manda el pueblo, al estilo de la capital. Hay quien incluso cree que instalarán un semáforo.

Los dos hermanos viven solos desde que los hijos crecieron y marcharon a ver el mundo verdadero. Enviudaron casi el mismo año. Están cada uno en su casa, independientes. Cada cual sabe las manías que colecciona y, un suponer, si uno  se quiere tirar un pedo tranquilo pues de esta manera va y lo expulsa sin problemas ni estrangulamientos. O comer a deshoras, o llorar sin que nadie le moleste, rediez.

Esta noche, sin embargo, es distinta. Viene como más fría, más oscura, como más corta. Da hasta miedo imaginarla. Por eso, Manuel ha salido de casa expresamente para advertir a su hermano pequeño que el viento baja de la montaña malamente, que conviene cerrar las ventanas y revisar el establo y procurar que los animales estén tranquilos.

También le ha confesado a su hermano que le quiere mucho, que se acuerda de los padres de ambos, que por las noches piensa en su mujer -la suya, no la cuñada- y que no sabe si este año vendrá la primavera.

Miguel le ha recordado a Manuel que por la mañana tiene que ayudarle con unas tejas del cobertizo. Pero según parece Manuel hace días que anda falto de ánimos y de fuerza y se ha marchado a su casa acurrucado en su pelliza sin nada convenido.

A la mañana siguiente Miguel le ha encontrado en la cama con la rigidez de la Muerte dominando el cuerpo.

Cuando sus sobrinos venidos a toda prisa de la capital para el funeral le preguntan si padre había sufrido y si en la mirada del muerto había miedo o tranquilidad sólo consigue Miguel enmudecer y, después de un buen rato, murmurar que la ventana del dormitorio de la casa de su hermano estaba abierta.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Andrew Wyeth, “Untitled” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

las cuatro estaciones (72): el lento declive del verano

31 de agosto

“Nunca he sentido nostalgia los domingos por la tarde ni cuando acaban las fiestas, aunque siempre tuve un leve pesar al final de agosto. Un recuerdo que me queda de niño. Tras pasar un mes entero lejos de la ciudad, en el campo, la familia emprendía la tarea de recogerlo todo e iniciar el gran viaje de regreso. Aquellos días aprendí algo sobre el ciego caminar del tiempo, al que nada le importa que uno esté bien o mal. Él, a lo suyo. Descubrí con melancolía que el tiempo no solo quita tiempo, sino, y sobre todo, nos arrebata lugares”

Autor: José Ángel Cilleruelo

Fotografía de Marta Navarro


PEDANÍA DE LA INFANCIA

Cada verano
el hijo del emigrante
regresaba al Sur,
a los baños en un mar azul
en una pedanía de
Cuevas de Almanzora.

A descubrir,
el pezón de la primera muchacha morena
en cuyos labios depositó un beso
con sabor a miel y olor a romero.

A perseguir,
en el desierto de Tabernas
lagartos ocelados
coleccionar colas de lagartijas colirrojas,
una tierra calcinada por el sol
donde no hubo futuro para los padres.

Este verano
golpean con furia vencida
los ecos del pasado,
cenas con primos y hermanos
en cortijos pintados de blanco,
y se descubre todas las noches
poniendo nombre a cada una de las estrellas.

La matriarca de cabellos prematuramente canos
con el gesto adusto levemente altanero
que ocultaba a las visitas en un salón impoluto
las tragedias más devastadoras.

El padre enfermo,
delineante que pintaba cuadros sin sustancia
bodegones sin vino cacerías sin sangre
que se exponían en el comercio de unos vecinos.

Dos hermanos a los que la Muerte
reclamo demasiado pronto y de malos modos.

El hijo del emigrante
regresa al Norte
al final del verano
con las manos vacías
y el maletero del auto
repleto de recuerdos.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Andrew Ferez

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

soledad

Cada mañana el hombre enjuto, de pelo canoso, levemente encorvado y mal alimentado, descuidado en la vestimenta y sin afeitar, con un rostro apagado, camina empujado por la correa del perro de su esposa y acompañado por la tristeza.

Tiene todo el día por delante para ejecutar sin ánimo las tres o cuatro gestiones irrelevantes, sin apenas una pizca de importancia, que la intendencia doméstica le exige realizar pero las hace a primerísima hora del día pues viene de una noche triste y larga a la que precedió una tarde aburrida y monótona.

Los días se suceden indiferenciados; algún día el sol se esconde en unas nubes grises, otras luce espléndido y demoledor, unas pocas veces llueve de forma tímida y apocada y sólo en muy escasas ocasiones una tormenta descarga su ira en este barrio periférico donde los niños juegan en la calle bajo la atenta vigilancia de abuelas prematuramente jubiladas en una empresa textil deslocalizada.

Este hombre que arrastra toda su tristeza, su minúsculo futuro y una carretilla llena de recuerdos es el mismo que hace años paseaba por la alameda, cogido del brazo de una mujer afable, inmensamente gorda y feliz, de respiración agitada pero mirada dulce, que sucumbió en unos pocos meses de un cáncer. Fue una enfermedad tan intensa y breve que el hombre quiere creer a veces fue un mal sueño.

Pero luego, entre la ropa sucia sólo hay calcetines y calzoncillos. No tiende nunca ni un sostén, ni una blusa, ni una falda. Y mientras la escasa ropa del hombre viudo da vueltas en el tambor de la lavadora mi vecino se siente solo… hasta que el perro de su esposa muerta le lame la mano.

Hoy, al mirar por la ventana de la cocina y quedarme unos minutos absorto pensando en Laia, he visto al hombre enjuto, de pelo canoso, aspecto desaliñado, que caminaba sin la correa del perro.

Me temo que ahora si estamos los dos definitivamente sin nadie.

Autor: Javier Solé, agosto 2014

Ilustración de Gary Bunt

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Eduardo

“… a la tierra se regresa
antes de crecer en ella”

(Tulia Guisado)

Conservaba sólo una docena de fotografías del hijo muerto. El embarazo había sido físicamente complejo, con instantes intensos de bienestar psíquico, de felicidad ahora proscrita. El parto, prematuro, fue largo, difícil y, endiabladamente, peligroso. Para ambos. Ya ella tuvo que indicarle al doctor que diera prioridad al hijo sobre la madre. Pero la ciencia suele batirse en retirada cuando la guadaña reclama con vehemencia que alguno de los vivos sea sacrificado.

La noche era larga y un caballo sin montura cruzaba al galope un paraje calcinado. Era la misma muerte que venía a desgarrarle el alma, degollarla entera, sembrar una herida y un dolor incurable, insoportablemente despiadado.

Hubo noche, y a las noches les sucedieron los días. Y los días murieron en noches. Y esta sucesión no trajo nunca la luz, sólo el péndulo de una lámpara hospitalaria que tiritaba de miedo y de frío, más de miedo que de frío. ¡Qué dolor morirse y que cruel ver morir!

A los ocho meses le sucedieron sólo nueve días. Puedes pensar que nueve días no son mucho, y es verdad que vivir sólo nueve días es poquísimo, es una miseria. Cuando se es niño nunca vives lo suficiente, sean nueve días, nueve meses o catorce años. Pero nueve jornadas de enfermedad, de agonía, y si son los primeros nueve días de vida, son una bomba de plutonio; la percepción del tiempo, en mitad del dolor, confunde los minutos con las horas y las horas con los días y los días con unas pocas semanas, acaso una y una décima de la siguiente. Y el vacío cavando fosas en el alma.

Transcurridos unos meses del entierro, el padre, un día, preso de este dolor incrustado, confesó que tal vez hubiera sido mejor que el bebé hubiera muerto en el útero, que no hubiera llegado a nacer, que no fuera posible recordar se movía y lloraba, se aferraba al pecho con una locura infame. Que verlo durante una semana -nueve días, en realidad- fue un tormento añadido para el niño y para los progenitores.

A ella, sin embargo, este pensamiento y su exhibición impúdica le molestaba. Aunque no lo citaba por su nombre -y utilizaba el genérico niño- se sentía reconfortada por haberlo visto nacer, por haberlo tocado, por haberlo besado, haber intentado darle de mamar, acogerlo en su regazo en la UCI hasta que dejó de respirar y hasta una hora después.

Los muertos no nacidos no tienen rostro aunque tengan nombre. Son un legajo, algo o alguien que es y será sin llegar a haber sido, pero el niño enfermo sepultado en lavanda y sábanas blancas con las iniciales del hospital ha sido, aunque sea su existencia breve. Tiene rostro y tiene nombre.

Los padres del niño muerto terminaron por separarse. Seguramente, fueron incapaces de afrontar de manera conjunta la tragedia. Ambos “rehicieron” su vida, otra vida. La supervivencia tiene leyes poderosas que nadie desafía con éxito. Los dos, por separado, tuvieron otras relaciones, parejas nuevas. Pero, y esto es lo más curioso, ninguno de los dos tuvo descendencia.

Eduardo se llamaba el niño que nació demasiado pronto y demasiado pronto murió. De ningún otro modo hubiera podido titularse este relato.

Autor: Javier Solé, noviembre 2015

 Fotografía de Brooke Shaden

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ceremonia laica

“Era un hijo de puta. Me cosió a palizas toda la vida, arruinó la niñez de mis hijos…”

Con estas mismas exactas palabras –Eloy lo recuerda muy bien, incluso después de muchos años y de multitud de funerales laicos oficiados- definía la viuda del muerto a su marido difunto en la sala del tanatorio donde se había reunido para preparar la ceremonia.

Eloy mira a los dos hijos que acompañan a la madre. Permanecen abatidos, con lágrimas contenidas, serios y taciturnos, en una actitud equidistante entre la infinita tristeza y él alivio incontenido por el final de una asfixiante pesadilla.

Estuvo el orador de funerales laicos intentando pensar como darle la vuelta a la situación planteada donde el cadáver de una bestia cotidiana yacía inerte rodeado de familiares apesadumbrados pero liberados. Repasaba la nota biográfica en búsqueda de una argucia que le socorriera en el discurso. No la había. Un hombre malo. Temido por los operarios en el trabajo, respetado con indiferencia por los vecinos, una devoción insana por la unidad de la patria desde los tiempos de su servicio militar con varios reenganches hasta su licenciatura con el mediocre cargo de sargento, una amante insatisfecha, unos hijos asustados, una esposa apaleada.

Estaba verdaderamente agobiado con esta maldita ceremonia que presentía tensa y complicada, nunca la justicia y la misericordia fueron buenas aliadas. Entonces, cuando ensimismado en su despacho intentaba darle la vuelta a esta absurda situación, el gerente del tanatorio abrió la puerta del despacho y le comunico que la hermana del difunto había protestado enérgicamente por los preparativos de una ceremonia laica, alegando la religiosidad del muerto y que ésta se sustituía por una misa que oficiaría el cura.

Desde la última fila Eloy escuchaba el sermón del párroco que elogiaba las virtudes del finado. La Iglesia tiene en esto tanta experiencia como hipocresía y defiende a los suyos aunque sea ésta una misión imposible.

Ciertamente este cura era un espléndido actor, desgastando en homilías absurdas, repitiendo el mismo lacónico papel falsamente compungido, mercenario de las mentiras que dominan el mundo.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración: Dean Cornwell, “Priest Spanish City” (1921)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (74): fallecidos que hablan

Un relato que lleva por título “CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA”:

Nunca debí aceptar la propuesta del gordo director del periódico. Aquello no era mi guerra, si bien si fue mi muerte.

dominicnahrEstoy muerto. Silencio. Bien muerto. Requetemuerto.

Empecé a morir la tarde que mi pie izquierdo pisó levemente aquella estúpida bomba en aquella estúpida guerra. No sé quiénes eran unos ni quiénes los otros. Ni siquiera si yo estaba alineado con los buenos. Tampoco discerní nunca ni los motivos ni la fecha remota del inicio de las hostilidades. Son preguntas que no llegué a formularme y que ya no tienen respuesta; la única certeza es que todo es absurdo y que estoy muerto. Y que es irreversible, no hay vuelta atrás. No volveré a vivir, ni, afortunadamente, volveré a llorar ante cadáveres calcinados de civiles, de niños mutilados. Estoy muerto y Vd. Lo está leyendo en la crónica del suplemento dominical. Vigile, el café se está enfriando.

Autor: Javier Solé, octubre 2013

Ilustración de Dominic Nahr

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

margaritas

Desde pequeña Alicia ha tenido predilección por el cuento de Lewis Carroll no porque la protagonista se llame como ella sino por el bosque lleno de árboles, el conejo que tiene prisa y los naipes obedientes. Durante años obligó a su madre a explicarle el cuento una y otra vez, incluso cuando ya era mayor y podía ella leerlo perfectamente sola. Rosario siempre cuido de Alicia; desde que le diagnosticaron la deficiencia cognitiva, al poco de nacer, con solo dos semanas. Siempre le dio los mejores abrazos y todo su cariño, con un desvelo desbocado.

Esta entrega sin reservas se mantuvo incluso cuando Rosario enfermó. El pronóstico del oncólogo le daba tres años pero vivió trece. Esos diez años extraordinarios fueron para madre e hija, para Rosario y para Alicia, una bendita prórroga. El marido, por el contrario, nunca soportó bien la convivencia con una hija deficiente y una mujer desahuciada. Volvía cada vez más tarde del trabajo, cada día más triste y cada semana más borracho.

margaritasCuando la enfermedad parecía haberse olvidado de Rosario resurgió con más virulencia y con la exigencia intransigente de los prestamistas que reclaman el abono de los intereses.

El último mes fue terrorífico, con unas sesiones de radioterapia que arrasaron la posibilidad de preservar en la memoria la dulzura en la mirada de Rosario.

Todos los familiares estaban hondamente preocupados por el efecto devastador de la ausencia de Rosario en la vida familiar. El padre miraba a la hija con una congoja infinita al sentirse impotente para sobreponerse a la pena y ayudarla.

Sin embargo, las cosas fueron muy distintas a como todos las habían imaginado en el hospital o en el velatorio. Al regresar al hogar, Alicia empezó a rellenar con agua la botella de vino y el padre volvía pronto a casa para explicarle el cuento de Lewis Carroll.

Los domingos salen al bosque, se tumban en un claro y contemplan los dos juntos, fascinados, las nubes y sus formas caprichosas. Algunas veces, unas pocas, lloran un ratito pensando ambos en Rosario.

Y todas las tardes de domingo regresan cogidos de la mano. Alicia recoge siempre en el bosque unas pocas flores, margaritas la mayoría de las veces. El lunes por la mañana acude al cementerio para que su madre pueda olerlas.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Dos poemas de Golondrinas suicidas

ESTATUA EN EL PARQUE

Esta mujer anciana
que circunda cada día
el parque de la gran ciudad
hace añosescala2
amo
sin pasión
a hombres poderosos.

Regentó casas clandestinas
amaso una fortuna incalculable
compró innumerables inmuebles
compartieron sus amantes valiosos secretos
anduvo coqueteando con una logia.

Su único vástago creció
sin que la madre le revelara
el nombre del progenitor.
Un día el hijo se mató
lleno de rencor y para castigarla.

desconsol_de_josep_llimonaElla,
en esta senectud
que no encuentra nunca el final,
descansa
siempre en el mismo banco
contempla la estatua de una joven desnuda
con pechos vigorosos que miran el cielo
recordando
aquel artista en ciernes
esculpiendo su figura
donde ahora anidan las palomas
estremecida al evocar como
recorría su cuerpo entero
acariciando sin tocar
amando sin poseer
memorizando cada poro de su piel.

Reparte la mujer anciana
pan mojado entre las palomas
para que dejen tranquila a la estatua
pudiendo entonces
conversar a solas con
la única persona amiga que le queda viva.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Fotografía de la escultura de Josep Llimona, “desconsol” (1903)

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

SUBIR LA CUESTA

El viejo marinero en la taberna
apura el décimo vaso de vino
mientras por la ventana
mira como la tormenta descarga con furia
en un mar negro,
teñido de luto,
en esta noche de noviembre
con la madera de los barcos
emitiendo alaridos de auxiliojames-ensor-los-borrachos-1883
similares a los que se oían el día del naufragio.

El viejo marinero que bebe en la taberna
es el único superviviente,
dos hijos y otro joven de la aldea
perecieron,
por imprudencia o impericia,
del capitán,
que regresa a casa
tropezando
con el empedrado de la cuesta,
donde una madre,
loca y muda,
ha cocinado una sopa
que tomará fría
esperando el día definitivo
en el que el sol
no ilumine su tristeza.

Autor: Javier Solé

Ilustración: James Ensor, “los borrachos” (1883)

Poema incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)