amores cotidianos (283): reencuentro

La sala del auditorio del centro cívico está abarrotada de público que espera con impaciencia a la poeta laureada. Hoy presenta en la ciudad el célebre poemario premiado en un renombrado y prestigioso certamen. No es una desconocida, ha publicado ya varios libros de poesía y es aclamada y respetada por la honestidad y sinceridad de sus poemas. Y recita sus versos con una profundidad que es un clamor.

En una de las primeras filas esta sentada una pareja con la que ha hablado antes de iniciar el acto. Él es de su misma generación, estudiaron juntos el bachillerato en otra ciudad, luego ella decidió estudiar filología y él se matriculó en una universidad para licenciarse en una ingeniería industrial.

No sólo estudiaron juntos, también compartieron sueños y cama. Sexo, mucho sexo. De todas las maneras, a todas horas, prácticamente todos los días. Eran jóvenes y se hubieran comido el mundo. Él convencido, ella convencidísima; la plenitud de vivir una pasión insobornable puede con casi todo.

El futuro, no obstante, no tardaría en separarles; él aceptó un inmejorable porvenir lejos de los sueños pero con tarjeta de crédito platino, en otra ciudad hace diez años, ésta que ahora ella visita.

La poeta mira a la pareja feliz; a su antiguo novio y a su radiante pareja y no puede evitar una sonrisa amarga. Sabe por los momentos previos en los que se saludaron que tienen dos hijos, uno de seis y otro de cuarto. Luis y Ana, cree recodar.

Esta sonrisa amarga con la que no puede evitar mirarles muda en tristeza y melancolía al pensar en su hija muerta hace tres años, con apenas seis años y medio de un tumor devastador. Piensa en su hija todos los días, a todas horas. El pensamiento que se le cruza ahora es otro: mira al padre de su hija, a la mujer de éste y vuelve a su memoria la tarde que estuvo, sola junto al teléfono, con el puto papel del diagnóstico en la mano, pensando si llamarle o no hacerlo. Y que no llegó nunca a compartir con él la pena por la muerte de una hija común que él ignoraba existía. Ahora siente dudas sobre la conveniencia de informarle ahora. Mas que nada por las jodidas leyes de la genética que no desearía nunca cercenarán a la nueva familia de su primer amor.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)