un saltamontes en los olivos

UN SALTAMONTES EN LOS OLIVOS

Es la noche. El celador, centinela del sueño, escribe cartas a su hermano. La danza de las pupilas incandescentes y la tráquea ignífuga.  El eco de los cascos de las yeguas perseguidas por la luz. La soledad del vigilante extraviada en la eternidad del crepúsculo. Las hormigas, peregrinas en el pasillo, con fragmentos de bizcocho ensangrentado. Los residentes juegan con las calaveras de los niños; una mujer mastectomizada amamanta una jirafa en llamas. Y un poeta declama con rabia versos ateos desde el tejado. Dios no le escucha. Dos cuerpos, hombre y mujer, copulan con obscena furia en la enfermería.

Amanece. Siempre amanece. Invariablemente, la luna precede al sol. El celador regresa caminando por los campos a la casa amarilla. Durante el trayecto alza los brazos y los mueve como si fuera un cuervo del futuro. Si supiera alguien que es capaz de anticiparse a lo que acontecerá no le permitirían abandonar el sanatorio.

Por las tardes, el celador pinta nubes amarillas y cipreses rojos. Sólo detiene el trazo del lienzo cuando escucha con la oreja izquierda el llanto de una muñeca encamada en la planta octava.

Autor: Javier Solé, enero 2018

Ilustración: Van Gogh, “Patio del Hospital de Arles” (1889)

 

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la infancia (65): las máscaras del teatro

NIÑO EN EL CEMENTERIO

“queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.”

(Batania, fragmento del poema “La muerte”)

Ante la tumba del padre abraza el huérfano a la viuda anestesiada. Al niño le gusta el cine y el teatro; disfrazarse con exóticos vestidos y representar ante sus padres los personajes más excéntricos.

Pero asumir ahora el papel de hombre que todos le reclaman le parece precipitado, hubiera deseado muchas más horas de ensayo y retrasar indefinidamente la noche del estreno.

Autor: Javier Solé

Ilustración de D. Costras

doble identidad

Por la ventana enmohecida un anciano frágil escudriña el horizonte. La saliva en la barbilla se columpia hasta formar lamparones en la ropa y el calzado.

El octogenario mira el infinito con indiferencia.

No está ni sorprendido ni asustado. Ya nada puede impresionarle ni tampoco nada puede atemorizarlo.

Se superpone a esta imagen otra de un niño que se balancea furioso en una silla de mimbre. Golpea su cabeza en el respaldo. Es un gesto violento. Rezuma rabia. Dirigido contra sí mismo pero también contra quien lo observa. Se sabe espiado.

Me pregunto dónde estoy yo. Si soy alguno de esos dos sujetos; el nieto o el abuelo. O si soy ambos. Puede que exista entre el niño y el viejo un vínculo sostenido en el tiempo. O no. Puede que yo sea la bisagra entre ambos, la conjunción copulativa -o disyuntiva- entre oraciones, la traslación entre las imágenes. El fundido que las une y las separa. El negro del silencio. La oscuridad.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Ilustración de Lita Cabellut

calle melancolía

CALLE MELANCOLÍA

“abriendo zanjas de luz a cabezazos

(Ángel Guinda)

Ella al verme ha dibujado una sonrisa sincera y cálida. La mía era un esbozo perturbado. Ella hubiera querido detenerse, abrazarme y besarme. Mi frialdad -o un pudor ante la intemperie- ha devaluado el encuentro a un saludo afectuoso en la distancia.

Al recorrer unos metros me he girado para ver como se alejaba. Era ya la mirada triste de quien se despide sin tener la certeza del reencuentro. He intentado racionalizar mi desasosiego; yo para ella soy el padre de la amiga, ella para mi es el futuro hurtado.

El tiempo conjuga el olvido. No tengo con quien hablar de ti, ni siquiera puedo mencionar tu nombre. Queda el pasado negado en este encuentro fortuito no consumado. Querría evocarte sin que nos hagas daño. Esquivo la compasión sin descubrir que era solidaridad.

Hay quienes son capaces de recordar con ternura pero yo sigo caminando dejando atrás el mundo de los vivos. Te merecías tanto ser feliz.

Autor: Javier Solé, febrero 2018

Ilustración: Vincent Giarrano, “Runes”

los perros del parque

“Moriré como todos y mi vida será oscura memoria en otras almas” (José Luis Hidalgo)

Busco refugio en un rincón del parque. Soy un inútil que llora en silencio. He dejado de pensar en mi madre. Y en su muerte. Que fue dulce y un alivio para ambos. Mi padre imploraba sollozando que no le abandonará pero falleció solo.  El día que moría fui primero a la peluquería.

No he sido un buen amante. Ni siquiera esposo. Tal vez, no sé, un compañero aquí y allá. Tuve pocos amigos y me temo que no siempre estuve a la altura de las circunstancias. Merecían mucho más de mí. Ningún empleo colmó mis expectativas y sólo en insignificantes batallas vencí al patrón o derroté a sus esbirros.

No pude salvar de la Muerte a una de mis hijas ni consolar a su hermana. Soy un inútil que llora en silencio.

Los perros del parque orinan en mi bufanda, que cae despacio del árbol viejo.

Autor: Javier Solé, marzo 2018

Ilustración: Jack Butler Yeats, “Good Evening Men” (1950)

los amores cotidianos (228): sopa de letras

EL DELATOR

La cabeza sin ojos de un pez forma, con las letras de la sopa, nombres de mujer. No es sabiduría de esta merluza -si así fuera, ¿cómo explicar que dejará que el anzuelo se incrustará en su boca?-, es, básicamente, una habilidad convertida en destreza, que le permite leer mis labios.  De este modo, conoce tu nombre y el de todas las amantes con las que te soy infiel.

Cuando amaine el invierno volveré a cenar pizzas congeladas. Son más discretas. La de champiñones es la que mejor guarda un secreto.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Slawek Gruca

los cipreses acariciando nubes

En el epicentro de agosto el calor no otorga tregua a los habitantes de la ciudad. Desde que su progenitor consiguió hace cinco años reagrupar a la familia en este barrio al norte de la ciudad industrial Fátima no ha vuelto a ver a sus abuelos y tíos y primos de Fez. Ni siquiera en el funeral de su madre, fallecida de manera brusca al poco de instalarse en un pisito pequeño cuya hipoteca no tardaron en dejar de pagar.

Ahora su infancia se le antoja lejana. Acaba de cumplir trece años y tiene a su cargo un hermano, Mohamed, de ocho todavía no cumplidos. Viven con su padre viudo, peón de la construcción con un empleo precario a jornadas sueltas e incompletas, en un piso okupado del que tienen noticia serán desalojados en breve. Están pendientes de unas ayudas pero la administración, como los médicos con el cáncer de su madre, trabaja a un ritmo endiabladamente lento. En el edificio donde “viven” no hay ni luz ni agua. A las tinieblas ya parece que se han acostumbrado pero la falta de agua en verano es un problema.

Fátima acarrea cada día de este agosto un carro de la compra repleto de bidones y garrafas. Traspasa el umbral de la ciudad de los difuntos y en una de las fuentes dispuestas junto a los cipreses rellena los recipientes con agua que hurta a las flores de los occisos.

Conoce bien a los jardineros del cementerio, observa con simpatía a los vivos que circundan las tumbas y lee con detenimiento y curiosidad las inscripciones en las lápidas. Su fantasía imagina siempre la vida de los muertos con un corolario feliz.

A veces regaña -siempre con suavidad- a Mohamed que le moja el hiyab. Sabe que es un juego, una excusa para refrescarse y verse ambos sonriendo.

El peso de esta vida insufrible es para Fátima como el de las garrafas llenas de agua de la fuente del cementerio. Alzarlas al vuelo para alinearlas en el carro viejo de la compra y empujarlo luego por las empinadas avenidas del camposanto…

Sólo encuentra una quietud salvajemente feliz en el silencio del cementerio y en la brisa lisa que fluye entre las sombras que forman las hileras de los nichos. Al contemplar los cipreses y su estilizada silueta termina siempre descubriendo nubes blancas en un azul infinito. Y por un momento cree que todo puede cambiar. Para mejor.

Autor: Javier Solé, agosto 2017

Ilustración: Dali, “Osificación matinal del ciprés” (1934)

aquellas imágenes imprecisas

EL TREN

Me gusta el tren. Viajar en tren. Sentir el movimiento mientras permanezco estático. Observar por la ventanilla como el desplazamiento por el paisaje es cada vez más acelerado, sin tiempo para fijar las imágenes. Son borrosas, deliberadamente confusas. Se establece una disputa entre mi deseo de ver y el rechazo con el que las propias imágenes se ofrecen, desnudas.

El tren parte de la estación y acelera. Contemplo las casas de la periferia, ordenadas y tristes. Puedo, si estoy muy atento, asomarme a la vida de estos edificios anodinos de una época industrial caduca. Nada de lo que veo me hace feliz.

Pero puedo pensar y sentir. No tarda el tren mucho tiempo en abandonar estas viviendas y las casas se suceden cada vez más dispersas, hasta que desaparecen por completo. Ahora estoy solo con el paisaje que se recrea desorientándome. Es un decorado que juega a ocultar lo trascendente. Me regala postales que ocupan mi tiempo y salvaguardan mi vacío. A veces, la hipnosis del movimiento me permite creer que todo se ha invertido y que el paisaje no se mueve y soy yo quien se desplaza. Que no he quedado anclado en el pasado. Que la quietud es sólo una pausa y que recorro ciudades y horizontes buscando un álamo blanco.

Entonces una gota de lluvia que peregrina en diagonal el cristal por el que veo el mundo me revela que estoy vivo mirando la vida. Me acomodo en el asiento decidido a no perder detalle alguno de este espectáculo. En un montículo alejado distingo la figura de una niña. Pienso esperanzado que es ella quien se mueve; necesariamente nos encontraremos tarde o temprano. El pitido de la locomotora y una brusca sacudida del vagón desvelan que ni la niña ni yo nos movemos. Se mueve sólo el tren y es él quien nos aleja para siempre en un paisaje salvajemente hermoso.

Autor: Javier Solé, diciembre 2017

las cuatro estaciones (77): invierno en Teruel

Un relato que lleva por título “PREMONICIÓN”:

En la sierra de Teruel los inviernos son fríos y oscuros.; el aire seco y la tierra roja y arcillosa. Los días cortos y las noches largas. Los dos hermanos,  Manuel y Miguel, vivían en la misma calle, la única del pueblo; las casas, separadas por doscientos metros de barro helado. El gobierno ha prometido mil veces asfaltar la calle y en todas las ocasiones otros pueblos u otras promesas han sepultado la dicha de los pocos vecinos de la aldea de ver por fin urbanizado como Dios manda el pueblo, al estilo de la capital. Hay quien incluso cree que instalarán un semáforo.

Los dos hermanos viven solos desde que los hijos crecieron y marcharon a ver el mundo verdadero. Enviudaron casi el mismo año. Están cada uno en su casa, independientes. Cada cual sabe las manías que colecciona y, un suponer, si uno  se quiere tirar un pedo tranquilo pues de esta manera va y lo expulsa sin problemas ni estrangulamientos. O comer a deshoras, o llorar sin que nadie le moleste, rediez.

Esta noche, sin embargo, es distinta. Viene como más fría, más oscura, como más corta. Da hasta miedo imaginarla. Por eso, Manuel ha salido de casa expresamente para advertir a su hermano pequeño que el viento baja de la montaña malamente, que conviene cerrar las ventanas y revisar el establo y procurar que los animales estén tranquilos.

También le ha confesado a su hermano que le quiere mucho, que se acuerda de los padres de ambos, que por las noches piensa en su mujer -la suya, no la cuñada- y que no sabe si este año vendrá la primavera.

Miguel le ha recordado a Manuel que por la mañana tiene que ayudarle con unas tejas del cobertizo. Pero según parece Manuel hace días que anda falto de ánimos y de fuerza y se ha marchado a su casa acurrucado en su pelliza sin nada convenido.

A la mañana siguiente Miguel le ha encontrado en la cama con la rigidez de la Muerte dominando el cuerpo.

Cuando sus sobrinos venidos a toda prisa de la capital para el funeral le preguntan si padre había sufrido y si en la mirada del muerto había miedo o tranquilidad sólo consigue Miguel enmudecer y, después de un buen rato, murmurar que la ventana del dormitorio de la casa de su hermano estaba abierta.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Andrew Wyeth, “Untitled” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

to the brave

Recoger antes de que anochezca los papeles de regalo, por si pudieran ser reutilizados, y recapitular siempre con la cabeza en otro lugar.

– Un cuenco tibetano y doce varitas de incienso.
– Un frasco de colonia, comprado en la droguería del barrio y que patrocina un cantante que aborreces.
– Un pijama demasiado pequeño que habrá que devolver el lunes sin falta.
– Un libro de poemas, para leer en febrero.
– Una camiseta solidaria que financia la construcción del SJD Pediatric Cancer Center.

Y tristeza. Toneladas ingentes de tristeza.

Por la hendidura un nombre el viento ululaba.

Autor: Javier Solé, 06/01/2018