El mirador de la memoria

PÉTREO
No estaban escondidos.
Sólo desaparecidos.

Detenidos por la noche.
Ejecutados al alba.
Enterrados a hurtadillas.

Tiempo de hambre y miedo.

Ahora, encaramados
piedra tenaz justicia.

En el viento nuestro grito.

Disparan los asesinos
a los muertos resurgidos.
Las balas no hieren dos veces.

Autor: Javier Solé

El Mirador de la Memoria es un conjunto escultórico elaborado por el artista Francisco Cedenilla dedicada a los olvidados de la Guerra Civil y la dictadura.

Está formado por cuatro individuos que reflejan el miedo y las dudas que generó este conflicto bélico a lo largo y ancho de todo el país. Cuatro figuras humanas que recogen todas las edades y sexos: joven, adulto, anciano, hombre y mujer. El escultor ha dejado claro en varias entrevistas que no quería reflejar ninguna clase social; se trata de una representación contumaz del miedo.

La mayoría de las figuras tienen unos impactos de bala que fueron realizados por un desconocido unos días después de la inauguración. Se decidió no restaurar las estatuas y que la huella de la violencia en la piedra fuera testimonio de la barbarie y la incultura.

Anuncis

el último tren

Sólo llegué a conocer su nombre cuando en una cuartilla en el ascensor se anunciaba una misa de difuntos. Para entonces ya sabía de su Muerte, acontecida diez días antes y de la que los vecinos no fuimos avisados.

Celebraron sus pocos familiares y amigos un funeral íntimo, como corresponde a quien ha pasado toda su existencia a hurtadillas, entre el fulgor de una infancia rodeada de media docena de hermanos a los que no tardó en ver morir y el enigma de una vida adulta para la que todas las explicaciones son burdas y escasas. La lobreguez le acompañaba siempre. La vi infinidad de veces en la puerta de la escalera, al relente de la mañana, acurrucada como un ovillo, en pleno invierno con una manta raída y en verano con una camisa deshilachada.sarazhin-denis-07

Otros vecinos aseguran que algunas noches deambulaba por el interior del edificio, acomodada en alguno de los rellanos contiguos al de sus padres -el primero o el tercero- y contaba los segundos en voz alta y con la precisión de un relojero suizo. Casi siempre hablaba sola, en un murmullo o con voz más alta. No gritaba nunca, y le sobraban motivos. Era extremadamente educada, era extremadamente delgada. Era extremadamente infeliz.

Siempre la saludaba. Aunque tuviera una mirada perdida y las pupilas dilatas, ella te reconocía. Devolvía el saludo y te sonreía. A veces incluso se anticipaba a tu saludo y te sostenía la puerta abierta de la escalera. No estaba enfadada con el mundo y le sobraban emotivos. Simplemente carecía de asideros suficientes.

No sé por qué se mató.

Podría explicar detalles e imaginar las razones, inventariarlas en un relato acomodado a mi propia tristeza.

Era noviembre. Ya había anochecido. En noviembre son tan breves los días y tan largas las noches. No está claro fuera fruto de un impulso o de una acción premeditada. Escogió -o no- la estación de metro de su propio barrio y se abalanzó furiosa y desesperada a la vía en el instante preciso de aparecer un convoy. Los pobres tienen estas maneras toscas de matarse, con un toque de salvajismo que es ya un indicio de la falta de recursos. No disponen de dinero y carecen de la sofisticación suficiente para adquirir pastillas, viajar hasta un puente romántico sobre un río profundo o comprar el billete para un crucero y descolgarse por la popa estrellándose contra bloques de hielo en los fiordos.

Los pobres son brutos y soeces. Tanto que mi vecina -Elena, se llamada Elena- no tenía ni para un billete de metro y matarse en una estación alejada de la familia. Por ejemplo, la de Can Boixeres, como el suicida de Vitale. Aconteció una tarde lánguida y fría, en un mes triste, en el andén de la penúltima estación de la línea, en un día laborable en una ciudad obrera. No era la hora de máxima afluencia de usuarios, para satisfacción de la viajera del argentino.

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Más tarde me enteré que no se había arrojado a la vía. Que, simplemente, bajo despacio y en sigilo y que se había acurrucado como un ovillo, en posición fetal, esperando el final. O no tenía fuerzas o, sencillamente, quería sentir una minúscula complacencia antes de sucumbir. No fue una muerte épica. Fue un irse calladamente, hasta liberarse de la tristeza es triste.

Era habitual ver cerca de la escalera a su madre paseando un perro pequeño, un terrier. O en el supermercado, intentando sisear del poco dinero que le da el marido unos céntimos para comprar a su nieto una chocolatina a la salida de la escuela. Ahora hace muchos días que no la veo, ni a ella ni al perro, ni al nieto. Tampoco al marido, un hombre tosco que nunca acompañaba a su mujer.

Me preguntó, mientras aguardo en el andén la llegada del próximo tren, cómo afrontará el niño en el futuro estas esperas en la estación donde falleció su madre. Recorrer los supervivientes los espacios de los muertos es rememorar la vida. Tal vez evite esta estación dando un rodeo y caminando, solo, hasta la antepenúltima estación del tren. O prefiera el trayecto más largo del autobús.

Quien no tiene manera alguna de escapar a las imágenes es el conductor del metropolitano. Estuvo de baja laboral, lo han cambiado de línea. Pero no puede olvidar el bulto y el ruido del impacto y el serrín en los raíles. Todos los túneles de todas las estaciones le devuelven siempre aquella tarde de noviembre.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

el pescador y la niebla

EL PESCADOR Y LA NIEBLA

pescador-marAmanece en invierno, con el miedo al hielo y el anhelo de la nieve. La soledad conversa con el hombre de la orilla de la playa. A veces es sólo un murmullo deliberadamente imperceptible, como un secreto que se difunde con sigilo. La absolución queda en suspenso, pendiente de la magnanimidad de un pingüino ruin. La penitencia es el batir de olas durante horas en las rocas, bruñendo lo pétreo hasta desgastar la médula.

El pescador, este pescador, es un nuncio de la Muerte. La niebla, que no se levanta, encubre al asesino. El océano, este mar, la necrópolis de cien filibusteros. Los inmigrantes son, antes del naufragio, piratas del Nuevo Mundo.

La agonía de los peces es el último grito de la vida.

La pesca requiere, como la Muerte, como el ajedrez, perseverancia en el tiempo e indiferencia en la mirada. A veces, se mata por mera diversión. El aleteo desesperado y los ojos asustados son el bálsamo de los vesánicos.

El clamor de los ahogados desgarra la madrugada.

El albatros cercena el sedal con la rabia de la guillotina rebanando el bocio de la nobleza en la Francia jacobina.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

Vall d’Inclés

El valle de Incles es uno de los parajes naturales más privilegiados de Andorra. Está situado entre los pueblos de El Tarter y Canillo, y su característica forma de u nos indica su origen glaciar. Abierto al inicio, el valle permite captar de primera mano la belleza del paisaje subalpino, y alpino a medida que nos adentramos. Pastos y bordas dispersas hasta llegar al fondo del valle, con los meandros del río en un paisaje de ensueño.
El agua incólume
discurre contumaz.

Su sonido perpetúa la vida.

Asidero de tu ocaso
el sol de su infancia.

Autor: Javier Solé

Fotografía: Esther y Laia, mayo del 2004, Vall d’Inclés (Andorra)

soledad

Cada mañana el hombre enjuto, de pelo canoso, levemente encorvado y mal alimentado, descuidado en la vestimenta y sin afeitar, con un rostro apagado, camina empujado por la correa del perro de su esposa y acompañado por la tristeza.

Tiene todo el día por delante para ejecutar sin ánimo las tres o cuatro gestiones irrelevantes, sin apenas una pizca de importancia, que la intendencia doméstica le exige realizar pero las hace a primerísima hora del día pues viene de una noche triste y larga a la que precedió una tarde aburrida y monótona.

Los días se suceden indiferenciados; algún día el sol se esconde en unas nubes grises, otras luce espléndido y demoledor, unas pocas veces llueve de forma tímida y apocada y sólo en muy escasas ocasiones una tormenta descarga su ira en este barrio periférico donde los niños juegan en la calle bajo la atenta vigilancia de abuelas prematuramente jubiladas en una empresa textil deslocalizada.

Este hombre que arrastra toda su tristeza, su minúsculo futuro y una carretilla llena de recuerdos es el mismo que hace años paseaba por la alameda, cogido del brazo de una mujer afable, inmensamente gorda y feliz, de respiración agitada pero mirada dulce, que sucumbió en unos pocos meses de un cáncer. Fue una enfermedad tan intensa y breve que el hombre quiere creer a veces fue un mal sueño.

Pero luego, entre la ropa sucia sólo hay calcetines y calzoncillos. No tiende nunca ni un sostén, ni una blusa, ni una falda. Y mientras la escasa ropa del hombre viudo da vueltas en el tambor de la lavadora mi vecino se siente solo… hasta que el perro de su esposa muerta le lame la mano.

Hoy, al mirar por la ventana de la cocina y quedarme unos minutos absorto pensando en Laia, he visto al hombre enjuto, de pelo canoso, aspecto desaliñado, que caminaba sin la correa del perro.

Me temo que ahora si estamos los dos definitivamente sin nadie.

Autor: Javier Solé, agosto 2014

Ilustración de Gary Bunt

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ciudades y personas: Florencia (I)

“La belleza no mira, sólo es mirada” (Albert Einstein)

PONTE VECCHIO

No necesito viajar
a Florencia
para experimentar
el vértigo de la belleza.

Ninguno de los dibujos de mis hijas
se expone en la galería de los Uffizi.
Recuerdo más vivos
los cuerpos amados
que las estatuas de la Piazza della Signoria.

El ocaso en Ponte Vecchio
para ser hermoso
para ser realmente bello
requiere el sol
tus ojos
y mi mirada.

Autor: Javier Solé

Fotografía de Esther y Laia, agosto 2008


Ilustración: Ernest Descals, “ponte Vecchio, Florencia”

Eduardo

“… a la tierra se regresa
antes de crecer en ella”

(Tulia Guisado)

Conservaba sólo una docena de fotografías del hijo muerto. El embarazo había sido físicamente complejo, con instantes intensos de bienestar psíquico, de felicidad ahora proscrita. El parto, prematuro, fue largo, difícil y, endiabladamente, peligroso. Para ambos. Ya ella tuvo que indicarle al doctor que diera prioridad al hijo sobre la madre. Pero la ciencia suele batirse en retirada cuando la guadaña reclama con vehemencia que alguno de los vivos sea sacrificado.

La noche era larga y un caballo sin montura cruzaba al galope un paraje calcinado. Era la misma muerte que venía a desgarrarle el alma, degollarla entera, sembrar una herida y un dolor incurable, insoportablemente despiadado.

Hubo noche, y a las noches les sucedieron los días. Y los días murieron en noches. Y esta sucesión no trajo nunca la luz, sólo el péndulo de una lámpara hospitalaria que tiritaba de miedo y de frío, más de miedo que de frío. ¡Qué dolor morirse y que cruel ver morir!

A los ocho meses le sucedieron sólo nueve días. Puedes pensar que nueve días no son mucho, y es verdad que vivir sólo nueve días es poquísimo, es una miseria. Cuando se es niño nunca vives lo suficiente, sean nueve días, nueve meses o catorce años. Pero nueve jornadas de enfermedad, de agonía, y si son los primeros nueve días de vida, son una bomba de plutonio; la percepción del tiempo, en mitad del dolor, confunde los minutos con las horas y las horas con los días y los días con unas pocas semanas, acaso una y una décima de la siguiente. Y el vacío cavando fosas en el alma.

Transcurridos unos meses del entierro, el padre, un día, preso de este dolor incrustado, confesó que tal vez hubiera sido mejor que el bebé hubiera muerto en el útero, que no hubiera llegado a nacer, que no fuera posible recordar se movía y lloraba, se aferraba al pecho con una locura infame. Que verlo durante una semana -nueve días, en realidad- fue un tormento añadido para el niño y para los progenitores.

A ella, sin embargo, este pensamiento y su exhibición impúdica le molestaba. Aunque no lo citaba por su nombre -y utilizaba el genérico niño- se sentía reconfortada por haberlo visto nacer, por haberlo tocado, por haberlo besado, haber intentado darle de mamar, acogerlo en su regazo en la UCI hasta que dejó de respirar y hasta una hora después.

Los muertos no nacidos no tienen rostro aunque tengan nombre. Son un legajo, algo o alguien que es y será sin llegar a haber sido, pero el niño enfermo sepultado en lavanda y sábanas blancas con las iniciales del hospital ha sido, aunque sea su existencia breve. Tiene rostro y tiene nombre.

Los padres del niño muerto terminaron por separarse. Seguramente, fueron incapaces de afrontar de manera conjunta la tragedia. Ambos “rehicieron” su vida, otra vida. La supervivencia tiene leyes poderosas que nadie desafía con éxito. Los dos, por separado, tuvieron otras relaciones, parejas nuevas. Pero, y esto es lo más curioso, ninguno de los dos tuvo descendencia.

Eduardo se llamaba el niño que nació demasiado pronto y demasiado pronto murió. De ningún otro modo hubiera podido titularse este relato.

Autor: Javier Solé, noviembre 2015

 Fotografía de Brooke Shaden

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ceremonia laica

“Era un hijo de puta. Me cosió a palizas toda la vida, arruinó la niñez de mis hijos…”

Con estas mismas exactas palabras –Eloy lo recuerda muy bien, incluso después de muchos años y de multitud de funerales laicos oficiados- definía la viuda del muerto a su marido difunto en la sala del tanatorio donde se había reunido para preparar la ceremonia.

Eloy mira a los dos hijos que acompañan a la madre. Permanecen abatidos, con lágrimas contenidas, serios y taciturnos, en una actitud equidistante entre la infinita tristeza y él alivio incontenido por el final de una asfixiante pesadilla.

Estuvo el orador de funerales laicos intentando pensar como darle la vuelta a la situación planteada donde el cadáver de una bestia cotidiana yacía inerte rodeado de familiares apesadumbrados pero liberados. Repasaba la nota biográfica en búsqueda de una argucia que le socorriera en el discurso. No la había. Un hombre malo. Temido por los operarios en el trabajo, respetado con indiferencia por los vecinos, una devoción insana por la unidad de la patria desde los tiempos de su servicio militar con varios reenganches hasta su licenciatura con el mediocre cargo de sargento, una amante insatisfecha, unos hijos asustados, una esposa apaleada.

Estaba verdaderamente agobiado con esta maldita ceremonia que presentía tensa y complicada, nunca la justicia y la misericordia fueron buenas aliadas. Entonces, cuando ensimismado en su despacho intentaba darle la vuelta a esta absurda situación, el gerente del tanatorio abrió la puerta del despacho y le comunico que la hermana del difunto había protestado enérgicamente por los preparativos de una ceremonia laica, alegando la religiosidad del muerto y que ésta se sustituía por una misa que oficiaría el cura.

Desde la última fila Eloy escuchaba el sermón del párroco que elogiaba las virtudes del finado. La Iglesia tiene en esto tanta experiencia como hipocresía y defiende a los suyos aunque sea ésta una misión imposible.

Ciertamente este cura era un espléndido actor, desgastando en homilías absurdas, repitiendo el mismo lacónico papel falsamente compungido, mercenario de las mentiras que dominan el mundo.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración: Dean Cornwell, “Priest Spanish City” (1921)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (74): fallecidos que hablan

Un relato que lleva por título “CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA”:

Nunca debí aceptar la propuesta del gordo director del periódico. Aquello no era mi guerra, si bien si fue mi muerte.

dominicnahrEstoy muerto. Silencio. Bien muerto. Requetemuerto.

Empecé a morir la tarde que mi pie izquierdo pisó levemente aquella estúpida bomba en aquella estúpida guerra. No sé quiénes eran unos ni quiénes los otros. Ni siquiera si yo estaba alineado con los buenos. Tampoco discerní nunca ni los motivos ni la fecha remota del inicio de las hostilidades. Son preguntas que no llegué a formularme y que ya no tienen respuesta; la única certeza es que todo es absurdo y que estoy muerto. Y que es irreversible, no hay vuelta atrás. No volveré a vivir, ni, afortunadamente, volveré a llorar ante cadáveres calcinados de civiles, de niños mutilados. Estoy muerto y Vd. Lo está leyendo en la crónica del suplemento dominical. Vigile, el café se está enfriando.

Autor: Javier Solé, octubre 2013

Ilustración de Dominic Nahr

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)