Eduardo

“… a la tierra se regresa
antes de crecer en ella”

(Tulia Guisado)

Conservaba sólo una docena de fotografías del hijo muerto. El embarazo había sido físicamente complejo, con instantes intensos de bienestar psíquico, de felicidad ahora proscrita. El parto, prematuro, fue largo, difícil y, endiabladamente, peligroso. Para ambos. Ya ella tuvo que indicarle al doctor que diera prioridad al hijo sobre la madre. Pero la ciencia suele batirse en retirada cuando la guadaña reclama con vehemencia que alguno de los vivos sea sacrificado.

La noche era larga y un caballo sin montura cruzaba al galope un paraje calcinado. Era la misma muerte que venía a desgarrarle el alma, degollarla entera, sembrar una herida y un dolor incurable, insoportablemente despiadado.

Hubo noche, y a las noches les sucedieron los días. Y los días murieron en noches. Y esta sucesión no trajo nunca la luz, sólo el péndulo de una lámpara hospitalaria que tiritaba de miedo y de frío, más de miedo que de frío. ¡Qué dolor morirse y que cruel ver morir!

A los ocho meses le sucedieron sólo nueve días. Puedes pensar que nueve días no son mucho, y es verdad que vivir sólo nueve días es poquísimo, es una miseria. Cuando se es niño nunca vives lo suficiente, sean nueve días, nueve meses o catorce años. Pero nueve jornadas de enfermedad, de agonía, y si son los primeros nueve días de vida, son una bomba de plutonio; la percepción del tiempo, en mitad del dolor, confunde los minutos con las horas y las horas con los días y los días con unas pocas semanas, acaso una y una décima de la siguiente. Y el vacío cavando fosas en el alma.

Transcurridos unos meses del entierro, el padre, un día, preso de este dolor incrustado, confesó que tal vez hubiera sido mejor que el bebé hubiera muerto en el útero, que no hubiera llegado a nacer, que no fuera posible recordar se movía y lloraba, se aferraba al pecho con una locura infame. Que verlo durante una semana -nueve días, en realidad- fue un tormento añadido para el niño y para los progenitores.

A ella, sin embargo, este pensamiento y su exhibición impúdica le molestaba. Aunque no lo citaba por su nombre -y utilizaba el genérico niño- se sentía reconfortada por haberlo visto nacer, por haberlo tocado, por haberlo besado, haber intentado darle de mamar, acogerlo en su regazo en la UCI hasta que dejó de respirar y hasta una hora después.

Los muertos no nacidos no tienen rostro aunque tengan nombre. Son un legajo, algo o alguien que es y será sin llegar a haber sido, pero el niño enfermo sepultado en lavanda y sábanas blancas con las iniciales del hospital ha sido, aunque sea su existencia breve. Tiene rostro y tiene nombre.

Los padres del niño muerto terminaron por separarse. Seguramente, fueron incapaces de afrontar de manera conjunta la tragedia. Ambos “rehicieron” su vida, otra vida. La supervivencia tiene leyes poderosas que nadie desafía con éxito. Los dos, por separado, tuvieron otras relaciones, parejas nuevas. Pero, y esto es lo más curioso, ninguno de los dos tuvo descendencia.

Eduardo se llamaba el niño que nació demasiado pronto y demasiado pronto murió. De ningún otro modo hubiera podido titularse este relato.

Autor: Javier Solé, noviembre 2015

 Fotografía de Brooke Shaden

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ceremonia laica

“Era un hijo de puta. Me cosió a palizas toda la vida, arruinó la niñez de mis hijos…”

Con estas mismas exactas palabras –Eloy lo recuerda muy bien, incluso después de muchos años y de multitud de funerales laicos oficiados- definía la viuda del muerto a su marido difunto en la sala del tanatorio donde se había reunido para preparar la ceremonia.

Eloy mira a los dos hijos que acompañan a la madre. Permanecen abatidos, con lágrimas contenidas, serios y taciturnos, en una actitud equidistante entre la infinita tristeza y él alivio incontenido por el final de una asfixiante pesadilla.

Estuvo el orador de funerales laicos intentando pensar como darle la vuelta a la situación planteada donde el cadáver de una bestia cotidiana yacía inerte rodeado de familiares apesadumbrados pero liberados. Repasaba la nota biográfica en búsqueda de una argucia que le socorriera en el discurso. No la había. Un hombre malo. Temido por los operarios en el trabajo, respetado con indiferencia por los vecinos, una devoción insana por la unidad de la patria desde los tiempos de su servicio militar con varios reenganches hasta su licenciatura con el mediocre cargo de sargento, una amante insatisfecha, unos hijos asustados, una esposa apaleada.

Estaba verdaderamente agobiado con esta maldita ceremonia que presentía tensa y complicada, nunca la justicia y la misericordia fueron buenas aliadas. Entonces, cuando ensimismado en su despacho intentaba darle la vuelta a esta absurda situación, el gerente del tanatorio abrió la puerta del despacho y le comunico que la hermana del difunto había protestado enérgicamente por los preparativos de una ceremonia laica, alegando la religiosidad del muerto y que ésta se sustituía por una misa que oficiaría el cura.

Desde la última fila Eloy escuchaba el sermón del párroco que elogiaba las virtudes del finado. La Iglesia tiene en esto tanta experiencia como hipocresía y defiende a los suyos aunque sea ésta una misión imposible.

Ciertamente este cura era un espléndido actor, desgastando en homilías absurdas, repitiendo el mismo lacónico papel falsamente compungido, mercenario de las mentiras que dominan el mundo.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración: Dean Cornwell, “Priest Spanish City” (1921)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (74): fallecidos que hablan

Un relato que lleva por título “CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA”:

Nunca debí aceptar la propuesta del gordo director del periódico. Aquello no era mi guerra, si bien si fue mi muerte.

dominicnahrEstoy muerto. Silencio. Bien muerto. Requetemuerto.

Empecé a morir la tarde que mi pie izquierdo pisó levemente aquella estúpida bomba en aquella estúpida guerra. No sé quiénes eran unos ni quiénes los otros. Ni siquiera si yo estaba alineado con los buenos. Tampoco discerní nunca ni los motivos ni la fecha remota del inicio de las hostilidades. Son preguntas que no llegué a formularme y que ya no tienen respuesta; la única certeza es que todo es absurdo y que estoy muerto. Y que es irreversible, no hay vuelta atrás. No volveré a vivir, ni, afortunadamente, volveré a llorar ante cadáveres calcinados de civiles, de niños mutilados. Estoy muerto y Vd. Lo está leyendo en la crónica del suplemento dominical. Vigile, el café se está enfriando.

Autor: Javier Solé, octubre 2013

Ilustración de Dominic Nahr

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

margaritas

Desde pequeña Alicia ha tenido predilección por el cuento de Lewis Carroll no porque la protagonista se llame como ella sino por el bosque lleno de árboles, el conejo que tiene prisa y los naipes obedientes. Durante años obligó a su madre a explicarle el cuento una y otra vez, incluso cuando ya era mayor y podía ella leerlo perfectamente sola. Rosario siempre cuido de Alicia; desde que le diagnosticaron la deficiencia cognitiva, al poco de nacer, con solo dos semanas. Siempre le dio los mejores abrazos y todo su cariño, con un desvelo desbocado.

Esta entrega sin reservas se mantuvo incluso cuando Rosario enfermó. El pronóstico del oncólogo le daba tres años pero vivió trece. Esos diez años extraordinarios fueron para madre e hija, para Rosario y para Alicia, una bendita prórroga. El marido, por el contrario, nunca soportó bien la convivencia con una hija deficiente y una mujer desahuciada. Volvía cada vez más tarde del trabajo, cada día más triste y cada semana más borracho.

margaritasCuando la enfermedad parecía haberse olvidado de Rosario resurgió con más virulencia y con la exigencia intransigente de los prestamistas que reclaman el abono de los intereses.

El último mes fue terrorífico, con unas sesiones de radioterapia que arrasaron la posibilidad de preservar en la memoria la dulzura en la mirada de Rosario.

Todos los familiares estaban hondamente preocupados por el efecto devastador de la ausencia de Rosario en la vida familiar. El padre miraba a la hija con una congoja infinita al sentirse impotente para sobreponerse a la pena y ayudarla.

Sin embargo, las cosas fueron muy distintas a como todos las habían imaginado en el hospital o en el velatorio. Al regresar al hogar, Alicia empezó a rellenar con agua la botella de vino y el padre volvía pronto a casa para explicarle el cuento de Lewis Carroll.

Los domingos salen al bosque, se tumban en un claro y contemplan los dos juntos, fascinados, las nubes y sus formas caprichosas. Algunas veces, unas pocas, lloran un ratito pensando ambos en Rosario.

Y todas las tardes de domingo regresan cogidos de la mano. Alicia recoge siempre en el bosque unas pocas flores, margaritas la mayoría de las veces. El lunes por la mañana acude al cementerio para que su madre pueda olerlas.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la cocina de Bellvitge

En la víspera de otras navidades mustias la casa anunciaba su propio lamento. Una ola de frío fue la coartada perfecta para que las baldosas comenzarán un éxodo y fueran desprendiéndose de la pared.  El hormigón de Bellvitge, los materiales de pésima calidad empleados por la construcción en la época franquista… Hay arquitectos empeñados en losar las pocas virtudes de estos habitáculos ignorando que la gesta fue -es- la lucha vecinal de los obreros por mejorar las condiciones del barrio y no la pericia de los aparejadores maximizando beneficios.

Se impusieron entonces unas fiestas navideñas siempre tristes y aderezadas ahora por el peligro inminente del desplome. La cinta aislante bloqueó el derrumbe y dio tiempo a evaluar los daños y las alternativas. Al final a la reforma parcial se impuso una remodelación entera de la cocina, incluso la mayoría de los electrodomésticos.

Esa cocina que los albañiles han desmontado tenía veinte años y si por mí fuera hubiera durado otros veinte. En esa cocina hemos desayunado cientos de veces; en las paredes los dibujos de mis hijas y una foto de Esther y Laia que su madre los últimos tres años ha enmarcado con las pegatinas de la fruta, a modo de artesanal paspartú.

2013-10-laia-desayunandoAyer acabaron la cocina nueva pero sólo la miramos de reojo y con escaso interés. Sólo es una cocina. No pueden estos muebles relucientes borrar el pasado. Tampoco pueden evitar que piense que una de mis hijas no los ve, ni sentir la ilusión que ella experimentaría con una campana extractora nueva o una vitrocerámica más moderna.

Este desayuno es ya imposible. Conservo su taza y pongo mucho cuidado en no romper la mía. Pero ni el hule, ni las baldosas, ni la cenefa de la tetera, ni la niña. Nada de cuanto he enumerado puede volver a ser retratado.

Autor: Javier Solé, febrero 2016

Fotografía: Laia, octubre 2013

la biblia de mi padre

Al fallecer mi madre nada resultaba más bochornosamente doloroso que proceder a franquear la puerta de su casa –la que había sido mi casa desde que nací, la que es ahora mi casa aunque no habite en ella- y recoger y ordenar los enseres y los muchos objetos inútiles –pero personales- que había acumulado en su vida. Es probablemente acometer la tarea de examinar el valor de las cosas y evocar las manos de su dueño al tocarlas una de las experiencias amargas de la Muerte. Tal vez por eso no era tan descabellado el funeral de los egipcios.

Para esa ingrata tarea, y asumir después de cuatro semanas que mi madre no iba a volver a la vivienda y que ésta no debía permanecer clausurada e intocable como un mausoleo, una pira funeraria que arde alentada por nuestro cariño pero que alimenta nuestro dolor, fui con mi padre viudo. Aquella tarde él iba a regresar a la casa de la que se marchó hacía más de veinte años y en la que había vivido junto a mi madre otros veintitantos años. Los mismo años ausente que presente. Él estaba nervioso y atemorizado, intranquilo ante la posibilidad de cruzarse en la escalera con algún vecino.

van-gogh-naturaleza-muerta-con-biblia-1885Él cogió algunos objetos personales que en la huida había olvidado y que durante años y años le negó mi madre. Uno, la alianza de casados. Otro, una biblia en edición suntuosa con los bordes de las páginas dorados e ilustraciones de gran tamaño que imitaban códices medievales.

Aquella biblia había siempre permanecido escondida pero con una falsa aureola, de libro venerado que ni se lee ni se toca, sólo se contempla con la fascinación ignorante con la que las beatas escuchan los mensajes papales en semana santa.

El expolio de mi padre de la casa que una vez fue suya se redujo, por tanto, a una biblia de edición falsamente lujosa. No volvió otra tarde para ayudarme. Sólo recuerdo de aquellos días la amargura de recorrer una casa vieja, sucia, fría, habitada hasta el inicio del invierno por una mujer enferma. Y es ahora cuando evoco aquellos tristes momentos, justo cuando afronto ordenar las pertenencias de mi hija muerta, recordando a mi padre bajarse del coche en el portal de su piso sin ascensor de soltero en el que vivía hacía veinte años con la puta biblia aferrada al cuerpo –por cariño o, sencillamente, porque llovía- sin olvidar que al fallecer cinco años más tarde llevaba la sortija en el dedo anular pero no encontré –y cómo la busqué, Dios, yo que soy con orgullo ateo- aquella biblia con los bordes de las hojas doradas y grandes ilustraciones.

Ahora luzco con indisimulado orgullo el reloj verde de plástico con el que mi hija ingreso en el hospital.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Van Gogh, “Naturaleza muerta con Biblia” (1885)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

óbito en cuatro actos

las-cuatro-estaciones-20Este relato lleva por título “Las cuatro estaciones”:

Es muy probable que la hermana de mi madre, mi tía Montse de Donosti, conociera los conciertos de Vivaldi compuestos en 1725.

El allegro de “La Primavera” es la más popular, la alegría desbordante de la vida en ciernes. En esa época cualquier llamada que hiciera a mi tía enferma era atendida personalmente por ella, que me explicaba los pormenores de su enfermedad, sus dolencias, a las que restaba importancia, y los pronósticos optimistas del tratamiento. Con la llegada del verano no siempre se ponía al teléfono ya que los períodos de reposo necesarios para sobreponerse a los efectos de las sesiones de quimioterapia eran cada vez más frecuentes e intensos; la debilidad había anidado en el cuerpo.

En el otoño, lo recuerdo todavía hoy con detalle, sólo conseguí hablar con ella una vez. Recorrió el pasillo de su piso –en aquella época no había ni móviles ni inalámbricos- con un esfuerzo titánico y movimientos ceremoniosos dignos del más elegíaco adagio. Al otro lado del teléfono pude sentir el beso que con los labios secos y entreabiertos –por los que se le escapaba la vida- me regaló.-

La congoja hizo que las llamadas fueran espaciándose precisamente en el momento en que deberían haberse intensificado. Nunca sabe uno como reaccionar ante el infortunio ni como disfrazar la certeza bajo el simple presentimiento. Las conversaciones con su marido o mis primos, cada vez más sombrías, no ocultaban un otoño donde los árboles desnudos dibujaban la silueta del cuerpo ya vencido.

gabriele-munter-enfermaUna mañana de diciembre, en la víspera de un invierno triste, sonó el teléfono de mi casa. Era mi prima que me comunicaba la muerte de la hermana de mi madre. Aquella mañana del último mes del calendario, en las postrimerías de un otoño salvaje, hacía sol.

Por unos pocos días Montse no pudo volver a sentir con Vivaldi la lluvia disfrutando al abrigo de la casa, en el calor del fuego de la chimenea, con  el viento filtrándose por puertas y ventanas.

Cuando recuerdo aquella mañana del entierro en el cementerio de Polloe dispongo de dos alternativas: pensar en mi madre, su desasosiego de ser la única superviviente de cuatro hermanos fallecidos, todos del mismo mal, o recordar mi última charla con Montse, el murmullo de sus labios enredados en el dibujo de su último beso, y, bajo un frenético solo de violín, tratar de aprender de ella esa forma despiadadamente humana y cálida de irse.

Por si algún día, me temo no muy lejano, devengo discípulo de Montse.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Ilustración: Gabriele Münter, “Enferma”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)