la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

margaritas

Desde pequeña Alicia ha tenido predilección por el cuento de Lewis Carroll no porque la protagonista se llame como ella sino por el bosque lleno de árboles, el conejo que tiene prisa y los naipes obedientes. Durante años obligó a su madre a explicarle el cuento una y otra vez, incluso cuando ya era mayor y podía ella leerlo perfectamente sola. Rosario siempre cuido de Alicia; desde que le diagnosticaron la deficiencia cognitiva, al poco de nacer, con solo dos semanas. Siempre le dio los mejores abrazos y todo su cariño, con un desvelo desbocado.

Esta entrega sin reservas se mantuvo incluso cuando Rosario enfermó. El pronóstico del oncólogo le daba tres años pero vivió trece. Esos diez años extraordinarios fueron para madre e hija, para Rosario y para Alicia, una bendita prórroga. El marido, por el contrario, nunca soportó bien la convivencia con una hija deficiente y una mujer desahuciada. Volvía cada vez más tarde del trabajo, cada día más triste y cada semana más borracho.

margaritasCuando la enfermedad parecía haberse olvidado de Rosario resurgió con más virulencia y con la exigencia intransigente de los prestamistas que reclaman el abono de los intereses.

El último mes fue terrorífico, con unas sesiones de radioterapia que arrasaron la posibilidad de preservar en la memoria la dulzura en la mirada de Rosario.

Todos los familiares estaban hondamente preocupados por el efecto devastador de la ausencia de Rosario en la vida familiar. El padre miraba a la hija con una congoja infinita al sentirse impotente para sobreponerse a la pena y ayudarla.

Sin embargo, las cosas fueron muy distintas a como todos las habían imaginado en el hospital o en el velatorio. Al regresar al hogar, Alicia empezó a rellenar con agua la botella de vino y el padre volvía pronto a casa para explicarle el cuento de Lewis Carroll.

Los domingos salen al bosque, se tumban en un claro y contemplan los dos juntos, fascinados, las nubes y sus formas caprichosas. Algunas veces, unas pocas, lloran un ratito pensando ambos en Rosario.

Y todas las tardes de domingo regresan cogidos de la mano. Alicia recoge siempre en el bosque unas pocas flores, margaritas la mayoría de las veces. El lunes por la mañana acude al cementerio para que su madre pueda olerlas.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la cocina de Bellvitge

En la víspera de otras navidades mustias la casa anunciaba su propio lamento. Una ola de frío fue la coartada perfecta para que las baldosas comenzarán un éxodo y fueran desprendiéndose de la pared.  El hormigón de Bellvitge, los materiales de pésima calidad empleados por la construcción en la época franquista… Hay arquitectos empeñados en losar las pocas virtudes de estos habitáculos ignorando que la gesta fue -es- la lucha vecinal de los obreros por mejorar las condiciones del barrio y no la pericia de los aparejadores maximizando beneficios.

Se impusieron entonces unas fiestas navideñas siempre tristes y aderezadas ahora por el peligro inminente del desplome. La cinta aislante bloqueó el derrumbe y dio tiempo a evaluar los daños y las alternativas. Al final a la reforma parcial se impuso una remodelación entera de la cocina, incluso la mayoría de los electrodomésticos.

Esa cocina que los albañiles han desmontado tenía veinte años y si por mí fuera hubiera durado otros veinte. En esa cocina hemos desayunado cientos de veces; en las paredes los dibujos de mis hijas y una foto de Esther y Laia que su madre los últimos tres años ha enmarcado con las pegatinas de la fruta, a modo de artesanal paspartú.

2013-10-laia-desayunandoAyer acabaron la cocina nueva pero sólo la miramos de reojo y con escaso interés. Sólo es una cocina. No pueden estos muebles relucientes borrar el pasado. Tampoco pueden evitar que piense que una de mis hijas no los ve, ni sentir la ilusión que ella experimentaría con una campana extractora nueva o una vitrocerámica más moderna.

Este desayuno es ya imposible. Conservo su taza y pongo mucho cuidado en no romper la mía. Pero ni el hule, ni las baldosas, ni la cenefa de la tetera, ni la niña. Nada de cuanto he enumerado puede volver a ser retratado.

Autor: Javier Solé, febrero 2016

Fotografía: Laia, octubre 2013

la biblia de mi padre

Al fallecer mi madre nada resultaba más bochornosamente doloroso que proceder a franquear la puerta de su casa –la que había sido mi casa desde que nací, la que es ahora mi casa aunque no habité en ella- y recoger y ordenar los enseres y los muchos objetos inútiles –pero personales- que había acumulado en su vida. Es probablemente acometer la tarea de examinar el valor de las cosas y evocar las manos de su dueño al tocarlas una de las experiencias amargas de la Muerte. Tal vez por eso no era tan descabellado el funeral de los egipcios.

Para esa ingrata tarea, y asumir después de cuatro semanas que mi madre no iba a volver a la vivienda y que ésta no debía permanecer clausurada e intocable como un mausoleo, una pira funeraria que arde alentada por nuestro cariño pero que alimenta nuestro dolor, fui con mi padre viudo. Aquella tarde él iba a regresar a la casa de la que se marchó hacía más de veinte años y en la que había vivido junto a mi madre otros veintitantos años. Los mismo años ausente que presente. Él estaba nervioso y atemorizado, intranquilo ante la posibilidad de cruzarse en la escalera con algún vecino.

van-gogh-naturaleza-muerta-con-biblia-1885Él cogió algunos objetos personales que en la huida había olvidado y que durante años y años le negó mi madre. Uno, la alianza de casados. Otro, una biblia en edición suntuosa con los bordes de las páginas dorados e ilustraciones de gran tamaño que imitaban códices medievales.

Aquella biblia había siempre permanecido escondida pero con una falsa aureola, de libro venerado que ni se lee ni se toca, sólo se contempla con la fascinación ignorante con la que las beatas escuchan los mensajes papales en semana santa.

El expolio de mi padre de la casa que una vez fue suya se redujo, por tanto, a una biblia de edición falsamente lujosa. No volvió otra tarde para ayudarme. Sólo recuerdo de aquellos días la amargura de recorrer una casa vieja, sucia, fría, habitada hasta el inicio del invierno por una mujer enferma. Y es ahora cuando evoco aquellos tristes momentos, justo cuando afronto ordenar las pertenencias de mi hija muerta, recordando a mi padre bajarse del coche en el portal de su piso sin ascensor de soltero en el que vivía hacía veinte años con la puta biblia aferrada al cuerpo –por cariño o, sencillamente, porque llovía- sin olvidar que al fallecer cinco años más tarde llevaba la sortija en el dedo anular pero no encontré –y cómo la busqué, Dios, yo que soy con orgullo ateo- aquella biblia con los bordes de las hojas doradas y grandes ilustraciones.

Ahora luzco con indisimulado orgullo el reloj verde de plástico con el que mi hija ingreso en el hospital.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Van Gogh, “Naturaleza muerta con Biblia” (1885)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

óbito en cuatro actos

las-cuatro-estaciones-20Este relato lleva por título “Las cuatro estaciones”:

Es muy probable que la hermana de mi madre, mi tía Montse de Donosti, conociera los conciertos de Vivaldi compuestos en 1725.

El allegro de “La Primavera” es la más popular, la alegría desbordante de la vida en ciernes. En esa época cualquier llamada que hiciera a mi tía enferma era atendida personalmente por ella, que me explicaba los pormenores de su enfermedad, sus dolencias, a las que restaba importancia, y los pronósticos optimistas del tratamiento. Con la llegada del verano no siempre se ponía al teléfono ya que los períodos de reposo necesarios para sobreponerse a los efectos de las sesiones de quimioterapia eran cada vez más frecuentes e intensos; la debilidad había anidado en el cuerpo.

En el otoño, lo recuerdo todavía hoy con detalle, sólo conseguí hablar con ella una vez. Recorrió el pasillo de su piso –en aquella época no había ni móviles ni inalámbricos- con un esfuerzo titánico y movimientos ceremoniosos dignos del más elegíaco adagio. Al otro lado del teléfono pude sentir el beso que con los labios secos y entreabiertos –por los que se le escapaba la vida- me regaló.-

La congoja hizo que las llamadas fueran espaciándose precisamente en el momento en que deberían haberse intensificado. Nunca sabe uno como reaccionar ante el infortunio ni como disfrazar la certeza bajo el simple presentimiento. Las conversaciones con su marido o mis primos, cada vez más sombrías, no ocultaban un otoño donde los árboles desnudos dibujaban la silueta del cuerpo ya vencido.

gabriele-munter-enfermaUna mañana de diciembre, en la víspera de un invierno triste, sonó el teléfono de mi casa. Era mi prima que me comunicaba la muerte de la hermana de mi madre. Aquella mañana del último mes del calendario, en las postrimerías de un otoño salvaje, hacía sol.

Por unos pocos días Montse no pudo volver a sentir con Vivaldi la lluvia disfrutando al abrigo de la casa, en el calor del fuego de la chimenea, con  el viento filtrándose por puertas y ventanas.

Cuando recuerdo aquella mañana del entierro en el cementerio de Polloe dispongo de dos alternativas: pensar en mi madre, su desasosiego de ser la única superviviente de cuatro hermanos fallecidos, todos del mismo mal, o recordar mi última charla con Montse, el murmullo de sus labios enredados en el dibujo de su último beso, y, bajo un frenético solo de violín, tratar de aprender de ella esa forma despiadadamente humana y cálida de irse.

Por si algún día, me temo no muy lejano, devengo discípulo de Montse.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Ilustración: Gabriele Münter, “Enferma”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

mil leches

“y me ofreciste tu lomo
para que notara en él el latido de la vida.”

(Begoña Abad, fragmento del poema “a mis perros”)

Tal vez fuera sugerencia del psicólogo o de los amigos o, simplemente, un sentimiento creciente de desamparo que hizo sintieran la necesidad de adoptar al animal. Yo creo que fue, básicamente, la soledad de cada uno, la tristeza de cada uno y la soledad y la tristeza de todos cuando estaban juntos.

Comprar el animal descartado rápidamente. Con tanto perro abandonado era una colaboración innecesaria con el sistema adquirir el perro a un criador profesional o en una tienda de mascotas. Se impuso, además, que fuera un desheredado, un perro sin pedigrí, callejero, desclasado. Un mestizo, un cuzco argentino, un chehua chileno, un mil leches canario. Un perro sin código genético sofisticado. Una raza impura. Un chucho.

2017-01-esther-y-trotskyDescubrieron que algunos de los refugios de animales -o protectoras en un eufemismo sutil- eran verdaderos presidios sin proponérselo. Animales enjaulados que vocean la rabia que les produce su abandono., Un ejército de voluntarios no podía cubrir las carencias de estos animales; la mayoría de los perros en adopción son perros adultos -muchos ancianos- en los que nadie fija su atención, perros acuciados y diezmados con problemas físicos y psíquicos.

Aníbal, un pastor alemán de diez años, que gime en su jaula de manera desconsolada y constante al ver a los cuidadores, intentando sea su paseo el primero o si ya lo tuvo pueda repetir.

Quica, beagle de seis años, una perra con un trasero inmenso que balancea al caminar que me recuerda, inevitablemente, a mi madre. Tiene los mimos cambios de humor que ella y la misma mirada bondadosa.

Dorkas, mastín de nueve años, solitario que se pasea por las instalaciones con una indiferencia que es toda una declaración de pesimismo.

Chaplin, un mestizo de cuatro años, asustado ante la presencia humana y cualquier mano alzada, que padece el estrés de la violencia que sus amos ejercieron sobre él.

Sustu, un labrador de nueve años, viejo y enfermo, con un ladrido afónico y ronco, demoledoramente desgarrado. Que cojeaba de una pata trasera tras verse sometido a varias intervenciones quirúrgicas.

Un chucho sucio, sin nombre, que deambula cerca de cualquiera de los visitantes y se arrima a ellos con la imperiosa necesidad de ser tocado, acariciado. A veces le basta con rozar la pierna o la mano. No pide le dediques unos minutos, le basta con saberse no ignorado.

Oliver, un setter de diez años, que se muere literalmente de pena y que permanece en el refugio después de fallecer su dueño y no querer ninguno de sus herederos hacerse cargo de él.

El refugio de estos animales es lo más parecido a un geriátrico. Podría cambiar los perros por personas, por nosotros mismos, y experimentaría la misma desolación de los domingos en las residencias de ancianos.

A Bob y Vilma, dos cachorros mestizos de una indeterminada raza de sabuesos, la veterinaria de la protectora les calcula dos meses. Llegaron a mediados de diciembre, asustados, temblando de miedo y de frío. La pareja joven que los había encontrado en el bosque decidieron adoptarían a uno de ellos, la hembra, Vilma.

Bob -ahora Trotski- ha llegado hace un rato a L’Hospitalet y curiosea la casa de sus nuevos amos. Tiene ya controladas unas zapatillas con el dibujito de un gatitio que hay debajo del sofá. Acaba de descubrir el televisor, una pantalla donde salen mogollón de cosas nuevas a un ritmo trepidante. La mayoría no las había visto nunca -y eso que tiene ya casi tres meses-.

En esta casa vive una chica muy simpática que le abruma con achuchones y besitos y una pareja de ancianos -un hombre y una mujer- que se le antojan demasiado serios y demasiado tristes. A ver si resulta ahora que la adopción sale mal y son tope aburridos. La mujer le pone nervioso pues no para de toquetear el mando a distancia del televisor y justo cuando Chicote iba a explicarle al cocinero como se prepara una paella ha salido un señor con un caminar ridículo, a saltitos cortos y estúpidos. Se llama Mariano y es el jefe que manda en todos los perros y gatos del país.

De quien se acuerda mucho es de Vilma, “no sé si habrá tenido la misma suerte que yo. Se fue ayer, me dejo solo en el refugio y hoy han venido estos tres con el coche ya no sé nada más”.

Quien aúlla en el bosque del Vallés, entre Castellar y Caldes de Montbui, es Zoila, la madre de Bob y Vilma, que sigue buscando con desesperación a dos de los cachorros de su camada con el pálpito de no volver a verlos.

Autor: Javier Solé, enero 2017

blanco sobre negro

“Solamente soy unas manos
en busca de tus manos”

(Begoña Abad)

Cuando recorre las calles del barrio viejo en dirección a la Universidad intenta siempre evitar pensar en algo triste. Para ello los auriculares son imprescindibles.

Pasan unos minutos de las ocho de la mañana y la jornada está ya despierta en el Raval. El olor del pan horneado camufla los orines de la medianoche.  Algunas prostitutas que todavía no se han acostado acompañan a sus hijos hasta la puerta de la escuela; les dan un beso que deja carmín en las mejillas, se aseguran no harán novillos y vuelven rapidito a la cama, para conciliar ahora el sueño o, simplemente, descansar y no pensar. Legiones de desocupados empiezan a poblar las calles, aunque más de uno no se ha movido del portal o del bar desde la noche antes. Los comerciantes afrontan sin ilusión un nuevo día. El barrio es un hervidero y en el Mercado de la Boquería un adolescente negro roba la comida que no puede comprar. El dinero es un bien escaso en este barrio de la ciudad.

2016-10-antiguo-hospital-santa-cruz-por-esther-soleEsta muchacha que recorre las calles sorteando los charcos de la melancolía descubre cada mañana en el pórtico del patio del antiguo Hospital de la Santa Cruz, antes de entrar en el aula de dibujo, a un joven al que sí ha doblegado la tristeza. Podría la joven especular con su pasado o aventurar un final para su historia pero ella sólo le observa con curiosidad y simpatía; vierte en verdad, una mirada solidaria.

Un día del pasado otoño le hizo discretamente fotografías. Colecciona la joven imágenes propias en blanco y negro. No podría hacerlo de otro modo. El Raval, como la vida incierta de estos jóvenes -la muchacha que estudia y el chico que mendiga, también el adolescente negro que carece de dinero- sólo puede reproducirse en una escala de grises.

Conserva las fotografías en su ordenador y quiere algún día dibujar el rostro y las manos de este joven; su barba descuidada y su aspecto desaliñado, su alma desabrida. Pide esta joven para los retratos un modelo; el recurso a la realidad le permite eludir pintar con la memoria aunque sabe que alguna vez tendrá -y querrá- hacerlo.

Fue en la primavera, poco antes de finalizar el curso, cuando el joven del patio del antiguo Hospital de la Santa Cruz dejó vacío ese espacio. La chica hizo algunas pesquisas en los comercios y supo entonces que el mendigo era, en realidad, un enfermo terminal que había llegado al barrio huyendo de una pequeña ciudad del Levante; vivía con su tía desde que a los cuatro años fallecieran sus padres en un accidente de tráfico y hasta que los médicos le diagnosticaron esta dolencia que había puesto a su vida fecha de caducidad. Refugiado en el barrio, intentaba afrontar la Muerte evitando a su única familia el desgarro de la agonía.

La joven estudiante, conmocionada, hizo innumerables retratos basados en las imágenes furtivas del chico que murió solo.

Unos años más tarde, la tía del joven enmudeció al asistir a una exposición en su ciudad sobre una artista catalana. El rostro del joven pintado en el pórtico gótico le recordaba vagamente a alguien. Pero las manos huesudas eran las de su sobrino. Las reconoció de inmediato; eran, además, idénticas a las de su única hermana. Y un escalofrío le estremeció el alma entera. Eran las mismas manos con las que soñaba a menudo, las que cogía para atravesar la acequia en los días calurosos del verano y con las que levantaban ambas hermanas castillos en la arena en las playas que con tanta precisión pintó Sorolla.

Sin saberlo, la joven estudiante había conseguido pintar con la memoria sin alejarse de la realidad. Y su historia y la de su modelo quedaban misteriosamente entrelazadas.

Autor: Javier Solé, octubre 2016

Fotografía del Antiguo Hospital Santa Creu, Escola Massana, autoría de Esther Solé, octubre 2016

enterado

La luz del despacho oficial del Jefe del Estado permanecía encendida. Era la única en todo el edificio y el soldado, en su garita, podía distinguir los filamentos de la bombilla. No estuvo mucho tiempo iluminando la noche de septiembre. El general escribió el enterado con su estilográfica, obsequio de un industrial catalán de su séquito al que había enriquecido con el estraperlo y salió del despacho camino de la capilla, apagando antes la luz pues hacía gala de una austeridad congénita que no estaba reñida con el expolio de su país y de sus gentes.

En la capilla musitó algunas palabras que no fueron de arrepentimiento; al contrario, el Cristo mudo y la Virgen ciega parecían bendecir su entereza. Mano de hierro con los enemigos de la Patria, aunque en esta limpieza étnica llevará invertidos más de cuarenta años y tuviera fosas y desaparecidos en todos los campos de Castilla.

juan-genoves-seis-jovenes-1975Los reos convictos fueron ejecutados el 27 de septiembre de 1975, después de unos juicios instruidos de manera tosca por unos militares en el límite de la paranoia asesina. El régimen -acorralado en el exterior y amenazado en el interior-, ilegítimo, vivía la última orgía de sangre. La arrogancia de quien sabe que ha perdido la guerra pero dispone todo su empeño en adjudicarse una batalla. Pírrica, teñida de rojo, vergonzosa.

Los hombres no pueden esperar la justicia divina. Ésta es, además de incierta, tardía. Pero quiso la Divina Providencia que apenas dos meses más tarde del enterado del general el cuerpo podrido de este golpista estallara en el hospital de La Paz y con su muerte quedara liberado el pueblo de su barbarie. El miserable había muerto matando pero, por fin, era ya sólo polvo en la historia.

Lo dicho. La justicia llega siempre tarde y mal. La divina y la humana. Han transcurrido décadas y ni los familiares o herederos de los asesinados han sido indemnizados ni la dignidad de los muertos restituida. Tampoco conocemos el nombre de los verdugos, los que se ofrecieron voluntarios para formar los pelotones de fusilamiento. Nos convendría saberlo, tenemos derecho y obligación de saberlo. Alguno de ellos puede sea ahora concejal de nuestro pueblo o regente el bar donde tomamos el aperitivo.

Y puestos a saldar como es debido esta cuenta conviene no olvidar que ni la Virgen muda ni el Cristo ciego fueron procesados como cooperantes necesarios de aquella atrocidad. Y alguna responsabilidad tuvieron, que quien no ve y no habla cuando ojos y lengua tiene es cómplice y la historia está obligada a identificarlos.

El silencio de quienes callan, de quienes evitan anular los consejos de guerra de la dictadura, de quienes no desentierran a los muertos en las cunetas, es una connivencia -sobrevenida e innecesaria- con una memoria que se niega a recordar y en su olvido estos hombres pusilánimes y timoratos nos mienten, se mienten, mienten.

Autor: Javier Solé, octubre 2016

Ilustración: Juan Genoves, “seis jóvenes” (1975)

poemas y flores

miles-cleveland-goodwin-01

“Hay un hombre infeliz
que traza una panorámica
en la ciudad donde viviste
desde el lugar más alto del cementerio.

Es un día cualquiera, a una hora inoportuna
cuando los jóvenes de tu edad asisten a clase.
No estás riendo con tus amigos a la hora del recreo.
Permaneces callada,
haciendo compañía
al hombre infeliz.

Le hablas tan bajito
que casi no te oye.

Me temo hija
que has heredado demasiado pronto,
y de la peor de las maneras,
mi gusto por el silencio.”

(Javier Solé, poema “Hablas tan bajito”)

Esta mañana de octubre, con un cielo plomizo que presagia lluvias persistentes antes del anochecer, una anciana de extrema delgadez recorre las calles de esta ciudad de muerte en una silla de ruedas que le ha prestado una compañera de la residencia. Las manos sostienen un ramo de flores de papel que han confeccionado todos los residentes del geriátrico -salvo un viejo taciturno que no se relaciona con nadie-. Es un ramo de colores alegres que la octogenaria depositará en la tumba donde su hijo con la nuera y el nieto -¡qué accidente de tráfico tan absurdo!- están enterrados. A su padre y a su abuelo no les pone nunca flores -no sabe dónde hacerlo- pues fueron rojos asesinados por las tropas sublevadas al mando del carnicero de Badajoz y la monarquía borbónica que da continuidad histórica a la barbarie fascista ha eludido desenterrar a los muertos leales a la República.

2014-04-2014-04-20-13-16-02Sentado en un banco contemplo esta imagen de la senectud que me aguarda. Estas semanas del mes de octubre el deambular de familiares que llevan a los muertos flores es incesante; yo, por el contrario, sólo traigo poemas que escribí y que, a veces, ni siquiera le leo a Laia por el temor a las miradas indiscretas de los familiares de los muertos y, lo reconozco, por el miedo a que cuando abandoné el cementerio los no vivos se rían de Laia y le hagan comentarios y bromas de las liturgias absurdas de su padre.

Por otra parte, mientras regreso a casa me preguntó, inquieto, si algún día las flores sustituirán a los poemas en esta ofrenda agónica a una hija que, bien mirado, se merecería las dos cosas, flores y poemas.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)