diáspora

Dos hombres desaliñados salen del mar. Visten un traje negro descosido y sólo calzan un zapato. Uno de los hombres el pie derecho y el otro el izquierdo. Es el mismo modelo de calzado y el mismo número. No es inverosímil sea esta indumentaria fruto de un reparto solidario entre ambos.

Los dos caminan desplazando el cuerpo torpemente, con una leve burda cojera. De la espalda de cada uno pende un instrumento musical; el hombre con el zapato en el pie derecho acarrea un piano y el hombre con el zapato en el pie izquierdo un violonchelo.

Recorren apesadumbrados la playa. En la arena quedan sólo las huellas de los pies descalzos. Peces ciegos sin vida duermen en la caja de resonancia del piano.

El paraje es agreste. Un faro tuerto es la única edificación que los dos hombres vislumbran en su errático rumbo.

Caminan durante semanas; en ocasiones intercambian los zapatos. Otros días –pues el viaje dura meses- uno va descalzo y el otro lleva en cada pie un zapato. No intercambian nunca los instrumentos musicales.

Los dos músicos –porque es plausible sean estos hombres conocedores del oficio, ¿qué sentido si no tendría acarrear un instrumento del que no sabes extraer sonido alguno?- estos dos músicos, sigo, atraviesan un bosque de abedules y canturrean un zemer en hebreo. Siete alondras escapan asustadas de la copa de los árboles y vuelan huyendo de la chimenea que expulsa el alma de los prisioneros a la atmósfera mientras los primeros acordes de los músicos resuenan en la explanada desierta donde las vías del ferrocarril mueren, justo en el pórtico del infierno.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Anuncis

ciudades y personas: Port-Bou

“Aunque toda la atención se centre en el túnel y en las escaleras que bajan al remolino de agua, la construcción de Karavan está compuesta por otros dos elementos: un viejo olivo y una plataforma de meditación abierta al horizonte”

(Álex Chico, “Un final para Benjamin Walter”)

Fotografía: Memorial de Walter Benjamin, agosto 2018

«Para descubrir el sentido de la vida de un ser humano deberíamos tener la certeza de que podremos asistir a su muerte» (Álex Chico)

hendidura

HENDIDURA

Lo primero que mudó, a las pocas horas del regreso del sepelio, fue la mirada. Se tornó triste e indefinida, abandonando ya por siempre la observación del mundo.

Perdió el apetito y el pelo encaneció. Dejo también de peinarse y ya no volvió jamás a la peluquería. No compró ropa ni estrenó ningún vestido del armario.

En la casa el silencio gobernaba los días y una vela por las noches presidía las tinieblas.

Solía pasar las tardes de verano ovillada en el sofá cubierta con una manta. En invierno leía. Empezó a acostarse cada vez más pronto, aunque por las noches permanecía durante horas despierta en posición fetal. No lloraba. No podía. No le salían las lágrimas.

A veces la mirabas y parecía que hubiera encontrado la paz, o el sosiego. O era sólo calma. Mentira. Hubiera podido regar con toneladas de desesperación cualquier edén. En sus ojos sucumbía cualquier ventura. Ningún funambulista hubiera vadeado sus pupilas.

No tardaron las puertas en comenzar a cerrarse; sólo una vaporosa regresión a la infancia fue un oasis fugaz. Un júbilo tenue. No sé si se trataba de su propia infancia o de otra.

A los veinte meses las manos sajadas. Y unas heridas que nadie nunca -ni papá, ni yo, ni la abuela- supo o pudo sanar. Se estaba desvaneciendo poco a poco. Las cicatrices fueron una hendidura por donde la luz entró.

Hasta que el estremecimiento de la vela esbozando un baile en el pasillo, presagio del declive, se apagó.

Mamá había muerto el día que enterramos a mi hermana.

Autor: Javier Solé, abril 2018

Fotografía de Laura Makabresku

en los acantilados de Moher

BANSHEE

Llevo a tu descendiente no nacido de mi mano. Estamos frente a los acantilados de Moher. Yo no hablo; los vivos, séquito silente de los ausentes. Él esconde pequeñas piedras talladas para ti en los bolsillos de mi gabán. Estos guijarros son los versos de Machado en Colliure. Mil gaviotas en círculos concéntricos. El martillo del océano en las rocas. El clamor del viento en el promontorio. Y yo: no puedo oírte. Muero sin tu voz. Advierto sólo el llanto de la mujer con sudario. El infortunio, hija, se obstina en no ignorarnos. El miedo gravita mientras el confín se ensancha. Súbito, evoco aquellas tus tardes del cinco de enero en este crepúsculo de verano.

Autor: Javier Solé, julio 2018

Ilustración: Laura Knight, “On the Cliffs”

un saltamontes en los olivos

UN SALTAMONTES EN LOS OLIVOS

Es la noche. El celador, centinela del sueño, escribe cartas a su hermano. La danza de las pupilas incandescentes y la tráquea ignífuga.  El eco de los cascos de las yeguas perseguidas por la luz. La soledad del vigilante extraviada en la eternidad del crepúsculo. Las hormigas, peregrinas en el pasillo, con fragmentos de bizcocho ensangrentado. Los residentes juegan con las calaveras de los niños; una mujer mastectomizada amamanta una jirafa en llamas. Y un poeta declama con rabia versos ateos desde el tejado. Dios no le escucha. Dos cuerpos, hombre y mujer, copulan con obscena furia en la enfermería.

Amanece. Siempre amanece. Invariablemente, la luna precede al sol. El celador regresa caminando por los campos a la casa amarilla. Durante el trayecto alza los brazos y los mueve como si fuera un cuervo del futuro. Si supiera alguien que es capaz de anticiparse a lo que acontecerá no le permitirían abandonar el sanatorio.

Por las tardes, el celador pinta nubes amarillas y cipreses rojos. Sólo detiene el trazo del lienzo cuando escucha con la oreja izquierda el llanto de una muñeca encamada en la planta octava.

Autor: Javier Solé, enero 2018

Ilustración: Van Gogh, “Patio del Hospital de Arles” (1889)

 

la infancia (65): las máscaras del teatro

NIÑO EN EL CEMENTERIO

“queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.”

(Batania, fragmento del poema “La muerte”)

Ante la tumba del padre abraza el huérfano a la viuda anestesiada. Al niño le gusta el cine y el teatro; disfrazarse con exóticos vestidos y representar ante sus padres los personajes más excéntricos.

Pero asumir ahora el papel de hombre que todos le reclaman le parece precipitado, hubiera deseado muchas más horas de ensayo y retrasar indefinidamente la noche del estreno.

Autor: Javier Solé

Ilustración de D. Costras

doble identidad

Por la ventana enmohecida un anciano frágil escudriña el horizonte. La saliva en la barbilla se columpia hasta formar lamparones en la ropa y el calzado.

El octogenario mira el infinito con indiferencia.

No está ni sorprendido ni asustado. Ya nada puede impresionarle ni tampoco nada puede atemorizarlo.

Se superpone a esta imagen otra de un niño que se balancea furioso en una silla de mimbre. Golpea su cabeza en el respaldo. Es un gesto violento. Rezuma rabia. Dirigido contra sí mismo pero también contra quien lo observa. Se sabe espiado.

Me pregunto dónde estoy yo. Si soy alguno de esos dos sujetos; el nieto o el abuelo. O si soy ambos. Puede que exista entre el niño y el viejo un vínculo sostenido en el tiempo. O no. Puede que yo sea la bisagra entre ambos, la conjunción copulativa -o disyuntiva- entre oraciones, la traslación entre las imágenes. El fundido que las une y las separa. El negro del silencio. La oscuridad.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Ilustración de Lita Cabellut

calle melancolía

CALLE MELANCOLÍA

“abriendo zanjas de luz a cabezazos

(Ángel Guinda)

Ella al verme ha dibujado una sonrisa sincera y cálida. La mía era un esbozo perturbado. Ella hubiera querido detenerse, abrazarme y besarme. Mi frialdad -o un pudor ante la intemperie- ha devaluado el encuentro a un saludo afectuoso en la distancia.

Al recorrer unos metros me he girado para ver como se alejaba. Era ya la mirada triste de quien se despide sin tener la certeza del reencuentro. He intentado racionalizar mi desasosiego; yo para ella soy el padre de la amiga, ella para mi es el futuro hurtado.

El tiempo conjuga el olvido. No tengo con quien hablar de ti, ni siquiera puedo mencionar tu nombre. Queda el pasado negado en este encuentro fortuito no consumado. Querría evocarte sin que nos hagas daño. Esquivo la compasión sin descubrir que era solidaridad.

Hay quienes son capaces de recordar con ternura pero yo sigo caminando dejando atrás el mundo de los vivos. Te merecías tanto ser feliz.

Autor: Javier Solé, febrero 2018

Ilustración: Vincent Giarrano, “Runes”

los perros del parque

“Moriré como todos y mi vida será oscura memoria en otras almas” (José Luis Hidalgo)

Busco refugio en un rincón del parque. Soy un inútil que llora en silencio. He dejado de pensar en mi madre. Y en su muerte. Que fue dulce y un alivio para ambos. Mi padre imploraba sollozando que no le abandonará pero falleció solo.  El día que moría fui primero a la peluquería.

No he sido un buen amante. Ni siquiera esposo. Tal vez, no sé, un compañero aquí y allá. Tuve pocos amigos y me temo que no siempre estuve a la altura de las circunstancias. Merecían mucho más de mí. Ningún empleo colmó mis expectativas y sólo en insignificantes batallas vencí al patrón o derroté a sus esbirros.

No pude salvar de la Muerte a una de mis hijas ni consolar a su hermana. Soy un inútil que llora en silencio.

Los perros del parque orinan en mi bufanda, que cae despacio del árbol viejo.

Autor: Javier Solé, marzo 2018

Ilustración: Jack Butler Yeats, “Good Evening Men” (1950)

los amores cotidianos (228): sopa de letras

EL DELATOR

La cabeza sin ojos de un pez forma, con las letras de la sopa, nombres de mujer. No es sabiduría de esta merluza -si así fuera, ¿cómo explicar que dejará que el anzuelo se incrustará en su boca?-, es, básicamente, una habilidad convertida en destreza, que le permite leer mis labios.  De este modo, conoce tu nombre y el de todas las amantes con las que te soy infiel.

Cuando amaine el invierno volveré a cenar pizzas congeladas. Son más discretas. La de champiñones es la que mejor guarda un secreto.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Slawek Gruca