Retratos de España (176): el último barco

REPUBLICANO EN LISBOA

En la mesa del café donde te escribo el vintage asecha la última madrugada. Desgrano la geometría del ayer con la urgencia de quien vislumbra utópica la aurora. El Stanbrook vadea escorado el estuario del Tajo. Elvira desciende del tranvía y en sus pómulos damasco cordobés. Eran sus trenzas espigas de trigo. En nuestro huerto portugués crecen las flores del almendro del valle de Guadalest. Y los vítores de los liberados por la Nueve en los Campos Elíseos los reproduce ahora el silencio.

Morir exiliado en una aldea encalada donde conviven la patria que pudo ser con el hombre que perdió gloria y destino y que no reconoce ni reconoció ni hacienda ni rey.

Por el vano de Alfama serpentea el salitre que la brisa aventa. Es el ácido de la nostalgia y en este arrabal de la fatiga la mirada turbada confunde el buque en la ensenada con una golondrina de mar, mientras se superponen al fundido dilatado sobre el campo de Albatera los acordes melancólicos de la viola de un músico que nunca conocí.

Autor: Javier Solé, junio 2019

yo y los demás (107): la hermana

HUELLA

“¿de qué me está protegiendo esta tristeza?”

(María Negroni)

Siempre que experimento un instante de felicidad termina éste interrumpido. Al iniciar un viaje, en las conversaciones distendidas con las amigas en una terraza de verano, el día que aprobé el permiso de conducir, durante la fiesta de graduación, con la primera nómina; al acunar al hijo recién nacido. He aprendido a sortear tu mirada, a ensamblar tu silencio con el mío, pero no conseguí acostumbrarme a la soledad. Hay días en los que me pregunto que habría sido de mí, contigo. Pero sólo sé de mí, sin ti.

Bajo esta nostalgia, querida hermana, siento la gravedad del tiempo y la fragilidad de la armonía. No hay jornada sin tu nombre.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Fotografía de Anka Zhuravleva

lecturas envenenadas

La misma tarde que moría de insuficiencia respiratoria, enfilando el tramo final de la agonía, miré a mi amigo poeta y le dije: “Nunca leía a Cortázar. Apenas media docena de páginas de Rayuela y poco más”. Después hice una pausa melodramática, más que nada para observar su reacción y tomar aliento -que los ahogos eran ya constantes-. Él mantuvo un silencio muy largo; era la manera de mostrarme su resentimiento y manifestarme un reproche sin paliativos. Transcurrido un buen rato de este incómodo mutismo dijo: “Que sepas que yo tampoco leí nada de Lorca”. Y acabó la frase con un “pelotudo” pura dinamita, con la peor y más abyecta de las intenciones. El muy cabrón me estaba insultando.

He de proclamar con cierta solemnidad que en mi opinión el comportamiento de mi amigo argentino, tan leído él, es inaceptable. Fue capaz de mantener un engaño ininterrumpidamente durante los últimos veinte años. Fue él, precisamente él, quien escribió una pieza teatral -ahora puedo decir que mediocre y vulgar, como casi todos sus poemas- sobre Bodas de Sangre y quien estrenó años más tarde en su Buenos aires natal, invitado por el gobierno democrático de Alfonsín, un ciclo de poesía lorquiana con lo mejor de Poeta en Nueva York y el Romancero gitano. Si yo no leí a Cortázar fue por pereza y si le mentí a mi amigo fue por evitarle un disgusto, sabiendo como sabía lo mucho que le gustaba Julio y para sortear males menores en mi arrítmico corazón.

Ahora que estoy ya muerto -el enfado le impidió acudir a mi funeral- ando con la lectura reposada de las obras completas de José Luis Borges. Sé lo mucho que le desprecia por sus calculadas indulgencias con el golpe militar que le obligó a mi compadre poeta a abandonar su tierra. Lo sé y por eso mismo lo leo con devoción. Que sé joda él -mi amigo- y que se joda Cortázar. A mí me gusta Jorge. No soy rencoroso pero lo de Federico no se lo pienso perdonar en la vida.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

diáspora

Dos hombres desaliñados salen del mar. Visten un traje negro descosido y sólo calzan un zapato. Uno de los hombres el pie derecho y el otro el izquierdo. Es el mismo modelo de calzado y el mismo número. No es inverosímil sea esta indumentaria fruto de un reparto solidario entre ambos.

Los dos caminan desplazando el cuerpo torpemente, con una leve burda cojera. De la espalda de cada uno pende un instrumento musical; el hombre con el zapato en el pie derecho acarrea un piano y el hombre con el zapato en el pie izquierdo un violonchelo.

Recorren apesadumbrados la playa. En la arena quedan sólo las huellas de los pies descalzos. Peces ciegos sin vida duermen en la caja de resonancia del piano.

El paraje es agreste. Un faro tuerto es la única edificación que los dos hombres vislumbran en su errático rumbo.

Caminan durante semanas; en ocasiones intercambian los zapatos. Otros días –pues el viaje dura meses- uno va descalzo y el otro lleva en cada pie un zapato. No intercambian nunca los instrumentos musicales.

Los dos músicos –porque es plausible sean estos hombres conocedores del oficio, ¿qué sentido si no tendría acarrear un instrumento del que no sabes extraer sonido alguno?- estos dos músicos, sigo, atraviesan un bosque de abedules y canturrean un zemer en hebreo. Siete alondras escapan asustadas de la copa de los árboles y vuelan huyendo de la chimenea que expulsa el alma de los prisioneros a la atmósfera mientras los primeros acordes de los músicos resuenan en la explanada desierta donde las vías del ferrocarril mueren, justo en el pórtico del infierno.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

ciudades y personas: Port-Bou

“Aunque toda la atención se centre en el túnel y en las escaleras que bajan al remolino de agua, la construcción de Karavan está compuesta por otros dos elementos: un viejo olivo y una plataforma de meditación abierta al horizonte”

(Álex Chico, “Un final para Benjamin Walter”)

Fotografía: Memorial de Walter Benjamin, agosto 2018

«Para descubrir el sentido de la vida de un ser humano deberíamos tener la certeza de que podremos asistir a su muerte» (Álex Chico)

hendidura

HENDIDURA

Lo primero que mudó, a las pocas horas del regreso del sepelio, fue la mirada. Se tornó triste e indefinida, abandonando ya por siempre la observación del mundo.

Perdió el apetito y el pelo encaneció. Dejo también de peinarse y ya no volvió jamás a la peluquería. No compró ropa ni estrenó ningún vestido del armario.

En la casa el silencio gobernaba los días y una vela por las noches presidía las tinieblas.

Solía pasar las tardes de verano ovillada en el sofá cubierta con una manta. En invierno leía. Empezó a acostarse cada vez más pronto, aunque por las noches permanecía durante horas despierta en posición fetal. No lloraba. No podía. No le salían las lágrimas.

A veces la mirabas y parecía que hubiera encontrado la paz, o el sosiego. O era sólo calma. Mentira. Hubiera podido regar con toneladas de desesperación cualquier edén. En sus ojos sucumbía cualquier ventura. Ningún funambulista hubiera vadeado sus pupilas.

No tardaron las puertas en comenzar a cerrarse; sólo una vaporosa regresión a la infancia fue un oasis fugaz. Un júbilo tenue. No sé si se trataba de su propia infancia o de otra.

A los veinte meses las manos sajadas. Y unas heridas que nadie nunca -ni papá, ni yo, ni la abuela- supo o pudo sanar. Se estaba desvaneciendo poco a poco. Las cicatrices fueron una hendidura por donde la luz entró.

Hasta que el estremecimiento de la vela esbozando un baile en el pasillo, presagio del declive, se apagó.

Mamá había muerto el día que enterramos a mi hermana.

Autor: Javier Solé, abril 2018

Fotografía de Laura Makabresku

en los acantilados de Moher

BANSHEE

Llevo a tu descendiente no nacido de mi mano. Estamos frente a los acantilados de Moher. Yo no hablo; los vivos, séquito silente de los ausentes. Él esconde pequeñas piedras talladas para ti en los bolsillos de mi gabán. Estos guijarros son los versos de Machado en Colliure. Mil gaviotas en círculos concéntricos. El martillo del océano en las rocas. El clamor del viento en el promontorio. Y yo: no puedo oírte. Muero sin tu voz. Advierto sólo el llanto de la mujer con sudario. El infortunio, hija, se obstina en no ignorarnos. El miedo gravita mientras el confín se ensancha. Súbito, evoco aquellas tus tardes del cinco de enero en este crepúsculo de verano.

Autor: Javier Solé, julio 2018

Ilustración: Laura Knight, “On the Cliffs”

un saltamontes en los olivos

UN SALTAMONTES EN LOS OLIVOS

Es la noche. El celador, centinela del sueño, escribe cartas a su hermano. La danza de las pupilas incandescentes y la tráquea ignífuga.  El eco de los cascos de las yeguas perseguidas por la luz. La soledad del vigilante extraviada en la eternidad del crepúsculo. Las hormigas, peregrinas en el pasillo, con fragmentos de bizcocho ensangrentado. Los residentes juegan con las calaveras de los niños; una mujer mastectomizada amamanta una jirafa en llamas. Y un poeta declama con rabia versos ateos desde el tejado. Dios no le escucha. Dos cuerpos, hombre y mujer, copulan con obscena furia en la enfermería.

Amanece. Siempre amanece. Invariablemente, la luna precede al sol. El celador regresa caminando por los campos a la casa amarilla. Durante el trayecto alza los brazos y los mueve como si fuera un cuervo del futuro. Si supiera alguien que es capaz de anticiparse a lo que acontecerá no le permitirían abandonar el sanatorio.

Por las tardes, el celador pinta nubes amarillas y cipreses rojos. Sólo detiene el trazo del lienzo cuando escucha con la oreja izquierda el llanto de una muñeca encamada en la planta octava.

Autor: Javier Solé, enero 2018

Ilustración: Van Gogh, “Patio del Hospital de Arles” (1889)

 

la infancia (65): las máscaras del teatro

NIÑO EN EL CEMENTERIO

“queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.”

(Batania, fragmento del poema “La muerte”)

Ante la tumba del padre abraza el huérfano a la viuda anestesiada. Al niño le gusta el cine y el teatro; disfrazarse con exóticos vestidos y representar ante sus padres los personajes más excéntricos.

Pero asumir ahora el papel de hombre que todos le reclaman le parece precipitado, hubiera deseado muchas más horas de ensayo y retrasar indefinidamente la noche del estreno.

Autor: Javier Solé

Ilustración de D. Costras

doble identidad

Por la ventana enmohecida un anciano frágil escudriña el horizonte. La saliva en la barbilla se columpia hasta formar lamparones en la ropa y el calzado.

El octogenario mira el infinito con indiferencia.

No está ni sorprendido ni asustado. Ya nada puede impresionarle ni tampoco nada puede atemorizarlo.

Se superpone a esta imagen otra de un niño que se balancea furioso en una silla de mimbre. Golpea su cabeza en el respaldo. Es un gesto violento. Rezuma rabia. Dirigido contra sí mismo pero también contra quien lo observa. Se sabe espiado.

Me pregunto dónde estoy yo. Si soy alguno de esos dos sujetos; el nieto o el abuelo. O si soy ambos. Puede que exista entre el niño y el viejo un vínculo sostenido en el tiempo. O no. Puede que yo sea la bisagra entre ambos, la conjunción copulativa -o disyuntiva- entre oraciones, la traslación entre las imágenes. El fundido que las une y las separa. El negro del silencio. La oscuridad.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Ilustración de Lita Cabellut