calle melancolía

CALLE MELANCOLÍA

“abriendo zanjas de luz a cabezazos

(Ángel Guinda)

Ella al verme ha dibujado una sonrisa sincera y cálida. La mía era un esbozo perturbado. Ella hubiera querido detenerse, abrazarme y besarme. Mi frialdad -o un pudor ante la intemperie- ha devaluado el encuentro a un saludo afectuoso en la distancia.

Al recorrer unos metros me he girado para ver como se alejaba. Era ya la mirada triste de quien se despide sin tener la certeza del reencuentro. He intentado racionalizar mi desasosiego; yo para ella soy el padre de la amiga, ella para mi es el futuro hurtado.

El tiempo conjuga el olvido. No tengo con quien hablar de ti, ni siquiera puedo mencionar tu nombre. Queda el pasado negado en este encuentro fortuito no consumado. Querría evocarte sin que nos hagas daño. Esquivo la compasión sin descubrir que era solidaridad.

Hay quienes son capaces de recordar con ternura pero yo sigo caminando dejando atrás el mundo de los vivos. Te merecías tanto ser feliz.

Autor: Javier Solé, febrero 2018

Ilustración: Vincent Giarrano, “Runes”

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los perros del parque

“Moriré como todos y mi vida será oscura memoria en otras almas” (José Luis Hidalgo)

Busco refugio en un rincón del parque. Soy un inútil que llora en silencio. He dejado de pensar en mi madre. Y en su muerte. Que fue dulce y un alivio para ambos. Mi padre imploraba sollozando que no le abandonará pero falleció solo.  El día que moría fui primero a la peluquería.

No he sido un buen amante. Ni siquiera esposo. Tal vez, no sé, un compañero aquí y allá. Tuve pocos amigos y me temo que no siempre estuve a la altura de las circunstancias. Merecían mucho más de mí. Ningún empleo colmó mis expectativas y sólo en insignificantes batallas vencí al patrón o derroté a sus esbirros.

No pude salvar de la Muerte a una de mis hijas ni consolar a su hermana. Soy un inútil que llora en silencio.

Los perros del parque orinan en mi bufanda, que cae despacio del árbol viejo.

Autor: Javier Solé, marzo 2018

Ilustración: Jack Butler Yeats, “Good Evening Men” (1950)

los amores cotidianos (228): sopa de letras

EL DELATOR

La cabeza sin ojos de un pez forma, con las letras de la sopa, nombres de mujer. No es sabiduría de esta merluza -si así fuera, ¿cómo explicar que dejará que el anzuelo se incrustará en su boca?-, es, básicamente, una habilidad convertida en destreza, que le permite leer mis labios.  De este modo, conoce tu nombre y el de todas las amantes con las que te soy infiel.

Cuando amaine el invierno volveré a cenar pizzas congeladas. Son más discretas. La de champiñones es la que mejor guarda un secreto.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Slawek Gruca

los cipreses acariciando nubes

En el epicentro de agosto el calor no otorga tregua a los habitantes de la ciudad. Desde que su progenitor consiguió hace cinco años reagrupar a la familia en este barrio al norte de la ciudad industrial Fátima no ha vuelto a ver a sus abuelos y tíos y primos de Fez. Ni siquiera en el funeral de su madre, fallecida de manera brusca al poco de instalarse en un pisito pequeño cuya hipoteca no tardaron en dejar de pagar.

Ahora su infancia se le antoja lejana. Acaba de cumplir trece años y tiene a su cargo un hermano, Mohamed, de ocho todavía no cumplidos. Viven con su padre viudo, peón de la construcción con un empleo precario a jornadas sueltas e incompletas, en un piso okupado del que tienen noticia serán desalojados en breve. Están pendientes de unas ayudas pero la administración, como los médicos con el cáncer de su madre, trabaja a un ritmo endiabladamente lento. En el edificio donde “viven” no hay ni luz ni agua. A las tinieblas ya parece que se han acostumbrado pero la falta de agua en verano es un problema.

Fátima acarrea cada día de este agosto un carro de la compra repleto de bidones y garrafas. Traspasa el umbral de la ciudad de los difuntos y en una de las fuentes dispuestas junto a los cipreses rellena los recipientes con agua que hurta a las flores de los occisos.

Conoce bien a los jardineros del cementerio, observa con simpatía a los vivos que circundan las tumbas y lee con detenimiento y curiosidad las inscripciones en las lápidas. Su fantasía imagina siempre la vida de los muertos con un corolario feliz.

A veces regaña -siempre con suavidad- a Mohamed que le moja el hiyab. Sabe que es un juego, una excusa para refrescarse y verse ambos sonriendo.

El peso de esta vida insufrible es para Fátima como el de las garrafas llenas de agua de la fuente del cementerio. Alzarlas al vuelo para alinearlas en el carro viejo de la compra y empujarlo luego por las empinadas avenidas del camposanto…

Sólo encuentra una quietud salvajemente feliz en el silencio del cementerio y en la brisa lisa que fluye entre las sombras que forman las hileras de los nichos. Al contemplar los cipreses y su estilizada silueta termina siempre descubriendo nubes blancas en un azul infinito. Y por un momento cree que todo puede cambiar. Para mejor.

Autor: Javier Solé, agosto 2017

Ilustración: Dali, “Osificación matinal del ciprés” (1934)

aquellas imágenes imprecisas

EL TREN

Me gusta el tren. Viajar en tren. Sentir el movimiento mientras permanezco estático. Observar por la ventanilla como el desplazamiento por el paisaje es cada vez más acelerado, sin tiempo para fijar las imágenes. Son borrosas, deliberadamente confusas. Se establece una disputa entre mi deseo de ver y el rechazo con el que las propias imágenes se ofrecen, desnudas.

El tren parte de la estación y acelera. Contemplo las casas de la periferia, ordenadas y tristes. Puedo, si estoy muy atento, asomarme a la vida de estos edificios anodinos de una época industrial caduca. Nada de lo que veo me hace feliz.

Pero puedo pensar y sentir. No tarda el tren mucho tiempo en abandonar estas viviendas y las casas se suceden cada vez más dispersas, hasta que desaparecen por completo. Ahora estoy solo con el paisaje que se recrea desorientándome. Es un decorado que juega a ocultar lo trascendente. Me regala postales que ocupan mi tiempo y salvaguardan mi vacío. A veces, la hipnosis del movimiento me permite creer que todo se ha invertido y que el paisaje no se mueve y soy yo quien se desplaza. Que no he quedado anclado en el pasado. Que la quietud es sólo una pausa y que recorro ciudades y horizontes buscando un álamo blanco.

Entonces una gota de lluvia que peregrina en diagonal el cristal por el que veo el mundo me revela que estoy vivo mirando la vida. Me acomodo en el asiento decidido a no perder detalle alguno de este espectáculo. En un montículo alejado distingo la figura de una niña. Pienso esperanzado que es ella quien se mueve; necesariamente nos encontraremos tarde o temprano. El pitido de la locomotora y una brusca sacudida del vagón desvelan que ni la niña ni yo nos movemos. Se mueve sólo el tren y es él quien nos aleja para siempre en un paisaje salvajemente hermoso.

Autor: Javier Solé, diciembre 2017

las cuatro estaciones (77): invierno en Teruel

Un relato que lleva por título “PREMONICIÓN”:

En la sierra de Teruel los inviernos son fríos y oscuros.; el aire seco y la tierra roja y arcillosa. Los días cortos y las noches largas. Los dos hermanos,  Manuel y Miguel, vivían en la misma calle, la única del pueblo; las casas, separadas por doscientos metros de barro helado. El gobierno ha prometido mil veces asfaltar la calle y en todas las ocasiones otros pueblos u otras promesas han sepultado la dicha de los pocos vecinos de la aldea de ver por fin urbanizado como Dios manda el pueblo, al estilo de la capital. Hay quien incluso cree que instalarán un semáforo.

Los dos hermanos viven solos desde que los hijos crecieron y marcharon a ver el mundo verdadero. Enviudaron casi el mismo año. Están cada uno en su casa, independientes. Cada cual sabe las manías que colecciona y, un suponer, si uno  se quiere tirar un pedo tranquilo pues de esta manera va y lo expulsa sin problemas ni estrangulamientos. O comer a deshoras, o llorar sin que nadie le moleste, rediez.

Esta noche, sin embargo, es distinta. Viene como más fría, más oscura, como más corta. Da hasta miedo imaginarla. Por eso, Manuel ha salido de casa expresamente para advertir a su hermano pequeño que el viento baja de la montaña malamente, que conviene cerrar las ventanas y revisar el establo y procurar que los animales estén tranquilos.

También le ha confesado a su hermano que le quiere mucho, que se acuerda de los padres de ambos, que por las noches piensa en su mujer -la suya, no la cuñada- y que no sabe si este año vendrá la primavera.

Miguel le ha recordado a Manuel que por la mañana tiene que ayudarle con unas tejas del cobertizo. Pero según parece Manuel hace días que anda falto de ánimos y de fuerza y se ha marchado a su casa acurrucado en su pelliza sin nada convenido.

A la mañana siguiente Miguel le ha encontrado en la cama con la rigidez de la Muerte dominando el cuerpo.

Cuando sus sobrinos venidos a toda prisa de la capital para el funeral le preguntan si padre había sufrido y si en la mirada del muerto había miedo o tranquilidad sólo consigue Miguel enmudecer y, después de un buen rato, murmurar que la ventana del dormitorio de la casa de su hermano estaba abierta.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Andrew Wyeth, “Untitled” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

to the brave

Recoger antes de que anochezca los papeles de regalo, por si pudieran ser reutilizados, y recapitular siempre con la cabeza en otro lugar.

– Un cuenco tibetano y doce varitas de incienso.
– Un frasco de colonia, comprado en la droguería del barrio y que patrocina un cantante que aborreces.
– Un pijama demasiado pequeño que habrá que devolver el lunes sin falta.
– Un libro de poemas, para leer en febrero.
– Una camiseta solidaria que financia la construcción del SJD Pediatric Cancer Center.

Y tristeza. Toneladas ingentes de tristeza.

Por la hendidura un nombre el viento ululaba.

Autor: Javier Solé, 06/01/2018

El mirador de la memoria

PÉTREO
No estaban escondidos.
Sólo desaparecidos.

Detenidos por la noche.
Ejecutados al alba.
Enterrados a hurtadillas.

Tiempo de hambre y miedo.

Ahora, encaramados
piedra tenaz justicia.

En el viento nuestro grito.

Disparan los asesinos
a los muertos resurgidos.
Las balas no hieren dos veces.

Autor: Javier Solé

El Mirador de la Memoria es un conjunto escultórico elaborado por el artista Francisco Cedenilla dedicada a los olvidados de la Guerra Civil y la dictadura.

Está formado por cuatro individuos que reflejan el miedo y las dudas que generó este conflicto bélico a lo largo y ancho de todo el país. Cuatro figuras humanas que recogen todas las edades y sexos: joven, adulto, anciano, hombre y mujer. El escultor ha dejado claro en varias entrevistas que no quería reflejar ninguna clase social; se trata de una representación contumaz del miedo.

La mayoría de las figuras tienen unos impactos de bala que fueron realizados por un desconocido unos días después de la inauguración. Se decidió no restaurar las estatuas y que la huella de la violencia en la piedra fuera testimonio de la barbarie y la incultura.

el último tren

Sólo llegué a conocer su nombre cuando en una cuartilla en el ascensor se anunciaba una misa de difuntos. Para entonces ya sabía de su Muerte, acontecida diez días antes y de la que los vecinos no fuimos avisados.

Celebraron sus pocos familiares y amigos un funeral íntimo, como corresponde a quien ha pasado toda su existencia a hurtadillas, entre el fulgor de una infancia rodeada de media docena de hermanos a los que no tardó en ver morir y el enigma de una vida adulta para la que todas las explicaciones son burdas y escasas. La lobreguez le acompañaba siempre. La vi infinidad de veces en la puerta de la escalera, al relente de la mañana, acurrucada como un ovillo, en pleno invierno con una manta raída y en verano con una camisa deshilachada.sarazhin-denis-07

Otros vecinos aseguran que algunas noches deambulaba por el interior del edificio, acomodada en alguno de los rellanos contiguos al de sus padres -el primero o el tercero- y contaba los segundos en voz alta y con la precisión de un relojero suizo. Casi siempre hablaba sola, en un murmullo o con voz más alta. No gritaba nunca, y le sobraban motivos. Era extremadamente educada, era extremadamente delgada. Era extremadamente infeliz.

Siempre la saludaba. Aunque tuviera una mirada perdida y las pupilas dilatas, ella te reconocía. Devolvía el saludo y te sonreía. A veces incluso se anticipaba a tu saludo y te sostenía la puerta abierta de la escalera. No estaba enfadada con el mundo y le sobraban emotivos. Simplemente carecía de asideros suficientes.

No sé por qué se mató.

Podría explicar detalles e imaginar las razones, inventariarlas en un relato acomodado a mi propia tristeza.

Era noviembre. Ya había anochecido. En noviembre son tan breves los días y tan largas las noches. No está claro fuera fruto de un impulso o de una acción premeditada. Escogió -o no- la estación de metro de su propio barrio y se abalanzó furiosa y desesperada a la vía en el instante preciso de aparecer un convoy. Los pobres tienen estas maneras toscas de matarse, con un toque de salvajismo que es ya un indicio de la falta de recursos. No disponen de dinero y carecen de la sofisticación suficiente para adquirir pastillas, viajar hasta un puente romántico sobre un río profundo o comprar el billete para un crucero y descolgarse por la popa estrellándose contra bloques de hielo en los fiordos.

Los pobres son brutos y soeces. Tanto que mi vecina -Elena, se llamada Elena- no tenía ni para un billete de metro y matarse en una estación alejada de la familia. Por ejemplo, la de Can Boixeres, como el suicida de Vitale. Aconteció una tarde lánguida y fría, en un mes triste, en el andén de la penúltima estación de la línea, en un día laborable en una ciudad obrera. No era la hora de máxima afluencia de usuarios, para satisfacción de la viajera del argentino.

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Más tarde me enteré que no se había arrojado a la vía. Que, simplemente, bajo despacio y en sigilo y que se había acurrucado como un ovillo, en posición fetal, esperando el final. O no tenía fuerzas o, sencillamente, quería sentir una minúscula complacencia antes de sucumbir. No fue una muerte épica. Fue un irse calladamente, hasta liberarse de la tristeza es triste.

Era habitual ver cerca de la escalera a su madre paseando un perro pequeño, un terrier. O en el supermercado, intentando sisear del poco dinero que le da el marido unos céntimos para comprar a su nieto una chocolatina a la salida de la escuela. Ahora hace muchos días que no la veo, ni a ella ni al perro, ni al nieto. Tampoco al marido, un hombre tosco que nunca acompañaba a su mujer.

Me preguntó, mientras aguardo en el andén la llegada del próximo tren, cómo afrontará el niño en el futuro estas esperas en la estación donde falleció su madre. Recorrer los supervivientes los espacios de los muertos es rememorar la vida. Tal vez evite esta estación dando un rodeo y caminando, solo, hasta la antepenúltima estación del tren. O prefiera el trayecto más largo del autobús.

Quien no tiene manera alguna de escapar a las imágenes es el conductor del metropolitano. Estuvo de baja laboral, lo han cambiado de línea. Pero no puede olvidar el bulto y el ruido del impacto y el serrín en los raíles. Todos los túneles de todas las estaciones le devuelven siempre aquella tarde de noviembre.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

el pescador y la niebla

EL PESCADOR Y LA NIEBLA

pescador-marAmanece en invierno, con el miedo al hielo y el anhelo de la nieve. La soledad conversa con el hombre de la orilla de la playa. A veces es sólo un murmullo deliberadamente imperceptible, como un secreto que se difunde con sigilo. La absolución queda en suspenso, pendiente de la magnanimidad de un pingüino ruin. La penitencia es el batir de olas durante horas en las rocas, bruñendo lo pétreo hasta desgastar la médula.

El pescador, este pescador, es un nuncio de la Muerte. La niebla, que no se levanta, encubre al asesino. El océano, este mar, la necrópolis de cien filibusteros. Los inmigrantes son, antes del naufragio, piratas del Nuevo Mundo.

La agonía de los peces es el último grito de la vida.

La pesca requiere, como la Muerte, como el ajedrez, perseverancia en el tiempo e indiferencia en la mirada. A veces, se mata por mera diversión. El aleteo desesperado y los ojos asustados son el bálsamo de los vesánicos.

El clamor de los ahogados desgarra la madrugada.

El albatros cercena el sedal con la rabia de la guillotina rebanando el bocio de la nobleza en la Francia jacobina.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016