los coleccionables del dominical

Abelardo había trabajado toda su vida en una fábrica, obedeciendo las órdenes absurdas enunciadas de malos modos por un capataz malcarado. Pero desde la bendita jubilación no solo el tedio de un trabajo servil y estéril había desaparecido; también podía ahora dedicarse a sus aficiones. Tenía muy buena mano y mucha paciencia. Cada domingo adquiría en el quiosco del barrio el dominical que regalaba con el diario una nueva entrega de un coleccionable donde se abordaba con rigor pero sin excesivas complicadas explicaciones el bricolaje, la construcción de maquetas, trabajar con yeso o madera….

Cuando el jueves empezó súbitamente a encontrarse mal acudió al hospital, donde quedó ingresado en observación. Tras el primer desconcierto, cayo en la cuenta de la imperiosa necesidad de encargar a alguien que comprara el domingo el diario con su correspondiente suplemento y la nueva entrega del coleccionable. No era plan de perder ningún fascículo pues le consta era un coleccionable muy acreditado y sospechaba que las dificultades para obtener los números atrasados muy grandes. Además, en las dos próximas semanas se explicaba en dos entregas la construcción de un barco utilizando, exclusivamente palillos. No podía, por unas pocas horas en el hospital, quedarse sin su coleccionable.

Fue a su hijo Eduardo, el único familiar que le quedaba –y con el que no acababa de llevarse ni bien ni mal- a quien pidió encarecidamente comprar el periódico el domingo. Le dio incluso el importe exacto por anticipado.

Eduardo olvido el encargo de su padre y Abelardo le recriminó su descuido a todas horas todos los días; lunes y martes y miércoles y jueves. Es, ciertamente, extraño el hijo acuda cada día al hospital pero Abelardo no esta dispuesto a perdonar este lamentable descuido por muchas atenciones y lisonjas que se hijo realice con la perversa intención de minimizar su descuido.

Al llegar el fin de semana vuelve Abelardo a recordarle a Eduardo debe madrugar y evitar quedarse sin la nueva entrega del coleccionable.

Cuando a la noche aparece el hijo con el diario bajo el brazo su padre ha sido trasladado urgentemente a la unidad de cuidados intensivos donde permanece sedado y con respiración asistida. Un rápido empeoramiento agrava el diagnóstico sombrío que los primeros días había emitido el equipo médico en una reunión que tuvieron con Eduardo sin la presencia de Abelardo. A la mañana siguiente, el padre fallece.

Eduardo, en su piso con diminutas ventanas que no dan a l mar sino a un patio interior deficientemente iluminado, construye una carabela con palillos siguiendo las instrucciones rigurosas pero sencillas del coleccionable. Ha escrito al director del periódico y espera le envíen pronto la entrega que no compró. Tiene previsto dirigir la naviera más importante del país. Al lado de sus barcos con palillos ríete tú de la flota de la familia Onasis.

Autor: Javier Solé, junio 2014.

Ilustración: Montagne Dawso, “luna crescente”

el suicidio (57)

TRENES

Era una mañana gris y enfermiza del mes de febrero. Las nubes habían secuestrado al sol.

En el viaducto el hombre miraba el paso de los trenes y como se detenían en la estación o emprendían un poco más tarde la marcha; el ajetreo de los viajeros, absortos en sus quehaceres. Todo invitaba al deleite de una jornada cotidiana y triste, sin los sobresaltos con los que la vida suele zarandearnos.

El hombre había estado un buen rato mirando primero en una dirección y después en la otra, como si quisiera aprenderse el paisaje, memorizarlo. Aprehenderlo. A un lado, las montañas que dan refugio a la ciudad. Al otro, el mar que abre la metrópolis al mundo, que busca el reencuentro en el horizonte.

Un golpe seco. El hombre se precipita al vacío, infeliz y sin esperanza.

Los vecinos no tardaron en formar un coro alrededor del cadáver. Todos especulaban con lo sucedido; algunos, tímidamente, se interrogan por las razones.

Uno de ellos, -el más instruido de todos, que lee la prensa entera gratis en la biblioteca del barrio- dijo que le parecía un escritor que publicaba libros a un ritmo enloquecido, todos de aventuras.

En el interior de una carpeta junto al muerto había catorce folios. Todos en blanco. Ni siquiera unas tachaduras o un nombre. El vacío, o el silencio.

O, tal vez, un testamento deliberadamente encriptado.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Retratos de España (176): el último barco

REPUBLICANO EN LISBOA

En la mesa del café donde te escribo el vintage asecha la última madrugada. Desgrano la geometría del ayer con la urgencia de quien vislumbra utópica la aurora. El Stanbrook vadea escorado el estuario del Tajo. Elvira desciende del tranvía y en sus pómulos damasco cordobés. Eran sus trenzas espigas de trigo. En nuestro huerto portugués crecen las flores del almendro del valle de Guadalest. Y los vítores de los liberados por la Nueve en los Campos Elíseos los reproduce ahora el silencio.

Morir exiliado en una aldea encalada donde conviven la patria que pudo ser con el hombre que perdió gloria y destino y que no reconoce ni reconoció ni hacienda ni rey.

Por el vano de Alfama serpentea el salitre que la brisa aventa. Es el ácido de la nostalgia y en este arrabal de la fatiga la mirada turbada confunde el buque en la ensenada con una golondrina de mar, mientras se superponen al fundido dilatado sobre el campo de Albatera los acordes melancólicos de la viola de un músico que nunca conocí.

Autor: Javier Solé, junio 2019

yo y los demás (107): la hermana

HUELLA

“¿de qué me está protegiendo esta tristeza?”

(María Negroni)

Siempre que experimento un instante de felicidad termina éste interrumpido. Al iniciar un viaje, en las conversaciones distendidas con las amigas en una terraza de verano, el día que aprobé el permiso de conducir, durante la fiesta de graduación, con la primera nómina; al acunar al hijo recién nacido. He aprendido a sortear tu mirada, a ensamblar tu silencio con el mío, pero no conseguí acostumbrarme a la soledad. Hay días en los que me pregunto que habría sido de mí, contigo. Pero sólo sé de mí, sin ti.

Bajo esta nostalgia, querida hermana, siento la gravedad del tiempo y la fragilidad de la armonía. No hay jornada sin tu nombre.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Fotografía de Anka Zhuravleva

lecturas envenenadas

La misma tarde que moría de insuficiencia respiratoria, enfilando el tramo final de la agonía, miré a mi amigo poeta y le dije: “Nunca leía a Cortázar. Apenas media docena de páginas de Rayuela y poco más”. Después hice una pausa melodramática, más que nada para observar su reacción y tomar aliento -que los ahogos eran ya constantes-. Él mantuvo un silencio muy largo; era la manera de mostrarme su resentimiento y manifestarme un reproche sin paliativos. Transcurrido un buen rato de este incómodo mutismo dijo: “Que sepas que yo tampoco leí nada de Lorca”. Y acabó la frase con un “pelotudo” pura dinamita, con la peor y más abyecta de las intenciones. El muy cabrón me estaba insultando.

He de proclamar con cierta solemnidad que en mi opinión el comportamiento de mi amigo argentino, tan leído él, es inaceptable. Fue capaz de mantener un engaño ininterrumpidamente durante los últimos veinte años. Fue él, precisamente él, quien escribió una pieza teatral -ahora puedo decir que mediocre y vulgar, como casi todos sus poemas- sobre Bodas de Sangre y quien estrenó años más tarde en su Buenos aires natal, invitado por el gobierno democrático de Alfonsín, un ciclo de poesía lorquiana con lo mejor de Poeta en Nueva York y el Romancero gitano. Si yo no leí a Cortázar fue por pereza y si le mentí a mi amigo fue por evitarle un disgusto, sabiendo como sabía lo mucho que le gustaba Julio y para sortear males menores en mi arrítmico corazón.

Ahora que estoy ya muerto -el enfado le impidió acudir a mi funeral- ando con la lectura reposada de las obras completas de José Luis Borges. Sé lo mucho que le desprecia por sus calculadas indulgencias con el golpe militar que le obligó a mi compadre poeta a abandonar su tierra. Lo sé y por eso mismo lo leo con devoción. Que sé joda él -mi amigo- y que se joda Cortázar. A mí me gusta Jorge. No soy rencoroso pero lo de Federico no se lo pienso perdonar en la vida.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

diáspora

Dos hombres desaliñados salen del mar. Visten un traje negro descosido y sólo calzan un zapato. Uno de los hombres el pie derecho y el otro el izquierdo. Es el mismo modelo de calzado y el mismo número. No es inverosímil sea esta indumentaria fruto de un reparto solidario entre ambos.

Los dos caminan desplazando el cuerpo torpemente, con una leve burda cojera. De la espalda de cada uno pende un instrumento musical; el hombre con el zapato en el pie derecho acarrea un piano y el hombre con el zapato en el pie izquierdo un violonchelo.

Recorren apesadumbrados la playa. En la arena quedan sólo las huellas de los pies descalzos. Peces ciegos sin vida duermen en la caja de resonancia del piano.

El paraje es agreste. Un faro tuerto es la única edificación que los dos hombres vislumbran en su errático rumbo.

Caminan durante semanas; en ocasiones intercambian los zapatos. Otros días –pues el viaje dura meses- uno va descalzo y el otro lleva en cada pie un zapato. No intercambian nunca los instrumentos musicales.

Los dos músicos –porque es plausible sean estos hombres conocedores del oficio, ¿qué sentido si no tendría acarrear un instrumento del que no sabes extraer sonido alguno?- estos dos músicos, sigo, atraviesan un bosque de abedules y canturrean un zemer en hebreo. Siete alondras escapan asustadas de la copa de los árboles y vuelan huyendo de la chimenea que expulsa el alma de los prisioneros a la atmósfera mientras los primeros acordes de los músicos resuenan en la explanada desierta donde las vías del ferrocarril mueren, justo en el pórtico del infierno.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

ciudades y personas: Port-Bou

“Aunque toda la atención se centre en el túnel y en las escaleras que bajan al remolino de agua, la construcción de Karavan está compuesta por otros dos elementos: un viejo olivo y una plataforma de meditación abierta al horizonte”

(Álex Chico, “Un final para Benjamin Walter”)

Fotografía: Memorial de Walter Benjamin, agosto 2018

«Para descubrir el sentido de la vida de un ser humano deberíamos tener la certeza de que podremos asistir a su muerte» (Álex Chico)