Retratos de España (157): Textos de Esteban Martínez Serra

En una fosa común…

En una fosa común arrojaron un cadáver recién hecho. [Hacer un cadáver no tiene mayor secreto, aunque cada pueblo tiene sus preferencias.] Cayó como un saco de cebada. Vestía el jersey de cuello de cisne que sus hijos le regalaron, por delegación, el día del padre. [Impacientes, fueron ellos quienes rompieron el celofán granate, el lazo inexperto]. Su cara encajó perfectamente en el costado de un joven al que se le oyó pedir clemencia. Los primeros disparos levantaron una humareda de estorninos. Después el silencio se posó como el polvo sobre el campo que nadie cultiva, y fue total.

Autor: Esteban Martínez Serra

Ilustración: Juan Barjola, “Escena de guerra II” (1967)

Le arrancaron las botas…

Le arrancaron las botas. Y lo aceptó. Con ellas se llevaron los pasos ciertos, la feliz caligrafía del camino. También la casaca. Y sí, un muerto puede vivir con poca cosa, pero resulta ridículo morirse de frío en pleno abril. Aunque lo aceptó. Le arrancaron el anillo y el collar; y eso no le importó porque bajo tierra la humedad es corrosiva y ningún signo de identidad es necesario. Pero alguien que pasó —no pudo verlo porque ya le habían cerrado los ojos— se llevó sus gafas, y ver borrosa la muerte lo asustó.

Autor: Esteban Martínez Serra

Fotografía de René Brut de la Matanza de Badajoz por las tropas sublevadas de Yagüe

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aquellas imágenes imprecisas

EL TREN

Me gusta el tren. Viajar en tren. Sentir el movimiento mientras permanezco estático. Observar por la ventanilla como el desplazamiento por el paisaje es cada vez más acelerado, sin tiempo para fijar las imágenes. Son borrosas, deliberadamente confusas. Se establece una disputa entre mi deseo de ver y el rechazo con el que las propias imágenes se ofrecen, desnudas.

El tren parte de la estación y acelera. Contemplo las casas de la periferia, ordenadas y tristes. Puedo, si estoy muy atento, asomarme a la vida de estos edificios anodinos de una época industrial caduca. Nada de lo que veo me hace feliz.

Pero puedo pensar y sentir. No tarda el tren mucho tiempo en abandonar estas viviendas y las casas se suceden cada vez más dispersas, hasta que desaparecen por completo. Ahora estoy solo con el paisaje que se recrea desorientándome. Es un decorado que juega a ocultar lo trascendente. Me regala postales que ocupan mi tiempo y salvaguardan mi vacío. A veces, la hipnosis del movimiento me permite creer que todo se ha invertido y que el paisaje no se mueve y soy yo quien se desplaza. Que no he quedado anclado en el pasado. Que la quietud es sólo una pausa y que recorro ciudades y horizontes buscando un álamo blanco.

Entonces una gota de lluvia que peregrina en diagonal el cristal por el que veo el mundo me revela que estoy vivo mirando la vida. Me acomodo en el asiento decidido a no perder detalle alguno de este espectáculo. En un montículo alejado distingo la figura de una niña. Pienso esperanzado que es ella quien se mueve; necesariamente nos encontraremos tarde o temprano. El pitido de la locomotora y una brusca sacudida del vagón desvelan que ni la niña ni yo nos movemos. Se mueve sólo el tren y es él quien nos aleja para siempre en un paisaje salvajemente hermoso.

Autor: Javier Solé, diciembre 2017

las cuatro estaciones (77): invierno en Teruel

Un relato que lleva por título “PREMONICIÓN”:

En la sierra de Teruel los inviernos son fríos y oscuros.; el aire seco y la tierra roja y arcillosa. Los días cortos y las noches largas. Los dos hermanos,  Manuel y Miguel, vivían en la misma calle, la única del pueblo; las casas, separadas por doscientos metros de barro helado. El gobierno ha prometido mil veces asfaltar la calle y en todas las ocasiones otros pueblos u otras promesas han sepultado la dicha de los pocos vecinos de la aldea de ver por fin urbanizado como Dios manda el pueblo, al estilo de la capital. Hay quien incluso cree que instalarán un semáforo.

Los dos hermanos viven solos desde que los hijos crecieron y marcharon a ver el mundo verdadero. Enviudaron casi el mismo año. Están cada uno en su casa, independientes. Cada cual sabe las manías que colecciona y, un suponer, si uno  se quiere tirar un pedo tranquilo pues de esta manera va y lo expulsa sin problemas ni estrangulamientos. O comer a deshoras, o llorar sin que nadie le moleste, rediez.

Esta noche, sin embargo, es distinta. Viene como más fría, más oscura, como más corta. Da hasta miedo imaginarla. Por eso, Manuel ha salido de casa expresamente para advertir a su hermano pequeño que el viento baja de la montaña malamente, que conviene cerrar las ventanas y revisar el establo y procurar que los animales estén tranquilos.

También le ha confesado a su hermano que le quiere mucho, que se acuerda de los padres de ambos, que por las noches piensa en su mujer -la suya, no la cuñada- y que no sabe si este año vendrá la primavera.

Miguel le ha recordado a Manuel que por la mañana tiene que ayudarle con unas tejas del cobertizo. Pero según parece Manuel hace días que anda falto de ánimos y de fuerza y se ha marchado a su casa acurrucado en su pelliza sin nada convenido.

A la mañana siguiente Miguel le ha encontrado en la cama con la rigidez de la Muerte dominando el cuerpo.

Cuando sus sobrinos venidos a toda prisa de la capital para el funeral le preguntan si padre había sufrido y si en la mirada del muerto había miedo o tranquilidad sólo consigue Miguel enmudecer y, después de un buen rato, murmurar que la ventana del dormitorio de la casa de su hermano estaba abierta.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Andrew Wyeth, “Untitled” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

to the brave

Recoger antes de que anochezca los papeles de regalo, por si pudieran ser reutilizados, y recapitular siempre con la cabeza en otro lugar.

– Un cuenco tibetano y doce varitas de incienso.
– Un frasco de colonia, comprado en la droguería del barrio y que patrocina un cantante que aborreces.
– Un pijama demasiado pequeño que habrá que devolver el lunes sin falta.
– Un libro de poemas, para leer en febrero.
– Una camiseta solidaria que financia la construcción del SJD Pediatric Cancer Center.

Y tristeza. Toneladas ingentes de tristeza.

Por la hendidura un nombre el viento ululaba.

Autor: Javier Solé, 06/01/2018

el último tren

Sólo llegué a conocer su nombre cuando en una cuartilla en el ascensor se anunciaba una misa de difuntos. Para entonces ya sabía de su Muerte, acontecida diez días antes y de la que los vecinos no fuimos avisados.

Celebraron sus pocos familiares y amigos un funeral íntimo, como corresponde a quien ha pasado toda su existencia a hurtadillas, entre el fulgor de una infancia rodeada de media docena de hermanos a los que no tardó en ver morir y el enigma de una vida adulta para la que todas las explicaciones son burdas y escasas. La lobreguez le acompañaba siempre. La vi infinidad de veces en la puerta de la escalera, al relente de la mañana, acurrucada como un ovillo, en pleno invierno con una manta raída y en verano con una camisa deshilachada.sarazhin-denis-07

Otros vecinos aseguran que algunas noches deambulaba por el interior del edificio, acomodada en alguno de los rellanos contiguos al de sus padres -el primero o el tercero- y contaba los segundos en voz alta y con la precisión de un relojero suizo. Casi siempre hablaba sola, en un murmullo o con voz más alta. No gritaba nunca, y le sobraban motivos. Era extremadamente educada, era extremadamente delgada. Era extremadamente infeliz.

Siempre la saludaba. Aunque tuviera una mirada perdida y las pupilas dilatas, ella te reconocía. Devolvía el saludo y te sonreía. A veces incluso se anticipaba a tu saludo y te sostenía la puerta abierta de la escalera. No estaba enfadada con el mundo y le sobraban emotivos. Simplemente carecía de asideros suficientes.

No sé por qué se mató.

Podría explicar detalles e imaginar las razones, inventariarlas en un relato acomodado a mi propia tristeza.

Era noviembre. Ya había anochecido. En noviembre son tan breves los días y tan largas las noches. No está claro fuera fruto de un impulso o de una acción premeditada. Escogió -o no- la estación de metro de su propio barrio y se abalanzó furiosa y desesperada a la vía en el instante preciso de aparecer un convoy. Los pobres tienen estas maneras toscas de matarse, con un toque de salvajismo que es ya un indicio de la falta de recursos. No disponen de dinero y carecen de la sofisticación suficiente para adquirir pastillas, viajar hasta un puente romántico sobre un río profundo o comprar el billete para un crucero y descolgarse por la popa estrellándose contra bloques de hielo en los fiordos.

Los pobres son brutos y soeces. Tanto que mi vecina -Elena, se llamada Elena- no tenía ni para un billete de metro y matarse en una estación alejada de la familia. Por ejemplo, la de Can Boixeres, como el suicida de Vitale. Aconteció una tarde lánguida y fría, en un mes triste, en el andén de la penúltima estación de la línea, en un día laborable en una ciudad obrera. No era la hora de máxima afluencia de usuarios, para satisfacción de la viajera del argentino.

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Más tarde me enteré que no se había arrojado a la vía. Que, simplemente, bajo despacio y en sigilo y que se había acurrucado como un ovillo, en posición fetal, esperando el final. O no tenía fuerzas o, sencillamente, quería sentir una minúscula complacencia antes de sucumbir. No fue una muerte épica. Fue un irse calladamente, hasta liberarse de la tristeza es triste.

Era habitual ver cerca de la escalera a su madre paseando un perro pequeño, un terrier. O en el supermercado, intentando sisear del poco dinero que le da el marido unos céntimos para comprar a su nieto una chocolatina a la salida de la escuela. Ahora hace muchos días que no la veo, ni a ella ni al perro, ni al nieto. Tampoco al marido, un hombre tosco que nunca acompañaba a su mujer.

Me preguntó, mientras aguardo en el andén la llegada del próximo tren, cómo afrontará el niño en el futuro estas esperas en la estación donde falleció su madre. Recorrer los supervivientes los espacios de los muertos es rememorar la vida. Tal vez evite esta estación dando un rodeo y caminando, solo, hasta la antepenúltima estación del tren. O prefiera el trayecto más largo del autobús.

Quien no tiene manera alguna de escapar a las imágenes es el conductor del metropolitano. Estuvo de baja laboral, lo han cambiado de línea. Pero no puede olvidar el bulto y el ruido del impacto y el serrín en los raíles. Todos los túneles de todas las estaciones le devuelven siempre aquella tarde de noviembre.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

el pescador y la niebla

EL PESCADOR Y LA NIEBLA

pescador-marAmanece en invierno, con el miedo al hielo y el anhelo de la nieve. La soledad conversa con el hombre de la orilla de la playa. A veces es sólo un murmullo deliberadamente imperceptible, como un secreto que se difunde con sigilo. La absolución queda en suspenso, pendiente de la magnanimidad de un pingüino ruin. La penitencia es el batir de olas durante horas en las rocas, bruñendo lo pétreo hasta desgastar la médula.

El pescador, este pescador, es un nuncio de la Muerte. La niebla, que no se levanta, encubre al asesino. El océano, este mar, la necrópolis de cien filibusteros. Los inmigrantes son, antes del naufragio, piratas del Nuevo Mundo.

La agonía de los peces es el último grito de la vida.

La pesca requiere, como la Muerte, como el ajedrez, perseverancia en el tiempo e indiferencia en la mirada. A veces, se mata por mera diversión. El aleteo desesperado y los ojos asustados son el bálsamo de los vesánicos.

El clamor de los ahogados desgarra la madrugada.

El albatros cercena el sedal con la rabia de la guillotina rebanando el bocio de la nobleza en la Francia jacobina.

Autor: Javier Solé, noviembre 2016

amores cotidianos (203): el televisor

Un relato de Miguel A. Molina que lleva por título “DEDOS”:

andrey-belle-13Con ella no hace falta leer entre líneas, ni buscar doble sentido a las palabras. Cuando necesita sexo se tumba en la cama, arquea la espalda y entrecruza los dedos apoyándose en la cabeza: es la señal. Él duda, pero sale de la habitación diciendo que regresa enseguida. Tras escapar, se sienta en el sofá y va cambiando de canal: del derbi del siglo a la última de romanos. Así, mientras él observa al árbitro señalar el punto de penalti o al emperador bajar el pulgar, ella se desnuda y deja a sus dedos deslizarse amorosamente por su cuerpo.

Autor: Miguel Angel Molina López

Ilustración de Andrey Belle

Fuente original: http://en99palabras.blogspot.com.es/2016/10/dedos.html

las cuatro estaciones (70): verano. En la playa con Begoña

Dos relatos de Begoña Abad que se incluyen en su libro “CUENTOS DETRÁS DE LA PUERTA”:

ESCENA DE PLAYA 1

La mujer gorda, embutida en un traje de baño que parecía de neopreno, me recordaba a los leones marinos. Incluso podía adivinarle gruesos pelos en el bigote. Se había puesto abundante crema protectora y se había dejado caer en una toalla de colores chillones La sombrilla no era suficiente para tanta humanidad. Desde mi posición, veía su abultado vientre que rompía la línea recta del horizonte, como una enorme sandía negra. A su lado una bolsa vacía de patatas fritas grasientas y una pinta de cerveza del chiringuito, donde luego se comería una paella de marisco que había encargado. Yo no podía apartar la mirada de una hilera de sudor que recorría los pliegues de su cuello y desaparecía en el profundo canal que separaba dos voluminosos pechos deformados, a punto de salirse del bañador en un estallido monumental. De pronto, una gaviota atrevida se posó sobre la mujer y comenzó a picotearla con furia. También debió pensar que se trataba del cadáver de una gran ballena.

ESCENA DE PLAYA 2

Aquel espécimen no se había puesto traje de baño en las últimas décadas. Las turistas rubias del diminuto biquini rojo le miraban disimuladamente por encima de las gafas. Había llegado a las doce de la mañana, con una colchoneta de plástico y se había tumbado sobre ella. Su cuerpo, de un blanco lechoso, tenía aspecto de pez con el vientre hacia arriba, olvidado por la marea. Aún se le notaban las marcas del elástico de los calcetines. En contraste, mantenía una gorra que le daba aspecto de capitán de fragata en una película cómica. Ni cinco minutos habían pasado y se le escuchó un silbidito acompasado a modo de ronquido. Tres horas y media más tarde abrió los ojos, intentó incorporarse y lo hizo con la colchoneta pegada a su espalda a modo de bandeja para un cangrejo recién hervido, que era lo que ahora parecía. Para entonces la marea había bajado. El pobre hombre pez tuvo que caminar de aquella manera ridícula, para darse un baño que le despegara el plástico de la piel sin arrancársela a tiras.

Ilustraciones de Eric Fischl

soledad

Cada mañana el hombre enjuto, de pelo canoso, levemente encorvado y mal alimentado, descuidado en la vestimenta y sin afeitar, con un rostro apagado, camina empujado por la correa del perro de su esposa y acompañado por la tristeza.

Tiene todo el día por delante para ejecutar sin ánimo las tres o cuatro gestiones irrelevantes, sin apenas una pizca de importancia, que la intendencia doméstica le exige realizar pero las hace a primerísima hora del día pues viene de una noche triste y larga a la que precedió una tarde aburrida y monótona.

Los días se suceden indiferenciados; algún día el sol se esconde en unas nubes grises, otras luce espléndido y demoledor, unas pocas veces llueve de forma tímida y apocada y sólo en muy escasas ocasiones una tormenta descarga su ira en este barrio periférico donde los niños juegan en la calle bajo la atenta vigilancia de abuelas prematuramente jubiladas en una empresa textil deslocalizada.

Este hombre que arrastra toda su tristeza, su minúsculo futuro y una carretilla llena de recuerdos es el mismo que hace años paseaba por la alameda, cogido del brazo de una mujer afable, inmensamente gorda y feliz, de respiración agitada pero mirada dulce, que sucumbió en unos pocos meses de un cáncer. Fue una enfermedad tan intensa y breve que el hombre quiere creer a veces fue un mal sueño.

Pero luego, entre la ropa sucia sólo hay calcetines y calzoncillos. No tiende nunca ni un sostén, ni una blusa, ni una falda. Y mientras la escasa ropa del hombre viudo da vueltas en el tambor de la lavadora mi vecino se siente solo… hasta que el perro de su esposa muerta le lame la mano.

Hoy, al mirar por la ventana de la cocina y quedarme unos minutos absorto pensando en Laia, he visto al hombre enjuto, de pelo canoso, aspecto desaliñado, que caminaba sin la correa del perro.

Me temo que ahora si estamos los dos definitivamente sin nadie.

Autor: Javier Solé, agosto 2014

Ilustración de Gary Bunt

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Eduardo

“… a la tierra se regresa
antes de crecer en ella”

(Tulia Guisado)

Conservaba sólo una docena de fotografías del hijo muerto. El embarazo había sido físicamente complejo, con instantes intensos de bienestar psíquico, de felicidad ahora proscrita. El parto, prematuro, fue largo, difícil y, endiabladamente, peligroso. Para ambos. Ya ella tuvo que indicarle al doctor que diera prioridad al hijo sobre la madre. Pero la ciencia suele batirse en retirada cuando la guadaña reclama con vehemencia que alguno de los vivos sea sacrificado.

La noche era larga y un caballo sin montura cruzaba al galope un paraje calcinado. Era la misma muerte que venía a desgarrarle el alma, degollarla entera, sembrar una herida y un dolor incurable, insoportablemente despiadado.

Hubo noche, y a las noches les sucedieron los días. Y los días murieron en noches. Y esta sucesión no trajo nunca la luz, sólo el péndulo de una lámpara hospitalaria que tiritaba de miedo y de frío, más de miedo que de frío. ¡Qué dolor morirse y que cruel ver morir!

A los ocho meses le sucedieron sólo nueve días. Puedes pensar que nueve días no son mucho, y es verdad que vivir sólo nueve días es poquísimo, es una miseria. Cuando se es niño nunca vives lo suficiente, sean nueve días, nueve meses o catorce años. Pero nueve jornadas de enfermedad, de agonía, y si son los primeros nueve días de vida, son una bomba de plutonio; la percepción del tiempo, en mitad del dolor, confunde los minutos con las horas y las horas con los días y los días con unas pocas semanas, acaso una y una décima de la siguiente. Y el vacío cavando fosas en el alma.

Transcurridos unos meses del entierro, el padre, un día, preso de este dolor incrustado, confesó que tal vez hubiera sido mejor que el bebé hubiera muerto en el útero, que no hubiera llegado a nacer, que no fuera posible recordar se movía y lloraba, se aferraba al pecho con una locura infame. Que verlo durante una semana -nueve días, en realidad- fue un tormento añadido para el niño y para los progenitores.

A ella, sin embargo, este pensamiento y su exhibición impúdica le molestaba. Aunque no lo citaba por su nombre -y utilizaba el genérico niño- se sentía reconfortada por haberlo visto nacer, por haberlo tocado, por haberlo besado, haber intentado darle de mamar, acogerlo en su regazo en la UCI hasta que dejó de respirar y hasta una hora después.

Los muertos no nacidos no tienen rostro aunque tengan nombre. Son un legajo, algo o alguien que es y será sin llegar a haber sido, pero el niño enfermo sepultado en lavanda y sábanas blancas con las iniciales del hospital ha sido, aunque sea su existencia breve. Tiene rostro y tiene nombre.

Los padres del niño muerto terminaron por separarse. Seguramente, fueron incapaces de afrontar de manera conjunta la tragedia. Ambos “rehicieron” su vida, otra vida. La supervivencia tiene leyes poderosas que nadie desafía con éxito. Los dos, por separado, tuvieron otras relaciones, parejas nuevas. Pero, y esto es lo más curioso, ninguno de los dos tuvo descendencia.

Eduardo se llamaba el niño que nació demasiado pronto y demasiado pronto murió. De ningún otro modo hubiera podido titularse este relato.

Autor: Javier Solé, noviembre 2015

 Fotografía de Brooke Shaden

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)