la tejedora de bufandas

LA TEJEDORA DE BUFANDAS

“Al pasar la barca
me dijo el barquero
las niñas bonitas
no pagan dinero”

(Canción popular)

La madre de mi madre a su hija le cantaba. Y mi madre a mí me la cantaba. Genealogía y perpetuo casan mal en esta historia.

En las noches de verano la abuela teje en silencio, frente al televisor, las bufandas. Una para su primo suicida, otra para el padre fusilado, la tercera de colores para una hija loca y otra para la hermana enferma. Y la última para una niña muerta.

Esta es la nana que la yaya cantaba mientras cardaba el pelo de su hermana calva. La que el padre le tatareaba y el primo receloso escuchaba.

Fue, también, la nana que la hija entonaba mientras alisa los cabellos de la niña inerte que con los ojos todo lo miraba.

La gabarra con los cinco zozobraba.

Y Caronte sonreía.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Edgar Ende, “The Cosmic Knitter” (1948)

la última tarde del mes de agosto

La última tarde del mes de agosto una lacónica melancolía invade los viñedos.

Estamos mudando de forma imperceptible y el ahora es ya el ayer y el mañana una daga en los recuerdos.

Hace ya muchos días que los vencejos han huido. Aquellas nubes, plañideras de un hechizo proscrito. En esta lluvia de la última tarde del mes de agosto el embrión de un quebranto. Pronto el camino será un lodazal impracticable.

La última tarde del mes de agosto el retorno de la infancia reflecta nuestras voces en los charcos.

Bienaventurados los mudos que me siguen hablando.

Autor: Javier Solé, agosto 2021

Fotografía: viñedos de Can Bonastre (Piera) (Anoia)

mar abierto

MAR ABIERTO

“Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz”

(Jean Anouilh)

No pudieron engañarle. Él sabía que las dos últimas semanas habían sido decisivas. Trascendentales y estremecedoras. Ella adelgazó hasta la lividez y los movimientos de su cuerpo eran cada vez más torpes. Él la miraba conmovido e impotente, como relojero que mesura el tiempo menguado. Cada día de esta inapelable pérdida se festejaba con una sobriedad descreída. Como agnósticos merodeando en el claustro de un monasterio benedictino.

Una tarde ella ya no regresó y él supo entonces que no volvería a verla. Cuando la madre depositó la urna con las cenizas en la vitrina del salón él se tumbó en la alfombra, frente a la arqueta con los restos volátiles de su dueña. Día y noche. Incansable al desaliento. Sin comprender cuanto aconteció, vislumbrando cada madrugada la magnitud de la alborada. Y devino el silencio melodía sincopada del duelo.

Una mañana de invierno los padres viajarán desde Castilla hasta el mar y allí despedirán a la hija.

La fidelidad del chucho de mi vecina, que custodia con esmero y devoción el alma de su ama me trae con amargura a la memoria aquellos perros que, en las playas argentinas, ladraban con rabiosa desesperación a los aviones que buscaban alta mar.

El piélago, tierra de asilo y exilio.

Autor: Javier Solé, agosto 2019

Ilustración: Iván Aivazovsky, “entre las olas” (1898)

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

las calles de la infancia del abuelo

A Gabriel

Recuerdo que aquellas tardes en casa del abuelo transcurrían con una calma enigmática, cuando yo regresaba de la escuela e iba, a regañadientes, a visitarlo. La abuela preparaba la merienda – los lunes tarta Balcarce, los miércoles alfajores y los viernes pastafrola; los martes y jueves tenía natación y me recogían mis otros abuelitos-. Esas tardes, mientras yo me embriagaba con aquellos dulces deliciosos él permanecía levemente absorto y taciturno, completando un inmenso puzzle que reproducía una calle de La Boca -más tarde, cuando estudié en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de Cárcova supe era un grabado de Collivadino-. Puedo evocar ahora la minuciosidad con la que estudiaba cada una de las piezas y su encaje; sus manos torpes y enjutas, la cabeza ladeada hacia la ventana como si algo o a alguien estuviera esperando y la mirada extrañamente extraviada, con una condensación recóndita.

Lo recuerdo siempre callado y distante pero su silencio era cálido y sus pocas palabras luminosas. Cautivo del hechizo de su tristeza y su ironía.

Supe por mamá que el abuelo fue aficionado a los rompecabezas desde que llegó a Barcelona, aunque yo he sospechado siempre que era una afición que ya venía de la infancia. Cuando lo quise investigar la abuela ya había muerto. Tampoco pude preguntar a los hermanos de mi abuelo. Nosotros somos una nueva estirpe que nace del exilio. La dictadura militar ha borrado mis ancestros, mi linaje es escuálido y macilento.

Es por eso precisamente que yo creo que el abuelo cuando adulto afrontaba la tarea paciente de los puzzles para no recordar los tormentos en el Club Atlético, las descargas en los testículos, los orines y la sangre en la leonera y ya viejito seguía horas y horas enfrascado -ensimismado- en esos gigantescos rompecabezas para no olvidar, para que la enfermedad dominara sólo sobre el tormento de sus huesos, preservando entera la memoria, nuestros nombres -los de los hijos y los nietos, los de amigos y vecinos- y los de todos los ausentes.

El día que volvimos del entierro del abuelo el puzzle estaba encima de la mesa de madera, las pocas piezas todavía no encajadas apiladas a un lado. Mientras mamá preparaba en la cocina el mate que bebía a sorbitos por la tarde el abuelo yo, instintivamente, ensamblé las últimas piezas del último puzzle del abuelo. Sonreí al recoger una de ellas -la requeteúltima, la definitiva- que calzaba una de las patas de la mesa.

Al alzar la vista abracé la idea de venir a Buenos Aires. Y dibujar en la memoria y en el lienzo las calles alegres de la infancia del abuelo.

Autor: Javier Solé, diciembre 2019

Ilustración: Pío Collivadino, “Una esquina de la boca” (1946)

de tres bolas

DE TRES BOLAS

Iba de la mano de mi abuelo desde la vaquería de la calle Providencia hasta la Plaza Rovira y los helados de aquel último verano sin guerra perduraron en mi madre sosteniendo las noches del destierro donostiarra en la sima de la dictadura, ya huérfana de padre y de infancia.

Recorría el arenal del Grao con la primera horchata de la temporada. Iba con mis padres y mi hermano. Todavía no llevaba pantalones largos y una camarera rubia fue mi primera novia. Era el verano para oficinistas del Banco Central, adictos al régimen del general, en la Residencia del Carmen.

Tal vez fuera en la Jijonenca, o regresando de la playa de Cunit. En un pueblo blanco de Andalucía. O la noche de Sant Joan en el Pirineo, cerca del cielo de Boí. O no fue conmigo sino con sus amigas, antes de comenzar el bachillerato, en la Plaza del Ayuntamiento, cuando al declive del verano le acompaña un aguacero diminuto. No sé, no recuerdo ni olvido el último cucurucho de pistacho con mi hija.

Autor: Javier Solé, junio 2021

Fotografía: Esther y Laia, Guadalest (Alicante), julio 2006

el cementerio de los ingleses

Solíamos agotar la tarde avistando desde el cementerio de los ingleses las barcas de los pescadores que vuelven a la ensenada. Era ayer y es siempre.

La maleza medra entre lápidas y mausoleos y los nombres de los que partieron son ya olvido. No es tarea fácil discernir el movimiento imperceptible del Cantábrico; el bóreas susurra una endecha que las piedras escuchamos en silencio. Una lluvia fina nos bendice. El iris de tus ojos se refleja en el índigo. Ninguna inquietante sombra diezma el gozo liviano. Este ocaso será el último adagio.

Cae, de súbito, una noche y pleamar irrumpe en nuestro edén. Tú, poco a poco, renuncias a respirar. En la playa los guijarros amortajan a una sirena.

Este otoño en el Paseo Nuevo las mareas vivas están bramando el desgarro.

Para que tu nombre sea siempre recuerdo y la maleza no enmascare la historia franqueas las olas de nuestro mar, del agua que secuestraba tus ojos, y desde los altozanos cercanos las ermitas de adobe de los ateos custodian tu travesía con celo. Bienaventurado éxodo sin fin.

Autor: Javier Solé, noviembre 2019

Ilustración: Oswald von Glehn, “Boreas and Orithyia”

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

la vida y la muerte (195): la cometa

LA COMETA

“Mientras esté oscuro todos seremos niños”

(Ana Pérez Cañamares, fragmento de un poema de “Las sumas y los restos”)

Sobrevuela la cometa el mar. Dibuja sonrisas, corteja con requiebros las nubes. Los albatros, asustados, recelan de este astro y planean el magnicidio.

Enmudece la ensenada entera antes del rayo verde. El niño, arrodillado junto a la cometa enferma, llora; no por el valor escaso de la birlocha rota, sino por ver destruido el último recuerdo vivo de su padre, el regalo que le entregó aquella misma tarde que fue movilizado en una guerra de la que nunca regresó.

Autor: Javier Solé, junio 2014

Ilustración: Adam Emory Albright, “Niños jugando con cometa”

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

yo y los demás (144): papá

PAPÁ

Asomar la cabeza por la ventana y contemplar como mi padre avanza poco a poco por la calle al encuentro del primero de los autobuses, de regreso a casa después de comer. Ha recorrido la ciudad entera de punta a punta para venir este mediodía a comer conmigo el menú diario en una taberna del extrarradio con mantel y servilleta de papel.

Una vez al año -siempre en jueves, por la paella- con los restos de los tickets que en el trabajo me proporcionaban le invitaba al ágape. En mi fuero interno yo le reprochaba su interés por verme sólo cuando era gratis. Fuimos siempre dos desconocidos.

Cuando mamá falleció empezó a visitarme más a menudo, casi cada mes. Siempre en jueves, por la paella. Y empezó también a pagar estos banquetes cercenados por el tiempo y el regreso apresurado a la oficina. Debía emprender casi una expedición con tres autobuses diferentes para llegar desde su minúsculo piso de divorciado -ese que no llegué a visitar ni media docena de veces en veinte años- hasta las torres de la oficina donde yo malgastaba la existencia con absurdos asientos contables. Entonces no sabía -aunque lo intuía- que encontraba -o buscaba- papá en aquella hora y poco que compartíamos. Este mediodía vuelvo a evocar mi ternura al observar como mi padre camina con fragilidad y delicadeza -la elegancia de quienes acompañan a la soledad- mientras espero la llegada de mi única hija y leo en el último verso de un poema “leve sombra fugaz sobre la tierra” y pienso en él, en mi padre, y en su andadura vacilante y en todos los hombres humildes con los que un instante de compañía es toda la eternidad.

Autor: Javier Solé, marzo 2021

Ilustraciones de Lennart Jirlow

las cuatro estaciones (136): invierno. Copos de nieve en Dakar

Los copos de nieve que imagino recomponen la tarde. Y mi vida. Tiempo de nostalgia en estos crepúsculos deliberadamente deshabitados. Hace años abandoné la casa de mis padres. No construyo un futuro en este continente. Me limito a vivir el presente. No estoy huyendo del pasado, sólo afrontó las heridas con aplomo. Pero ahora, hoy, los recuerdos de diciembre en Barcelona dibujan un muñeco de nieve. Mi hermana con una rama muy delgada y frágil inventa las manos, yo concibo los ojos con dos nueces y mi padre idea con una zanahoria la nariz. No es un muñeco perfecto. Ni siquiera puede permanecer erguido más de media hora.

Habita mi memoria de diciembre un árbol y un pesebre de cartón. Al establo le faltan el niño y el buey; el churumbel yantar del cabestro, a la bestia le degüellan los pastores. Conservo la última carta de mi hermana, fragmentos de juguetes rotos que ya nadie ha querido reparar, calcetines horadados de mi madre que ya nunca enmendó.

Puedo, a cuatro mil cuatrocientos setenta y cuatro kilómetros de distancia, esbozar una imagen de mi hogar.

En el paseo parpadean las luces. El viento musita un villancico fúnebre. El redoble de campanas, inaudible. Dos viejos caminan juntos. A uno le duele el corazón, a la otra le devora la tristeza. Van juntos camino de la muerte. Solos.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

el aprendiz de brujo (641): los poemas de los prisioneros

UN SUEÑO

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Autor: Jorge Luis Borges

Ilustración: Remedios Varo, “tres destinos” (1956)