la vida y la muerte (122): los senderos del alma

LOS SENDEROS DEL ALMA

De vez en cuando, aparecen en mi mente imágenes de antaño. Algún perfume, la melodía de una vieja canción, una mirada familiar o un objeto perdido en el desván, abren senderos que me transportan al pasado. Ocurre entonces, que mis ojos cansados, las arrugas de mi piel y este cuerpo que a duras penas sostiene mi alma, se transforman y dejo de ser, por un instante, una frágil anciana, para convertirme de nuevo en la niña que fui. Camino por el campo ligera y despreocupada, como si flotara sobre la hierba, y me recuerdo a mí misma lo hermosa que es la vida y que debo aprovecharla hasta el último latido, hasta que el sol se oculte por última vez en mi horizonte y hasta que mi espíritu se aleje, tranquilo y sereno, por inescrutables caminos de paz, sosiego y silencio.

Texto: Alex Mirc

Fotografía de María Tudela Bermúdez

la vida y la muerte (120): la última vez

“Todas las noches, la misma despedida. Cuando ya estaba acostada en la cama, mientras yo la arropaba, apagaba la luz y le dejaba una bombillita “quita miedos”, ella abría enormemente los ojos, me tomaba la cara entre sus manos y susurraba: «perdona lo que te haya hecho hoy y gracias por todo lo que haces por mí». Yo le quitaba importancia con alguna broma y le daba otro beso de buenas noches. Pero, esa noche fue distinto. Apenas un sutil cambio en los tiempos verbales que helaron mi corazón. Cuando escuché «perdona cuanto te haya podido hacer y gracias por todo lo que has hecho por mí», solo tuve ganas de salir corriendo y no escuchar. La abracé, la besé y salí de su habitación con cierta prisa. Ambas supimos que era la última vez.”

Autor: Amelia Díaz Benlliure

Ilustración: James Ensor, “Mi difunta madre” (1915)

la vida y la muerte (108): los progenitores

Los aparecidos

Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.

Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.

Autor: Fermín López Costero

Ilustración: Laurits Andersen Ring, “Mogenstrup Church” (1889)

diáspora

Dos hombres desaliñados salen del mar. Visten un traje negro descosido y sólo calzan un zapato. Uno de los hombres el pie derecho y el otro el izquierdo. Es el mismo modelo de calzado y el mismo número. No es inverosímil sea esta indumentaria fruto de un reparto solidario entre ambos.

Los dos caminan desplazando el cuerpo torpemente, con una leve burda cojera. De la espalda de cada uno pende un instrumento musical; el hombre con el zapato en el pie derecho acarrea un piano y el hombre con el zapato en el pie izquierdo un violonchelo.

Recorren apesadumbrados la playa. En la arena quedan sólo las huellas de los pies descalzos. Peces ciegos sin vida duermen en la caja de resonancia del piano.

El paraje es agreste. Un faro tuerto es la única edificación que los dos hombres vislumbran en su errático rumbo.

Caminan durante semanas; en ocasiones intercambian los zapatos. Otros días –pues el viaje dura meses- uno va descalzo y el otro lleva en cada pie un zapato. No intercambian nunca los instrumentos musicales.

Los dos músicos –porque es plausible sean estos hombres conocedores del oficio, ¿qué sentido si no tendría acarrear un instrumento del que no sabes extraer sonido alguno?- estos dos músicos, sigo, atraviesan un bosque de abedules y canturrean un zemer en hebreo. Siete alondras escapan asustadas de la copa de los árboles y vuelan huyendo de la chimenea que expulsa el alma de los prisioneros a la atmósfera mientras los primeros acordes de los músicos resuenan en la explanada desierta donde las vías del ferrocarril mueren, justo en el pórtico del infierno.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

amores cotidianos (242): el desencanto

Un relato de Miguel Ángel Molina que lleva por título “DESENCANTADA”:

Con solo veinte años ya se ha cansado de buscar el amor para solo encontrar cuerpos desconocidos que la ofrecen polvos rápidos con regusto a tabaco, indiferencia y alcohol. Le ha sobrado tiempo para descubrir que esos príncipes azules portadores de la felicidad, que le vendieron de pequeña, eran una gran estafa. Tiene asumido que jamás encontrará a alguien que realmente merezca la pena y que deberá elegir a aquel que le venda las mentiras mejor que los demás. Para compensar su suerte se ha propuesto que de esa relación no nazca ninguna hija. Así podrá detener la cadena.

Autor: Miguel Ángel Molina

Ilustración de Sandra Flood

Fuente original: http://en99palabras.blogspot.com.es/2018/03/desencantada.html

 

hendidura

HENDIDURA

Lo primero que mudó, a las pocas horas del regreso del sepelio, fue la mirada. Se tornó triste e indefinida, abandonando ya por siempre la observación del mundo.

Perdió el apetito y el pelo encaneció. Dejo también de peinarse y ya no volvió jamás a la peluquería. No compró ropa ni estrenó ningún vestido del armario.

En la casa el silencio gobernaba los días y una vela por las noches presidía las tinieblas.

Solía pasar las tardes de verano ovillada en el sofá cubierta con una manta. En invierno leía. Empezó a acostarse cada vez más pronto, aunque por las noches permanecía durante horas despierta en posición fetal. No lloraba. No podía. No le salían las lágrimas.

A veces la mirabas y parecía que hubiera encontrado la paz, o el sosiego. O era sólo calma. Mentira. Hubiera podido regar con toneladas de desesperación cualquier edén. En sus ojos sucumbía cualquier ventura. Ningún funambulista hubiera vadeado sus pupilas.

No tardaron las puertas en comenzar a cerrarse; sólo una vaporosa regresión a la infancia fue un oasis fugaz. Un júbilo tenue. No sé si se trataba de su propia infancia o de otra.

A los veinte meses las manos sajadas. Y unas heridas que nadie nunca -ni papá, ni yo, ni la abuela- supo o pudo sanar. Se estaba desvaneciendo poco a poco. Las cicatrices fueron una hendidura por donde la luz entró.

Hasta que el estremecimiento de la vela esbozando un baile en el pasillo, presagio del declive, se apagó.

Mamá había muerto el día que enterramos a mi hermana.

Autor: Javier Solé, abril 2018

Fotografía de Laura Makabresku

en los acantilados de Moher

BANSHEE

Llevo a tu descendiente no nacido de mi mano. Estamos frente a los acantilados de Moher. Yo no hablo; los vivos, séquito silente de los ausentes. Él esconde pequeñas piedras talladas para ti en los bolsillos de mi gabán. Estos guijarros son los versos de Machado en Colliure. Mil gaviotas en círculos concéntricos. El martillo del océano en las rocas. El clamor del viento en el promontorio. Y yo: no puedo oírte. Muero sin tu voz. Advierto sólo el llanto de la mujer con sudario. El infortunio, hija, se obstina en no ignorarnos. El miedo gravita mientras el confín se ensancha. Súbito, evoco aquellas tus tardes del cinco de enero en este crepúsculo de verano.

Autor: Javier Solé, julio 2018

Ilustración: Laura Knight, “On the Cliffs”

un saltamontes en los olivos

UN SALTAMONTES EN LOS OLIVOS

Es la noche. El celador, centinela del sueño, escribe cartas a su hermano. La danza de las pupilas incandescentes y la tráquea ignífuga.  El eco de los cascos de las yeguas perseguidas por la luz. La soledad del vigilante extraviada en la eternidad del crepúsculo. Las hormigas, peregrinas en el pasillo, con fragmentos de bizcocho ensangrentado. Los residentes juegan con las calaveras de los niños; una mujer mastectomizada amamanta una jirafa en llamas. Y un poeta declama con rabia versos ateos desde el tejado. Dios no le escucha. Dos cuerpos, hombre y mujer, copulan con obscena furia en la enfermería.

Amanece. Siempre amanece. Invariablemente, la luna precede al sol. El celador regresa caminando por los campos a la casa amarilla. Durante el trayecto alza los brazos y los mueve como si fuera un cuervo del futuro. Si supiera alguien que es capaz de anticiparse a lo que acontecerá no le permitirían abandonar el sanatorio.

Por las tardes, el celador pinta nubes amarillas y cipreses rojos. Sólo detiene el trazo del lienzo cuando escucha con la oreja izquierda el llanto de una muñeca encamada en la planta octava.

Autor: Javier Solé, enero 2018

Ilustración: Van Gogh, “Patio del Hospital de Arles” (1889)

 

la infancia (65): las máscaras del teatro

NIÑO EN EL CEMENTERIO

“queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.”

(Batania, fragmento del poema “La muerte”)

Ante la tumba del padre abraza el huérfano a la viuda anestesiada. Al niño le gusta el cine y el teatro; disfrazarse con exóticos vestidos y representar ante sus padres los personajes más excéntricos.

Pero asumir ahora el papel de hombre que todos le reclaman le parece precipitado, hubiera deseado muchas más horas de ensayo y retrasar indefinidamente la noche del estreno.

Autor: Javier Solé

Ilustración de D. Costras

doble identidad

Por la ventana enmohecida un anciano frágil escudriña el horizonte. La saliva en la barbilla se columpia hasta formar lamparones en la ropa y el calzado.

El octogenario mira el infinito con indiferencia.

No está ni sorprendido ni asustado. Ya nada puede impresionarle ni tampoco nada puede atemorizarlo.

Se superpone a esta imagen otra de un niño que se balancea furioso en una silla de mimbre. Golpea su cabeza en el respaldo. Es un gesto violento. Rezuma rabia. Dirigido contra sí mismo pero también contra quien lo observa. Se sabe espiado.

Me pregunto dónde estoy yo. Si soy alguno de esos dos sujetos; el nieto o el abuelo. O si soy ambos. Puede que exista entre el niño y el viejo un vínculo sostenido en el tiempo. O no. Puede que yo sea la bisagra entre ambos, la conjunción copulativa -o disyuntiva- entre oraciones, la traslación entre las imágenes. El fundido que las une y las separa. El negro del silencio. La oscuridad.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Ilustración de Lita Cabellut