amores cotidianos (235): desenfreno

DESAFORADA

He pensado en la tensión de los arcos y las flechas como metáfora del deseo. Cuando vi tus ojos, exactamente cuando vi el brillo en tus ojos, ese brillo capaz de romper oscuridades, pensé en cuánto dura el asombro. Porque ya necesito ser la punzada que cruza tu carne y tu sueño para así sentirme viva, porque ya necesito recorrerte ansiosa y desaforada y deshacer las tormentas en tu cabeza. Necesito mi ansiedad, que ya soy yo, como un cuerpo latiendo dentro de otro cuerpo mientras se me rompen los espacios que ansío desafíes. Y aunque después el dolor, como un flexo que se encorva en mitad de la noche, venga a buscarme con su luz enferma, a derrumbar mis sueños de piel y violencia cuando son lo único que tengo, te digo que no me importará romper los márgenes y disparar justo en el corazón de las cosas. Presas livianas y hermosas que desenrosquen los vacíos. Que sonría el pecho. Batiente. Leer y destruirse. Escribir y deshacerse. Aceptarse continente de carne y kilometraje trucado.

Autor: Julia Roig, MDN

Ilustración de Anka Zhuravleva

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calle melancolía

CALLE MELANCOLÍA

“abriendo zanjas de luz a cabezazos

(Ángel Guinda)

Ella al verme ha dibujado una sonrisa sincera y cálida. La mía era un esbozo perturbado. Ella hubiera querido detenerse, abrazarme y besarme. Mi frialdad -o un pudor ante la intemperie- ha devaluado el encuentro a un saludo afectuoso en la distancia.

Al recorrer unos metros me he girado para ver como se alejaba. Era ya la mirada triste de quien se despide sin tener la certeza del reencuentro. He intentado racionalizar mi desasosiego; yo para ella soy el padre de la amiga, ella para mi es el futuro hurtado.

El tiempo conjuga el olvido. No tengo con quien hablar de ti, ni siquiera puedo mencionar tu nombre. Queda el pasado negado en este encuentro fortuito no consumado. Querría evocarte sin que nos hagas daño. Esquivo la compasión sin descubrir que era solidaridad.

Hay quienes son capaces de recordar con ternura pero yo sigo caminando dejando atrás el mundo de los vivos. Te merecías tanto ser feliz.

Autor: Javier Solé, febrero 2018

Ilustración: Vincent Giarrano, “Runes”

los perros del parque

“Moriré como todos y mi vida será oscura memoria en otras almas” (José Luis Hidalgo)

Busco refugio en un rincón del parque. Soy un inútil que llora en silencio. He dejado de pensar en mi madre. Y en su muerte. Que fue dulce y un alivio para ambos. Mi padre imploraba sollozando que no le abandonará pero falleció solo.  El día que moría fui primero a la peluquería.

No he sido un buen amante. Ni siquiera esposo. Tal vez, no sé, un compañero aquí y allá. Tuve pocos amigos y me temo que no siempre estuve a la altura de las circunstancias. Merecían mucho más de mí. Ningún empleo colmó mis expectativas y sólo en insignificantes batallas vencí al patrón o derroté a sus esbirros.

No pude salvar de la Muerte a una de mis hijas ni consolar a su hermana. Soy un inútil que llora en silencio.

Los perros del parque orinan en mi bufanda, que cae despacio del árbol viejo.

Autor: Javier Solé, marzo 2018

Ilustración: Jack Butler Yeats, “Good Evening Men” (1950)

amores cotidianos (230): letanía de gemidos, fundir el mar

NUESTRA LETANÍA

Puedes imaginar lo que es tocar el fondo de esta mujer y que te alejes más adentro todavía porque no sabes zafarte del deseo. Que te abordo y busco abrigo en tus días fríos, cuando estás en bajamar, imaginando calas y soles, y yo te los doy, te los regalo. Y que tu piel sea el sudario de esta pequeña muerte que nos provocamos por el placer de resucitarnos con los labios, con nuestras lenguas, con nuestro aliento, con nuestro llanto. Buscándonos el pulso a tientas, como dos ciegos hambrientos. Hambrientos de sudor, hambrientos de rabia, hambrientos y violentos. Muy violentos. De los que se miran con odio porque todo acaba mañana. De los que se aprietan como si quisieran detener el tiempo. De los que adolecen de puertos y aeropuertos. De los que con la fuerza telúrica de las palabras sangran. Desobedéceme y quédate dentro. Montero dice que vivir es ir doblando las banderas. Yo quiero que vivir sea perderme en las esquinas de tu piel, soñando cremalleras y el área que crean nuestros conjuntos cuando confluyen. Ser tu bálsamo y tu humedad. Que atentes en mí una y otra vez, hasta que el cansancio te rompa y yo tenga que acercarme, más todavía, con ansiedad y buscar cada grieta, por esta letanía de gemidos que son nuestro único canto y que no quiero dejar de escuchar. Romper el remo que nos aleja. Fundir el mar en un charco. Y nada más.

Autor: Julia Roig

Fuente original: http://missdesastresnaturales.blogspot.com.es/2012/06/nuestra-letania.html?m=1

Ilustración: Malcolm Liepke, “Curled Up”

los amores cotidianos (228): sopa de letras

EL DELATOR

La cabeza sin ojos de un pez forma, con las letras de la sopa, nombres de mujer. No es sabiduría de esta merluza -si así fuera, ¿cómo explicar que dejará que el anzuelo se incrustará en su boca?-, es, básicamente, una habilidad convertida en destreza, que le permite leer mis labios.  De este modo, conoce tu nombre y el de todas las amantes con las que te soy infiel.

Cuando amaine el invierno volveré a cenar pizzas congeladas. Son más discretas. La de champiñones es la que mejor guarda un secreto.

Autor: Javier Solé

Ilustración de Slawek Gruca

Pájaro en psiquiatría. Un relato de Javier Solé y dos poemas de Begoña Callejón

PÁJARO EN PSIQUIATRÍA

En el pabellón de psiquiatría, un minero prematuramente jubilado al que la silicosis no ha doblegado todavía, arrastra los pies recorriendo, nervioso, en círculos concéntricos, el pasillo.

Por la claraboya se filtra una luz mortecina, que no distingue entre noche y día. Siempre una iluminación tenue, enfermiza, hepática.

Desde una de las habitaciones se escucha el insistente y brioso canto de un canario a cuya compañía se aferra una abuela abandonada por sus hijos y por los hijos de sus hijos. Este canto del pájaro es la prueba irrefutable de una mañana que acontece sin sobresaltos.

Las manos del minero, toscas y temblorosas, acunan al canario y el pañuelo con esputos, ceremoniosamente desdoblado, es una mortaja para el pajarillo.  Murmura el hombre enfermo que todos deberían abandonar el lugar, que la muerte del enjaulado es un presagio del aire irrespirable de este manicomio. Que los electrodos de la sala de curas son el grisú de la galería.

Nadie responsable del pabellón de psiquiatría ha dado instrucciones para proceder a la evacuación de los enfermos, pese a los reiterados avisos del paciente.

Aquella noche, cuando todos duermen plácidamente, el minero con los pulmones negros y el alma rota, fuma a escondidas en el camastro la colilla de un pitillo que unos minutos más tarde arde y extiende el fuego por el pabellón.

En el recuento final los bomberos cifran en una docena los muertos.

Autor: Javier Solé, septiembre 2015

Ilustración: Fabritius, “el jilguero atadao”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

“Desde que nací vivo en un psiquiátrico. Me amamantaron aquí. Estoy postrada en una cama oxidada, vestida de blanco. Veo pasar a enfermeros, a médicos y algún despistado. La vida pasa en círculos rojos. Círculos de muerte. Prometo que no volveré a tomar pastillas, a cortarme las venas o a lanzarme al mar. Prometo que seré humana. Loca, loca, eres una maldita loca, eso es lo que me dicen todos los días. Nunca cambia nada, todos los días son iguales. No se si algún día saldré de aquí”

“Más tarde, cuando todos agonicen, pintaré las paredes de negro. Colgaré en las esquinas pájaros muertos y en las puertas pondré sus nombres. Cuando mueran yo bailaré en los salones y ellos solo serán nombres que regresarán a mi memoria”

Autor: Begoña Callejón

Fotografías de Laura Makabresku

los cipreses acariciando nubes

En el epicentro de agosto el calor no otorga tregua a los habitantes de la ciudad. Desde que su progenitor consiguió hace cinco años reagrupar a la familia en este barrio al norte de la ciudad industrial Fátima no ha vuelto a ver a sus abuelos y tíos y primos de Fez. Ni siquiera en el funeral de su madre, fallecida de manera brusca al poco de instalarse en un pisito pequeño cuya hipoteca no tardaron en dejar de pagar.

Ahora su infancia se le antoja lejana. Acaba de cumplir trece años y tiene a su cargo un hermano, Mohamed, de ocho todavía no cumplidos. Viven con su padre viudo, peón de la construcción con un empleo precario a jornadas sueltas e incompletas, en un piso okupado del que tienen noticia serán desalojados en breve. Están pendientes de unas ayudas pero la administración, como los médicos con el cáncer de su madre, trabaja a un ritmo endiabladamente lento. En el edificio donde “viven” no hay ni luz ni agua. A las tinieblas ya parece que se han acostumbrado pero la falta de agua en verano es un problema.

Fátima acarrea cada día de este agosto un carro de la compra repleto de bidones y garrafas. Traspasa el umbral de la ciudad de los difuntos y en una de las fuentes dispuestas junto a los cipreses rellena los recipientes con agua que hurta a las flores de los occisos.

Conoce bien a los jardineros del cementerio, observa con simpatía a los vivos que circundan las tumbas y lee con detenimiento y curiosidad las inscripciones en las lápidas. Su fantasía imagina siempre la vida de los muertos con un corolario feliz.

A veces regaña -siempre con suavidad- a Mohamed que le moja el hiyab. Sabe que es un juego, una excusa para refrescarse y verse ambos sonriendo.

El peso de esta vida insufrible es para Fátima como el de las garrafas llenas de agua de la fuente del cementerio. Alzarlas al vuelo para alinearlas en el carro viejo de la compra y empujarlo luego por las empinadas avenidas del camposanto…

Sólo encuentra una quietud salvajemente feliz en el silencio del cementerio y en la brisa lisa que fluye entre las sombras que forman las hileras de los nichos. Al contemplar los cipreses y su estilizada silueta termina siempre descubriendo nubes blancas en un azul infinito. Y por un momento cree que todo puede cambiar. Para mejor.

Autor: Javier Solé, agosto 2017

Ilustración: Dali, “Osificación matinal del ciprés” (1934)

Retratos de España (157): Textos de Esteban Martínez Serra

En una fosa común…

En una fosa común arrojaron un cadáver recién hecho. [Hacer un cadáver no tiene mayor secreto, aunque cada pueblo tiene sus preferencias.] Cayó como un saco de cebada. Vestía el jersey de cuello de cisne que sus hijos le regalaron, por delegación, el día del padre. [Impacientes, fueron ellos quienes rompieron el celofán granate, el lazo inexperto]. Su cara encajó perfectamente en el costado de un joven al que se le oyó pedir clemencia. Los primeros disparos levantaron una humareda de estorninos. Después el silencio se posó como el polvo sobre el campo que nadie cultiva, y fue total.

Autor: Esteban Martínez Serra

Ilustración: Juan Barjola, “Escena de guerra II” (1967)

Le arrancaron las botas…

Le arrancaron las botas. Y lo aceptó. Con ellas se llevaron los pasos ciertos, la feliz caligrafía del camino. También la casaca. Y sí, un muerto puede vivir con poca cosa, pero resulta ridículo morirse de frío en pleno abril. Aunque lo aceptó. Le arrancaron el anillo y el collar; y eso no le importó porque bajo tierra la humedad es corrosiva y ningún signo de identidad es necesario. Pero alguien que pasó —no pudo verlo porque ya le habían cerrado los ojos— se llevó sus gafas, y ver borrosa la muerte lo asustó.

Autor: Esteban Martínez Serra

Fotografía de René Brut de la Matanza de Badajoz por las tropas sublevadas de Yagüe

aquellas imágenes imprecisas

EL TREN

Me gusta el tren. Viajar en tren. Sentir el movimiento mientras permanezco estático. Observar por la ventanilla como el desplazamiento por el paisaje es cada vez más acelerado, sin tiempo para fijar las imágenes. Son borrosas, deliberadamente confusas. Se establece una disputa entre mi deseo de ver y el rechazo con el que las propias imágenes se ofrecen, desnudas.

El tren parte de la estación y acelera. Contemplo las casas de la periferia, ordenadas y tristes. Puedo, si estoy muy atento, asomarme a la vida de estos edificios anodinos de una época industrial caduca. Nada de lo que veo me hace feliz.

Pero puedo pensar y sentir. No tarda el tren mucho tiempo en abandonar estas viviendas y las casas se suceden cada vez más dispersas, hasta que desaparecen por completo. Ahora estoy solo con el paisaje que se recrea desorientándome. Es un decorado que juega a ocultar lo trascendente. Me regala postales que ocupan mi tiempo y salvaguardan mi vacío. A veces, la hipnosis del movimiento me permite creer que todo se ha invertido y que el paisaje no se mueve y soy yo quien se desplaza. Que no he quedado anclado en el pasado. Que la quietud es sólo una pausa y que recorro ciudades y horizontes buscando un álamo blanco.

Entonces una gota de lluvia que peregrina en diagonal el cristal por el que veo el mundo me revela que estoy vivo mirando la vida. Me acomodo en el asiento decidido a no perder detalle alguno de este espectáculo. En un montículo alejado distingo la figura de una niña. Pienso esperanzado que es ella quien se mueve; necesariamente nos encontraremos tarde o temprano. El pitido de la locomotora y una brusca sacudida del vagón desvelan que ni la niña ni yo nos movemos. Se mueve sólo el tren y es él quien nos aleja para siempre en un paisaje salvajemente hermoso.

Autor: Javier Solé, diciembre 2017

las cuatro estaciones (77): invierno en Teruel

Un relato que lleva por título “PREMONICIÓN”:

En la sierra de Teruel los inviernos son fríos y oscuros.; el aire seco y la tierra roja y arcillosa. Los días cortos y las noches largas. Los dos hermanos,  Manuel y Miguel, vivían en la misma calle, la única del pueblo; las casas, separadas por doscientos metros de barro helado. El gobierno ha prometido mil veces asfaltar la calle y en todas las ocasiones otros pueblos u otras promesas han sepultado la dicha de los pocos vecinos de la aldea de ver por fin urbanizado como Dios manda el pueblo, al estilo de la capital. Hay quien incluso cree que instalarán un semáforo.

Los dos hermanos viven solos desde que los hijos crecieron y marcharon a ver el mundo verdadero. Enviudaron casi el mismo año. Están cada uno en su casa, independientes. Cada cual sabe las manías que colecciona y, un suponer, si uno  se quiere tirar un pedo tranquilo pues de esta manera va y lo expulsa sin problemas ni estrangulamientos. O comer a deshoras, o llorar sin que nadie le moleste, rediez.

Esta noche, sin embargo, es distinta. Viene como más fría, más oscura, como más corta. Da hasta miedo imaginarla. Por eso, Manuel ha salido de casa expresamente para advertir a su hermano pequeño que el viento baja de la montaña malamente, que conviene cerrar las ventanas y revisar el establo y procurar que los animales estén tranquilos.

También le ha confesado a su hermano que le quiere mucho, que se acuerda de los padres de ambos, que por las noches piensa en su mujer -la suya, no la cuñada- y que no sabe si este año vendrá la primavera.

Miguel le ha recordado a Manuel que por la mañana tiene que ayudarle con unas tejas del cobertizo. Pero según parece Manuel hace días que anda falto de ánimos y de fuerza y se ha marchado a su casa acurrucado en su pelliza sin nada convenido.

A la mañana siguiente Miguel le ha encontrado en la cama con la rigidez de la Muerte dominando el cuerpo.

Cuando sus sobrinos venidos a toda prisa de la capital para el funeral le preguntan si padre había sufrido y si en la mirada del muerto había miedo o tranquilidad sólo consigue Miguel enmudecer y, después de un buen rato, murmurar que la ventana del dormitorio de la casa de su hermano estaba abierta.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Andrew Wyeth, “Untitled” (1983)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)