amores cotidianos (242): el desencanto

Un relato de Miguel Ángel Molina que lleva por título “DESENCANTADA”:

Con solo veinte años ya se ha cansado de buscar el amor para solo encontrar cuerpos desconocidos que la ofrecen polvos rápidos con regusto a tabaco, indiferencia y alcohol. Le ha sobrado tiempo para descubrir que esos príncipes azules portadores de la felicidad, que le vendieron de pequeña, eran una gran estafa. Tiene asumido que jamás encontrará a alguien que realmente merezca la pena y que deberá elegir a aquel que le venda las mentiras mejor que los demás. Para compensar su suerte se ha propuesto que de esa relación no nazca ninguna hija. Así podrá detener la cadena.

Autor: Miguel Ángel Molina

Ilustración de Sandra Flood

Fuente original: http://en99palabras.blogspot.com.es/2018/03/desencantada.html

 

Anuncis

hendidura

HENDIDURA

Lo primero que mudó, a las pocas horas del regreso del sepelio, fue la mirada. Se tornó triste e indefinida, abandonando ya por siempre la observación del mundo.

Perdió el apetito y el pelo encaneció. Dejo también de peinarse y ya no volvió jamás a la peluquería. No compró ropa ni estrenó ningún vestido del armario.

En la casa el silencio gobernaba los días y una vela por las noches presidía las tinieblas.

Solía pasar las tardes de verano ovillada en el sofá cubierta con una manta. En invierno leía. Empezó a acostarse cada vez más pronto, aunque por las noches permanecía durante horas despierta en posición fetal. No lloraba. No podía. No le salían las lágrimas.

A veces la mirabas y parecía que hubiera encontrado la paz, o el sosiego. O era sólo calma. Mentira. Hubiera podido regar con toneladas de desesperación cualquier edén. En sus ojos sucumbía cualquier ventura. Ningún funambulista hubiera vadeado sus pupilas.

No tardaron las puertas en comenzar a cerrarse; sólo una vaporosa regresión a la infancia fue un oasis fugaz. Un júbilo tenue. No sé si se trataba de su propia infancia o de otra.

A los veinte meses las manos sajadas. Y unas heridas que nadie nunca -ni papá, ni yo, ni la abuela- supo o pudo sanar. Se estaba desvaneciendo poco a poco. Las cicatrices fueron una hendidura por donde la luz entró.

Hasta que el estremecimiento de la vela esbozando un baile en el pasillo, presagio del declive, se apagó.

Mamá había muerto el día que enterramos a mi hermana.

Autor: Javier Solé, abril 2018

Fotografía de Laura Makabresku

en los acantilados de Moher

BANSHEE

Llevo a tu descendiente no nacido de mi mano. Estamos frente a los acantilados de Moher. Yo no hablo; los vivos, séquito silente de los ausentes. Él esconde pequeñas piedras talladas para ti en los bolsillos de mi gabán. Estos guijarros son los versos de Machado en Colliure. Mil gaviotas en círculos concéntricos. El martillo del océano en las rocas. El clamor del viento en el promontorio. Y yo: no puedo oírte. Muero sin tu voz. Advierto sólo el llanto de la mujer con sudario. El infortunio, hija, se obstina en no ignorarnos. El miedo gravita mientras el confín se ensancha. Súbito, evoco aquellas tus tardes del cinco de enero en este crepúsculo de verano.

Autor: Javier Solé, julio 2018

Ilustración: Laura Knight, “On the Cliffs”

un saltamontes en los olivos

UN SALTAMONTES EN LOS OLIVOS

Es la noche. El celador, centinela del sueño, escribe cartas a su hermano. La danza de las pupilas incandescentes y la tráquea ignífuga.  El eco de los cascos de las yeguas perseguidas por la luz. La soledad del vigilante extraviada en la eternidad del crepúsculo. Las hormigas, peregrinas en el pasillo, con fragmentos de bizcocho ensangrentado. Los residentes juegan con las calaveras de los niños; una mujer mastectomizada amamanta una jirafa en llamas. Y un poeta declama con rabia versos ateos desde el tejado. Dios no le escucha. Dos cuerpos, hombre y mujer, copulan con obscena furia en la enfermería.

Amanece. Siempre amanece. Invariablemente, la luna precede al sol. El celador regresa caminando por los campos a la casa amarilla. Durante el trayecto alza los brazos y los mueve como si fuera un cuervo del futuro. Si supiera alguien que es capaz de anticiparse a lo que acontecerá no le permitirían abandonar el sanatorio.

Por las tardes, el celador pinta nubes amarillas y cipreses rojos. Sólo detiene el trazo del lienzo cuando escucha con la oreja izquierda el llanto de una muñeca encamada en la planta octava.

Autor: Javier Solé, enero 2018

Ilustración: Van Gogh, “Patio del Hospital de Arles” (1889)

 

la infancia (65): las máscaras del teatro

NIÑO EN EL CEMENTERIO

“queréis acostumbrarme a la muerte
pero la muerte
no es ninguna maestra,
no es ningún telescopio,
la muerte no es un atlas,
no da sabiduría,
la muerte no da nada
más que miedo
silencio
soledad
y rabia.”

(Batania, fragmento del poema “La muerte”)

Ante la tumba del padre abraza el huérfano a la viuda anestesiada. Al niño le gusta el cine y el teatro; disfrazarse con exóticos vestidos y representar ante sus padres los personajes más excéntricos.

Pero asumir ahora el papel de hombre que todos le reclaman le parece precipitado, hubiera deseado muchas más horas de ensayo y retrasar indefinidamente la noche del estreno.

Autor: Javier Solé

Ilustración de D. Costras

doble identidad

Por la ventana enmohecida un anciano frágil escudriña el horizonte. La saliva en la barbilla se columpia hasta formar lamparones en la ropa y el calzado.

El octogenario mira el infinito con indiferencia.

No está ni sorprendido ni asustado. Ya nada puede impresionarle ni tampoco nada puede atemorizarlo.

Se superpone a esta imagen otra de un niño que se balancea furioso en una silla de mimbre. Golpea su cabeza en el respaldo. Es un gesto violento. Rezuma rabia. Dirigido contra sí mismo pero también contra quien lo observa. Se sabe espiado.

Me pregunto dónde estoy yo. Si soy alguno de esos dos sujetos; el nieto o el abuelo. O si soy ambos. Puede que exista entre el niño y el viejo un vínculo sostenido en el tiempo. O no. Puede que yo sea la bisagra entre ambos, la conjunción copulativa -o disyuntiva- entre oraciones, la traslación entre las imágenes. El fundido que las une y las separa. El negro del silencio. La oscuridad.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

Ilustración de Lita Cabellut

amores cotidianos (235): desenfreno

DESAFORADA

He pensado en la tensión de los arcos y las flechas como metáfora del deseo. Cuando vi tus ojos, exactamente cuando vi el brillo en tus ojos, ese brillo capaz de romper oscuridades, pensé en cuánto dura el asombro. Porque ya necesito ser la punzada que cruza tu carne y tu sueño para así sentirme viva, porque ya necesito recorrerte ansiosa y desaforada y deshacer las tormentas en tu cabeza. Necesito mi ansiedad, que ya soy yo, como un cuerpo latiendo dentro de otro cuerpo mientras se me rompen los espacios que ansío desafíes. Y aunque después el dolor, como un flexo que se encorva en mitad de la noche, venga a buscarme con su luz enferma, a derrumbar mis sueños de piel y violencia cuando son lo único que tengo, te digo que no me importará romper los márgenes y disparar justo en el corazón de las cosas. Presas livianas y hermosas que desenrosquen los vacíos. Que sonría el pecho. Batiente. Leer y destruirse. Escribir y deshacerse. Aceptarse continente de carne y kilometraje trucado.

Autor: Julia Roig, MDN

Ilustración de Anka Zhuravleva

calle melancolía

CALLE MELANCOLÍA

“abriendo zanjas de luz a cabezazos

(Ángel Guinda)

Ella al verme ha dibujado una sonrisa sincera y cálida. La mía era un esbozo perturbado. Ella hubiera querido detenerse, abrazarme y besarme. Mi frialdad -o un pudor ante la intemperie- ha devaluado el encuentro a un saludo afectuoso en la distancia.

Al recorrer unos metros me he girado para ver como se alejaba. Era ya la mirada triste de quien se despide sin tener la certeza del reencuentro. He intentado racionalizar mi desasosiego; yo para ella soy el padre de la amiga, ella para mi es el futuro hurtado.

El tiempo conjuga el olvido. No tengo con quien hablar de ti, ni siquiera puedo mencionar tu nombre. Queda el pasado negado en este encuentro fortuito no consumado. Querría evocarte sin que nos hagas daño. Esquivo la compasión sin descubrir que era solidaridad.

Hay quienes son capaces de recordar con ternura pero yo sigo caminando dejando atrás el mundo de los vivos. Te merecías tanto ser feliz.

Autor: Javier Solé, febrero 2018

Ilustración: Vincent Giarrano, “Runes”

los perros del parque

“Moriré como todos y mi vida será oscura memoria en otras almas” (José Luis Hidalgo)

Busco refugio en un rincón del parque. Soy un inútil que llora en silencio. He dejado de pensar en mi madre. Y en su muerte. Que fue dulce y un alivio para ambos. Mi padre imploraba sollozando que no le abandonará pero falleció solo.  El día que moría fui primero a la peluquería.

No he sido un buen amante. Ni siquiera esposo. Tal vez, no sé, un compañero aquí y allá. Tuve pocos amigos y me temo que no siempre estuve a la altura de las circunstancias. Merecían mucho más de mí. Ningún empleo colmó mis expectativas y sólo en insignificantes batallas vencí al patrón o derroté a sus esbirros.

No pude salvar de la Muerte a una de mis hijas ni consolar a su hermana. Soy un inútil que llora en silencio.

Los perros del parque orinan en mi bufanda, que cae despacio del árbol viejo.

Autor: Javier Solé, marzo 2018

Ilustración: Jack Butler Yeats, “Good Evening Men” (1950)

amores cotidianos (230): letanía de gemidos, fundir el mar

NUESTRA LETANÍA

Puedes imaginar lo que es tocar el fondo de esta mujer y que te alejes más adentro todavía porque no sabes zafarte del deseo. Que te abordo y busco abrigo en tus días fríos, cuando estás en bajamar, imaginando calas y soles, y yo te los doy, te los regalo. Y que tu piel sea el sudario de esta pequeña muerte que nos provocamos por el placer de resucitarnos con los labios, con nuestras lenguas, con nuestro aliento, con nuestro llanto. Buscándonos el pulso a tientas, como dos ciegos hambrientos. Hambrientos de sudor, hambrientos de rabia, hambrientos y violentos. Muy violentos. De los que se miran con odio porque todo acaba mañana. De los que se aprietan como si quisieran detener el tiempo. De los que adolecen de puertos y aeropuertos. De los que con la fuerza telúrica de las palabras sangran. Desobedéceme y quédate dentro. Montero dice que vivir es ir doblando las banderas. Yo quiero que vivir sea perderme en las esquinas de tu piel, soñando cremalleras y el área que crean nuestros conjuntos cuando confluyen. Ser tu bálsamo y tu humedad. Que atentes en mí una y otra vez, hasta que el cansancio te rompa y yo tenga que acercarme, más todavía, con ansiedad y buscar cada grieta, por esta letanía de gemidos que son nuestro único canto y que no quiero dejar de escuchar. Romper el remo que nos aleja. Fundir el mar en un charco. Y nada más.

Autor: Julia Roig

Fuente original: http://missdesastresnaturales.blogspot.com.es/2012/06/nuestra-letania.html?m=1

Ilustración: Malcolm Liepke, “Curled Up”