la desilusión

Hizo un viaje de dos horas en autocar para pasar conmigo el día. Yo trabajaba aquel verano en un pueblo de la Costa Brava. Estábamos paseando por una calle de L’Escala y exclamo emocionado que en un restaurante anunciaban “sardines a la planxa” y que ya teníamos la cena resuelta. Cuando fuimos a la noche nuestra desilusión fue mayúscula pues lo de “sardines a la planxa” era, en realidad, “sardanes a la platja”.

Es por eso que en fecha señaladas (el diez de julio, la víspera de nuestra “fallida ágape”, el diecinueve de noviembre, aniversario de su nacimiento, o el tres de junio, el de su muerte) yo siempre dispongo el ritual de comer sardinas a la brasa con una rebanada de pan con tomate, y lo hago como si fuera el sacramento de la eucaristía, y pienso en papá y en la dignidad con la que sobrellevaba su decepción aquella noche de verano en un pueblo de la Costa Brava  mientras en la hamburguesería rehogábamos de kétchup las salchichas y, a lo lejos -siempre es a lo lejos- se escuchaba el rumor de las olas en la orilla y los acordes de unas habaneras aunque  nosotros en verdad solo éramos capaces de oír el hilo musical de este bar de carretera que emitía una versión ínfima en castellano de “Strangers in the night”.

Recuerdo también que mi padre al marchar les dejó una espléndida propina y que zanjó mi sorpresa con un lacónico “lo cortés no quita lo valiente”.

A mi padre le gustaban las sardinas y Frank Sinatra, no necesariamente en este orden.

Autor: Javier Solé, octubre 2022

la promesa

PROMESA

No pudo evitar unas lágrimas al recoger la fotografía de sus padres encaramados al camello en Lanzarote. Puso el cepillo del pelo en el neceser y no olvido la crema hidratante y su perfume favorito. Antes de cerrar el piso con doble vuelta dio un último vistazo a las llaves del agua y del gas y se aseguró que el televisor estuviera apagado.

 Nunca imagino este abrupto desenlace. A una infección de orina le sobrevino una demencia senil que evolucionaba temerosamente por escarpados acantilados a mar abierto. Pero la madre empeoraba cada día un poco más y de forma rápida y decidida y tomó la decisión de reclamar una ambulancia y llevarla a urgencias. Tenía mucho miedo pensando que esa salida del hogar fuera definitiva, que el regreso a la casa fuera entonces una utopía, que este acto incumpliera la promesa que le hizo hace meses de no abandonar su casa bajo ninguna circunstancia. Y quiso la fatalidad que el oncólogo descubriera una lesión extensa e irreversible, inoperable, en el encéfalo. Ella no entendía la jerga técnica y las palabras concluyentes del equipo médico, sólo llegó a comprender que el ingreso era inmediato y el pronóstico sombrío.

Había asumido en solitario los cuidados que la sociedad patriarcal exige a las hijas eximiendo a los varones.

Horas y horas, días y días, en un desvelo por atender las necesidades de la anciana madre, rehuyendo siempre la palabra residencia. Permanecer en la casa familiar entre las fotografías, las figuritas de porcelana y los recuerdos. Bastión de la resistencia ante la intemperie, ancla entre los cimientos.

Supo entonces que aunque hubiera hecho todo y más por la mujer que la rescató del orfanato de un país del Este tal vez en lo fundamental había “fallado”. Que había faltado a la promesa… O tal vez ese compromiso no llegó a existir nunca pese a que en ella habitaba formalizado en una ceremonia solemne. Incluso es posible fuera solo la pretensión propia de espantar los fantasmas del desamparo de su niñez.

Entreabre la puerta de la habitación de la madre en cuidados paliativos y esboza una sonrisa mientras se asoma al interior y le muestra la bolsa con sus objetos más preciados. Al fondo, en el embozo de una cama blanca y limpia la cabeza cana de la madre. Duerme tranquila, la respiración es plácida e inaudible. Tiene los ojos cerrados. Con toda seguridad es este preciso instante el principio del final. Sólo se escucha el canto de la alondra en un terreno baldío.

Autor: Javier Solé, agosto 2022

Ilustración: Carl Wilhelmson, “Tired” (1898)

el hogar

El hogar

Andaba yo solo por el camino que cruza los campos cuando, como un avaro, el sol poniente disimulaba la última brizna de su oro.

El día se hundía cada vez en una sombra más profunda, y la tierra, despojada de sus cosechas, se extendía silenciosa y desolada.

De pronto, una voz aguda se elevó en el aire, la voz de un chiquillo que, invisible, atravesó la densa oscuridad, dejando en la calma del atardecer el surco de su canción.
Su hogar se hallaba allá en el pueblo, al final del llano seco, después del cañaveral, escondido entre las sombras de los plátanos y las arecas, los cocoteros y los árboles del pan.

Interrumpí un momento mi solitario viaje, a la luz de las estrellas.

Contemplé a mi alrededor el llano oscurecido, que abrigaba entre sus brazos los innumerables hogares donde, junto a las camas y las cunas, arden las lámparas vespertinas, donde velan los corazones de las madres, donde las vidas jóvenes rebosan una alegría tan confiada que ignora su propio valor en la totalidad del mundo.

Autor: Rabindranath Tagore

Ilustración: Frederick Mulhaupt, “Early evening”

la tejedora de bufandas

LA TEJEDORA DE BUFANDAS

“Al pasar la barca
me dijo el barquero
las niñas bonitas
no pagan dinero”

(Canción popular)

La madre de mi madre a su hija le cantaba. Y mi madre a mí me la cantaba. Genealogía y perpetuo casan mal en esta historia.

En las noches de verano la abuela teje en silencio, frente al televisor, las bufandas. Una para su primo suicida, otra para el padre fusilado, la tercera de colores para una hija loca y otra para la hermana enferma. Y la última para una niña muerta.

Esta es la nana que la yaya cantaba mientras cardaba el pelo de su hermana calva. La que el padre le tatareaba y el primo receloso escuchaba.

Fue, también, la nana que la hija entonaba mientras alisa los cabellos de la niña inerte que con los ojos todo lo miraba.

La gabarra con los cinco zozobraba.

Y Caronte sonreía.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Edgar Ende, “The Cosmic Knitter” (1948)

la última tarde del mes de agosto

La última tarde del mes de agosto una lacónica melancolía invade los viñedos.

Estamos mudando de forma imperceptible y el ahora es ya el ayer y el mañana una daga en los recuerdos.

Hace ya muchos días que los vencejos han huido. Aquellas nubes, plañideras de un hechizo proscrito. En esta lluvia de la última tarde del mes de agosto el embrión de un quebranto. Pronto el camino será un lodazal impracticable.

La última tarde del mes de agosto el retorno de la infancia reflecta nuestras voces en los charcos.

Bienaventurados los mudos que me siguen hablando.

Autor: Javier Solé, agosto 2021

Fotografía: viñedos de Can Bonastre (Piera) (Anoia)

mar abierto

MAR ABIERTO

“Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz”

(Jean Anouilh)

No pudieron engañarle. Él sabía que las dos últimas semanas habían sido decisivas. Trascendentales y estremecedoras. Ella adelgazó hasta la lividez y los movimientos de su cuerpo eran cada vez más torpes. Él la miraba conmovido e impotente, como relojero que mesura el tiempo menguado. Cada día de esta inapelable pérdida se festejaba con una sobriedad descreída. Como agnósticos merodeando en el claustro de un monasterio benedictino.

Una tarde ella ya no regresó y él supo entonces que no volvería a verla. Cuando la madre depositó la urna con las cenizas en la vitrina del salón él se tumbó en la alfombra, frente a la arqueta con los restos volátiles de su dueña. Día y noche. Incansable al desaliento. Sin comprender cuanto aconteció, vislumbrando cada madrugada la magnitud de la alborada. Y devino el silencio melodía sincopada del duelo.

Una mañana de invierno los padres viajarán desde Castilla hasta el mar y allí despedirán a la hija.

La fidelidad del chucho de mi vecina, que custodia con esmero y devoción el alma de su ama me trae con amargura a la memoria aquellos perros que, en las playas argentinas, ladraban con rabiosa desesperación a los aviones que buscaban alta mar.

El piélago, tierra de asilo y exilio.

Autor: Javier Solé, agosto 2019

Ilustración: Iván Aivazovsky, “entre las olas” (1898)

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

las calles de la infancia del abuelo

A Gabriel

Recuerdo que aquellas tardes en casa del abuelo transcurrían con una calma enigmática, cuando yo regresaba de la escuela e iba, a regañadientes, a visitarlo. La abuela preparaba la merienda – los lunes tarta Balcarce, los miércoles alfajores y los viernes pastafrola; los martes y jueves tenía natación y me recogían mis otros abuelitos-. Esas tardes, mientras yo me embriagaba con aquellos dulces deliciosos él permanecía levemente absorto y taciturno, completando un inmenso puzzle que reproducía una calle de La Boca -más tarde, cuando estudié en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de Cárcova supe era un grabado de Collivadino-. Puedo evocar ahora la minuciosidad con la que estudiaba cada una de las piezas y su encaje; sus manos torpes y enjutas, la cabeza ladeada hacia la ventana como si algo o a alguien estuviera esperando y la mirada extrañamente extraviada, con una condensación recóndita.

Lo recuerdo siempre callado y distante pero su silencio era cálido y sus pocas palabras luminosas. Cautivo del hechizo de su tristeza y su ironía.

Supe por mamá que el abuelo fue aficionado a los rompecabezas desde que llegó a Barcelona, aunque yo he sospechado siempre que era una afición que ya venía de la infancia. Cuando lo quise investigar la abuela ya había muerto. Tampoco pude preguntar a los hermanos de mi abuelo. Nosotros somos una nueva estirpe que nace del exilio. La dictadura militar ha borrado mis ancestros, mi linaje es escuálido y macilento.

Es por eso precisamente que yo creo que el abuelo cuando adulto afrontaba la tarea paciente de los puzzles para no recordar los tormentos en el Club Atlético, las descargas en los testículos, los orines y la sangre en la leonera y ya viejito seguía horas y horas enfrascado -ensimismado- en esos gigantescos rompecabezas para no olvidar, para que la enfermedad dominara sólo sobre el tormento de sus huesos, preservando entera la memoria, nuestros nombres -los de los hijos y los nietos, los de amigos y vecinos- y los de todos los ausentes.

El día que volvimos del entierro del abuelo el puzzle estaba encima de la mesa de madera, las pocas piezas todavía no encajadas apiladas a un lado. Mientras mamá preparaba en la cocina el mate que bebía a sorbitos por la tarde el abuelo yo, instintivamente, ensamblé las últimas piezas del último puzzle del abuelo. Sonreí al recoger una de ellas -la requeteúltima, la definitiva- que calzaba una de las patas de la mesa.

Al alzar la vista abracé la idea de venir a Buenos Aires. Y dibujar en la memoria y en el lienzo las calles alegres de la infancia del abuelo.

Autor: Javier Solé, diciembre 2019

Ilustración: Pío Collivadino, “Una esquina de la boca” (1946)

de tres bolas

DE TRES BOLAS

Iba de la mano de mi abuelo desde la vaquería de la calle Providencia hasta la Plaza Rovira y los helados de aquel último verano sin guerra perduraron en mi madre sosteniendo las noches del destierro donostiarra en la sima de la dictadura, ya huérfana de padre y de infancia.

Recorría el arenal del Grao con la primera horchata de la temporada. Iba con mis padres y mi hermano. Todavía no llevaba pantalones largos y una camarera rubia fue mi primera novia. Era el verano para oficinistas del Banco Central, adictos al régimen del general, en la Residencia del Carmen.

Tal vez fuera en la Jijonenca, o regresando de la playa de Cunit. En un pueblo blanco de Andalucía. O la noche de Sant Joan en el Pirineo, cerca del cielo de Boí. O no fue conmigo sino con sus amigas, antes de comenzar el bachillerato, en la Plaza del Ayuntamiento, cuando al declive del verano le acompaña un aguacero diminuto. No sé, no recuerdo ni olvido el último cucurucho de pistacho con mi hija.

Autor: Javier Solé, junio 2021

Fotografía: Esther y Laia, Guadalest (Alicante), julio 2006

el cementerio de los ingleses

Solíamos agotar la tarde avistando desde el cementerio de los ingleses las barcas de los pescadores que vuelven a la ensenada. Era ayer y es siempre.

La maleza medra entre lápidas y mausoleos y los nombres de los que partieron son ya olvido. No es tarea fácil discernir el movimiento imperceptible del Cantábrico; el bóreas susurra una endecha que las piedras escuchamos en silencio. Una lluvia fina nos bendice. El iris de tus ojos se refleja en el índigo. Ninguna inquietante sombra diezma el gozo liviano. Este ocaso será el último adagio.

Cae, de súbito, una noche y pleamar irrumpe en nuestro edén. Tú, poco a poco, renuncias a respirar. En la playa los guijarros amortajan a una sirena.

Este otoño en el Paseo Nuevo las mareas vivas están bramando el desgarro.

Para que tu nombre sea siempre recuerdo y la maleza no enmascare la historia franqueas las olas de nuestro mar, del agua que secuestraba tus ojos, y desde los altozanos cercanos las ermitas de adobe de los ateos custodian tu travesía con celo. Bienaventurado éxodo sin fin.

Autor: Javier Solé, noviembre 2019

Ilustración: Oswald von Glehn, “Boreas and Orithyia”

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)

la vida y la muerte (195): la cometa

LA COMETA

“Mientras esté oscuro todos seremos niños”

(Ana Pérez Cañamares, fragmento de un poema de “Las sumas y los restos”)

Sobrevuela la cometa el mar. Dibuja sonrisas, corteja con requiebros las nubes. Los albatros, asustados, recelan de este astro y planean el magnicidio.

Enmudece la ensenada entera antes del rayo verde. El niño, arrodillado junto a la cometa enferma, llora; no por el valor escaso de la birlocha rota, sino por ver destruido el último recuerdo vivo de su padre, el regalo que le entregó aquella misma tarde que fue movilizado en una guerra de la que nunca regresó.

Autor: Javier Solé, junio 2014

Ilustración: Adam Emory Albright, “Niños jugando con cometa”

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)