Retratos de España (216): diario del confinamiento

LLUVIOSO DOMINGO INFINITO

Que la pandemia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Cuando lleva cinco días bajo arresto, por ejemplo, y empieza a agrietarse la placenta de precario bienestar en la que vive, y a fuerza de frotarse los ojos con las manos bien limpias caen las pitañas y aparece la amenaza, nítida, palpitante y autoritaria como la oscuridad que en un crepúsculo de domingo va tomando, lenta pero firme, posesión de todo.

Aún no he abierto un libro, no he escrito un mal verso. Empecé a ver en Netflix “La trinchera infinita” pero la historia de un tipo que se pasa treinta años de su vida encerrado en un zulo no me pareció lo más apropiado en estos momentos. Me he creído infectado al menos tres veces. Ahora mismo juraría que tengo unas décimas de fiebre.

He pensado en la muerte de soslayo, como quien observa medio cuerpo de un mendigo colgando en un contenedor abierto.

He estado esta mañana releyendo el nuevo libro de poemas que estaba intentando terminar antes de que llegara algún apocalipsis y de repente ha perdido todo el sentido, si es que tenía alguno. Nada tiene ya mucho sentido, y solo han pasado cinco días. Me va a tocar empezar de nuevo.

Enfermar, sobrevivir, serán tan solo las dimensiones del teatro: imaginación, algo de comedia, una pizca de drama, actores capaces. No hace falta tanto. Tal vez le estábamos pidiendo a la vida demasiados efectos especiales.

Espero en los próximos días sacudirme de encima el estado de alarma, acunar el miedo, ponerme manos a la obra. Disfrutar de la edad dorada del meme español.
Hacerme a la idea de que la felicidad es esto: no ser feliz y que no importe. Mientras tanto, no pierdo el tiempo. Cada minuto que paso junto a mis hijos estoy haciendo historia.

Autor: Emilio Martín Vargas

yo y los demás (130): asistencia

CIERTOS PESCADORES SACARON DEL FONDO UNA BOTELLA

Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: “¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. “Dense prisa. Estoy aquí!”
-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo -dijo el pescador primero.
-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano -dijo el pescador segundo.
-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla “Aquí” está en todos lados -dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema.

Autor: Wislawa Szymborska

Ilustración: Albert Pinkham Ryder, “Toilers of the sea”

el aprendiz de brujo (602): lectores inteligentes

Un microrelato que lleva por título “LACONISMO”:

“Cuando se puso a escribir, decidió extenderse dos o tres páginas sobre el tema. Pero sólo escribió el título ‒ ”cansancio” ‒ y confió en que el resto lo sobreentendería el lector inteligente.”

Autor: J. A. Ayala

Ilustración: Pippin, “el escritor” (1940)

Retratos de España (210): diario del confinamiento

“lo que probablemente él no sabe es que no daría yo por una tarde de fútbol en Sarriá con su mano alborotando mi pelo mientras festeja un gol de Esnaola en propia meta”

(Fragmento del relato “Tarde de fútbol en Sarriá”)

Se conocieron una verbena de Sant Joan; ella tenía quince años, él unos pocos más. Ella era la mayor de las tres hermanas de mi padre y mi abuelo un indiano del Penedés al que las finanzas se le fueron de las manos. Él uno de los tres varones de un comisario adicto al régimen en la España más negra. Tuvieron un noviazgo largo -en aquella posguerra de hambre ubérrima y sexo parvo- con dos mil quinientos cincuenta y cinco días y ninguna noche aunque luego se desquitaron en el seiscientos y Marlon Brando en Perpignan les instruyera en las utilidades de la mantequilla. No discutieron casi nunca de política; ella provenía de una familia catalanista y de izquierdas, él ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

Ella se llama Marta. Él, hasta ayer, se llamaba Antonio.

Han tenido tres hembras; Marta, Silvia y Virginia. Yo iba con él al fútbol algunos domingos de mi infancia. Mi madre siempre agradecía a mi tío Antonio que ofreciera sangre para un hermano mío que murió con cuarenta días en 1955, seis años antes de que yo naciera. Y también las gestiones del padre de Antonio para aliviar el encarcelamiento de dos hermanos de mi madre presos en el Castillo de Montjuic por rojos.

También le agradece, supongo, que intercediera para que me dieran trabajo en la multinacional donde él trabajaba, allá por el año 1985. Un año más tarde, con 58 años de edad, tuvo un ictus. Perdió el habla y la movilidad. Ha pasado así los últimos treinta y cuatro años de su existencia, mudo e impedido. Un tercio de su vida. Ayer tenía 93 años.

Marta, positiva y asintomática, recluida en su habitación del centro sanitario me recodaba hoy que yo era su sobrino favorito; tal vez el cuarto hijo -ese varón con el que los tradicionalistas como él sueñan-.

Estas son las exiguas exequias de esta pandemia.

Autor: Javier Solé, abril 2020

Más información:

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2013/04/28/tarde-de-futbol-en-sarria/

Retratos de España (205): la cámara del pánico

MONSTRUO

La madre ya no sabe qué decirle a su hijo. El pequeño quiere salir. Es consciente de que no puede pero él insiste. Con mohínes. Pataletas. Cada día alza más la voz. Eso la desespera.

Si fuera mayor, le hablaría de los mineros chilenos que estuvieron sesenta y nueve días atrapados en las profundidades de una excavación. Le contaría el caso de Natasha, la niña austríaca que estuvo secuestrada en un zulo durante ocho años. Incluso citaría los topos que permanecieron décadas encerrados en pocos metros cuadrados. En el colegio todavía no le han explicado la Guerra Civil. No la entendería. Los juguetes siguen esparcidos por el suelo del comedor.

Cariño, no podemos ir a la calle porque hay un monstruo merodeando por la ciudad. Se cuela por las entradas de las casas y ataca a los niños malos. Debemos esperar un poco más. Tú eres bueno, ¿verdad? ¿Te quedarás aquí conmigo?

En ese momento se oye el ruido de una llave sacudiendo el interior de una cerradura. El niño corre hacia el recibidor y ella le suplica que no se acerque. Se cierra la puerta y todo su cuerpo entra en convulsión. Siente miedo. Le observa mientras se quita la mascarilla y se lava las manos. Conoce ese gesto de malos presagios.

A la mañana siguiente, el hijo verá el labio partido y el moratón en la mejilla de la madre. Él preguntará, porque está en esa edad en la que los niños lo preguntan todo. Ella responderá que a medianoche vio al monstruo, lo atacó y venció. Ambos se fundirán en un abrazo. El padre ya habrá marchado. El desayuno les estará esperando en el mármol de la cocina.

Autor: Xaviee Vidal

Fotografía de Gabriel Isak, “The Caged Bird”

las cuatro estaciones (125): invierno. Flor del almendro y del cerezo

EL ALMENDRO Y EL CEREZO

El invierno se ha instalado en el paisaje. Detrás de la ventana distingo una montaña que no se mueve. Su nieve no será perpetua. Soy un anciano enfermo encerrado en los recuerdos. La esperanza germina en las flores del almendro.

Ha llovido toda la tarde. Ella no oye la lluvia. Tampoco puedo verla, los visillos han oscurecido la estancia. Por la ventana cerrada el crepúsculo con hermetismo exuda la desolación. Hay un presagio oculto entre la maleza. La flor del cerezo deslumbrando la cordillera. Una orquesta de pétalos blancos en el lodazal.

Mi bandada de estorninos abandona la ciudad.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Ilustración: Frank Benson, “Canadian Geese”

amores cotidianos (285): lluvia sobre los amantes

LLUVIA EN EL VALLE 

Una lluvia persistente amenaza la ropa tendida en el altozano. El cierzo, sólo el viento colérico del norte -enamorado en secreto de la doncella- podría decretar el final del diluvio, permitiendo al herrero desposarse con la zagala.

“Será mía o de nadie”, balbucea iracundo el aquilón.

Siete días de tormenta y el camino de la ermita infranqueable por el barro. El viento, lascivo y cruel, celoso y feroz, rasga el embozo que cubre la tez de los amantes; siembra la vega de un estallido inenarrable y las campanas anuncian con redoble el triunfo fúnebre del averno. El lecho era un lodazal impuro con telas tintadas de sangre.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Georges Morren, “Corando a Roupa” (1894)

yo y los demás (117): nacidos el mismo día

Un relato que lleva por título “MADRUGADA EN URGENCIAS”:

Aquella noche el servicio de urgencias del centro hospitalario se colapsó. A las habituales reyertas, a los previsibles accidentes de tráfico, se sumaban los heridos en el desalojo de una casa okupada y la violenta carga policial con la que las autoridades intentaban doblegar a la población descontenta.

El herido -el único ocupante de un vehículo literalmente aplastado por un camión- entró en una ambulancia con los sanitarios casi de luto y fue asignado a un box donde un médico solicitó reanimación inmediata. Lázaro, uno de los auxiliares del hospital, permaneció junto al cuerpo del joven sin hacer nada concreto y sin el raciocinio suficiente que le desvelará lo inoportuno de su presencia en una sala minúscula donde carecía de tarea específica.

El médico no tardó en abandonar la estancia. Lázaro miró la ficha del paciente. Tenía el joven su misma edad. Extraordinaria coincidencia: habían nacido el mismo día del mismo mes en el mismo año.

Transcurrieron algunos minutos y Lázaro empezó a experimentar – inducido, seguramente, por la coincidencia en la onomástica- una irrefrenable compasión hacia el herido, y como llevaban ya un buen rato los dos solos en el box de urgencias esperando el regreso del médico o la aparición de las enfermeras, Lázaro comenzó a platicar. No sabía de qué hablarle al joven y ni siquiera tenía la seguridad de que estuviera siquiera oyendo cuanto decía. Pero para tranquilizarlo le aseguró que los medios técnicos del hospital eran de primer nivel y que no debía en absoluto preocuparse, que estaba en buenas manos y que dentro de la mala suerte podía considerarse “afortunado”. Es verdad, le confesó, que la herida tenía mal aspecto pero había visto heridas peores que evolucionaban satisfactoriamente y que, probablemente -probable no, seguro- se recuperaría de manera rápida y completa.

Como fuera que el paciente no decía nada, y ni se movía ni ofrecía indicio alguno de entender cuanto decía el auxiliar, Lázaro le explicó a continuación que había en el hospital enfermeras muy guapas, que alguna estaba soltera y que las oportunidades de ligar eran muy elevadas, especialmente a partir de la segunda semana del ingreso. Tampoco el augurio de una vida sexual activa en hospital pareció animar al paciente.

Mientras seguía conversando -monologando- de temas livianos con intención de entretenerlo, Lázaro procedía a limpiar las heridas en la frente del joven.

Pasaron varios minutos, que se sumaban a los anteriores. Entró un médico -distinto del primero- que miró a ambos con un desinterés casi obsceno, como la abulia de quien olfatea lo sobrante. Depositó en el borde de la camilla, a los pies del herido, un certificado de defunción. Se marchó sin decir nada, sin mediar palabra alguna con el auxiliar.

Lázaro miró al joven que nació el mismo día del mismo mes del mismo año y pensó con amargura, pero lleno de determinación, que no dejaría que el cuerpo sin vida de su recién estrenado amigo recorriera solo los pasillos del hospital hasta esperar en la morgue durante horas -quien sabe si no serían días- que alguien acudiera a identificarlo.

Autor: Javier Solé, junio 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (154): la presteza del viajante

José Luis tenía dos hijos a los que apenas veía que eran estudiosos y no daban disgustos. Una mujer indiferente, un buen coche, las credenciales irrefutables de mejor comercial de la empresa en la que trabajaba desde hacía treinta años. Un apartamento en la playa prácticamente pagado, un buen coche –eso ya lo he dicho- y 138.560 kilómetros recorridos por la geografía visitando a los clientes.

Es cierto que las presiones de los últimos meses en la empresa habían generado una tensión perniciosa y el clima laboral se había enrarecido. La consecución de los objetivos y sus correspondientes cuantiosas primas no eran inocuas y pasaban factura en el bienestar, tanto físico como psíquico.

Aquella noche había cenado temprano con la intención de acostarse pronto y ver ese malestar se difuminaba. En la habitación no tuvo tiempo de nada y se desplomó afortunadamente sobre una alfombra. Nadie se dio cuenta hasta que en la recepción les extraño tardará en bajar a desayunar. La doncella del servicio de habitaciones, una ecuatoriana que enviaba todo su exiguo sueldo para alimentar a sus hijos en Quito, lo encontró en el suelo, prácticamente inconsciente y con las constantes vitales presagiando un fatal desenlace inminente.

Se recuperó; los primeros días fueron cruciales. En la unidad de cuidados intensivos tuvo tiempo de darse perfecta cuenta de la magnitud de la tragedia. Sin habla, con medio cuerpo paralizado por el ictus. Cuando la situación parecía estabilizada y el peligro ahuyentado, una cadena de micro infartos torpedearon el corazón.

En el momento del óbito, José Luis tenía dos hijos a los que apenas había visto crecer y que lloraron la perdida de un padre desconocido, una mujer acostumbrada, un buen coche que nadie de la familia sabía conducir y, un apartamento en la playa con un cartel de en venta y 138.560 kilómetros.

En la empresa donde había trabajado y en la que fue el mejor comercial incluso después de muerto (tiene chiste en alguien que fue a morir en un hotel de Burgos) no dejaron de enviar a la viuda el lote de navidad. Al cabo de unos años, al proceder a una complicada absorción con una multinacional alemana, se acometió una reducción de gastos para reforzar la penetración en el mercado asiático y se decidió suprimir el lote navideño a los ex empleados.

Cuando José Luis se enteró quiso escribir una carta a la dirección pero en el cielo muy pocos saben alemán.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)