las cuatro estaciones (125): invierno. Flor del almendro y del cerezo

EL ALMENDRO Y EL CEREZO

El invierno se ha instalado en el paisaje. Detrás de la ventana distingo una montaña que no se mueve. Su nieve no será perpetua. Soy un anciano enfermo encerrado en los recuerdos. La esperanza germina en las flores del almendro.

Ha llovido toda la tarde. Ella no oye la lluvia. Tampoco puedo verla, los visillos han oscurecido la estancia. Por la ventana cerrada el crepúsculo con hermetismo exuda la desolación. Hay un presagio oculto entre la maleza. La flor del cerezo deslumbrando la cordillera. Una orquesta de pétalos blancos en el lodazal.

Mi bandada de estorninos abandona la ciudad.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Ilustración: Frank Benson, “Canadian Geese”

amores cotidianos (285): lluvia sobre los amantes

LLUVIA EN EL VALLE 

Una lluvia persistente amenaza la ropa tendida en el altozano. El cierzo, sólo el viento colérico del norte -enamorado en secreto de la doncella- podría decretar el final del diluvio, permitiendo al herrero desposarse con la zagala.

“Será mía o de nadie”, balbucea iracundo el aquilón.

Siete días de tormenta y el camino de la ermita infranqueable por el barro. El viento, lascivo y cruel, celoso y feroz, rasga el embozo que cubre la tez de los amantes; siembra la vega de un estallido inenarrable y las campanas anuncian con redoble el triunfo fúnebre del averno. El lecho era un lodazal impuro con telas tintadas de sangre.

Autor: Javier Solé

Ilustración: Georges Morren, “Corando a Roupa” (1894)

yo y los demás (117): nacidos el mismo día

Un relato que lleva por título “MADRUGADA EN URGENCIAS”:

Aquella noche el servicio de urgencias del centro hospitalario se colapsó. A las habituales reyertas, a los previsibles accidentes de tráfico, se sumaban los heridos en el desalojo de una casa okupada y la violenta carga policial con la que las autoridades intentaban doblegar a la población descontenta.

El herido -el único ocupante de un vehículo literalmente aplastado por un camión- entró en una ambulancia con los sanitarios casi de luto y fue asignado a un box donde un médico solicitó reanimación inmediata. Lázaro, uno de los auxiliares del hospital, permaneció junto al cuerpo del joven sin hacer nada concreto y sin el raciocinio suficiente que le desvelará lo inoportuno de su presencia en una sala minúscula donde carecía de tarea específica.

El médico no tardó en abandonar la estancia. Lázaro miró la ficha del paciente. Tenía el joven su misma edad. Extraordinaria coincidencia: habían nacido el mismo día del mismo mes en el mismo año.

Transcurrieron algunos minutos y Lázaro empezó a experimentar – inducido, seguramente, por la coincidencia en la onomástica- una irrefrenable compasión hacia el herido, y como llevaban ya un buen rato los dos solos en el box de urgencias esperando el regreso del médico o la aparición de las enfermeras, Lázaro comenzó a platicar. No sabía de qué hablarle al joven y ni siquiera tenía la seguridad de que estuviera siquiera oyendo cuanto decía. Pero para tranquilizarlo le aseguró que los medios técnicos del hospital eran de primer nivel y que no debía en absoluto preocuparse, que estaba en buenas manos y que dentro de la mala suerte podía considerarse “afortunado”. Es verdad, le confesó, que la herida tenía mal aspecto pero había visto heridas peores que evolucionaban satisfactoriamente y que, probablemente -probable no, seguro- se recuperaría de manera rápida y completa.

Como fuera que el paciente no decía nada, y ni se movía ni ofrecía indicio alguno de entender cuanto decía el auxiliar, Lázaro le explicó a continuación que había en el hospital enfermeras muy guapas, que alguna estaba soltera y que las oportunidades de ligar eran muy elevadas, especialmente a partir de la segunda semana del ingreso. Tampoco el augurio de una vida sexual activa en hospital pareció animar al paciente.

Mientras seguía conversando -monologando- de temas livianos con intención de entretenerlo, Lázaro procedía a limpiar las heridas en la frente del joven.

Pasaron varios minutos, que se sumaban a los anteriores. Entró un médico -distinto del primero- que miró a ambos con un desinterés casi obsceno, como la abulia de quien olfatea lo sobrante. Depositó en el borde de la camilla, a los pies del herido, un certificado de defunción. Se marchó sin decir nada, sin mediar palabra alguna con el auxiliar.

Lázaro miró al joven que nació el mismo día del mismo mes del mismo año y pensó con amargura, pero lleno de determinación, que no dejaría que el cuerpo sin vida de su recién estrenado amigo recorriera solo los pasillos del hospital hasta esperar en la morgue durante horas -quien sabe si no serían días- que alguien acudiera a identificarlo.

Autor: Javier Solé, junio 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (154): la presteza del viajante

José Luis tenía dos hijos a los que apenas veía que eran estudiosos y no daban disgustos. Una mujer indiferente, un buen coche, las credenciales irrefutables de mejor comercial de la empresa en la que trabajaba desde hacía treinta años. Un apartamento en la playa prácticamente pagado, un buen coche –eso ya lo he dicho- y 138.560 kilómetros recorridos por la geografía visitando a los clientes.

Es cierto que las presiones de los últimos meses en la empresa habían generado una tensión perniciosa y el clima laboral se había enrarecido. La consecución de los objetivos y sus correspondientes cuantiosas primas no eran inocuas y pasaban factura en el bienestar, tanto físico como psíquico.

Aquella noche había cenado temprano con la intención de acostarse pronto y ver ese malestar se difuminaba. En la habitación no tuvo tiempo de nada y se desplomó afortunadamente sobre una alfombra. Nadie se dio cuenta hasta que en la recepción les extraño tardará en bajar a desayunar. La doncella del servicio de habitaciones, una ecuatoriana que enviaba todo su exiguo sueldo para alimentar a sus hijos en Quito, lo encontró en el suelo, prácticamente inconsciente y con las constantes vitales presagiando un fatal desenlace inminente.

Se recuperó; los primeros días fueron cruciales. En la unidad de cuidados intensivos tuvo tiempo de darse perfecta cuenta de la magnitud de la tragedia. Sin habla, con medio cuerpo paralizado por el ictus. Cuando la situación parecía estabilizada y el peligro ahuyentado, una cadena de micro infartos torpedearon el corazón.

En el momento del óbito, José Luis tenía dos hijos a los que apenas había visto crecer y que lloraron la perdida de un padre desconocido, una mujer acostumbrada, un buen coche que nadie de la familia sabía conducir y, un apartamento en la playa con un cartel de en venta y 138.560 kilómetros.

En la empresa donde había trabajado y en la que fue el mejor comercial incluso después de muerto (tiene chiste en alguien que fue a morir en un hotel de Burgos) no dejaron de enviar a la viuda el lote de navidad. Al cabo de unos años, al proceder a una complicada absorción con una multinacional alemana, se acometió una reducción de gastos para reforzar la penetración en el mercado asiático y se decidió suprimir el lote navideño a los ex empleados.

Cuando José Luis se enteró quiso escribir una carta a la dirección pero en el cielo muy pocos saben alemán.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

amores cotidianos (283): reencuentro

La sala del auditorio del centro cívico está abarrotada de público que espera con impaciencia a la poeta laureada. Hoy presenta en la ciudad el célebre poemario premiado en un renombrado y prestigioso certamen. No es una desconocida, ha publicado ya varios libros de poesía y es aclamada y respetada por la honestidad y sinceridad de sus poemas. Y recita sus versos con una profundidad que es un clamor.

En una de las primeras filas esta sentada una pareja con la que ha hablado antes de iniciar el acto. Él es de su misma generación, estudiaron juntos el bachillerato en otra ciudad, luego ella decidió estudiar filología y él se matriculó en una universidad para licenciarse en una ingeniería industrial.

No sólo estudiaron juntos, también compartieron sueños y cama. Sexo, mucho sexo. De todas las maneras, a todas horas, prácticamente todos los días. Eran jóvenes y se hubieran comido el mundo. Él convencido, ella convencidísima; la plenitud de vivir una pasión insobornable puede con casi todo.

El futuro, no obstante, no tardaría en separarles; él aceptó un inmejorable porvenir lejos de los sueños pero con tarjeta de crédito platino, en otra ciudad hace diez años, ésta que ahora ella visita.

La poeta mira a la pareja feliz; a su antiguo novio y a su radiante pareja y no puede evitar una sonrisa amarga. Sabe por los momentos previos en los que se saludaron que tienen dos hijos, uno de seis y otro de cuarto. Luis y Ana, cree recodar.

Esta sonrisa amarga con la que no puede evitar mirarles muda en tristeza y melancolía al pensar en su hija muerta hace tres años, con apenas seis años y medio de un tumor devastador. Piensa en su hija todos los días, a todas horas. El pensamiento que se le cruza ahora es otro: mira al padre de su hija, a la mujer de éste y vuelve a su memoria la tarde que estuvo, sola junto al teléfono, con el puto papel del diagnóstico en la mano, pensando si llamarle o no hacerlo. Y que no llegó nunca a compartir con él la pena por la muerte de una hija común que él ignoraba existía. Ahora siente dudas sobre la conveniencia de informarle ahora. Mas que nada por las jodidas leyes de la genética que no desearía nunca cercenarán a la nueva familia de su primer amor.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

amores cotidianos (282): rutinas

Un relato que lleva por título “LOS PASTELES DE ELVIRA”:

Cada mañana, a la hora del desayuno, Elvira salía de las vetustas oficinas de un aburrido negocio de importación, donde languidecía desde hacía treinta años, para visitar la pastelería situada enfrente del despacho y comprar una pieza de bollería diferente cada día. Los lunes, croissants; los martes, ensaimada. Los miércoles, tarta de manzana. Los jueves, magdalenas en esponjoso bizcocho. Los viernes, mil hojas en deliciosas capas de hojaldre con relleno de crema y recubiertas de chocolate. El fin de semana, mientras mojaba unas insípidas galletas integrales, añoraba los días de diario, las pastas y… al pastelero.

Nunca llegó a decirle nada, aunque intuía algún sentimiento en él por las maneras sugerirle la pasta más sabrosa de la jornada o por la forma morosa con la que anudaba el paquete o la calidez de sus manos al rozarle cuando le devolvía unas monedas de cambio y cuyo contacto provocaba Elvira al pagar siempre con un billete.

Algunos domingos Elvira estuvo tentada de realizar el largo trayecto desde su apartamento en la periferia de una ciudad gris hasta la pastelería con el indisimulado deseo de probar los pasteles. Pasaba largas veladas imaginando las cerezas en la nata, la crema entre el bizcocho, el chocolate ligeramente lascivo entre los labios…

El día de su onomástica el pastelero le tenía preparada una tarta individual de frutas confitadas. Si ese día era festivo se la entregaba la víspera laborable.

Un lunes lluvioso la pastelería no abrió. Elvira estuvo todo el día preocupadísima. Tampoco abrió el martes, y la lluvia no cesaba. El miércoles amaneció despejado pero la pastelería seguía cerrada. El jueves, al mediodía, un cartel daba cuenta, de manera escueta, del cierre del negocio por defunción del dueño.

Un mes más tarde, cuando la tristeza de Elvira se sereno, la administrativa del negocio de importación se matriculó en un curso de repostería que organizaba en el centro cívico de su barrio. Después tomó clases para elaborar cupcakes.

Un año más tarde, en plena crisis económica, con sus ahorros y la capitalización del desempleo, reabrió la pastelería que permanecía todavía cerrada. Al subir la persiana supo que nunca nadie le separaría del hombre que amaba.

El día de la onomástica del pastelero Elvira prepara una tarta de frutas doble. Está tan sabrosa que ninguno de los dos deja nunca para las ratas un trocito.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Ilustración: Soutine, “le petit patissier” (1923)

la vida y la muerte (153): infinita atalaya eterna

MAR EN SILENCIO

Elías era un señor mayor y delgado. Estaba enfermo y tuvo durante su vida la paciencia de dejar todo su funeral contratado. La sala más económica para el velatorio, sin extras y por el menor tiempo posible. También eligió concienzudamente la música, los recordatorios, el ataúd, eligió el piso más alto entre los nichos disponibles… Incluso las flores, con una cinta que ponía: “De tu familia que te quiere”. Todo.

Elías estaba enfermo desde hacía tiempo y los médicos no le había ocultado nunca ni la severidad y gravedad del diagnóstico ni las poquísimas expectativas de curación. Él, por el contrario, nunca dijo nada a nadie y se limitaba a formular alguna pregunta referida a la medicación.

Llegó el día de la ceremonia y al mirar los operarios de la funeraria vieron que en la sala del velatorio no había nadie. La sala estaba vacía, nadie había acudido a aquel entierro programado. Ese hombre estaba solo, no tenía a nadie en el mundo.

Ni una triste lágrima seria vertida en su memoria.

La ceremonia contratada se hizo. El hombre tuvo la música que había escogido, el oficiante leyó con pena falsa las palabras pactadas, hubo una despedida tal y como se había previsto. Todo como él quería.

Seguramente el muerto, ahora, sin proponérselo, era feliz.

Desde el ático que había alquilado en Montjuïc podía ver cada día el mar. Y un silencio aterrador entre muchos cuerpos solos.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración de Victor Perkayin

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (152): monólogo

EL MONÓLOGO MÁS LARGO

A Eloi, él sabrá las razones

El monologuista espera impaciente en el improvisado camerino del viejo bar, reconvertido con esta crisis de la industria del ocio en una taberna canalla que ofrece a los actores vocacionales –léase, en paro- la última oportunidad de enderezar su camino. El monologuista hace de todo, es un pluriempleado a tiempo parcial siempre; repartidor, animador de fiestas insulsas, clown alegre con alma triste en los aniversarios de los niños de los ediles del consistorio, pregonero dicharachero en centros comerciales, oficiante en las ceremonias laicas que el tanatorio ofrece ante la mirada ceñuda del clérigo de la parroquia.

Todas estas ocupaciones podrían quedar ahora definitivamente aparcadas si la actuación de esta noche despierta el entusiasmo del público y los aplausos de un representante bien relacionado en el mundo artístico. Un monólogo ejecutado midiendo con precisión las pausas, calculando con exactitud los cambios de ritmo, dosificando las risas…

Al salir de la habitación que le separa de su público ha sentido un estremecimiento descomunal; el corazón se ha desbocado y los nervios han atentado contra la serenidad del profesional del espectáculo. Al alzar la vista ha entendido lo que estaba sucediendo: el público que esta noche asiste al monólogo decisivo para este artista lo componen la anciana apalead por el nieto drogadicto, el hijo suicida por dos veces del comerciante del mercado de abastos, la monja expulsada de la Congregación embarazada por el obispo, la niña de dulce sonrisa enterrada con su muñeco de trapo, la mujer joven asesinada a navajazos por el marido violento, la mujer enferma del monologuista, el padre desconocido cuyas cenizas dan cobijo al bosque, la adolescente que bailaba hip hop, el cantante cuyo discos se venden y compran en un mercado de antigüedades.

Todas aquellos a los que dedico unas bonitas palabras vienen ahora a jalear su debut en la taberna canalla. Son la corte de fantasmas agradecidos que le acompañan en esta velado con el indisimulado orgullo se sentirse imperceptiblemente unidos a él.

Hay algo, no obstante, que le paraliza. Entre todos ellos distingue, en la última fila con semblante serio y un vaso de ron en la mano, su propio espectro. Y es entonces, un segundo antes del inicio del espectáculo, cuando tiene la certeza más aterradora: ya no está vivo.

Su sustituto en el tanatorio oficio esta mañana una ceremonia a la que no asistió nadie.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Albert Birkle, “Leipziger Straße Berlin” (1923)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (151): el televisor

Hospital dos

Cuando vas a morirte, en los hospitales públicos te llevan a una habitación para ti solo. Es la señal inequívoca de que te queda muy poco aire que respirar.  Prefieres no abrir los ojos, porque sabes que la televisión que permanece encendida y sin sonido será la última imagen del mundo que verás.

Autor: Luisa Miñana

la vida y la muerte (150): los moradores de la casa vacía

CASA VACÍA

Como una nación de abejas
 en un reducto escondido

(Sergio Gros)

En esta casa ya no vive nadie pero están todos los moradores que ocuparon las habitaciones. Escucho su fisiología desperdigada en pasos, susurros, toses o gemidos. De cuando en cuando callan, como si se hubiesen mudado por unas horas a otro lugar. Siempre regresan. Esta noche olvidaron cerrar la puerta de la entrada y apagar luces. Algo me despertó. No supe qué decir; me siento un extraño ocupando un refugio vacío. Ellos me reconfortan y justifican mi presencia: “alguien debe soñarlos”.

Autor: José Luis Morante

Ilustración: Juan de Ribera Berenguer, “Ruinas”

Fuente original: https://puentesdepapel56.blogspot.com/2019/09/casa-vacia.html