Retratos de España (176): el último barco

REPUBLICANO EN LISBOA

En la mesa del café donde te escribo el vintage asecha la última madrugada. Desgrano la geometría del ayer con la urgencia de quien vislumbra utópica la aurora. El Stanbrook vadea escorado el estuario del Tajo. Elvira desciende del tranvía y en sus pómulos damasco cordobés. Eran sus trenzas espigas de trigo. En nuestro huerto portugués crecen las flores del almendro del valle de Guadalest. Y los vítores de los liberados por la Nueve en los Campos Elíseos los reproduce ahora el silencio.

Morir exiliado en una aldea encalada donde conviven la patria que pudo ser con el hombre que perdió gloria y destino y que no reconoce ni reconoció ni hacienda ni rey.

Por el vano de Alfama serpentea el salitre que la brisa aventa. Es el ácido de la nostalgia y en este arrabal de la fatiga la mirada turbada confunde el buque en la ensenada con una golondrina de mar, mientras se superponen al fundido dilatado sobre el campo de Albatera los acordes melancólicos de la viola de un músico que nunca conocí.

Autor: Javier Solé, junio 2019

amores cotidianos (263): la piscina

NADA

Se encuentran todos los lunes. Nunca se saludan en la superficie. Son imágenes difusas las que tienen el uno del otro porque el agua les empaña los lentes. Al principio nadan muy rápido, con ansiedad. Luego lo hacen al mismo tiempo, más pausadamente, como ahogándose y riéndose a la vez. Ella sale primero de la piscina. Se tapa con la toalla apenas sube la escalera metálica. Él espera algunos minutos. Flotando boca arriba, mira las nubes a través del techo de vidrio. En sus camarines se duchan cantando para sacarse el olor a cloro que les queda en la piel.

Autor: Begoña Ugalde

Ilustración de Eric Zener

yo y los demás (107): la hermana

HUELLA

“¿de qué me está protegiendo esta tristeza?”

(María Negroni)

Siempre que experimento un instante de felicidad termina éste interrumpido. Al iniciar un viaje, en las conversaciones distendidas con las amigas en una terraza de verano, el día que aprobé el permiso de conducir, durante la fiesta de graduación, con la primera nómina; al acunar al hijo recién nacido. He aprendido a sortear tu mirada, a ensamblar tu silencio con el mío, pero no conseguí acostumbrarme a la soledad. Hay días en los que me pregunto que habría sido de mí, contigo. Pero sólo sé de mí, sin ti.

Bajo esta nostalgia, querida hermana, siento la gravedad del tiempo y la fragilidad de la armonía. No hay jornada sin tu nombre.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

Fotografía de Anka Zhuravleva

lecturas envenenadas

La misma tarde que moría de insuficiencia respiratoria, enfilando el tramo final de la agonía, miré a mi amigo poeta y le dije: “Nunca leía a Cortázar. Apenas media docena de páginas de Rayuela y poco más”. Después hice una pausa melodramática, más que nada para observar su reacción y tomar aliento -que los ahogos eran ya constantes-. Él mantuvo un silencio muy largo; era la manera de mostrarme su resentimiento y manifestarme un reproche sin paliativos. Transcurrido un buen rato de este incómodo mutismo dijo: “Que sepas que yo tampoco leí nada de Lorca”. Y acabó la frase con un “pelotudo” pura dinamita, con la peor y más abyecta de las intenciones. El muy cabrón me estaba insultando.

He de proclamar con cierta solemnidad que en mi opinión el comportamiento de mi amigo argentino, tan leído él, es inaceptable. Fue capaz de mantener un engaño ininterrumpidamente durante los últimos veinte años. Fue él, precisamente él, quien escribió una pieza teatral -ahora puedo decir que mediocre y vulgar, como casi todos sus poemas- sobre Bodas de Sangre y quien estrenó años más tarde en su Buenos aires natal, invitado por el gobierno democrático de Alfonsín, un ciclo de poesía lorquiana con lo mejor de Poeta en Nueva York y el Romancero gitano. Si yo no leí a Cortázar fue por pereza y si le mentí a mi amigo fue por evitarle un disgusto, sabiendo como sabía lo mucho que le gustaba Julio y para sortear males menores en mi arrítmico corazón.

Ahora que estoy ya muerto -el enfado le impidió acudir a mi funeral- ando con la lectura reposada de las obras completas de José Luis Borges. Sé lo mucho que le desprecia por sus calculadas indulgencias con el golpe militar que le obligó a mi compadre poeta a abandonar su tierra. Lo sé y por eso mismo lo leo con devoción. Que sé joda él -mi amigo- y que se joda Cortázar. A mí me gusta Jorge. No soy rencoroso pero lo de Federico no se lo pienso perdonar en la vida.

Autor: Javier Solé, diciembre 2018

la vida y la muerte (122): los senderos del alma

LOS SENDEROS DEL ALMA

De vez en cuando, aparecen en mi mente imágenes de antaño. Algún perfume, la melodía de una vieja canción, una mirada familiar o un objeto perdido en el desván, abren senderos que me transportan al pasado. Ocurre entonces, que mis ojos cansados, las arrugas de mi piel y este cuerpo que a duras penas sostiene mi alma, se transforman y dejo de ser, por un instante, una frágil anciana, para convertirme de nuevo en la niña que fui. Camino por el campo ligera y despreocupada, como si flotara sobre la hierba, y me recuerdo a mí misma lo hermosa que es la vida y que debo aprovecharla hasta el último latido, hasta que el sol se oculte por última vez en mi horizonte y hasta que mi espíritu se aleje, tranquilo y sereno, por inescrutables caminos de paz, sosiego y silencio.

Texto: Alex Mirc

Fotografía de María Tudela Bermúdez

la vida y la muerte (120): la última vez

“Todas las noches, la misma despedida. Cuando ya estaba acostada en la cama, mientras yo la arropaba, apagaba la luz y le dejaba una bombillita “quita miedos”, ella abría enormemente los ojos, me tomaba la cara entre sus manos y susurraba: «perdona lo que te haya hecho hoy y gracias por todo lo que haces por mí». Yo le quitaba importancia con alguna broma y le daba otro beso de buenas noches. Pero, esa noche fue distinto. Apenas un sutil cambio en los tiempos verbales que helaron mi corazón. Cuando escuché «perdona cuanto te haya podido hacer y gracias por todo lo que has hecho por mí», solo tuve ganas de salir corriendo y no escuchar. La abracé, la besé y salí de su habitación con cierta prisa. Ambas supimos que era la última vez.”

Autor: Amelia Díaz Benlliure

Ilustración: James Ensor, “Mi difunta madre” (1915)

la vida y la muerte (108): los progenitores

Los aparecidos

Con frecuencia, pero también cuando menos lo espero, se me aparecen mis padres. Tras el susto inicial, el miedo va dejando paso a un sentimiento de impotencia y de rabia, porque, por más empeño que pongo, nunca consigo comunicarme con ellos. Me gustaría decirles, sobre todo, que los echo mucho de menos, que me cuesta asumir que aquel desgraciado accidente me haya privado de su compañía.

Luego, cuando desaparecen, me quedo durante horas muy triste, abrazado a las flores que amorosamente han depositado sobre mi lápida.

Autor: Fermín López Costero

Ilustración: Laurits Andersen Ring, “Mogenstrup Church” (1889)

diáspora

Dos hombres desaliñados salen del mar. Visten un traje negro descosido y sólo calzan un zapato. Uno de los hombres el pie derecho y el otro el izquierdo. Es el mismo modelo de calzado y el mismo número. No es inverosímil sea esta indumentaria fruto de un reparto solidario entre ambos.

Los dos caminan desplazando el cuerpo torpemente, con una leve burda cojera. De la espalda de cada uno pende un instrumento musical; el hombre con el zapato en el pie derecho acarrea un piano y el hombre con el zapato en el pie izquierdo un violonchelo.

Recorren apesadumbrados la playa. En la arena quedan sólo las huellas de los pies descalzos. Peces ciegos sin vida duermen en la caja de resonancia del piano.

El paraje es agreste. Un faro tuerto es la única edificación que los dos hombres vislumbran en su errático rumbo.

Caminan durante semanas; en ocasiones intercambian los zapatos. Otros días –pues el viaje dura meses- uno va descalzo y el otro lleva en cada pie un zapato. No intercambian nunca los instrumentos musicales.

Los dos músicos –porque es plausible sean estos hombres conocedores del oficio, ¿qué sentido si no tendría acarrear un instrumento del que no sabes extraer sonido alguno?- estos dos músicos, sigo, atraviesan un bosque de abedules y canturrean un zemer en hebreo. Siete alondras escapan asustadas de la copa de los árboles y vuelan huyendo de la chimenea que expulsa el alma de los prisioneros a la atmósfera mientras los primeros acordes de los músicos resuenan en la explanada desierta donde las vías del ferrocarril mueren, justo en el pórtico del infierno.

Autor: Javier Solé, noviembre 2017

amores cotidianos (242): el desencanto

Un relato de Miguel Ángel Molina que lleva por título “DESENCANTADA”:

Con solo veinte años ya se ha cansado de buscar el amor para solo encontrar cuerpos desconocidos que la ofrecen polvos rápidos con regusto a tabaco, indiferencia y alcohol. Le ha sobrado tiempo para descubrir que esos príncipes azules portadores de la felicidad, que le vendieron de pequeña, eran una gran estafa. Tiene asumido que jamás encontrará a alguien que realmente merezca la pena y que deberá elegir a aquel que le venda las mentiras mejor que los demás. Para compensar su suerte se ha propuesto que de esa relación no nazca ninguna hija. Así podrá detener la cadena.

Autor: Miguel Ángel Molina

Ilustración de Sandra Flood

Fuente original: http://en99palabras.blogspot.com.es/2018/03/desencantada.html

 

hendidura

HENDIDURA

Lo primero que mudó, a las pocas horas del regreso del sepelio, fue la mirada. Se tornó triste e indefinida, abandonando ya por siempre la observación del mundo.

Perdió el apetito y el pelo encaneció. Dejo también de peinarse y ya no volvió jamás a la peluquería. No compró ropa ni estrenó ningún vestido del armario.

En la casa el silencio gobernaba los días y una vela por las noches presidía las tinieblas.

Solía pasar las tardes de verano ovillada en el sofá cubierta con una manta. En invierno leía. Empezó a acostarse cada vez más pronto, aunque por las noches permanecía durante horas despierta en posición fetal. No lloraba. No podía. No le salían las lágrimas.

A veces la mirabas y parecía que hubiera encontrado la paz, o el sosiego. O era sólo calma. Mentira. Hubiera podido regar con toneladas de desesperación cualquier edén. En sus ojos sucumbía cualquier ventura. Ningún funambulista hubiera vadeado sus pupilas.

No tardaron las puertas en comenzar a cerrarse; sólo una vaporosa regresión a la infancia fue un oasis fugaz. Un júbilo tenue. No sé si se trataba de su propia infancia o de otra.

A los veinte meses las manos sajadas. Y unas heridas que nadie nunca -ni papá, ni yo, ni la abuela- supo o pudo sanar. Se estaba desvaneciendo poco a poco. Las cicatrices fueron una hendidura por donde la luz entró.

Hasta que el estremecimiento de la vela esbozando un baile en el pasillo, presagio del declive, se apagó.

Mamá había muerto el día que enterramos a mi hermana.

Autor: Javier Solé, abril 2018

Fotografía de Laura Makabresku