amores cotidianos (203): el televisor

Un relato de Miguel A. Molina que lleva por título “DEDOS”:

andrey-belle-13Con ella no hace falta leer entre líneas, ni buscar doble sentido a las palabras. Cuando necesita sexo se tumba en la cama, arquea la espalda y entrecruza los dedos apoyándose en la cabeza: es la señal. Él duda, pero sale de la habitación diciendo que regresa enseguida. Tras escapar, se sienta en el sofá y va cambiando de canal: del derbi del siglo a la última de romanos. Así, mientras él observa al árbitro señalar el punto de penalti o al emperador bajar el pulgar, ella se desnuda y deja a sus dedos deslizarse amorosamente por su cuerpo.

Autor: Miguel Angel Molina López

Ilustración de Andrey Belle

Fuente original: http://en99palabras.blogspot.com.es/2016/10/dedos.html

las cuatro estaciones (70): verano. En la playa con Begoña

Dos relatos de Begoña Abad que se incluyen en su libro “CUENTOS DETRÁS DE LA PUERTA”:

ESCENA DE PLAYA 1

La mujer gorda, embutida en un traje de baño que parecía de neopreno, me recordaba a los leones marinos. Incluso podía adivinarle gruesos pelos en el bigote. Se había puesto abundante crema protectora y se había dejado caer en una toalla de colores chillones La sombrilla no era suficiente para tanta humanidad. Desde mi posición, veía su abultado vientre que rompía la línea recta del horizonte, como una enorme sandía negra. A su lado una bolsa vacía de patatas fritas grasientas y una pinta de cerveza del chiringuito, donde luego se comería una paella de marisco que había encargado. Yo no podía apartar la mirada de una hilera de sudor que recorría los pliegues de su cuello y desaparecía en el profundo canal que separaba dos voluminosos pechos deformados, a punto de salirse del bañador en un estallido monumental. De pronto, una gaviota atrevida se posó sobre la mujer y comenzó a picotearla con furia. También debió pensar que se trataba del cadáver de una gran ballena.

ESCENA DE PLAYA 2

Aquel espécimen no se había puesto traje de baño en las últimas décadas. Las turistas rubias del diminuto biquini rojo le miraban disimuladamente por encima de las gafas. Había llegado a las doce de la mañana, con una colchoneta de plástico y se había tumbado sobre ella. Su cuerpo, de un blanco lechoso, tenía aspecto de pez con el vientre hacia arriba, olvidado por la marea. Aún se le notaban las marcas del elástico de los calcetines. En contraste, mantenía una gorra que le daba aspecto de capitán de fragata en una película cómica. Ni cinco minutos habían pasado y se le escuchó un silbidito acompasado a modo de ronquido. Tres horas y media más tarde abrió los ojos, intentó incorporarse y lo hizo con la colchoneta pegada a su espalda a modo de bandeja para un cangrejo recién hervido, que era lo que ahora parecía. Para entonces la marea había bajado. El pobre hombre pez tuvo que caminar de aquella manera ridícula, para darse un baño que le despegara el plástico de la piel sin arrancársela a tiras.

Ilustraciones de Eric Fischl

soledad

Cada mañana el hombre enjuto, de pelo canoso, levemente encorvado y mal alimentado, descuidado en la vestimenta y sin afeitar, con un rostro apagado, camina empujado por la correa del perro de su esposa y acompañado por la tristeza.

Tiene todo el día por delante para ejecutar sin ánimo las tres o cuatro gestiones irrelevantes, sin apenas una pizca de importancia, que la intendencia doméstica le exige realizar pero las hace a primerísima hora del día pues viene de una noche triste y larga a la que precedió una tarde aburrida y monótona.

Los días se suceden indiferenciados; algún día el sol se esconde en unas nubes grises, otras luce espléndido y demoledor, unas pocas veces llueve de forma tímida y apocada y sólo en muy escasas ocasiones una tormenta descarga su ira en este barrio periférico donde los niños juegan en la calle bajo la atenta vigilancia de abuelas prematuramente jubiladas en una empresa textil deslocalizada.

Este hombre que arrastra toda su tristeza, su minúsculo futuro y una carretilla llena de recuerdos es el mismo que hace años paseaba por la alameda, cogido del brazo de una mujer afable, inmensamente gorda y feliz, de respiración agitada pero mirada dulce, que sucumbió en unos pocos meses de un cáncer. Fue una enfermedad tan intensa y breve que el hombre quiere creer a veces fue un mal sueño.

Pero luego, entre la ropa sucia sólo hay calcetines y calzoncillos. No tiende nunca ni un sostén, ni una blusa, ni una falda. Y mientras la escasa ropa del hombre viudo da vueltas en el tambor de la lavadora mi vecino se siente solo… hasta que el perro de su esposa muerta le lame la mano.

Hoy, al mirar por la ventana de la cocina y quedarme unos minutos absorto pensando en Laia, he visto al hombre enjuto, de pelo canoso, aspecto desaliñado, que caminaba sin la correa del perro.

Me temo que ahora si estamos los dos definitivamente sin nadie.

Autor: Javier Solé, agosto 2014

Ilustración de Gary Bunt

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Eduardo

“… a la tierra se regresa
antes de crecer en ella”

(Tulia Guisado)

Conservaba sólo una docena de fotografías del hijo muerto. El embarazo había sido físicamente complejo, con instantes intensos de bienestar psíquico, de felicidad ahora proscrita. El parto, prematuro, fue largo, difícil y, endiabladamente, peligroso. Para ambos. Ya ella tuvo que indicarle al doctor que diera prioridad al hijo sobre la madre. Pero la ciencia suele batirse en retirada cuando la guadaña reclama con vehemencia que alguno de los vivos sea sacrificado.

La noche era larga y un caballo sin montura cruzaba al galope un paraje calcinado. Era la misma muerte que venía a desgarrarle el alma, degollarla entera, sembrar una herida y un dolor incurable, insoportablemente despiadado.

Hubo noche, y a las noches les sucedieron los días. Y los días murieron en noches. Y esta sucesión no trajo nunca la luz, sólo el péndulo de una lámpara hospitalaria que tiritaba de miedo y de frío, más de miedo que de frío. ¡Qué dolor morirse y que cruel ver morir!

A los ocho meses le sucedieron sólo nueve días. Puedes pensar que nueve días no son mucho, y es verdad que vivir sólo nueve días es poquísimo, es una miseria. Cuando se es niño nunca vives lo suficiente, sean nueve días, nueve meses o catorce años. Pero nueve jornadas de enfermedad, de agonía, y si son los primeros nueve días de vida, son una bomba de plutonio; la percepción del tiempo, en mitad del dolor, confunde los minutos con las horas y las horas con los días y los días con unas pocas semanas, acaso una y una décima de la siguiente. Y el vacío cavando fosas en el alma.

Transcurridos unos meses del entierro, el padre, un día, preso de este dolor incrustado, confesó que tal vez hubiera sido mejor que el bebé hubiera muerto en el útero, que no hubiera llegado a nacer, que no fuera posible recordar se movía y lloraba, se aferraba al pecho con una locura infame. Que verlo durante una semana -nueve días, en realidad- fue un tormento añadido para el niño y para los progenitores.

A ella, sin embargo, este pensamiento y su exhibición impúdica le molestaba. Aunque no lo citaba por su nombre -y utilizaba el genérico niño- se sentía reconfortada por haberlo visto nacer, por haberlo tocado, por haberlo besado, haber intentado darle de mamar, acogerlo en su regazo en la UCI hasta que dejó de respirar y hasta una hora después.

Los muertos no nacidos no tienen rostro aunque tengan nombre. Son un legajo, algo o alguien que es y será sin llegar a haber sido, pero el niño enfermo sepultado en lavanda y sábanas blancas con las iniciales del hospital ha sido, aunque sea su existencia breve. Tiene rostro y tiene nombre.

Los padres del niño muerto terminaron por separarse. Seguramente, fueron incapaces de afrontar de manera conjunta la tragedia. Ambos “rehicieron” su vida, otra vida. La supervivencia tiene leyes poderosas que nadie desafía con éxito. Los dos, por separado, tuvieron otras relaciones, parejas nuevas. Pero, y esto es lo más curioso, ninguno de los dos tuvo descendencia.

Eduardo se llamaba el niño que nació demasiado pronto y demasiado pronto murió. De ningún otro modo hubiera podido titularse este relato.

Autor: Javier Solé, noviembre 2015

 Fotografía de Brooke Shaden

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

ceremonia laica

“Era un hijo de puta. Me cosió a palizas toda la vida, arruinó la niñez de mis hijos…”

Con estas mismas exactas palabras –Eloy lo recuerda muy bien, incluso después de muchos años y de multitud de funerales laicos oficiados- definía la viuda del muerto a su marido difunto en la sala del tanatorio donde se había reunido para preparar la ceremonia.

Eloy mira a los dos hijos que acompañan a la madre. Permanecen abatidos, con lágrimas contenidas, serios y taciturnos, en una actitud equidistante entre la infinita tristeza y él alivio incontenido por el final de una asfixiante pesadilla.

Estuvo el orador de funerales laicos intentando pensar como darle la vuelta a la situación planteada donde el cadáver de una bestia cotidiana yacía inerte rodeado de familiares apesadumbrados pero liberados. Repasaba la nota biográfica en búsqueda de una argucia que le socorriera en el discurso. No la había. Un hombre malo. Temido por los operarios en el trabajo, respetado con indiferencia por los vecinos, una devoción insana por la unidad de la patria desde los tiempos de su servicio militar con varios reenganches hasta su licenciatura con el mediocre cargo de sargento, una amante insatisfecha, unos hijos asustados, una esposa apaleada.

Estaba verdaderamente agobiado con esta maldita ceremonia que presentía tensa y complicada, nunca la justicia y la misericordia fueron buenas aliadas. Entonces, cuando ensimismado en su despacho intentaba darle la vuelta a esta absurda situación, el gerente del tanatorio abrió la puerta del despacho y le comunico que la hermana del difunto había protestado enérgicamente por los preparativos de una ceremonia laica, alegando la religiosidad del muerto y que ésta se sustituía por una misa que oficiaría el cura.

Desde la última fila Eloy escuchaba el sermón del párroco que elogiaba las virtudes del finado. La Iglesia tiene en esto tanta experiencia como hipocresía y defiende a los suyos aunque sea ésta una misión imposible.

Ciertamente este cura era un espléndido actor, desgastando en homilías absurdas, repitiendo el mismo lacónico papel falsamente compungido, mercenario de las mentiras que dominan el mundo.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Ilustración: Dean Cornwell, “Priest Spanish City” (1921)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

la vida y la muerte (74): fallecidos que hablan

Un relato que lleva por título “CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA”:

Nunca debí aceptar la propuesta del gordo director del periódico. Aquello no era mi guerra, si bien si fue mi muerte.

dominicnahrEstoy muerto. Silencio. Bien muerto. Requetemuerto.

Empecé a morir la tarde que mi pie izquierdo pisó levemente aquella estúpida bomba en aquella estúpida guerra. No sé quiénes eran unos ni quiénes los otros. Ni siquiera si yo estaba alineado con los buenos. Tampoco discerní nunca ni los motivos ni la fecha remota del inicio de las hostilidades. Son preguntas que no llegué a formularme y que ya no tienen respuesta; la única certeza es que todo es absurdo y que estoy muerto. Y que es irreversible, no hay vuelta atrás. No volveré a vivir, ni, afortunadamente, volveré a llorar ante cadáveres calcinados de civiles, de niños mutilados. Estoy muerto y Vd. Lo está leyendo en la crónica del suplemento dominical. Vigile, el café se está enfriando.

Autor: Javier Solé, octubre 2013

Ilustración de Dominic Nahr

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

el aprendiz de brujo (340): hombres

Un relato de Cristina Morano que lleva por título “HOMBRES”:

Alex Katz - 08

“No los ves que todavía caminan, que no han llegado a casa y ya no se tienen en pie, que son ellos los que recorren las carreteras, todas las carreteras. Con sus despidos, con sus corbatas arrugadas, caminan por el mundo; por las noches le tocan el culo a la camarera delante de una cerveza y un paquete de ducados. Recorren oficinas mal iluminadas, sin compañeros, sin mujeres, sin una mala percha donde colgar a sus hijos suspendidos, a sus esposas decepcionadas, y beben. Beben más que nadie, presumen de beber más que nadie, tienen cánceres de hígado, de próstata; van a mear y les duele. Se ponen los pantalones, les duele, y tienen que estar enteros. Cogen el coche, es una tiranía el coche: el seguro, la cera abrillantadora, las multas, los anuncios de accidentes mortales donde siempre conducen los hombres. Pero envejecen. No dejan los hombres nada tras de sí: el coche en el garaje, dos pares de calcetines negros y una casa que venden los hijos mayores. Nadie se acuerda de los hombres. La verdad es que no sabemos nada de ellos. Los veo a veces en el campo, en las cárceles. Hombres encerrados porque odiaban a alguien. Sonríen en los bares como si echarles un polvo fuera a solucionarles la vida, a perdonarles la vida. En muchos países los persiguen por amar a otros hombres, en el nuestro, alguien mayor les pone un puro en la boca y les dice: ya eres un hombre. Recorren agotados las calles, los mares, los desiertos por orden de las instituciones. No sabemos si descansan cuando mueren a manos de otros hombres”

Fuente original: http://www.morano.info/

Ilustración de Alex Katz

la infancia (51): el recuerdo imborrable de los amigos

Un relato que lleva por título “LA ALAMEDA SIN ÁRBOLES”:

La mayoría de los transeúntes son viejos enfundados en un chándal, adquirido en el mercadillo semanal, con el que recorren la alameda desnuda de árboles, en un intento por arañar de su corazón una prórroga a menudo indecorosa, que en su trotar torpe y sin ritmo no deparan nunca en los detalles nimios.

Cada día cruzan la rotonda coronada por una fea estatua en cuya base crece en forma de maleza el déficit presupuestario del municipio que tuvo prisa por adjudicar a un escultor amigo el adorno sin calcular el coste de un sencillo mantenimiento. Es esa misma rotonda donde un joven drogadicto rehabilitado por un hermano mayor carpintero se mató en un absurdo accidente de tráfico. La misma rotonda donde el dibujo de un elefante esculpido con navaja por unos adolescentes custodia mudo las idas y venidas de la hermana de su dueña, como si permaneciera velando no llegue tarde ni se demore en los trayectos más de la cuenta, no sea que la madre empiece a impacientarse por la tardanza de la única hija viva.

2014-03-elefante-plaza-amalvigiaUn elefante perfectamente dibujado por la mano de un estudiante poco premiado académicamente, un artista cuya obra queda agazapada entre la maleza, medio escondida, como si su significado fuera un símbolo de una hermandad secreta.

Los viejos transeúntes que recorren la alameda desnuda de árboles en un invierno perpetuo podrían ver en este pequeño dibujo toda la solidaridad adolescente que ellos olvidaron y no practicaron más que en unas pocas ocasiones que ya ni recuerdan. La solidaridad de aquellos jóvenes que, cargados con las mochilas de libros de texto inútiles que los profesores siguen solicitando para su comodidad pedagógica, caminaban llenos de alegría e ilusiones hacia la casa donde la abuela, los martes y los jueves, les tenía preparado un plato de sopa que todavía hoy sigue desprendiendo su inconfundible aroma de infancia por los recovecos de la escalera.

Autor: Javier Solé, abril 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

 

la vida y la muerte (68): hombre negro

Un relato de Ana Vega que lleva por título “EL HOMBRE DE NEGRO”

rene-magritte-the-prepared-bouquet-1957Nadie le había visto antes en la ciudad. Una anciana dijo haberse sorprendido al encontrarse un hombre muy alto vestido de negro parado junto al jardín. Al día siguiente la noticia aparecía en todos los diarios. Encontraron a la chica medio desnuda, con las manos amputadas y un pequeño sobre rojo entre los dientes. Junto a ella un abrigo negro de hombre y unos zapatos sin cordones al lado del río. El caso se dio por cerrado tres días después. Alguien vio un sombrero negro arrastrado por la corriente.

Autor: Ana Vega

Ilustración: Rene Magritte, “the prepared bouquet” (1957)

margaritas

Desde pequeña Alicia ha tenido predilección por el cuento de Lewis Carroll no porque la protagonista se llame como ella sino por el bosque lleno de árboles, el conejo que tiene prisa y los naipes obedientes. Durante años obligó a su madre a explicarle el cuento una y otra vez, incluso cuando ya era mayor y podía ella leerlo perfectamente sola. Rosario siempre cuido de Alicia; desde que le diagnosticaron la deficiencia cognitiva, al poco de nacer, con solo dos semanas. Siempre le dio los mejores abrazos y todo su cariño, con un desvelo desbocado.

Esta entrega sin reservas se mantuvo incluso cuando Rosario enfermó. El pronóstico del oncólogo le daba tres años pero vivió trece. Esos diez años extraordinarios fueron para madre e hija, para Rosario y para Alicia, una bendita prórroga. El marido, por el contrario, nunca soportó bien la convivencia con una hija deficiente y una mujer desahuciada. Volvía cada vez más tarde del trabajo, cada día más triste y cada semana más borracho.

margaritasCuando la enfermedad parecía haberse olvidado de Rosario resurgió con más virulencia y con la exigencia intransigente de los prestamistas que reclaman el abono de los intereses.

El último mes fue terrorífico, con unas sesiones de radioterapia que arrasaron la posibilidad de preservar en la memoria la dulzura en la mirada de Rosario.

Todos los familiares estaban hondamente preocupados por el efecto devastador de la ausencia de Rosario en la vida familiar. El padre miraba a la hija con una congoja infinita al sentirse impotente para sobreponerse a la pena y ayudarla.

Sin embargo, las cosas fueron muy distintas a como todos las habían imaginado en el hospital o en el velatorio. Al regresar al hogar, Alicia empezó a rellenar con agua la botella de vino y el padre volvía pronto a casa para explicarle el cuento de Lewis Carroll.

Los domingos salen al bosque, se tumban en un claro y contemplan los dos juntos, fascinados, las nubes y sus formas caprichosas. Algunas veces, unas pocas, lloran un ratito pensando ambos en Rosario.

Y todas las tardes de domingo regresan cogidos de la mano. Alicia recoge siempre en el bosque unas pocas flores, margaritas la mayoría de las veces. El lunes por la mañana acude al cementerio para que su madre pueda olerlas.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)