la desilusión

Hizo un viaje de dos horas en autocar para pasar conmigo el día. Yo trabajaba aquel verano en un pueblo de la Costa Brava. Estábamos paseando por una calle de L’Escala y exclamo emocionado que en un restaurante anunciaban “sardines a la planxa” y que ya teníamos la cena resuelta. Cuando fuimos a la noche nuestra desilusión fue mayúscula pues lo de “sardines a la planxa” era, en realidad, “sardanes a la platja”.

Es por eso que en fecha señaladas (el diez de julio, la víspera de nuestra “fallida ágape”, el diecinueve de noviembre, aniversario de su nacimiento, o el tres de junio, el de su muerte) yo siempre dispongo el ritual de comer sardinas a la brasa con una rebanada de pan con tomate, y lo hago como si fuera el sacramento de la eucaristía, y pienso en papá y en la dignidad con la que sobrellevaba su decepción aquella noche de verano en un pueblo de la Costa Brava  mientras en la hamburguesería rehogábamos de kétchup las salchichas y, a lo lejos -siempre es a lo lejos- se escuchaba el rumor de las olas en la orilla y los acordes de unas habaneras aunque  nosotros en verdad solo éramos capaces de oír el hilo musical de este bar de carretera que emitía una versión ínfima en castellano de “Strangers in the night”.

Recuerdo también que mi padre al marchar les dejó una espléndida propina y que zanjó mi sorpresa con un lacónico “lo cortés no quita lo valiente”.

A mi padre le gustaban las sardinas y Frank Sinatra, no necesariamente en este orden.

Autor: Javier Solé, octubre 2022