la promesa

PROMESA

No pudo evitar unas lágrimas al recoger la fotografía de sus padres encaramados al camello en Lanzarote. Puso el cepillo del pelo en el neceser y no olvido la crema hidratante y su perfume favorito. Antes de cerrar el piso con doble vuelta dio un último vistazo a las llaves del agua y del gas y se aseguró que el televisor estuviera apagado.

 Nunca imagino este abrupto desenlace. A una infección de orina le sobrevino una demencia senil que evolucionaba temerosamente por escarpados acantilados a mar abierto. Pero la madre empeoraba cada día un poco más y de forma rápida y decidida y tomó la decisión de reclamar una ambulancia y llevarla a urgencias. Tenía mucho miedo pensando que esa salida del hogar fuera definitiva, que el regreso a la casa fuera entonces una utopía, que este acto incumpliera la promesa que le hizo hace meses de no abandonar su casa bajo ninguna circunstancia. Y quiso la fatalidad que el oncólogo descubriera una lesión extensa e irreversible, inoperable, en el encéfalo. Ella no entendía la jerga técnica y las palabras concluyentes del equipo médico, sólo llegó a comprender que el ingreso era inmediato y el pronóstico sombrío.

Había asumido en solitario los cuidados que la sociedad patriarcal exige a las hijas eximiendo a los varones.

Horas y horas, días y días, en un desvelo por atender las necesidades de la anciana madre, rehuyendo siempre la palabra residencia. Permanecer en la casa familiar entre las fotografías, las figuritas de porcelana y los recuerdos. Bastión de la resistencia ante la intemperie, ancla entre los cimientos.

Supo entonces que aunque hubiera hecho todo y más por la mujer que la rescató del orfanato de un país del Este tal vez en lo fundamental había “fallado”. Que había faltado a la promesa… O tal vez ese compromiso no llegó a existir nunca pese a que en ella habitaba formalizado en una ceremonia solemne. Incluso es posible fuera solo la pretensión propia de espantar los fantasmas del desamparo de su niñez.

Entreabre la puerta de la habitación de la madre en cuidados paliativos y esboza una sonrisa mientras se asoma al interior y le muestra la bolsa con sus objetos más preciados. Al fondo, en el embozo de una cama blanca y limpia la cabeza cana de la madre. Duerme tranquila, la respiración es plácida e inaudible. Tiene los ojos cerrados. Con toda seguridad es este preciso instante el principio del final. Sólo se escucha el canto de la alondra en un terreno baldío.

Autor: Javier Solé, agosto 2022

Ilustración: Carl Wilhelmson, “Tired” (1898)