El Palacio Real de Olite

El Palacio Real de Olite, corte de los Reyes navarros hasta la conquista de Navarra y su incorporación a la Corona de Castilla (1512), fue uno de los castillos medievales más lujosos de Europa. Así, un viajero alemán del siglo XV escribió en su diario: “Seguro estoy que no hay rey que tenga palacio ni castillo más hermoso y de tantas habitaciones doradas”.

Contemplando su majestuoso perfil y la elegancia de sus caprichosas torres, no resulta difícil trasladarse al medievo e imaginar cómo era la vida cortesana en un palacio que contaba con ricas decoraciones, exóticos jardines e incluso un zoológico. En él se celebraban justas y torneos, juegos de pelota e incluso corridas de toros.

El Palacio Real de Olite es la prueba del esplendor cortesano que durante la Edad Media vivió la ciudad. Emplazado sobre restos de una antigua fortaleza romana, durante los siglos XIII-XIV sufrió diversas transformaciones. Su aspecto actual es fruto de una cuidadosa restauración acometida en 1937 que ha intentado devolverle el aspecto primitivo.

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El valle de Roncal y la cascada de Kakueta

El Valle de Roncal ofrece una acusada personalidad forjada a base de tradiciones ancestrales, una sabrosa gastronomía y naturaleza en estado puro; la diversidad de sus paisajes oscila entre rincones kársticos y valles glaciares y bosque repletos de árboles frondosos.

TRIBUTO DE LAS TRES VACAS:

Cada 13 de julio se renueva este tributo milenario, el más antiguo de Europa. La piedra de San Martín, en un sugestivo enclave natural, entre los pirenaicos valles de Roncal y Baretous (Francia), sirve de lugar de encuentro a las gentes de ambos lados de la frontera. En 1375, una sentencia arbitral impuso a los bearneses el pago perpetuo de tres vacas por el aprovechamiento de los pastos roncaleses.

Es el veterinario de Isaba quien elige las tres mejores reses, que deben tener igual dentaje, pelaje y cornaje. Justo antes de la entrega de los animales, los bearneses, luciendo la bandera francesa, y los roncaleses, ataviados con los trajes típicos del valle, reanudan su compromiso de paz.

CASCADA DE KAKUETA:

Es uno de los paisajes más salvajes y prestigiosos de Europa, del que destaca su naturaleza virgen y frondosa. Existe un recorrido acondicionado de 4 kilómetros mediante el cual se puede recorrer parte de la foz. Hacia el final del recorrido, se alcanza la cascada que cae de una altura de unos 20 metros, cuyo origen sigue siendo desconocido. No muy lejos la “Grotte du Lac” (Cueva del lago), adornada de estalagtitas y estalagmitas es tan espectacular como la cascada.

 La cascada del Kakueta está considerada como una de las imágenes más hermosas parajes del Pirineo vasco.

La Selva de Irati

Un bosque que te brinda multitud de sensaciones: el encuentro a solas con la naturaleza, el rumor salvaje del agua entre hayas y abetos, el frescor del río, el sonido huidizo de los animales y de las hojas caídas en otoño. El silencio y la soledad.

O, simplemente, echarse a andar por alguno de los senderos balizados que recorren el corazón del bosque

 La Esther, ensimismada, acariciando el silencio y enmudecida por el olor de la verde hierba. La Laia, por el contrario, abstraída pero concentrada en superar el reto de un yo-yo que horas antes le habían regalado con un helado de vainilla.

En las inmediaciones, el bello pueblo Ochagavía, de estrechas calles empedradas, con un puente medieval, con casas de recias paredes de piedra y tejados empinados.

Zugarramurdi y el Museo de las Brujas

En el Pirineo occidental,  a escasa distancia de la frontera con Francia,  se encuentra Zugarramurdi, el pueblo de las brujas, donde fantasía y realidad se mezclan para regalar a la imaginación la posibilidad de hacer un apasionante viaje a través del tiempo.

Su cueva, a 400 metros del pueblo,  se puede visitar hasta el anochecer. No contiene estalactitas ni estalagmitas, ni en sus paredes se han descubierto pinturas rupestres. Sin embargo, conserva un atractivo casi único; un halo mágico que la envuelve por haber sido hasta el siglo XVII escenario de akelarres, reuniones paganas en las que hombres y mujeres escapaban de la rutina a través de festines desenfrenados, danzas en torno a hogueras y orgías a la luz de la luna.

El aislamiento del norte de Navarra favoreció la conservación de teorías de adoración al diablo y el uso de remedios naturales, propios de la época, pudieron confundirse con actos de brujería.

Gran parte de los visitantes llegan a Zugarramurdi atraídos por las historias y leyendas que fueron surgiendo en torno al proceso inquisitorial de 1610. El origen de este dantesco episodio de la historia de Zugarramurdi hay que situarlo en el relato de una joven de la localidad acerca de sus sueños, en los que aseguraba haber volado y haber visto a varias personas del pueblo participando en Akelarres. Inicialmente el episodio se habría resuelto con la intervención del párroco, quien habría requerido a los culpables que descargasen sus conciencias, pero posteriormente intervino la Santa Inquisición, seguramente avisada por el abad del Monasterio de Urdax.

Como resultado de la intervención de los inquisidores fueron encausadas 53 personas de la comarca, que fueron llevadas a Logroño. La mayoría de ellas murieron en las cárceles o en el camino. El 7 de noviembre de 1610 se celebró el Auto de fe y, como resultado del mismo, 21 arrestados fueron acusados de delitos menores, 21 fueron perdonados y 11 condenados a la hoguera (6 en persona y 5 en efigie, junto con sus restos mortales), habiendo sido quemados el domingo 8 de noviembre de 1610.

Con la intención de dar a conocer lo que sucedió en Zugarramurdi y su entorno a principios del XVII, esta localidad navarra ha rehabilitado su viejo hospital, situado en el mismo pueblo en la salida hacia las cuevas, para instalar en él el Museo de las Brujas de Zugarramurdi.

Este espacio museístico inaugurado en julio 2007 quiere ser un lugar donde perpetuar la memoria histórica y mostrar al visitante cómo era la vida cotidiana de aquellas gentes. Un homenaje a las personas, hombres y mujeres, que fueron víctimas de una situación social trasnochada, de una ola de pánico brujeril, y de una Inquisición que necesitaba imponer su autoridad. Un espacio de duelo y recuerdo, un lugar donde contar interesantes historias, en su contexto, con sus matices de luz y oscurantismo, de forma rigurosa pero también amena y apasionante. Rompiendo con la imagen folklórica de las brujas, se quiere dar paso a esa otra realidad de unas mujeres y unos hombres acusados de cosas inverosímiles, envueltos en relatos fantasiosos, y finalmente quemados en una hoguera. Se trata de un Museo sencillo espectacularmente fiel a la historia y que conjuga sabiamente conocimiento y entretenimiento además de utilizar inteligentemente las nuevas tecnologías.

 

El valle de Baztan constituye un paraíso verde donde es posible disfrutar tanto las tradiciones de sus pueblos con casones blasonados como de las bucólicas estampas de la  naturaleza con verdes praderas.

 

Nuestra llegada al pueblo estuvo precedida de una intensa lluvia; nos hospedábamos en Elizondo y desde allí subimos al día siguiente a Larrun, un tren lleno de encanto. Pero eso ya lo explicaré otro día.