Jugar a tenis en la acera, crímenes en la playa

“¿dónde estaba Dios mientras aquí se fusilaba en su nombre?” (Jaume Botey i Vallés)

jugar al tenis en la calleLos niños pobres de la Verneda jugaban al tenis sin red, pintando en el suelo con tiza las líneas que delimitaban el campo. Con esta misma tiza, los padres de los niños pobres de la Verneda reclamaban en las paredes de los edificios libertad para los presos políticos.

Unos años más tarde, en el mismo lugar, los padres ahora abuelos reclaman empleo para sus nietos mientras los niños convertidos en padres lloran con lágrimas amargas bajo el manto de una desolación infinita.

Con la misma tiza dos amantes adolescentes dibujan un corazón en la arena de la Playa Bella, en el Campo de la Bota, en la Barcelona posolímpica, bajo un bóveda donde creen posibles los sueños. Es la misma arena en la que los condenados por Franco eran vilmente asesinados. La arena de la playa quedaba impregnada del rojo de la sangre y sus cuerpos eran sepultados en el cementerio de Montjuïch, en el Fossar de la Pedrera.

Definitivamente, la historia no acaba nunca de encontrar la senda de la justicia. Ni los niños pobres de la Verneda tuvieron oportunidad de lucir chándal en el Real Club Polo ni los fusilados por Franco en el Campo de la Bota han obtenido reconocimiento alguno. Sólo los mártires beatificados en Tarragona juegan al tenis con los monaguillos venidos expresamente de Roma. Una columna de estilo jónico ha sido habilitada como red.

En la actualidad, el Campo de la Bota en sentido estricto no existe. La marginalidad de “El Vaquilla” y los mensajes escolapios de Botey han mudado… En un rincón escondido del inmenso parque del Fórum, al lado del cinturón del Litoral, en la Barcelona de la mutación olímpica, hay una placa que dice ”Parque del Campo de la Bota” y un breve y protocolario texto con el que las autoridades creen cumplir con el pasado; una forma mezquina de torear con la realidad que no pueden esconder pero que no les gusta recordar.

Pero al sur del distrito de Sant Marti, en las playas rebautizadas no todo eran mojitos y juerga hasta el amanecer. Los dormitorios de los hoteles de diseño que se alzan desafiantes ante el mar eran antes chabolas a merced de las olas…

Pescadores, campesinos, obreros, inmigrantes, gitanos, marginados… Ninguno portada en la revistas del corazón, mas cuando, al despuntar el alba, los últimos juerguistas de la exigua Playa del Somorrostro callan, los latidos de los chabolistas, a poco que prestes atención, se escuchan en toda la ciudad.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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