El tiempo y el deseo en la poesía de Hilario Barrero

SIN SALIDA

Me adentro en el laberinto
donde encontrarte a ti
es la única salida razonable

Ilustración: Edward Hopper, “Pennsylvania coal town” (1947)

GEOGRAFÍA

En Barcelona fuimos una hoguera
aquel verano del setenta y uno
ardiendo sin llegar a ser ceniza.
Después vino una lluvia inadvertida
e inundó el cobertizo donde estaba la leña.

En Nueva York bajamos al abismo
y estuvimos a punto de ser carbonizados.
Crecieron unas sombras en la alcoba
insistiendo en mezclar su sangre con la nuestra,
pero nos protegimos con la muerte
que era todo lo que aún nos quedaba.

Anoche en Alexandria, junto a ti,
iluminados por la dudosa satisfacción
del que llega a la meta, éramos dos rescoldos
caminando despacio hasta el hotel
para dormir en camas separadas,
sabiendo que al crecer la luz primera
vendrías a mi lado a despertarme.

Ilustración: David Hockney, “Christopher Isherwood and Don Bachardy” (1968)

EDUCACIÓN NOCTURNA

De cuerpo analfabeto y provinciano
en la primera noche al apagar la luz,
te besé en la mejilla con los ojos abiertos.
Yo no sabía que para dar un beso
se cerraran los ojos o se abriera la boca.
(Lo de la lengua me lo fuiste
enseñando poco a poco).
En la penumbra me acostumbré a tu cuerpo,
y en él leí tu espesa biografía.
Taché los nombres de los personajes
y anoté recorridos para llegar muy hondo.
Recuerdo las jornadas de verano, las noches sin dormir,
las primeras lecciones, los signos y las cifras.
y aunque fueron espejos
y transformé su córnea de tanto contemplarlos,
de lo que no me acuerdo es,
aunque te haya mirado muchos amaneceres,
de cómo eran tus ojos en tanta oscuridad.

Ilustración: Eric Fischl, “the benginning and the end” (1988)

SAO BENTO

Hace cuarenta años, deslumbrado en Oporto,
acechando en paseos oscuros
ganaste una batalla desnudando armaduras
de jóvenes guerreros.
Ahora vuelves a un hotel de primera
cercano a donde fuiste feliz
y aunque nada parece que ha cambiado
tienes miedo de entrar en la estación
pues bien sabes que ya no están los cuerpos
que te pidieron lumbre, te invitaron
a una pensión de barrio y encendieron tu noche.

Fotografía de Rui Palha

La poesía de Hilario Barrero (Toledo, 1948) es un canto doloroso de felicidad hecho desde la serenidad y la aspereza. La reflexión ante la vida y la muerte y el amor, y la austeridad en las formas lo acercan a una poesía clásica. El tiempo y el deseo constituyen los dos pilares en los que se sustenta su recorrido poético; refleja la posguerra en Toledo con una adolescencia mísera, la Barcelona de la rebeldía y el gozo y la serenidad de Nueva York sin olvidar el ultraje salvaje de la vejez.

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