Efemérides (III) 02/10/1955: el hijo muerto

Tengo un hermano al que no conozco muerto hace ya más de cincuenta años. Nació en octubre y murió en noviembre del mismo año; vivió tan solo treinta y nueve días, como repetía siempre mi madre cada dos de octubre. Lo hacía con una letanía, con una congoja y una tristeza infinita que nos tenía a todos en casa encogidos. Por eso yo siempre terminaba la jornada llorando un cadáver que no vi y a un vivo que no conocí.

Ilustración: Millet, “el niño enfermo” (1858)

Es curioso que mi madre reviviera siempre la fecha del nacimiento y nos evitará recordar la de su muerte. Seguramente tenía presentes ambas en el corazón aunque prefería recordar la del momento feliz de su alumbramiento.

Eduardito era el primogénito; es probable que la vida de mis padres ya no fuera la misma desde entonces. Siempre me ha intrigado pensar como hubiera sido la mía si él hubiera sobrevivido. Yo sería el pequeño de tres hermanos, el pequeñísimo. La vida me ha hurtado su cariño y sus consejos. Mi hermano mayor ya no sería el mayor, sería simplemente el mediano. Y el mayor que no existe me habría protegido de las tropelías y fechorías del mayor sobrevenido.

Es difícil e inútil pensar en que seria diferente mi vida de haber tenido un hermano que no llegué a tener. Mi hermano mayor, el mediano, me ha dado el cariño y la protección que le he reclamado, acaso más o tanta como la que Eduardito me hubiera brindado.

Eduardito…, nunca Eduardo.

Sólo me apena el dolor de mis padres; callado el de él, constante el de ella, infinito siempre. Por eso entendí muy bien cuando a mi hija Esther, con sólo treinta y nueve días, le operaban de una hernia inguinal. La imagen de su abuela golpeando al caminar con el bastón el pasillo de la clínica me confirma que aquella noche mi madre hizo todo lo posible para evitarnos su mismo dolor y su conjuro para espantar cualquier mal presagio funciono. El cirujano sólo hizo el resto.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

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Efemérides (II) 13/09/1954: la boda de mis padres

Viejas fotografías decrépitas de hechos pretéritos que sólo conocemos por el relato de sus testigos.

El 13/08/54 Jorge y Teresa contrajeron matrimonio en la iglesia Nuestra Señora de los Ángeles tras varios años de noviazgo. Él tenía veintisiete años, ella acababa de cumplir veintitrés. Él trabajaba en el sótano de un banco, ella había sido pastelera y taquillera en los ferrocarriles. Se instalaron en una habitación, realquilados, con derecho a cocina.

Estuvieron así cinco años. Ni agua ni luz. Se aseaban en un barreño y permanecían a oscuras en las noches eternas. Hacía frío, sólo tenían sus cuerpos… Los tranvías circulaban cada día, todos los días, por la ciudad gris.

El invierno pasado descubrí en una vieja caja de zapatos cartas que mi madre había escrito a mi padre. Cartas que rebosan un erotismo que ruboriza. Cartas a un amado que éste conservaba en su piso de soltero, palabras de amor que él no le devolvió cuando veinticinco años después de la boda se repartieron los restos del naufragio.

Autor: Javier Solé

Relato incluido en la versión impresa de “Rehén de la memoria” (ISBN 978-84-9050-719-3)

Efemérides (I) 01/08/1931: Escribir tu silencio sobre el agua (Luis Rosales)


ESCRIBIR TU SILENCIO SOBRE EL AGUA

No sé si es sombra en el cristal, si es sólo
calor que empaña un brillo; nadie sabe
si es de vuelo este pájaro o de llanto;
nadie le oprime con su mano, nunca
le he sentido latir, y está cayendo
como sombra de lluvia, dentro y dulce,
del bosque de la sangre, hasta dejarla
casi acuñada y vegetal, tranquila.
No sé, siempre es así, tu voz me llega
como el aire de Marzo en un espejo,
como el paso que mueve una cortina
detrás de la mirada; ya me siento
oscuro y casi andado; no sé cómo
voy a llegar, buscándote, hasta el centro
de nuestro corazón, y allí decirte,
madre, que yo he de hacer en tanto viva,
que no te quedes huérfana de hijo,
que no te quedes sola allá en tu cielo,
que no te falte yo como me faltas.

Autor: Luis Rosales

Si hoy mi madre no hubiera muerto cumpliría 81 años; si mi madre no hubiera muerto hace ya casi ocho años tal vez nos hubiéramos reunido para apagar las velas de un pastel sin cesar de reír y discutir, pero como sólo permanece viva en mi recuerdo me conformo con imaginar darle un beso y evocar una tarde de verano de mi niñez en el muelle de Barcelona cuando yo apenas tenía seis años y ella lucía plena con algo menos de cuarenta.

Este poema recitado por Isabel Sánchez es una delicia:

Ilustraciones de Montserrat Gudiol, “Madre e hijo” y “Maternidad”.

Pirulo

Cuando yo quise estar con él, él no parecía querer estar conmigo.
Cuando él quiso estar conmigo, yo ya no quería estar con él.

A menudo, sin pretenderlo, en las relaciones entre las personas se impone el desencuentro. Bien sea fruto del azar -¿qué azar?- o de un malentendido repetido en el tiempo. Así fueron las que tuve con mi padre fallecido hoy hace tres años. Quiero vivir en la certidumbre incierta de que hubiéramos podido querernos…más.

Mi hermano insistió convencido que debía sonar en su funeral los acordes al piano de “My way”. Efectivamente, ninguna canción entre sus favoritas retrata de manera fidedigna la forma de vida sin responsabilidades ni compromisos, al borde del egoísmo, de mi padre.

Los reproches son sólo obstáculos estériles que tarde o temprano tendremos que volver a reprocharnos; quedamos entonces atrapados por nuestras miserias.

Ahora intuyo que mi padre enterró una vida, su vida, en la oscura teneduría de libros, en el sótano de una vetusta oficina bancaria, anhelando viajes y torneos, camarería y vida social en la España de la posguerra. Y que, como casi siempre, hay una explicación económica que sugiere obscenamente que el hijo de un indiano quemado por los negocios sin sentido y los líos de faldas no debiera codearse con los cachorros de la burguesía.

Tengo ahora bien presente su sonrisa irónica, cómplice inquebrantable siempre del interlocutor, a quien gustaba de agradar.

Heredé su pasión por el cine en salas oscuras donde proyectar sueños y enterrar miserias. Y también compartió con nosotros tardes interminables en una mesa de ping-pong que los modernos terminarían bautizando pomposamente tenis de mesa.

Finalmente, dormitando en el sofá, con los ojos entreabiertos, negaba estar durmiendo y reivindicaba que “estaba pensando”. No es verdad, evocaba su pasado glorioso y su futuro abortado mientras resonaban en su interior los aplausos del público y el ruido de la pelota al repicar en la madera.

Esta madrugada he abierto una cajita donde guardo algunas fotografías, dos medallas de no sé que torneos y el contador que utilizaba para las sesiones de control de espectadores en los cines de barrio. Este es, probablemente, el objeto que más identifico con él. Lo he pulsado un montón de veces –hasta el no sé cuántos- y después de un buen rato he dejado todos esos objetos encima de la cama y me he venido aquí, contigo, en el ordenador.