El secreto de sus ojos (J. J. Campanella, 2009): una jerarquía vejatoria y una judicatura indigna.

El mundo de la justicia se nos muestra ora indigno ora inútil. No hay medias tintas, la realidad es mucho más difícil de atrapar y sus enseñanzas infinitamente más complejas.


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El secreto de sus ojos (J. J. Campanella, 2009): amores vacíos vs. amores plenos

Seguir viviendo de los recuerdos o decidirse a olvidar para mirar hacia adelante y recuperar el tiempo perdido. Ese es el dilema del protagonista, un empleado jubilado e idealista que creía en la justicia y también un enamorado pánfilo que dejó perder el tren de su vida.
Sinopsis: Argentina, años 70. Benjamín Espósito ha trabajado toda la vida como oficial de un Juzgado de Instrucción Penal. Ahora acaba de jubilarse, y para ocupar sus horas libres decide escribir una novela. No se propone imaginar una historia inventada. No la necesita. Dispone, en su propio pasado como funcionario judicial, de una historia real conmovedora y trágica de la que ha sido testigo privilegiado. Corre el año 1974, y a su juzgado se le encomienda la investigación sobre la violación y el asesinato de una mujer. Espósito asiste a la escena del crimen, es testigo del ultraje y la violencia sufrida por esa muchacha. Conoce a Ricardo Morales, quien se había casado con ella poco tiempo antes y la adora con toda su alma. Espósito intentará ayudarle a encontrar al culpable.

Con la apariencia de un thriller, excelentemente construido y narrado, el director se adentra en los recovecos de lo único que realmente merece la pena en este mundo: el amor.


”El director de “El hijo de la novia” nos deja una historia de amor en dos tiempos, enmascarada en una trama judicial con asesinatos y tramas de corrupción incluidos. Apela al sentimiento desde sus compases iniciales con una despedida dramática y emotiva en la estación de tren, al más puro estilo romántico y acompañada de notas de piano que aportan la necesaria melancolía. Sigue la escena del crimen con imágenes macabras y el arranque de toda la trama de investigación en lugares oscuros y espesos, bien trufada de luminosos instantes de amor contenido, de tormentosas dudas de conciencia y una ligera inquietud existencial, además de una encomiable y hermosa amistad. Los flashbacks funcionan bien, lo mismo que la ambientación y el maquillaje, al llevarnos y traernos a lo largo de veinticinco años. El guión está bien construido y sabe mantener el suspense y enigma de los hechos, bien ayudado por unos rostros que no desvelan más que sentimiento y pasión, y con una trama que oculta los móviles de unos y otros en un mundo de venganza, corrupción, ambición de poder y miedo al compromiso”. (Julio Rodríguez)

Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002): Palabras para Julia.

Sinopsis: Harry es un niño como cualquier otro. Tiene 10 años, va a la escuela, le gustan los juegos de mesa y mirar la televisión. Su padre es abogado, su madre trabaja en la universidad y su hermano menor, el Enano, es socio obligado de sus tropelías.
Lo que no es normal es el mundo en el que vive. En 1976, la Argentina ha caído en manos de una dictadura militar. Miles de ciudadanos son perseguidos y secuestrados.
Los padres, sabiéndose buscados, deciden esconderse. Sacan a los niños de la escuela, abandonan su casa y se ocultan en una finca de las afueras de la ciudad. Imaginan que el tiempo hará su parte, suavizando la situación.
Harry y el Enano no están muy felices con su nueva circunstancia. Les duele haber sido apartados de sus amigos, de sus escuelas, de sus juguetes, de su vida cotidiana.
El tiempo no juega a favor de esta familia; la persecución llegará hasta ellos, mordiendo sus talones. Acorralados, sus padres decidirán dejarlos con los abuelos para apartarlos de la línea de fuego.
Y a la hora de despedirse, antes de subirse al destartalado automóvil en que emprenderán la fuga final, papá y mamá dejarán en manos de Harry su juego de mesa favorito, el T.E.G. (el Risk, juego de estrategia militar), sabiendo al hacerlo que le dejan mucho más que un pasatiempo. Entre las reglas hay escondido un secreto que sólo Harry sabrá, un último bastión de resistencia a la espera de que salga el sol sobre un país de invierno. Ese lugar es Kamchatka.

Con el régimen militar azotando a la Argentina allá en los 70´, una familia debe dejar todo lo que poseía y armar una vida nueva que incluye identidades nuevas.
Así comienza esta hermosa, conmovedora y durísima crónica familiar que teñida de  austeridad narrativa llega a conmover con pequeños pero mágicos detalles. La infinita ternura por los personajes invita a llorar sin vergüenza.

Apelando a la memoria, pero eludiendo deliberadamente mostrar los horrores de ese período, el film logra su cometido al priorizar la historia de una infancia perdida –en definitiva, una vida rota- por culpa de una situación extrema en el país. Contada desde los ojos de un niño que de la noche a la mañana es privado de su inocencia, felicidad, amigos y el mundo que lo rodea para convertirse a los pocos, y sin demasiadas explicaciones, en un ser maduro y responsable.

Sencilla, emotiva y sobrecogedora. Tal vez resulte ésta la manera más impactante de relatar la vida bajo una dictadura, desde la inocente mirada de un niño que no es consciente de la situación y que no comprende por qué su familia debe actuar de según qué forma en determinado momento. Algunos han criticado la escasa presencia de imágenes ligadas a la dura realidad o el escaso avance argumental o la limitadísima información respecto a la persecución de los progenitores… todo es sutilmente esbozado en el film de Piñeyro, no falta absolutamente nada. Kamchatka es una película verdaderamente única a la hora de hacer una protesta, cine político o social.
Pero prevalece la intrahistoria; especialmente emotiva es la despedida entre el hijo y su padre pero también entre el padre del padre y el padre del hijo que deviene en una destartalada taberna donde una mano se superpone a las otras hasta formar tres generaciones.

Y de esta manera la película tributa un sentido homenaje a todas aquellas familias rotas por las adversas circunstancias y a los instantes eternos de frágil felicidad sentida alrededor de un juego de mesa o en el baile de una insulsa canción de moda que suena en un desvencijado tocadiscos.

La península volcánica de Kamchatka es un sitio real, está situado en Siberia, al este de Rusia y se interna en el Océano Pacífico pero también es un espacio imaginario; es el terreno de la resistencia, de la dignidad humana ante la barbarie, ante el poder, pero desgraciadamente Kamchatka sólo dura mientras las fuerzas aguanten.

La canción de Paco Ibáñez “Palabras para Julia”, con arreglos de Fito Páez e interpretada por Liliana Herrero, pone la conclusión a esta fábula tras un espléndido largo plano donde el niño contempla en la polvorienta carretera la desaparición en la lejanía del vehículo donde viajan sus padres a un sospechoso incierto destino que, inevitablemente, debe concluir con un fundido negro. Y sueña la voz desgarradora del poeta.

“Más allá de estas pequeñas cuestiones, Kamchatka sorprende por su sobriedad y sutil emotividad (ya nada es feroz, ya nada es salvaje). Por eso no sería del todo justo criticarle, desde lo temático, la moraleja final. Porque del mismo modo que muy pocas películas sobre la dictadura se la juegan en pintar a los desaparecidos como lo que eran (con sus virtudes y defectos, es decir, reales e individuales), Kamchatka deja el sabor amargo de una moraleja conformista. Justo ahora que las ideologías que algunos decían muertas parecen haber resucitado, es triste conformarse resistiendo en Kamchatka. Sobre todo porque, como sabe cualquiera que haya jugado al TEG, si te queda solamente Kamchatka vas a perder el partido. Sólo es cuestión de tiempo”. (Diego Papic)

El hijo de la novia (J. J. Campanella, 2001): amores eternos vs. amores caducados

Sinopsis: Rafael dedica 24 horas al día a su restaurante, está divorciado, ve muy poco a su hija, no tiene amigos y elude comprometerse con su novia. Además, desde hace mucho tiempo no visita a su madre, internada en un geriátrico porque sufre el mal de Alzheimer. Una serie de acontecimientos inesperados le obligan a replantearse su vida. Entre ellos, la intención que tiene su padre de cumplir el viejo sueño de su madre: casarse por la Iglesia.

“La evolución del protagonista, su sosegamiento paulatino que le permite disfrutar de lo que el frenesí diario antes le arrebataba, se convierte en la vía por la que avanza imparable un tren lleno de sonrisas cómplices donde nos vemos reflejados en más de una situación, de inevitables nudos en la garganta o de carcajadas francas” (Ismael Alonso).

“Yo también me quiero ir un poco a la mierda…Te agradezco mucho que no quieras jugar connmigo… De todos modos yo no te iba a dejar jugar conmigo… porque yo valgo la pena” (fragmento del monólogo del personaje interpretado por Natalia Verbeke)

“Un buen equipo para un guión que asumía su apuesta por el sentimiento y la emoción, en ocasiones de manera tan descarada y artificiosa que la crítica más rigurosa no se lo perdonó. Sin duda, abundan los momentos conmovedores y que se sostienen desde la manipulación y el afecto provocado con una música romanticona, con el uso de primeros planos que buscan la lágrima fácil y con una resolución de las tramas siempre complaciente y de manera convencional. Ninguna novedad ni señal de cineasta más allá de lo artesanal, con factura televisiva y una estructura que apela al recuerdo y a la nostalgia –del propio hijo de la novia y del espectador–, al equilibrio entre la tragedia, el melodrama y el apunte cómico. Escenas memorables como la petición de mano a través del portero automático, el momento de sinceridad de quien le dice a su mejor amigo que se  enamorado de su novia en un escenario de mentira, o la ceremonia de la boda que se explota sin rubor.” (Julio R. Chico)