mar abierto

MAR ABIERTO

“Siempre habrá un perro perdido en alguna parte que me impedirá ser feliz”

(Jean Anouilh)

No pudieron engañarle. Él sabía que las dos últimas semanas habían sido decisivas. Trascendentales y estremecedoras. Ella adelgazó hasta la lividez y los movimientos de su cuerpo eran cada vez más torpes. Él la miraba conmovido e impotente, como relojero que mesura el tiempo menguado. Cada día de esta inapelable pérdida se festejaba con una sobriedad descreída. Como agnósticos merodeando en el claustro de un monasterio benedictino.

Una tarde ella ya no regresó y él supo entonces que no volvería a verla. Cuando la madre depositó la urna con las cenizas en la vitrina del salón él se tumbó en la alfombra, frente a la arqueta con los restos volátiles de su dueña. Día y noche. Incansable al desaliento. Sin comprender cuanto aconteció, vislumbrando cada madrugada la magnitud de la alborada. Y devino el silencio melodía sincopada del duelo.

Una mañana de invierno los padres viajarán desde Castilla hasta el mar y allí despedirán a la hija.

La fidelidad del chucho de mi vecina, que custodia con esmero y devoción el alma de su ama me trae con amargura a la memoria aquellos perros que, en las playas argentinas, ladraban con rabiosa desesperación a los aviones que buscaban alta mar.

El piélago, tierra de asilo y exilio.

Autor: Javier Solé, agosto 2019

Ilustración: Iván Aivazovsky, “entre las olas” (1898)

Del libro de poemas “En el umbral del eclipse” (ISBN 978-84-1398-333-2)