Tres poemas de Mariana Finochietto

Las mujeres de mi casa
me enseñaron,
junto al oficio de los fuegos,
a coser prolijamente
en puntadas
simétricas,
exactas.
Punto a punto,
eslabones de una cadena
perdida en el origen
de los tiempos.
Minuciosa,
he bordado cuarenta años
la engañosa trama.
Nadie supo
cuántas noches
a la luz severa de las velas
cosí mis alas
con hilos de agua.
Nadie sabe
que sólo espero
la gracia
de una noche sin luna,
y una brisa propicia.

Ilustración: Rob Graafland, “bordadora en habitación soleada” (1934)

Las manos
despiertan
el día
al abrir las ventanas.

Las manos
peinan hijos,
limpian, lavan,
planchan,
guardan la rutina
en prolijos cajones.

Llegada la noche
cierran las ventanas,
acuestan los niños.
Cuando llega el sueño,
si es que el sueño llega,
al cerrar el libro,
vuelan a tu almohada,
como las gaviotas
dueñas de una playa
desmesuradamente
sola.

Ilustración de shaun downey

La mujer
que fue sirena
busca tierra.

Huele al hombre
en la arena.

No lo sabe aún,
pero desea.

Cambia
su bella cola
de hembra y pez,
halla el pudor
en el extremo
de sus piernas.

¿Qué podrá cantar
mientras cubre
su desnudez
con un manto de estrellas?

Ilustración: Ludwig von Hoffman, “Frauenakt” (1920)