Retratos de España (216): diario del confinamiento

LLUVIOSO DOMINGO INFINITO

Que la pandemia iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Cuando lleva cinco días bajo arresto, por ejemplo, y empieza a agrietarse la placenta de precario bienestar en la que vive, y a fuerza de frotarse los ojos con las manos bien limpias caen las pitañas y aparece la amenaza, nítida, palpitante y autoritaria como la oscuridad que en un crepúsculo de domingo va tomando, lenta pero firme, posesión de todo.

Aún no he abierto un libro, no he escrito un mal verso. Empecé a ver en Netflix “La trinchera infinita” pero la historia de un tipo que se pasa treinta años de su vida encerrado en un zulo no me pareció lo más apropiado en estos momentos. Me he creído infectado al menos tres veces. Ahora mismo juraría que tengo unas décimas de fiebre.

He pensado en la muerte de soslayo, como quien observa medio cuerpo de un mendigo colgando en un contenedor abierto.

He estado esta mañana releyendo el nuevo libro de poemas que estaba intentando terminar antes de que llegara algún apocalipsis y de repente ha perdido todo el sentido, si es que tenía alguno. Nada tiene ya mucho sentido, y solo han pasado cinco días. Me va a tocar empezar de nuevo.

Enfermar, sobrevivir, serán tan solo las dimensiones del teatro: imaginación, algo de comedia, una pizca de drama, actores capaces. No hace falta tanto. Tal vez le estábamos pidiendo a la vida demasiados efectos especiales.

Espero en los próximos días sacudirme de encima el estado de alarma, acunar el miedo, ponerme manos a la obra. Disfrutar de la edad dorada del meme español.
Hacerme a la idea de que la felicidad es esto: no ser feliz y que no importe. Mientras tanto, no pierdo el tiempo. Cada minuto que paso junto a mis hijos estoy haciendo historia.

Autor: Emilio Martín Vargas