Poemas de Domingo Acosta

D
ó
n
d
e

dejar el grito sin que se asfixie el aire,
sin que se caiga el día muerto de los ojos.
Maldigo esta injusticia interminable,
esta desigualdad cruel tan legislada
que corta los tendones de los sueños
y pudre la esperanza en carne viva.
Todo el horror inmenso del suplicio
destila en oro que deja a salvo y rico al asesino,
en este infierno inmenso y frío.

Ilustración: Oswaldo Guayasmin, “Mural de la Miseria” (1969)

No olvides,
en tus lágrimas
oscuras,
que te queremos
tú y yo,
nosotros,
y aquellos desconocidos
que esperan,
sin saberlo
aún
que se expanda
tu sonrisa
contagiosa
de la vida.

Extrañamos
tu mirada
luminosa
sobre las sombras
cotidianas;
no nos dejes
huérfanos
de tus palabras
frescas
como el aire,
de tu oído
atento y cariñoso,
de tus manos
leves
pero cálidas.

Confía siempre
en la luz
que llevas dentro
y nos regalas
sin saberlo.

Te esperamos…
siempre libre,
de nuevo renacida
por ti misma,
como un destello de vida
desde la noche,
iluminando el horizonte
de tus sueños
desde el calor
del sol eterno.

A la hora
de la sombras
el ciego que te ve
no sabe que siente.
Cierra su luz
o el alma,
escucha a un sordo
que le habla
de otros ojos,
se olvida de tu voz
o de sus dedos;
sueña que duerme.

No quiere
que te miren
sus colores.

No sabe
que tú observas
sus silencios.

Ilustración: Antonio Fabres, “Un filòsof” (1901)