yo y los demás (111): piedad

PIEDAD

Cargas a tus espaldas
con ingrávidas cenizas.

Esto es un hombre.

Que sea inapelable
el gesto y la mirada,
sin doblar el espinazo
ante cíclopes teutones.

Abjuras del desamparo.
Destierras el desaliento.
Confortas al moribundo.

Siendo yo él
como ansío ser tú.

Autor: Javier Solé

El hombre que carga en sus espaldas con un compañero exhausto se llama Luciano Allende y nació en Santander. Le llamaban Toto. Tuvo una infancia pobre y complicada, y con 15 años emigró a Lyon para trabajar de vidriero. Un oficio jodido el de vidriero. El fuego te quema los ojos y la mezcla de ciertos minerales empleados como colorantes te quema los pulmones. Aun así, nunca bajó la mirada ni dejó de aspirar la vida a bocanadas.

Vidriero también en las afueras de París, trabó amistad con el insumiso Gaston Rolland, al que condenaron a trabajos forzados por condenar las guerras; y con Charles Louis Anderson, libertario que en la guerra española movería cielo y tierra pese a no creer en lo primero para evacuar niños y niñas a zona segura y condiciones dignas. También hizo buenas migas con dos exiliados españoles que iban avisando del fascismo que ser venía, Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso.

Tras el golpe fascista de julio del 36, Allende regresó a España para enrolarse en el Ejército Popular. Se chupó toda la guerra hasta cruzar a pie la frontera para ser escupido a Argelès y Saint Cyprien. Su única salida fue enrolarse en una compañía de trabajadores extranjeros. No le dio la gana de rendirse tras la ocupación alemana y se integró en la Resistencia.

Luciano Allende participó en diversas acciones armadas contra las tropas alemanas hasta ser detenido por la Gestapo en marzo de 1944. No pudieron sacarle nada y lo deportaron a Neuengamme, una antigua fábrica de ladrillo utilizada como fábrica de horror por la SS. 106 mil personas, hombres y mujeres, pasaron por allí. Perecieron más de la mitad. Luciano sobrevivió. El 4 de mayo de 1945 es ese hombre que mira a cámara cargando con un compañero a sus espaldas, porque siempre cargó con su responsabilidad en un mundo que sin tipos como él sería peor, nos haría peores.

Militante hasta el final de la CNT y la Federación Española de los Deportados e Internados Políticos (FEDIP), Luciano Allende se fue con su compañera Mariette a trabajar de apicultor cerca del Mediterráneo, ese vidrio azul en el que podía perder la mirada y recordar esas vidas que le daban sentido a todo. Luciano Allende murió el 23 de enero de 1983, en la paz de un zumbido de abeja, esparciendo sus cenizas en el jardín de un buen amigo, el libertario Paul Ferrare.