La hija que no tuve: María Alcantarilla versus Giampaolo Talani

Del poemario “La edad de la ignorancia”:

LA HIJA QUE NO TUVE

La hija que no tuve me recuerda la edad de la que vengo
y llama a mi puerta cada noche y me pregunta qué he soñado.
Existe en una época distinta
donde juega a hacer bufandas a todos sus muñecos
mientras yo la observo humilde
desde el quicio vencido de la infancia
-como otro niño más-
mientras la vida aspira a convocarnos.

La hija que no tuve se pasea descalza entre los pinos
y sus plagas de orugas y sus púas.
Habla con la arena,
la recoge entre los dedos y la deja caer
mientras su risa ahuyenta las borrascas
con una pulcritud de sacerdote.

La hija que no tuve me pregunta por la vida
y espera una respuesta
acorde con mi edad y con la suya
pero solo encuentra mi silencio.

Intuye que vivir se nos parece y sale de paseo
y teje bufandas en verano.

Que hay, en este juego insistente
en que agarra mi mano con ahínco,
una única palma que nos une,
una única madre para ambos.

LA HIJA QUE NO TUVE (2)

La hija que no tuve me regala flores en invierno
y pinta en las paredes arcoíris
y me enseña a ser lo que no puedo.
A veces me pregunta por las nubes
e intenta convencerme
de que ambos llegamos hasta ellas
subidos a una silla;
que son, todas las nubes, espuma con deseo de ser aves,
que debo contemplarlas con respeto,
que a veces no logramos recordar nuestros poderes.

La hija que no tuve se calza un par de alas
y corre entre los coches
y esquiva a los peligros como un lince.

Si llueve, me agarra de la mano y me conmina a irnos a la calle,
a entrar en cada charco y a saltar sobre ellos sin zapatos
con la noble convicción de ser piratas.

La hija que no tuve tiene el mundo anclado a las pupilas
y en él me miro a veces
como si ella fuese quien lo erige
y quien le da sentido a casa cosa.

No hay hecho que en sus ojos no reflejen
ni persona ajena a su rutina.
En ellos cabe el mar y nos bañamos:
llegar hasta la orilla es suficiente,
secar la vida al sol y a sus fantasmas.

LA HIJA QUE NO TUVE (3)

La hija que no tuve me llama por mi nombre
y se desdice en todas las vocales.
Juega a confundir nuestros papeles
como el viento confunde nuestras caras
y amenaza con un nuevo bautizo cada día
y se acuclilla en pos de cada río.
La hija que no tuve me recuerda al ser
que un día fue niño en mí y fue misterio.
Al verla, me gusta convencerme de los días,
mirarla y ver en ella la verdad y los milagros.
La hija que no tuve trae a casa a los huidos
y les habla de la familia
con una mansedumbre
que recuerda más a un alma anciana.
Reparte los cubiertos
y separa las sillas del abismo
―y sirve el pan―
como si todos fuéramos iguales
y pudiésemos cambiar nuestro destino,
volver a reencontrarnos al comienzo
y cumplir al fin cada promesa.