el suicidio (55): Mário de Sá-Carneiro

“Un artista puede sufrir mucho, ser cautivo de una sempiterna tristeza hasta el instante de su muerte. Diría, incluso, que algunos de los mayores canallas que han poblado esta tierra pertenecían a la categoría de los artistas. Sin embargo, por muy amarga que pueda ser la vida, siempre brilla un rayo de sol. La amargura de la desgracia no confirmaba la existencia de un perenne y desolado vacío que es la miseria más grande y más real de este mundo.”

Yo no soy ni yo ni el otro,
soy tan sólo algo intermedio:
pilar del puente del tedio
que va desde mí hasta el Otro.

Ilustración: Paula Rego, “pieta” (2002)

ESTATUA FALSA

Sólo de oro falso mis ojos se doran:
Soy esfinge sin misterio en el poniente.
La tristeza de las cosas que no fueron
En mi alma descendió veladamente.
En mi dolor se parten espadas de ansia,
Retoños de luz en la oscuridad se mezclan.
Las sombras que yo dimano no perduran,
Como Ayer, para mí, Hoy es distancia.
Ya no estremezco la cara del secreto;
Nada me disuade ya, nada me aterra:
¡La vida corre sobre mí en guerra,
Y ni siquiera un escalofrío de miedo!
Soy estrella ebria que perdió los cielos,
Sirena loca que dejó el mar;
Soy templo presto a caer sin dios,
Estatua falsa aún erguida al aire…

Ilustración: Lucien Freud, “girl with a white dog” (1951)

Mário de Sá-Carneiro (1890-1916), poeta y novelista portugués. Heredero del simbolismo y gran amigo de Fernando Pessoa, fundó junto a éste, la revista Orpheu en 1915. Fue un personaje atormentado, solitario, inmaduro, con grandes dificultades para afrontar la realidad y, posiblemente, para sumir su sexualidad.

Huérfano de madre desde muy joven y con un padre siempre ausente, Sá-Carneiro buscó en la literatura lo que la vida le negó.

Sá-Carneiro destaca por ser un escritor excesivo, exacerbado, insólito, iluminado y genial. Sus temas decadentes y obsesivos remiten al Poe más oscuro. En su obra están presentes sus tres obsesiones dominantes: la del amor pervertido, la de la anormalidad avanzando hacia la locura y la del suicidio.

Su tema favorito fue él mismo: sus ilusiones, fracasos, frustraciones, megalomanías y angustias.

En los últimos meses de su vida fue oscilando entre el exceso y la caída, entre los paroxismos de un frenesí sensorial al que se entregó delirantemente y en la persistencia de un infinito que no conseguía atravesar. Esto lo llevó a soportar cada vez peor el paso de los días, hasta buscar en la muerte el último y más glorioso de los esplendores. En 1916 se suicidó en París cuando apenas contaba veintiséis años.