el suicidio (53): Pablo del Águila. Muerte, muerte, muerte

“Escribo para mí. Nadie me escucha.”

(Pablo del Águila)

Voy caminando a pie, tranquilamente.
Soy caminante de todos los senderos, de todas las veredas ignoradas.
No tengo meta fija, voy simplemente andando
mientras mis pies resistan,
mientras mi cuerpo aguante lo que lleva.

La quietud es mi sola compañera;
camina junto a mí, de todos mis secretos participa.
Nuestro silencio nos envuelve a los dos.
Camino sin parar en ningún pueblo.
Me detengo un momento a beber agua,
a recoger matojos,
a dormir a la sombra de algún árbol,
y prosigo después tranquilamente por todos los senderos de este mundo,
por los quietos caminos polvorientos.

Así voy avanzando hacia no sé qué fin,
sin dudar un momento,
sin que la lluvia apague mis pisadas
o las eternas nubes me den sombra.
No me molesta el viento ni la escarcha
y tan sólo la muerte dará nombre a la meta final,
que voy buscando mientras los pies resistan
y escuche las canciones sin palabras
de la tierra serena que me abraza
y siente mis pisadas por las noches.

Ilustración de Gary Bunt

Las traíñas
qué luces que traían.
Las traíñas salieron a pescar
y tuvieron tormenta en alta mar.
No trajeron pescado las traíñas, no pudieron cogerlo.
Pero en cambio la muerte qué bien los trajo a ellos de regreso.

¡Qué luces que llevaban las traíñas!

No faros, sino redes
o espejos que brillaban en poniente.

De poniente a levante, distancia y viento.
De levante a poniente, sólo la muerte.

¡Qué luces las traíñas que traían!

Eran ojos moviéndose en la noche.

No trajeron pescado.
Fueron a coger peces y trajeron la muerte.

Ilustración: Armin Hansen, “Stormy Sea”

Cuando muera
que nadie me recuerde cantándole a otros mundos mi cantar.

Mi canto es de este mundo
Que todos me recuerden cantándole a la mar.
Mi cuerpo es de esta tierra
y en la tierra lo dejo eternamente vivo para amar.

Cuando muera
que mis huesos descansen junto al mar,
que las inmensas olas me recubran
y conmigo retornen a empezar.
Que mis ojos, los ojos de los peces y las piedras
se pierdan en el fondo de la mar.
Que los ríos, los hombres y los niños
tropiecen con mi muerte al caminar.

Cuando muera
no quiero otros honores ni otra paz.
Quiero seguir viviendo en cada aliento,
en las bocas que se abren al besar.
Quiero seguir viviendo en cada soplo
amando cada cosa sin cesar.
Que mis besos
los besos que no he dado
encuentren muchos cuerpos al pasar.

Cuando muera
que mis brazos se ciñan a una roca para seguir cantando hasta el final.
Que mis huesos, los huesos de los vivos
y los muertos, se hagan tierra en el fondo de la mar.

Ilustración: John Lavery, “The Cemetery, Etaples” (1919)

Pablo del Águila (1946-1968) fue un poeta que, a pesar de no publicar nada durante su breve vida, dejó una huella profunda entre sus contemporáneos granadinos. La poesía de Del Águila, en su vertiente más comprometida, a partir de 1967 fue influida estilística y temáticamente por la lectura de Félix Grande. En sus poemas se encuentran rasgos de las tendencias neovanguardistas en boga en la época (citas cultas entremezcladas con referencias pop), así como un afán de denuncia social que se abre hacia el mundo exterior contemporáneo. Paralelamente, se asiste a un desarrollo del sujeto poemático empleado por el autor en dirección de un uso cada vez menos ingenuo, hasta emplear el correlato objetivo para distanciarse emocionalmente de los versos. Sus hallazgos poéticos (lo cotidiano como material poético, la ironía, la protesta social) serán reelaborados por la promoción sucesiva de los poetas granadinos de la “La otra sentimentalidad”, en particular por Javier Egea.

Su fino humor, entre irónico y generoso, no disimula su profunda angustia existencial. Portador de una solidaria inquietud social, nada humano le es ajeno.

Del Águila era homosexual, y este hecho acompañado del contexto en el que se encontraba (una España gobernada por el franquismo, con toda la represión que eso conlleva) nos ayuda a comprender su obra.

¿Cuántas veces la muerte, la palabra muerte, la invocación o el recuerdo de la muerte, en los poemas de Pablo Del Águila? El lector parece asistir a la ceremonia íntima de un adolescente madurando hacia su fin como un embrión que se gestara en su pecho y que respirase sólo a través del humo y de la tinta, al caer la tarde o la noche de una ciudad provinciana del tardofranquismo que no parecía consolarle más que a ratos, los de lectura o conversación y vino con los pocos cómplices que pudieran entenderle. (Que, a pesar de la efervescencia cultural que ya empezaba a vivir Granada, esa ciudad se le quedaba pequeña. Claro que Madrid, después, le agobiaría en el sentido inverso…: ¿En qué lugar de la tierra hubiera podido respirar en realidad este muchacho?) La muerte, siempre, por todas partes: se puede abrir el volumen casi por cualquier página y vuela despavorida esa palabra…

En Nochebuena de 1968 Pablo cogió un revólver y se quitó la vida con toda su familia en una habitación contigua.

Podemos aventurar que también obedecería a ese mismo pudor lo relativo a su muerte. “¿Voluntaria?”, se pregunta Jaramillo: “Sus allegados albergan todavía ciertas dudas sobre lo ocurrido en aquellos días: si fue la última y definitiva consecución consciente de alguna tentativa de suicidio anterior o si por el contrario fue un trágico accidente que no pudo impedirse”.

Versos de Pablo del águila en fragmentsdevida:

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2019/02/06/la-muerte-en-la-poesia-de-pablo-del-aguila-i/

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2019/02/08/la-muerte-en-la-poesia-de-pablo-del-aguila-ii/

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2019/02/12/la-muerte-en-la-poesia-de-pablo-del-aguila-iii/

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2019/02/18/la-muerte-en-la-poesia-de-pablo-del-aguila-iv/

https://fragmentsdevida.wordpress.com/2019/02/23/la-muerte-en-la-poesia-de-pablo-del-aguila-v/