margaritas

Desde pequeña Alicia ha tenido predilección por el cuento de Lewis Carroll no porque la protagonista se llame como ella sino por el bosque lleno de árboles, el conejo que tiene prisa y los naipes obedientes. Durante años obligó a su madre a explicarle el cuento una y otra vez, incluso cuando ya era mayor y podía ella leerlo perfectamente sola. Rosario siempre cuido de Alicia; desde que le diagnosticaron la deficiencia cognitiva, al poco de nacer, con solo dos semanas. Siempre le dio los mejores abrazos y todo su cariño, con un desvelo desbocado.

Esta entrega sin reservas se mantuvo incluso cuando Rosario enfermó. El pronóstico del oncólogo le daba tres años pero vivió trece. Esos diez años extraordinarios fueron para madre e hija, para Rosario y para Alicia, una bendita prórroga. El marido, por el contrario, nunca soportó bien la convivencia con una hija deficiente y una mujer desahuciada. Volvía cada vez más tarde del trabajo, cada día más triste y cada semana más borracho.

margaritasCuando la enfermedad parecía haberse olvidado de Rosario resurgió con más virulencia y con la exigencia intransigente de los prestamistas que reclaman el abono de los intereses.

El último mes fue terrorífico, con unas sesiones de radioterapia que arrasaron la posibilidad de preservar en la memoria la dulzura en la mirada de Rosario.

Todos los familiares estaban hondamente preocupados por el efecto devastador de la ausencia de Rosario en la vida familiar. El padre miraba a la hija con una congoja infinita al sentirse impotente para sobreponerse a la pena y ayudarla.

Sin embargo, las cosas fueron muy distintas a como todos las habían imaginado en el hospital o en el velatorio. Al regresar al hogar, Alicia empezó a rellenar con agua la botella de vino y el padre volvía pronto a casa para explicarle el cuento de Lewis Carroll.

Los domingos salen al bosque, se tumban en un claro y contemplan los dos juntos, fascinados, las nubes y sus formas caprichosas. Algunas veces, unas pocas, lloran un ratito pensando ambos en Rosario.

Y todas las tardes de domingo regresan cogidos de la mano. Alicia recoge siempre en el bosque unas pocas flores, margaritas la mayoría de las veces. El lunes por la mañana acude al cementerio para que su madre pueda olerlas.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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