la biblia de mi padre

Al fallecer mi madre nada resultaba más bochornosamente doloroso que proceder a franquear la puerta de su casa –la que había sido mi casa desde que nací, la que es ahora mi casa aunque no habite en ella- y recoger y ordenar los enseres y los muchos objetos inútiles –pero personales- que había acumulado en su vida. Es probablemente acometer la tarea de examinar el valor de las cosas y evocar las manos de su dueño al tocarlas una de las experiencias amargas de la Muerte. Tal vez por eso no era tan descabellado el funeral de los egipcios.

Para esa ingrata tarea, y asumir después de cuatro semanas que mi madre no iba a volver a la vivienda y que ésta no debía permanecer clausurada e intocable como un mausoleo, una pira funeraria que arde alentada por nuestro cariño pero que alimenta nuestro dolor, fui con mi padre viudo. Aquella tarde él iba a regresar a la casa de la que se marchó hacía más de veinte años y en la que había vivido junto a mi madre otros veintitantos años. Los mismo años ausente que presente. Él estaba nervioso y atemorizado, intranquilo ante la posibilidad de cruzarse en la escalera con algún vecino.

van-gogh-naturaleza-muerta-con-biblia-1885Él cogió algunos objetos personales que en la huida había olvidado y que durante años y años le negó mi madre. Uno, la alianza de casados. Otro, una biblia en edición suntuosa con los bordes de las páginas dorados e ilustraciones de gran tamaño que imitaban códices medievales.

Aquella biblia había siempre permanecido escondida pero con una falsa aureola, de libro venerado que ni se lee ni se toca, sólo se contempla con la fascinación ignorante con la que las beatas escuchan los mensajes papales en semana santa.

El expolio de mi padre de la casa que una vez fue suya se redujo, por tanto, a una biblia de edición falsamente lujosa. No volvió otra tarde para ayudarme. Sólo recuerdo de aquellos días la amargura de recorrer una casa vieja, sucia, fría, habitada hasta el inicio del invierno por una mujer enferma. Y es ahora cuando evoco aquellos tristes momentos, justo cuando afronto ordenar las pertenencias de mi hija muerta, recordando a mi padre bajarse del coche en el portal de su piso sin ascensor de soltero en el que vivía hacía veinte años con la puta biblia aferrada al cuerpo –por cariño o, sencillamente, porque llovía- sin olvidar que al fallecer cinco años más tarde llevaba la sortija en el dedo anular pero no encontré –y cómo la busqué, Dios, yo que soy con orgullo ateo- aquella biblia con los bordes de las hojas doradas y grandes ilustraciones.

Ahora luzco con indisimulado orgullo el reloj verde de plástico con el que mi hija ingreso en el hospital.

Autor: Javier Solé, marzo 2014

Ilustración: Van Gogh, “Naturaleza muerta con Biblia” (1885)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s