óbito en cuatro actos

las-cuatro-estaciones-20Este relato lleva por título “Las cuatro estaciones”:

Es muy probable que la hermana de mi madre, mi tía Montse de Donosti, conociera los conciertos de Vivaldi compuestos en 1725.

El allegro de “La Primavera” es la más popular, la alegría desbordante de la vida en ciernes. En esa época cualquier llamada que hiciera a mi tía enferma era atendida personalmente por ella, que me explicaba los pormenores de su enfermedad, sus dolencias, a las que restaba importancia, y los pronósticos optimistas del tratamiento. Con la llegada del verano no siempre se ponía al teléfono ya que los períodos de reposo necesarios para sobreponerse a los efectos de las sesiones de quimioterapia eran cada vez más frecuentes e intensos; la debilidad había anidado en el cuerpo.

En el otoño, lo recuerdo todavía hoy con detalle, sólo conseguí hablar con ella una vez. Recorrió el pasillo de su piso –en aquella época no había ni móviles ni inalámbricos- con un esfuerzo titánico y movimientos ceremoniosos dignos del más elegíaco adagio. Al otro lado del teléfono pude sentir el beso que con los labios secos y entreabiertos –por los que se le escapaba la vida- me regaló.-

La congoja hizo que las llamadas fueran espaciándose precisamente en el momento en que deberían haberse intensificado. Nunca sabe uno como reaccionar ante el infortunio ni como disfrazar la certeza bajo el simple presentimiento. Las conversaciones con su marido o mis primos, cada vez más sombrías, no ocultaban un otoño donde los árboles desnudos dibujaban la silueta del cuerpo ya vencido.

gabriele-munter-enfermaUna mañana de diciembre, en la víspera de un invierno triste, sonó el teléfono de mi casa. Era mi prima que me comunicaba la muerte de la hermana de mi madre. Aquella mañana del último mes del calendario, en las postrimerías de un otoño salvaje, hacía sol.

Por unos pocos días Montse no pudo volver a sentir con Vivaldi la lluvia disfrutando al abrigo de la casa, en el calor del fuego de la chimenea, con  el viento filtrándose por puertas y ventanas.

Cuando recuerdo aquella mañana del entierro en el cementerio de Polloe dispongo de dos alternativas: pensar en mi madre, su desasosiego de ser la única superviviente de cuatro hermanos fallecidos, todos del mismo mal, o recordar mi última charla con Montse, el murmullo de sus labios enredados en el dibujo de su último beso, y, bajo un frenético solo de violín, tratar de aprender de ella esa forma despiadadamente humana y cálida de irse.

Por si algún día, me temo no muy lejano, devengo discípulo de Montse.

Autor: Javier Solé, enero 2014

Ilustración: Gabriele Münter, “Enferma”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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