mil leches

“y me ofreciste tu lomo
para que notara en él el latido de la vida.”

(Begoña Abad, fragmento del poema “a mis perros”)

Tal vez fuera sugerencia del psicólogo o de los amigos o, simplemente, un sentimiento creciente de desamparo que hizo sintieran la necesidad de adoptar al animal. Yo creo que fue, básicamente, la soledad de cada uno, la tristeza de cada uno y la soledad y la tristeza de todos cuando estaban juntos.

Comprar el animal descartado rápidamente. Con tanto perro abandonado era una colaboración innecesaria con el sistema adquirir el perro a un criador profesional o en una tienda de mascotas. Se impuso, además, que fuera un desheredado, un perro sin pedigrí, callejero, desclasado. Un mestizo, un cuzco argentino, un chehua chileno, un mil leches canario. Un perro sin código genético sofisticado. Una raza impura. Un chucho.

2017-01-esther-y-trotskyDescubrieron que algunos de los refugios de animales -o protectoras en un eufemismo sutil- eran verdaderos presidios sin proponérselo. Animales enjaulados que vocean la rabia que les produce su abandono., Un ejército de voluntarios no podía cubrir las carencias de estos animales; la mayoría de los perros en adopción son perros adultos -muchos ancianos- en los que nadie fija su atención, perros acuciados y diezmados con problemas físicos y psíquicos.

Aníbal, un pastor alemán de diez años, que gime en su jaula de manera desconsolada y constante al ver a los cuidadores, intentando sea su paseo el primero o si ya lo tuvo pueda repetir.

Quica, beagle de seis años, una perra con un trasero inmenso que balancea al caminar que me recuerda, inevitablemente, a mi madre. Tiene los mimos cambios de humor que ella y la misma mirada bondadosa.

Dorkas, mastín de nueve años, solitario que se pasea por las instalaciones con una indiferencia que es toda una declaración de pesimismo.

Chaplin, un mestizo de cuatro años, asustado ante la presencia humana y cualquier mano alzada, que padece el estrés de la violencia que sus amos ejercieron sobre él.

Sustu, un labrador de nueve años, viejo y enfermo, con un ladrido afónico y ronco, demoledoramente desgarrado. Que cojeaba de una pata trasera tras verse sometido a varias intervenciones quirúrgicas.

Un chucho sucio, sin nombre, que deambula cerca de cualquiera de los visitantes y se arrima a ellos con la imperiosa necesidad de ser tocado, acariciado. A veces le basta con rozar la pierna o la mano. No pide le dediques unos minutos, le basta con saberse no ignorado.

Oliver, un setter de diez años, que se muere literalmente de pena y que permanece en el refugio después de fallecer su dueño y no querer ninguno de sus herederos hacerse cargo de él.

El refugio de estos animales es lo más parecido a un geriátrico. Podría cambiar los perros por personas, por nosotros mismos, y experimentaría la misma desolación de los domingos en las residencias de ancianos.

A Bob y Vilma, dos cachorros mestizos de una indeterminada raza de sabuesos, la veterinaria de la protectora les calcula dos meses. Llegaron a mediados de diciembre, asustados, temblando de miedo y de frío. La pareja joven que los había encontrado en el bosque decidieron adoptarían a uno de ellos, la hembra, Vilma.

Bob -ahora Trotski- ha llegado hace un rato a L’Hospitalet y curiosea la casa de sus nuevos amos. Tiene ya controladas unas zapatillas con el dibujito de un gatitio que hay debajo del sofá. Acaba de descubrir el televisor, una pantalla donde salen mogollón de cosas nuevas a un ritmo trepidante. La mayoría no las había visto nunca -y eso que tiene ya casi tres meses-.

En esta casa vive una chica muy simpática que le abruma con achuchones y besitos y una pareja de ancianos -un hombre y una mujer- que se le antojan demasiado serios y demasiado tristes. A ver si resulta ahora que la adopción sale mal y son tope aburridos. La mujer le pone nervioso pues no para de toquetear el mando a distancia del televisor y justo cuando Chicote iba a explicarle al cocinero como se prepara una paella ha salido un señor con un caminar ridículo, a saltitos cortos y estúpidos. Se llama Mariano y es el jefe que manda en todos los perros y gatos del país.

De quien se acuerda mucho es de Vilma, “no sé si habrá tenido la misma suerte que yo. Se fue ayer, me dejo solo en el refugio y hoy han venido estos tres con el coche ya no sé nada más”.

Quien aúlla en el bosque del Vallés, entre Castellar y Caldes de Montbui, es Zoila, la madre de Bob y Vilma, que sigue buscando con desesperación a dos de los cachorros de su camada con el pálpito de no volver a verlos.

Autor: Javier Solé, enero 2017

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