enterado

La luz del despacho oficial del Jefe del Estado permanecía encendida. Era la única en todo el edificio y el soldado, en su garita, podía distinguir los filamentos de la bombilla. No estuvo mucho tiempo iluminando la noche de septiembre. El general escribió el enterado con su estilográfica, obsequio de un industrial catalán de su séquito al que había enriquecido con el estraperlo y salió del despacho camino de la capilla, apagando antes la luz pues hacía gala de una austeridad congénita que no estaba reñida con el expolio de su país y de sus gentes.

En la capilla musitó algunas palabras que no fueron de arrepentimiento; al contrario, el Cristo mudo y la Virgen ciega parecían bendecir su entereza. Mano de hierro con los enemigos de la Patria, aunque en esta limpieza étnica llevará invertidos más de cuarenta años y tuviera fosas y desaparecidos en todos los campos de Castilla.

juan-genoves-seis-jovenes-1975Los reos convictos fueron ejecutados el 27 de septiembre de 1975, después de unos juicios instruidos de manera tosca por unos militares en el límite de la paranoia asesina. El régimen -acorralado en el exterior y amenazado en el interior-, ilegítimo, vivía la última orgía de sangre. La arrogancia de quien sabe que ha perdido la guerra pero dispone todo su empeño en adjudicarse una batalla. Pírrica, teñida de rojo, vergonzosa.

Los hombres no pueden esperar la justicia divina. Ésta es, además de incierta, tardía. Pero quiso la Divina Providencia que apenas dos meses más tarde del enterado del general el cuerpo podrido de este golpista estallara en el hospital de La Paz y con su muerte quedara liberado el pueblo de su barbarie. El miserable había muerto matando pero, por fin, era ya sólo polvo en la historia.

Lo dicho. La justicia llega siempre tarde y mal. La divina y la humana. Han transcurrido décadas y ni los familiares o herederos de los asesinados han sido indemnizados ni la dignidad de los muertos restituida. Tampoco conocemos el nombre de los verdugos, los que se ofrecieron voluntarios para formar los pelotones de fusilamiento. Nos convendría saberlo, tenemos derecho y obligación de saberlo. Alguno de ellos puede sea ahora concejal de nuestro pueblo o regente el bar donde tomamos el aperitivo.

Y puestos a saldar como es debido esta cuenta conviene no olvidar que ni la Virgen muda ni el Cristo ciego fueron procesados como cooperantes necesarios de aquella atrocidad. Y alguna responsabilidad tuvieron, que quien no ve y no habla cuando ojos y lengua tiene es cómplice y la historia está obligada a identificarlos.

El silencio de quienes callan, de quienes evitan anular los consejos de guerra de la dictadura, de quienes no desentierran a los muertos en las cunetas, es una connivencia -sobrevenida e innecesaria- con una memoria que se niega a recordar y en su olvido estos hombres pusilánimes y timoratos nos mienten, se mienten, mienten.

Autor: Javier Solé, octubre 2016

Ilustración: Juan Genoves, “seis jóvenes” (1975)

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