poemas y flores

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“Hay un hombre infeliz
que traza una panorámica
en la ciudad donde viviste
desde el lugar más alto del cementerio.

Es un día cualquiera, a una hora inoportuna
cuando los jóvenes de tu edad asisten a clase.
No estás riendo con tus amigos a la hora del recreo.
Permaneces callada,
haciendo compañía
al hombre infeliz.

Le hablas tan bajito
que casi no te oye.

Me temo hija
que has heredado demasiado pronto,
y de la peor de las maneras,
mi gusto por el silencio.”

(Javier Solé, poema “Hablas tan bajito”)

Esta mañana de octubre, con un cielo plomizo que presagia lluvias persistentes antes del anochecer, una anciana de extrema delgadez recorre las calles de esta ciudad de muerte en una silla de ruedas que le ha prestado una compañera de la residencia. Las manos sostienen un ramo de flores de papel que han confeccionado todos los residentes del geriátrico -salvo un viejo taciturno que no se relaciona con nadie-. Es un ramo de colores alegres que la octogenaria depositará en la tumba donde su hijo con la nuera y el nieto -¡qué accidente de tráfico tan absurdo!- están enterrados. A su padre y a su abuelo no les pone nunca flores -no sabe dónde hacerlo- pues fueron rojos asesinados por las tropas sublevadas al mando del carnicero de Badajoz y la monarquía borbónica que da continuidad histórica a la barbarie fascista ha eludido desenterrar a los muertos leales a la República.

2014-04-2014-04-20-13-16-02Sentado en un banco contemplo esta imagen de la senectud que me aguarda. Estas semanas del mes de octubre el deambular de familiares que llevan a los muertos flores es incesante; yo, por el contrario, sólo traigo poemas que escribí y que, a veces, ni siquiera le leo a Laia por el temor a las miradas indiscretas de los familiares de los muertos y, lo reconozco, por el miedo a que cuando abandoné el cementerio los no vivos se rían de Laia y le hagan comentarios y bromas de las liturgias absurdas de su padre.

Por otra parte, mientras regreso a casa me preguntó, inquieto, si algún día las flores sustituirán a los poemas en esta ofrenda agónica a una hija que, bien mirado, se merecería las dos cosas, flores y poemas.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

 

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