la ceremonia de la entrega de premios

a Rafael Boluda

En el momento de subir la escalinata para recoger el premio Rafa tuvo una certeza: le iba a ser imposible dedicar el galardón a la consabida ristra de familiares. Un listado, por otra parte, interminable: hermanos, primos, mujer, hijos, novias o amigas con derecho a roce de los hijos… Es bien cierto que todos ellos le habían ayudado mucho y le habían apoyado una barbaridad; no había sido nada fácil compaginar sus inquietudes artísticas y su vocación por la interpretación con la expendeduría de medicamentos y apósitos en un despacho farmacéutico del área metropolitana.

eric-bowman-07No podía tampoco olvidar a todos los amigos de la compañía teatral con la que había vivido un montón de alegrías y algún sinsabor, a lo largo de los muchos años de aficionado, antes de dar el salto a la interpretación con aquel papelón de prostituta por el que le habían otorgado el Premio en el Festival. Más problemático seria referirse, siquiera de refilón, a Conchita, su amante. Una mención expresa era a todas luces impensable.

Un poco antes de empezar el parlamento ante el auditorio que expectante lo escuchaba supo que si había llegado hasta allí era por las viejas enfermas de su barrio, aquellas mujeres juerguistas que reían sus gracias, alababan sus travestismos en Carnaval, sus procaces provocaciones en las perfomances del Mercado, fans incondicionales de las primeras y balbuceantes adaptaciones teatrales en el ateneo de la ciudad… Mujeres de manos temblorosas, de corazones débiles, de piernas cansadas, que acudían a la farmacia con las recetas del seguro caducadas… Por eso, al comenzar los agradecimientos no pudo evitar enumerarlas a todas, la retahíla de sus nombres… “Ana, Luisa, Carmen, Mercedes, Juani… esto, ah, sí, Dolores, Lourdes, Evarista, Eulalia”… No quería olvidarse ninguna.

rafael-boludaHizo una pausa teatral que subyugo al auditorio.

Y fue entonces cuando acabó el parlamento de la misma manera previsible que había intentado, por todos los medios, evitar: “Dedico también este premio a mi madre muerta”.

No era únicamente un agradecimiento familiar. Rafa sabía – y así se lo explicó a los asistentes- que para componer el personaje de la prostituta con el que se había alzado con el premio se había inspirado en la vida de su propia madre, hasta calcar los detalles más nimios de la vida real en un prostíbulo, capturando la magia de una vida mísera en el lupanar, cuando sólo calienta las noches junto a un brasero oxidado el sueño teutónico de salir del arrabal.

Autor: Javier Solé, diciembre 2013

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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