jaque mate

Todas las tardes de invierno el hombre al borde de una senectud anticipada dispone pacientemente las piezas en el tablero e inicia una larga partida que se prolonga hasta el anochecer. Son esas tardes jornadas teñidas de melancolía pero no de soledad. Aunque el hombre juega sin compañía no está sólo.

Estoy jugando cada tarde de invierno con un fantasma, el fantasma de mi hija.

lucie-geffre-ajedrezEl hombre recuerda perfectamente aquellas navidades y el papel con dibujitos infantiles con el que había envuelto el tablero y la caja de madera con las piezas -treinta y dos, dieciséis blancas y dieciséis negras- talladas de manera tosca. El ruido al agitar la caja antes de abrir la niña el regalo y el beso en las mejillas por la ilusión desatada al desenvolverlo.

Tú querías aprender los secretos del juego pero yo sólo te expliqué en dos o tres lecciones los movimientos elementales de las piezas -el peón, el alfil, el caballo, la torre, la dama y el más torpe de todos, el rey-, un par de cosas sobre las aperturas y la importancia de la paciencia en los jugadores además de la necesidad de diseñar una estrategia con la que enfrentarse al contrincante.

Aquellas sesiones con la hija no duraron y la lentitud del juego exasperaba al profesor y a la alumna. Abandonaron el juego en el desván y no tardaron en encontrar otras actividades; un sudoku sencillo a medias o juegos de cartas donde el padre enseñaba a la hija todas las artimañas que él había aprendido de una tía anciana soltera en la cocina de un piso oscuro de la Parte Vieja de Donosti.

También experimentaban juntos el azar de los dados, entre risas; las de ella inocentes, las de él ignorantes.

Aunque probablemente fuera el parchís el juego con el que más tardes pasaron juntos.

Era hija muy lindo verte feliz cuando ganabas la partida sin yo habértelo facilitado. Siempre pedía quien perdía la revancha, empeñados cada uno en no cesar el juego. Era estupendo verte expresar el gozo irresistible de la victoria o gesto taciturno de la derrota.

En todas las tardes de este frío invierno, con la calefacción apagada para no gastar más allá de lo imprescindible, y una bufanda -la bufanda preferida de la hija ausente- anudada al cuello estrangulando el llanto, el hombre al borde de una senectud anticipada dispone las fichas del ajedrez en el tablero y da siempre las mismas explicaciones a la silla vacía que tiene enfrente.

Un día del primer verano desplegó el parchís pero los colores eran demasiado alegres y no pudo recordar con cuál de ellos jugaba cada uno, ni siquiera el preferido de la hija. Ese descuido tan trivial le hizo enfurecer y desistió iniciar la partida.

El verde. Creo, hija, que tu color preferido era, es, el verde. El mío era el amarillo pero ahora todo me da lo mismo.

El hombre permanece callado durante horas jugando solo al ajedrez, unas pocas veces gesticulando instrucciones a una contrincante inexistente y la mayoría en un silencio inmóvil, con un único pensamiento merodeando por su mente. ¿Quién coño contará veinte cuando la pena le maté? ¿Quién ganará esa partida que el último verano quedó incompleta?

Y la sonrisa de la hija se desvanece ante la tristeza del padre. Y siempre la tarde acaba, invariablemente, con un beso.

Autor: Javier Solé, julio 2014

Ilustración: Lucie Geffre, “Ajedrez”

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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