El cajero automático

Hace unos años, cuando mi hija empezó el Instituto, en las mañanas oscuras de invierno, yo solía acompañarla en el corto trayecto que sube por la Rambla desde mi casa al centro educativo. Cada día nos cruzábamos con el cajero de la entidad financiera donde mi exiguo patrimonio es utilizado para Dios sabe que atrocidades. Algunas veces mi hija, con esta insana obsesión por los estudios que le estimula a dar lo mejor de sí misma, iba por el camino practicando con la flauta y él siempre se giraba sonriente para confirmar que no nos seguía nadie y que el sueño de Hamelin anida sólo en el territorio que habita la infancia.

Más tarde eran mis dos hijas las que realizaban el trayecto solas y se cruzaban con el cajero de la entidad financiera donde mi cada vez más menguado patrimonio financia Dios sabe que atrocidades.

Dos años y unos pocos meses desde el inicio de estos paseos el cajero me dio el pésame por el fallecimiento repentino de mi hija pequeña, esa que volvía siempre de la entidad financiera con todos los folletos que robaba del expositor con la impunidad de quien no se sabe espiada por las cámaras de seguridad.

cajero automáticoSupongo que a partir de entonces el cajero empezó a habituarse a una nueva cotidianeidad, la de ver a mi hija mayor subir sola la rambla camino del Instituto, donde cursa ya el bachillerato, y que él bajaba hacia las galeras de una vetusta oficina donde administra con congoja el dinero de otros. Siempre me pareció un hombre solitario y triste, amable pero compungido, dominado por la abúlica mediocridad de un trabajo monótono y servil.

Un año más tarde el director de la oficina me comunicó se han evaporado prácticamente la totalidad de mis ahorros y el fallecimiento del cajero. Un infarto en su piso de soltero al que llegaron tarde los servicios sanitarios.

Ahora en su puesto hay un joven economista con un expediente económico impecable, dos masters, un postgrado y tres idiomas, con el que no quiero llegar a intimidar, convencido que algo malo puede sucederle antes de que le renueven el contrato en prácticas por el que aprende el oficio que antes hubiera desempeñado su abuelo analfabeto.

De esta manera, he conocido, y entablado amistad, con un cajero automático que, sensibilizado por la capa de ozono –o por evitarme el sonrojo al dar el saldo-, no me imprime comprobante de las operaciones. Me da igual, tampoco me queda ya dinero. Nunca llegué a saber que atrocidades se financiaban con él.

Autor: Javier Solé, mayo 2014

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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