secretos

Los primeros síntomas inespecíficos se iniciaron diez días antes, quince a lo sumo. El médico en la consulta parecía no concederle importancia y él, ante la sospecha de un diagnóstico errático o rutinario, decidió acudir sin demora al hospital.

Quedó ingresado una vez el médico de guardia cumplimentará la ficha y realizará una exploración clínica minuciosa. Los resultados del análisis de sangre confirmaron la gravedad de la dolencia.

pasillo hospital 01Sus padres no daban crédito al diagnóstico; la esposa miraba al marido y luego a las dos hijas adolescentes -quince y once-, y después otra vez al marido -cada vez más débil, cada vez menos vivo- y seguidamente otra vez a las hijas adolescentes -todavía los mismos años, quince y once- pero con el final de la adolescencia a la vuelta de la esquina. Y las lágrimas. Y los mensajes constantes en el móvil. De los amigos, del trabajo, de familiares más lejanos. Y los médicos. Y más análisis. Y más pruebas. Y las lágrimas. Una primavera que enfila el camino del invierno, que no ya puede ser verano.

El tercer día del ingreso un súbito empeoramiento y la afectación de varios órganos vitales aconsejan el traslado del paciente a la UCI. Es allí, todavía consciente, donde decide despedirse de sus padres, de la esposa y de sus hijas. La más pequeña se niega, está llena de miedo.

Unas horas más tarde los médicos anuncian que en cualquier momento puede perder la conciencia. Es entonces cuando la hija de once años recorre el pasillo del hospital y visita a su padre en la UCI. Por los cristales, médicos y familiares contemplan la escena. También la madre y la hermana.

El funeral se celebró tres días después.

Unos años más tarde todos los implicados en esta historia habían compartido las palabras emocionadas de la despedida, las conversaciones últimas con el moribundo. Todos menos la hija pequeña. Algunos creen que la orfandad le tiene atrapada en un mutismo cerril, en una introversión precintada, preservando un secreto lacrado con el silencio.

Lo cierto es que nunca un secreto fue tan doloroso. No oculta la hija tanto aquello que le dijo su padre como lo que ella le dijo a él. Lo que nadie sabe, y con nadie se atreve a compartir por el miedo a rememorarlo, es que, en realidad, llegó tarde a la cita con la vida y que su padre no le dijo nada, ni siquiera una mirada desvanecida y aquella conversación que todos vieron fue sólo el monólogo de una hija triste y desolada ante un padre mudo y quieto.

Autor: Javier Solé, mayo 2015

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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