la casita del emigrante

Había emigrado a Barcelona desde Málaga en la década de los 50, como tantos otros andaluces cuyos hijos fueron catalanes y cuyos nietos reclaman ahora, desmemoriados, la independencia.

Había trabajado muchas horas y había protestado todo lo poco que el franquismo permitía, aunque él, cuando rememoraba las gestas de la clase trabajadora tendía a exagerar los exiguos logros y minimizar las grandes penurias vividas. Con los años, además del coche, una casita en las afueras de la capital, en un terreno sólo apto para viñas, pero en el que él enterraba los fines de semana, los puentes y las vacaciones, hasta cultivar un huerto; jornalero en Andalucía y obrero en Cataluña pero siempre con el alma de la tierra inyectada en las venas.

Aquella casa fue lentamente equipada con los muebles viejos; la cama de matrimonio, con el colchón impregnado de mil confesiones de los esposos y más de un llanto y alguna que otra alegría del cuerpo. El tocador, escaparate de las figuritas baratas que los hijos traen de las vacaciones o que en el supermercado regalan comprando dos chorizos. Y la cama de la niña, y la del nieto que se le ha quedado pequeña. El comedor del primogénito, que se ha comprado uno más moderno y éste lo tira casi nuevo. Y la tele en blanco y negro, ésa que para verse en condiciones necesita un bofetón.

Y la tierra de las viñas da tomates. Y alrededor de la casa crecen -con dificultades y muchos cuidados- árboles frutales. Que si dos cerezos, que si un melocotonero. Tenemos uva, nísperos e higos, y hacemos fuego para preparar carne a la brasa. Aquí no estamos mal.

Pero puede fuera el humo de los cigarrillos, o puede fuera otra cosa, el caso es que a los ochenta y cinco -que son bastantes años aunque a uno cuando se muere siempre le parecen pocos- el hombre falleció avisando pero con prisa.

2016 (01) Piera EstherY la casa en el campo empezó a resquebrajarse, el huerto dejó de estar sembrado y los árboles crecieron descontrolados. De los hijos sólo la hembra -la más pequeña- intentó preservar la insignia de la familia. Acudía con su madre y sus dos hijas y sepultó allí los últimos veranos; pintando la fachada de la casa, arreglando la piscina, podando mal y tarde las viñas, arrancando las hierbas y la maleza. El primer verano fueron muy poco, el segundo iban de vez en cuando pero los dos siguientes la voluntad de mantener la casa viva era ya un objetivo declarado.

Pero con la segunda de las muertes el destino de aquella casa palideció. Desde que la hija adolescente ya no está la madre -o la hija, según se mire- no ha regresado a la casa de campo. La viuda -o la abuela, según se mire- ha ido unas pocas veces. Uno de los hijos ha intentado recuperar el huerto pero es hombre de ciudad.

Los gatos se han adueñado del porche, las viñas no han sido podadas, el huerto permanece prácticamente yermo, la casa clausurada con un candado y en su interior las ropas del abuelo y la nieta en los armarios. En la piscina, medio vacía, las algas y la inmundicia dan cuenta del tiempo transcurrido. Todas las bisagras tienen óxido. Las paredes desconchadas, resquebrajadas. Las hojas del otoño refugiadas del viento en un recoveco. Los nísperos, los higos y la uva en el suelo, desparramados. Todo huele a tristeza. Se respira un abatimiento insoportable.

El futuro de la casa es incierto. Tal vez sea al final vendida, o rehabilitada. Pero nada ahora recuerda aquellos años luminosos en los que todo era posible y nada ensombrecía la existencia. Cuando algunos vecinos de la urbanización pasean y se asoman por encima de la valla, curioseando, glosan el esplendor de la casa y la alegría de sus moradores y los comentarios versan sobre generalidades respecto a las tragedias repentinas y lo fácil y rápido que cambia siempre la dirección del viento. Lo hacen con una vaga solidaridad disfrazada de aflicción leve y gravedad fingida. Su propia conversación les impide escuchar las voces del abuelo y la nieta; él limpia con una navaja antigua las cañas que usará para las tomateras y ella se ríe despreocupada mientras se baña en la piscina. Todavía hace sol y no tienen prisa alguna por cenar. Comerán cualquier cosa antes de acostarse.

Autor: Javier Solé, abril 2016

Fotografía de Esther en Piera, enero 2016

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