dolor fecundo

“Las aulas,
dispuestas en el corredor,
irradian un silencio
incómodo e inusual
extraño y excepcional.

No necesito abras la puerta
para saber vives aquí,
que no te has marchado
que sigues estudiando
siempre con los mismos libros
todos los días la misma lección.”

(Javier Solé, poema “El pasillo de la escuela”)

pasillo de la escuela

“La vida es una estela de pérdidas que modelan al ser” (Chantal Maillard)

El padre se vio obligado a leer hasta tres veces el correo electrónico de la profesora de su hija antes de saber exactamente cómo reaccionar y calibrar la respuesta que debía darle. Se habían visto unas horas antes en el Instituto, en la protocolaria reunión con los padres antes de finalizar el curso. Habían hablado de los planes de la hija pues este año acababa el bachillerato. Él, su esposa y también la hija esperaban junio como agua de mayo. Después de dos años largos de acudir al mismo centro educativo, asistir a clase en las mismas aulas y recorrer los mismos pasillos, ver a los mismos amigos de su hermana, y hacerlo todo esto sola era una prueba durísima agravada por una introversión con tintes de sadismo o impotencia. Era necesario un cambio de escenario.

En las ocasiones que los padres habían acudido a las reuniones del Instituto una zozobra mutaba en tristeza y desazón. Puede al pasearse -el Instituto está muy próximo al domicilio familiar- mirar de reojo con malestar y desasosiego la estructura del edificio. Su sombra -es inevitable- se alza amenazadora, faro inequívoco de una infancia rota. Desempeña, en verdad, el mismo papel destinado al hospital cuando se circula por la Ronda o desde una azotea de la ciudad se divisa con una nitidez homicida. La misma sensación que puede experimentarse en los rincones secretos de esa vida burdamente cercenada.

Sin embargo, el mensaje de la maestra confirmaba que este sentimiento que los padres creían exclusivo tiene, seguramente con grados de intensidad bien distintos -eso no es ahora lo importante-, muchos más destinatarios. De entrada, la misma profesora que lo ha sido de la hija viva los dos últimos años y lo fue de la muerta en el año precisamente que cayó enferma a mediados de enero para sucumbir seis semanas más tarde.

Escola buidaEl mensaje agradece al padre un regalo; un ejemplar del libro de poemas que éste escribió meses más tarde del óbito; hasta aquí nada demasiado original. Pero las expresiones utilizadas por la maestra para referirse a que aquella misma tarde había entrado en la última aula donde la hija cursaba la educación secundaria y que había dado clase a sus compañeros no era un recurso literario de una buena filóloga -y la profesora lo es-. Le explicaba al padre -éste lo ignoraba- que en los días sucesivos a la desaparición de la hija la maestra habló a los alumnos del dolor fecundo y que éstos compusieron haikus donde manifestaban el cariño por la compañera ausente y por la desolación de una muerte tan próxima -en el mismo pupitre, en el de delante o en el trasero-.

Probablemente nada relevante, no hay en esta historia acontecimientos vertiginosos. Sólo la manifestación de una tristeza tan infinita para los protagonistas como previsible para el lector. Pero bajo la superficie de este relato late una reflexión sobre los límites de la propia literatura; es verdad que el padre ha recurrido -recurre, quien sabe si seguirá haciéndolo en el futuro- a una elaboración racional o estética de su dolor. Y cuando lo hace -dependiendo del virtuosismo desarrollado- puede parecer a otros que el dolor es fecundo, es motor que transforma o trasciende ese dolor. En contra opina el padre: la fecundidad de ese dolor ni lo anula ni lo supera, al contrario, tiene la virtud de intensificarlo y hasta petrificarlo. La belleza y el alivio que proporciona es efímero. La literatura, en su manifestación confesional o autobiográfica, deviene entonces en una herida abierta que ni cura ni cicatriza, se limita a excretar.

En el mensaje de la profesora existía consuelo; puede no llegue a estudiarse en teoría del arte pero pervive en la memoria de los que sufren. Y tiene eso más valor que cien sonetos.

Autor: Javier Solé, abril 2016

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