Memorias de un cinéfilo empedernido (IV): la vida es bella (R. Benigni, 1997)

EN UNA ESQUINA CON LAUREL

“No hay nada más necesario que lo superfluo” 

A Begoña Abad, Gabriel A. Jacovkis, Patricia Olascoaga y al músico cuyo nombre no pregunté.

laurel

Cuatro poetas paseando
por la calle de Logroño
explicando chistes verdes,

Aquella noche de marzo
en una esquina con Laurel
el músico con su violín
dice que la vida es bella,
en el rostro de los cinco
los acordes lo aseveran.

Las monedas se abrazan
en el forro de la gorra.

Autor: Javier Solé

Sinopsis: En 1939, a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el extravagante Guido llega a Arezzo (Toscana) con la intención de abrir una librería. Allí conoce a Dora y, a pesar de que es la prometida del fascista Ferruccio, se casa con ella y tiene un hijo. Al estallar la guerra, los tres son internados en un campo de exterminio, donde Guido hará lo imposible para hacer creer a su hijo que la terrible situación que están padeciendo es tan sólo un juego.

“No puede haber vida después de Auschwitz.” El filósofo alemán Theodor Adorno, cultivador de los principios morales de la Escuela de Franckfort, transido de vergüenza por tanto cuerpo destripado por la guerra, pronunció esta frase como un axioma matemático. Erró, lo cual demostraba su humanidad sin límites. Debe de haber vida después de Auschwitz. La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) es un ejemplo.

“Una rara mezcla de comedia y ternura cuyo punto no es el de los horrores de la guerra, sino el del esfuerzo de un padre para proteger la inocencia de su hijo.”

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