cartas que no recibiré

“Cada cosa que amas, es muy probable que la pierdas, pero al final, el amor volverá de una forma diferente“ (Frank Kafka)

pep montserrat

Siento que mi desamparo se asemeja al de una niña sin muñeca.

Cada día me preguntó con más intensidad y amargura, con una tristeza enferma, quién en mis paseos solitarios por el parque de Bellvitge, por la Rambla Marina desde la plaza Amalvigia  hasta la del Pont de la Llibertat o en cualquier rincón de tu pasado o en el mismo cementerio, será el escritor tuberculoso que, como en el parque Steglitz de Berlín, me lea cada día cartas de Laia donde explica sus viajes por los cinco continentes[1].

Ella se merece descansar en paz y que ni mi pena ni mi soledad le aflijan por completo. Pero no hay en esta ciudad ni en mi mente cada día más dañada un escritor checo con la habilidad suficiente para que llegue a creerme que este invierno la nieve será verde y las nubes de color rojo.

Tal vez, algún día, puede reconstruir la vida perdida de Laia sin la certeza de saber que es, sólo, una forma de sobrevivir sedado.

Autor: Javier Solé, octubre 2015

Ilustración: Pep Montserrat, edición del libro “Kafka y la muñeca viajera” (Jordi Sierra i Fabra, 2006)

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

[1] En 1923 Frank Kafka tenía 40 años de edad y se encontraba ya bastante debilitado por la tuberculosis que acabaría con su vida justo un año después y paseaba a menudo por el berlinés parque Steglitz, y un día se tropezó allí con una niña que lloraba completamente desconsolada. Sin saber muy bien qué hacer, Kafka se acercó a la pequeña dubitativo, aunque decidido a averiguar y aliviar de algún modo la causa de tanto infantil desconsuelo. ¿Se había perdido la niña en el gran parque?, ¿se había perdido su hermano pequeño?, ¿alguien le había causado algún daño? No, la niña no estaba perdida, la que se había perdido era su muñeca. Tal era el motivo del triste llanto, de aquel minúsculo universo infantil que se había derrumbado por la primera y terrible pérdida en la corta vida de aquella niña.

El dolor de la niña era de tal intensidad, que el escritor quedó conmovido hasta el punto de decirle que no, que la muñeca no estaba perdida, que se había ido de viaje y que le había enviado una carta que tenía él en su poder, pues él era “cartero de muñecas”. La niña dejó de llorar fascinada, y exigió la carta que le había escrito su muñeca. Kafka salió del aprieto como pudo, y le dijo a la pequeña que se la daría al día siguiente, pues su jornada laboral como cartero de muñecas ya había acabado y no llevaba la misiva encima. Quedaron pues en verse al día siguiente en el parque a la misma hora. Durante veinte días Kafka redactó cartas supuestamente escritas por la muñeca desde diferentes lugares que leía a diario a la niña en el parque.

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