el dorsal once

12799438_444845505712545_1717646582555526188_n“Los balones son globos domesticados”

Cada día me propongo que será ésta la última vez. Y cada visita es sólo la que precede a otra posterior. Cuando, como hoy, ha llovido la tarde anterior y la humedad y el frío del mármol es más agudo, cuando las nubes discurren agrupadas cercenando la luz de la mañana, el silencio deviene más intenso y la tristeza penetra hasta la médula de los huesos.

No hay nadie hoy en este lugar, hace unos minutos se ha oficiado el último entierro de la jornada. Los empleados no dejan de pensar en la hora del cierre. No vendrán a echarme, conozco de memoria los horarios de visita. Sé que tengo el tiempo suficiente para acabar este relato.

Tu madre abría ayer la nevera y miraba con curiosidad el obsequio sin abrir que regalan con unos quesitos que están muy ricos; tú los comías muchas veces. Siempre comprábamos los paquetes de dos en dos para que no hubiera peleas con tu hermana por los regalitos. El caso es que yo le he dicho casi en tono de reproche que no lo abriera hasta que Esther regrese del viaje de fin de curso. Pero yo esta mañana con mucho cuidadito he quitado el precinto para ver el regalo. Lo que son las cosas, en el interior de la cajita hay una canasta de baloncesto y al verla ha sido inevitable recordar los sábados de partido y los días de entreno en el Casino y lo que tardaban los del equipo en daros el chándal, casi en la primavera cuando ya no hacía falta. Puede parecer muy sentimental y emotivo pero a mí, la verdad, me parece una cabronada de la fábrica de los quesitos. Con la de regalitos chorras y va y nos toca la puta canasta de baloncesto.

Pues eso, que con cuidado he vuelto a poner el precinto del regalo y no he podido dejar de pensar en aquellos diminutos obsequios que entregaban con los huevos de chocolate. Y en aquellas tardes donde el tiempo se dilataba como los relojes de Dalí y las horas transcurrían montando y desmontando las piececitas, un trabajo de ingeniería para el que tu padre, se veía en tu mirada, no estaba preparado. Y tus manos, pequeñas y sedosas.

2011 (02) Basket Casino 16Y más: todas las horas de aquellas sesiones de canastas en el polideportivo intentando que la pelota rozara al menos el tablero. Fiesta si tocaba el aro.

En el altillo las pelotas hace meses que no tienen aire, arrugadas como pasas. Guardo tu carnet de federada y la camiseta con el dorsal número once. He de confesarte que aunque fueron muy pocas tus canastas en dos años eran más del doble de las que conseguí yo cuando tenía tus años. Pero eso no llegué a confesártelo aunque sé que sabías que no te decía la verdad.

Fíjate, me he sentado en el banco de la esquina de la calle donde vives, he redactado casi entero este relato y me voy sin leerte a ti los dos últimos poemas que escribí ayer. Regreso, pues, para leerlos de manera apresurada -la hora del cierre ahora si es inminente- y cuando acabo y me doy la vuelta casi sin despedirme de vosotros -de ti y del abuelo- oigo que me das las gracias. Y sé entonces que aunque me había propuesto  lo contrario será ésta la visita que preceda a otra posterior. No tiene nada de heroico, no sabría ya ir a ningún otro lugar.

Autor: Javier Solé, marzo 2016

La fotografía del equipo del Casino corresponde a la temporada 2010-2011

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