los planos de las ciudades

Alex Alemany - 05Alfonso había heredado de su padre -un delineante que albergó alguna vez el sueño de ser arquitecto- la afición por coleccionar planos de ciudades. Al principio, en la meticulosidad de la inacabable ociosidad, construía detalladas maquetas de esas mismas ciudades, alentado por los planos que estudiaba con la devoción de un orfebre del Medievo. Más tarde memorizaba los planos de estas urbes, sin siquiera haberlas visitado nunca pues sólo en contadas ocasiones había cruzado el puente de Hierro; las casas de l’Onyar pintadas con vivos colores eran la línea divisoria entre el territorio cotidiano de su anodina existencia y las tierras extranjeras; forasteras a las que conocía y amaba poco a poco merced a los planos que en una vetusta librería del barrio judío adquiría los jueves alternos.

Al cerrar el negocio que había heredado de la madre, una mercería donde se sucedían corsés, fajas y corpiños, de muy dudoso erotismo y extravagante mal gusto, guardaba las bragas blancas de algodón y algún conjunto atrevido con encajes color carne en las cajas, que depositaba en los estantes en pulcro orden, y desplegaba los planos de aquellas ciudades que secretamente anhelaba recorrer. Lo hacía con los ojos entornados, memorizando sus calles y plazas, sus puentes y monumentos. No quedaba detalle, por nimio que fuera, excluido de este ceremonial.

Una noche de verano un incidente sin importancia en la vieja instalación eléctrica de la mercería originó un incendio. Ardieron aquellas prendas antiguas que sólo las amigas de su difunta madre seguían comprando con sus irrisorias pensiones y también la mayoría de los planos de las ciudades que Alfonso guardaba en la trastienda.

Jim Kasanjian

Desde entonces, generosamente indemnizado por la compañía de seguros, no reabrió el ruinoso y mohíno negocio y ha empleado los últimos seis meses para pasear sin rumbo por el barrio sevillano de Triana, el Albaicín de Granada, la judería de Toledo, la parte vieja de Donosti… Nervioso como un niño la noche de Reyes, prepara las próximas etapas del viaje: el barrio latino de Paris, la Alfama de Lisboa, Mala Strana de Praga, el Trastevere de Roma, toda Venecia. En las ciudades que visita compra atractiva lencería que tiene previsto, a su regreso, regalar a la joven pelirroja, camarera de la cafetería del call donde cada mañana, de una vida que ahora se le antoja lejana, consumía una hojaldrita empapada en un café con leche corto de café y con la leche descremada caliente.

Autor: Javier Solé, diciembre 2013

Ilustración de Alex Alemany y Fotografia de Jim Kasanjian

Relato incluido en la versión impresa de “Golondrinas suicidas” (ISBN 978-84-9115-967-4)

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